Este relato fue parte de los publicados para el blog de Fantasía Medieval "La Hostería del Gobo Errante", propiedad de mi buen amigo Álvaro. Fue escrito bajo seudónimo "Voltron" en 2003. Pretendía ser parte de una serie de relatos que darían forma a una historia completa, que se llamaría la Historia de Pahuax, aunque finalmente quedó como un relato aislado. Espero lo disfrutéis.
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Aquel hombre cojeaba ostensiblemente. Cuando atravesó las puertas de la
Hostería, todas las miradas se giraron hacia el mendigo. Olía a alcohol, aunque
nadie era capaz de precisar si ese era un olor adquirido o ese olor era tan reciente
como el corte que tenía en su mejilla. De su cinturón colgaba una mellada
espada, espada que ya había atravesado suficientes pujas como para ser
jubilada. Casi como su portador.
El mendigo se dirigió hacia la barra sin decir nada ni levantar la mirada
del suelo.
“Cerveza”- esputó sin levantar su mirada. El posadero lo miró con
desconfianza. “¿Tienes con que pagar?”.
“Por lo que me han dicho, en este local una buena historia merece al
menos dos jarras más”. Dijo el mendigo, levantando su cabeza para dejar ver al
tabernero su rostro rudo y sus ojos perdidos.
“Sea” -dijo el tabernero- “los presentes siempre están dispuestos a
dejarse sus dineros a cambio de una buena historia... pero espero que merezca
la pena”.
“Mírame a los ojos...”. El tabernero respingó hacia atrás. Esos ojos
mostraban horror y locura... y verdad. “Comienza sin delación tu narración...”.
El mendigo se giró. Miró a todos los presentes y se dirigió al centro
de la hostería. Se sentó. Apuró de un trago la jarra de cerveza y, antes de pedir
otra, ya la tenía frente a él, junto con un plato de alubias de la Asamblea.
Los paisanos comenzaron a rodearle... Yo, Karel Osterragherr, Maestro Impresor
de Nuln, estaba entre los presentes, y lo que aquí escribo, juro que fue lo
narrado. Este fue el relato:
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“Hacía ya ocho jornadas que avanzaban a través de aquella monótona y
asfixiante vegetación... Ocho lunas, ocho soles, ocho días sin nada más en sus
retinas que el enfermizo verde de las junglas de Lustria. Enrico Morazzo
comandaba aquel grupo de tileanos enviados por el Dux de Miraglianno para
encontrar la ciudad repleta de arcanos tesoros que los videntes habían
observado en su futuro... Una ciudad de increíbles riquezas, situada cerca de
la costa meridional de Lustria, a unas quince jornadas de camino de la colonia
nórdica. Una ciudad oculta en la espesura de la selva, una ciudad abandonada y
tan llena de riquezas, que si el Dux quisiese, podría comprar toda la
artillería de Nuln o incluso todas las tierras de la Asamblea.
Pero ya hacía ocho días que marchaban sin descanso, avanzando al ritmo
de los machetes que cortaban la maleza, al ritmo de las ruedas del pequeño
cañón que les acompañaba, aplastando las ramas y plantas que poblaban el
suelo... El calor era agobiante, y la escasez de agua potable lo hacía aún
menos llevadero. Sin embargo, lo peor de todo eran los ruidos desconocidos
emitidos por mil y un seres sin rostro que se ocultaban en cuanto Morazzo y sus
hombres trataban de observarlos... Monos, pájaros de agudas voces, rugidos
desconocidos procedentes, tal vez, de enormes felinos, siseos malditos...
Ruidos en general, pero...
En este ensimismamiento se encontraba Enrico tratando de olvidar el
martirio al que le estaban sometiendo sus botas, cuando se percató que había
desaparecido todo sonido... Cierto, tal vez llevaba diez minutos, quizá más,
sin escuchar todos esos sonidos que su mente había enunciado... Sólo el rodar
del cañón, los gemidos esforzados de los tileanos y el chascar de las plantas
al ser segadas por los machetes de los exploradores.
A un gesto de su mano levantada, todos pararon su quehacer.
- ‘Oíd eso...!!! -Exclamó.
- ¿Que escuchemos, mi capitán? -Preguntó el alférez Rombardi- No se
escucha nada...
- Precisamente, Gianlucca... No hay aullidos, ni gritos, ni gorgoritos,
ni siseos... ¿Dónde se han ido?; ¿qué ocurre?
Los hombres escucharon atentamente... Nada, no se oía nada... Sólo la
agitación nerviosa de la respiración de aquellos sudorosos hombres. Enrico
señaló a Gianlucca y a otros dos y, sin decir una palabra, avanzó por el
sendero que habían comenzado a abrir. El chasquido al cortar la maleza volvió a
interrumpir el silencio profundo y misterioso que acababa de envolver la
selva... El chasquido y el susurro de los comentarios de los tileanos que
habían quedado atrás, a los que el alférez Colloccini había comenzado a situar
en previsión de un ataque, eran los únicos sonidos audibles en esa tensa
atmósfera. El cañón fue colocado rápidamente apuntando a la senda recién
abierta por el Capitán y sus acompañantes...
El avance de Enrico y sus hombres era lento... Mientras los de atrás se
desplegaban instintivamente como habían hecho una y mil veces en anteriores
expediciones, ellos progresaban por la espesa maleza... De repente un golpe y...
Un claro... ‘Que raro... Un claro aquí... Pero si la ciudad todavía tiene que
estar lejos’ -Pensó para sí Enrico. ‘Marco, entra y observa, pero... ¡¡Ten
cuidado!!’.
Marco Botero, un remasiano pequeño y peludo, entró en el claro con
sigilo, aprovechando el hueco abierto en la maleza... El silencio que siguió,
mientras tres pares de ojos seguían a Marco en su recorrido, fue angustioso...
Repentinamente, se escuchó un agudo grito, y Marco cayó al suelo, comenzando a
desplazarse con las palmas en el suelo y mirando fijamente algo. Enrico,
Gianlucca y Sebastiano saltaron al claro, mientras una decena de hombres venía
por detrás, armas en ristre.
Enrico miró a Marco mientras el alférez y el otro hombre corrían a
ayudarlo... Vio de refilón su cara, con una mueca de pavor terrible, y temiendo
lo que fuese a ver comenzó a levantar su mirada... Sus ojos se abrieron
mientras contenía la respiración, al cruzar su mirada con la de una enorme
estatua, la escultura de un ser monstruoso... Su corazón alcanzó las mil pulsaciones
mientras trataba de contener el terror que aquella estatua desprendía... Los
tres hombres ya regresaban con el llanto de terror de Marco como música de
fondo cuando a grandes voces el Capitán comenzó a ordenar: ‘Vamos a acampar
atrás... Id preparándolo... Rombardi, Morianello, Viscenti, Mista, conmigo’...
Ahora el silencio de la selva volvió a interrumpirse a causa de la frenética tarea de abrir el claro detrás,
situar las defensas, los gritos y voces de los hombres en su trabajo y el
llanto, ya más acallado, de Botero.
Enrico y sus acompañantes se acercaron a la enorme estatua con sus
armas preparadas: ‘Es de piedra, pero hombre prevenido vive’ -Pensó el Capitán
Morazzo. Al llegar a su base observaron con cuidado... Parecía de piedra
maciza, piedra volcánica, negra como el abismo... Sus monstruosos rasgos se
parecían vagamente a los de un gigantesco lagarto de unos tres metros de
altura, con grandes alas y una gran hacha en su garra derecha... Su monstruosa
garra izquierda estaba extendida como en posición de pedir... Estaba lleno de
pinchos, como si estuviese acorazado... Observaron alrededor, con cuidado,
deslizándose en pequeños círculos
alrededor de sus pies... Uno de los hombres se agachó y comenzó a revolver las
plantas que cubrían la base... Allí había algo que brillaba... ‘Gemas, esto
está lleno de gemas... Jaja... ya sabía yo que había un tesoro cerca; siempre
lo hay cuando me pica la ...’ .’Déjame también alguna para mí...’ -Exclamó
Viscenti mientras desenvainaba su daga para sacar las piedras.
‘Por fin algo que merece la pena para los hombres’ -Pensó Enrico para
sí mientras contemplaba las risas de sus camaradas en la labor de extraer las
piedras. Levantó la mirada y la cruzó, desafiante, con la del monstruo de
piedra... Sus sentidos se pusieron en alerta cuando le pareció observar un
guiño en los ojos del ser. ‘Dejad eso, dejadlo ya...’ -Gritó. Su rostro se
tornó serio y ordenó a sus hombres que formasen un grupo de cinco guardianes
para vigilar el claro de la estatua mientras el resto permanecía en el claro
que habían comenzado a abrir más atrás... Aquello no parecía muy seguro, así
que duplicarían las guardias.
Tras el arduo trabajo de preparar el terreno para el descanso, los
hombres cenaron frugalmente y se acostaron. No encendieron fuego para evitar
las miradas indiscretas que acechaban normalmente en la profundidad de la
jungla. Enrico se acostó con el abismo del rostro del ser en su mente, con esos
ojos que le habían hecho un guiño de complicidad o de amenaza... Tardó en caer
en brazos de Morfeo, pero finalmente durmió... (...).
La noche fue pasando. Enrico se mantenía siempre alerta, incluso cuando
dormía. Lo hacía desde la Batalla de Pravia, cuando los estalianos les
sorprendieron en medio de la noche, y a punto estuvieron de acabar con él.
Dormía como un felino, con un ojo siempre abierto... Observó así algo que se
acercaba directo hacia él, una sombra que no conseguía distinguir, saliendo de
entre la maleza. Disimuladamente dirigió la mirada hacia sus guardias. Dos de
ellos estaban charlando entre sí a pocos metros de la sombra, y ni se habían
inmutado. La sombra cobró forma en una gigantesca iguana, de unos dos metros y
medio, que se dirigía a gran velocidad hacia él (...).
Sus hombres no la habían visto ni oído, así que intentó desenvainar su
daga, a la que dormía siempre aferrado... No salía, es más, él mismo no podía
moverse... ¿Qué ocurría?. Comenzó a sudar, aterrado según veía más cerca al
lagarto... Intentó chillar pidiendo socorro, pero ningún ruido salía de su
garganta... (...). Repentinamente vio la bífida lengua de la iguana frente a
sus ojos y pensó: ‘El fin me ha llegado...’ Cerró fuerte los ojos esperando un
bocado mortal, cuando escuchó un siseo... Un siseo que le hablaba en tileano.
Abrió de nuevo los ojos y vio que la iguana se dirigía a él. Siseando, le dijo:
‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Marchaos en paz y dejad
descansar el mal... Los Ancestrales os protejan... Marchad o morid’. (...) La
iguana se giró y desapareció velozmente en la maleza... (...).
Enrico despertó jadeante y sudoroso... Miró hacía donde había soñado la
iguana y no vio pisada alguna... Los guardias giraron la cabeza hacia él y tras
contemplarlo volvieron a su conversación. No había pisadas, nada. Se levantó
con las palabras del sueño en su mente... Marchad o Morid... dijo la iguana.
Era un sueño sin importancia. Las primeras luces se colaban entre la
frondosidad de las palmeras y de la intrincada cortina de lianas y plantas...
Miró hacia donde yacía el claro (...).
Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio que... !El claro había
desaparecido!. La vegetación había crecido nuevamente cubriendo el acceso. Su
corazón pegó un salto en su interior... Salvo el susurro de los que empezaban a
despabilar, no se escuchaba nada... (...).
‘¡¡¡Rombardi!!!’ -Gritó. El grito terminó de despabilar a los
hombres... Muchos de los cuales se pusieron rápidamente en alerta, con sus
mosquetones en ristre, comenzando a encender las mechas húmedas.
No hubo respuesta... ‘¡¡¡Giaunlucca Rombardi, responde!!!’ -Repitió.
Hizo un gesto a sus guardias. ‘¿Habéis visto o escuchado algo esta noche?’
-Interrogó al sargento Minsionelli. ‘Nada capitán, ha sido una noche tranquila,
demasiado tal vez...’.
Sigilosamente comenzaron a acercarse al lugar donde el claro había sido
consumido por la espesura... Enrico, espada en ristre, temía cortar esas lianas
con las que se había entrelazado una cortina verde que ocultaba lo que esperase al otro lado... ‘Gianlucca o
alguno de los otros... ¡¡¡Responded!!!’ -Volvió a inquirir. Pero ninguna
respuesta fue devuelta del otro lado de la cortina verde. Con un gesto varios
de sus hombres se desplegaron, mientras el alférez Coloccini y el Sargento
Ruggia tomaban armas a su derecha e izquierda. Más atrás, el cañón fue dispuesto
para el disparo, si era necesario... Pasaron unos instantes en medio de un
terrible silencio, mientras se daba la señal de asalto...
‘O morid... O morid... O morid’ -Repetía la mente de Enrico una y otra
vez, recordando lo que la iguana le había dicho en su sueño. Con un grito
ordenó el asalto... (...).
Las lianas cayeron seccionadas, mientras los hombres proferían gritos
guerreros que fueron cambiados a por todos los dioses y gritos de terror al
caer la cortina... Frente a ellos había una auténtica orgía de sangre...
Gianlucca yacía con su cabeza seccionada en dos mitades casi hasta sus
hombros... Fertelli había perdido sus intestinos... Todos habían sido
salvajemente asesinados. Los hombres corrieron hacia ellos, algunos derramando
lágrimas de dolor por la pérdida de sus compañeros, cuando un seco grito de
horror rompió la escena... ‘La estatua, la estatua...’ -Balbuceó horrorizado el
cabo Visconti.
Enrico dirigió su mirada hacia el monstruoso ser al que habían robado
las gemas, y lo que vio le quebró la razón, al menos por un instante... La gran
hacha estaba empapada en sangre casi seca, y restos de pelo habían quedado
pegados a la misma... Y en su penitente mano izquierda estaban ¡¡¡Los
intestinos de Fertelli!!!... A grandes voces empezó a ordenar el alejamiento, la huida de aquel lugar de
sangre y muerte...
Sin tiempo para enterrar a sus muertos ni para mirar hacia atrás,
Enrico y sus hombres iniciaron el camino de vuelta... lo único que deseaban era
llegar cuanto antes a sus barcos y olvidar lo que acababa de pasar... Sólo el
propio Enrico echó un último vistazo, y vio como la maleza se cerraba de nuevo,
sobrenaturalmente, sobre el claro. Giró sobre sus pasos y siguió a los
tileanos... Los sonidos de la jungla volvieron pronto, alegrando levemente sus
afligidos corazones.
En la primera parada que hicieron muchas horas después de abandonar el
lugar, con todos sus sentidos alerta, hablaron sobre el tema... El capitán
expuso lo que la iguana le dijo en sueños y propuso que jamás hablasen de lo
que había pasado, que sus memorias olvidasen ese lugar maldito... Al Dux le
contarían que nada encontraron, que no existía ciudad alguna, y que las pocas
gemas que hallaron estaban en lugares recónditos, de difícil acceso, que no
justificaban ninguna otra expedición... Algunos renegaron, diciendo que las
riquezas debían encontrarse allí, o no habrían sido protegidas con tanta
fiereza. Achacaban la muerte de los que quedaron atrás a los habitantes de la
región: Saurios que andaban sobre dos patas, salvajes seres carnívoros... Pero
la mayoría acató la decisión del Capitán.
El regreso a los barcos fue mucho más pesado que la ida... Muchos de
los disidentes desaparecieron a lo largo de las diez jornadas que duró la
travesía sin dejar el más mínimo rastro. Los tileanos decidieron que no
pararían por nadie y así lo hicieron. De los cuarenta y dos hombres que
iniciaron la marcha en la jungla, sólo una docena llegó a las lanchas.
Sin dar explicaciones a los que les esperaban, levaron anclas y
partieron hacia su patria... (...).
El viaje se alargó durante mucho, mucho tiempo... Cuando encontraban
una isla, podían procurarse alimentos para mantenerse durante el viaje, pero
nadie habitaba en ellas... Los navegantes parecían haberse vuelto locos, o al
menos no sabían que diablos pasaba... Tres largos años duró el viaje... Un
viaje donde pasaron por lugares que jamás habían conocido antes, y que nadie
debería conocer después...
Al atracar en el puerto de Miraggliano, Enrico ordenó a sus escasos
hombres, apenas una docena en un único bergantín, que se adecentasen mientras
él marchaba a ver al Dux... Junto a él, su siempre fiel Coloccini. Cuando
llegaron al Palacio Ducal, fueron recibidos por el hijo del Dux, que no sabía
nada de ellos ni de su expedición. Su padre, el antiguo Dux, había muerto tres
años atrás de unas extrañas fiebres, agonizando en medio de visiones de
monstruos fantásticos en un lugar de locura... En su avaricia, había mantenido
en secreto todo lo tocante a la expedición... Así que ellos jamás habían
existido... Habían sido, sencillamente, olvidados.
Volvieron cabizbajos y silenciosos al barco. Cuando llegaron, los
hombres les esperaban con todo preparado para regresar a sus hogares... Enrico
los miró, mientras los del puerto se afanaban en amarrar el viejo casco del
bergantín. ‘Marchad... Hasta luego... Y esto nunca pasó’. Los hombres lo
miraron por última vez y comenzaron su caminar hacia lo desconocido, su
futuro... Coloccini le tocó el hombro: ‘Hasta siempre Capitán’ -Dijo. Enrico le
sonrió levemente. Y Coloccini también marchó...
Enrico volvió a mirar el mar... Sus pensamientos le embargaban de duda
y desazón, cuando el crujir de la madera del bergantín le hizo girar la testa
hacia el sonido... El maltrecho barco, tras los duros años de navegación, había
partido su casco y se hundía en la rada... Los marinos se esforzaban,
gritándose unos a otros por evitar el desastre.
‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Descansa. Nadie
más te molestará’ -Dijo en alto. Los marinos le hicieron caso un momento,
comentando la majadería que había dicho ese loco. Enrico giró sobre si mismo,
cogió sus pertenencias y marchó... La expedición había llegado a puerto.
FIN
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El mendigo se levantó. Todos estábamos boquiabiertos. Nos contempló,
apuró su tercera jarra de cerveza y se dirigió a la puerta. Yo corrí tras él.
“Perdone, su merced” -le dije mientras le sujetaba el brazo- “por
curiosidad, ¿cuál es vuestro nombre?”.
Miró pausadamente su brazo sujeto. El hecho que tuviese la mano sobre
el puño de su ajada espada me hizo reaccionar y soltarlo. Me miró y me dijo
unas palabras que me paralizaron: “Mi nombre se perdió en el tiempo. Ahora que
si su merced quiere saberlo, en aquella otra vida me llamaron Marco...”- giró
sobre sí mismo. Abrió la puerta y me volvió a mirar: “Marco Colloccini”... La
puerta se cerró... Tarde unos segundos en reaccionar... Salí tras él, pero allí
no había nadie... tal vez la expedición del Olvido existió... o tal vez fue
sólo la pesadilla de un loco.
Autor: Voltron. Relato para la Hostería del Gobo Errante, basado en la
Historia de Pahuax.

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