martes, 20 de diciembre de 2016

LA EXPEDICIÓN DEL OLVIDO

Este relato fue parte de los publicados para el blog de Fantasía Medieval "La Hostería del Gobo Errante", propiedad de mi buen amigo Álvaro. Fue escrito bajo seudónimo "Voltron" en 2003. Pretendía ser parte de una serie de relatos que darían forma a una historia completa, que se llamaría la Historia de Pahuax, aunque finalmente quedó como un relato aislado. Espero lo disfrutéis.

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Aquel hombre cojeaba ostensiblemente. Cuando atravesó las puertas de la Hostería, todas las miradas se giraron hacia el mendigo. Olía a alcohol, aunque nadie era capaz de precisar si ese era un olor adquirido o ese olor era tan reciente como el corte que tenía en su mejilla. De su cinturón colgaba una mellada espada, espada que ya había atravesado suficientes pujas como para ser jubilada. Casi como su portador.
El mendigo se dirigió hacia la barra sin decir nada ni levantar la mirada del suelo.
“Cerveza”- esputó sin levantar su mirada. El posadero lo miró con desconfianza. “¿Tienes con que pagar?”.
“Por lo que me han dicho, en este local una buena historia merece al menos dos jarras más”. Dijo el mendigo, levantando su cabeza para dejar ver al tabernero su rostro rudo y sus ojos perdidos.
“Sea” -dijo el tabernero- “los presentes siempre están dispuestos a dejarse sus dineros a cambio de una buena historia... pero espero que merezca la pena”.
“Mírame a los ojos...”. El tabernero respingó hacia atrás. Esos ojos mostraban horror y locura... y verdad. “Comienza sin delación tu narración...”.
El mendigo se giró. Miró a todos los presentes y se dirigió al centro de la hostería. Se sentó. Apuró de un trago la jarra de cerveza y, antes de pedir otra, ya la tenía frente a él, junto con un plato de alubias de la Asamblea. Los paisanos comenzaron a rodearle... Yo, Karel Osterragherr, Maestro Impresor de Nuln, estaba entre los presentes, y lo que aquí escribo, juro que fue lo narrado. Este fue el relato:

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“Hacía ya ocho jornadas que avanzaban a través de aquella monótona y asfixiante vegetación... Ocho lunas, ocho soles, ocho días sin nada más en sus retinas que el enfermizo verde de las junglas de Lustria. Enrico Morazzo comandaba aquel grupo de tileanos enviados por el Dux de Miraglianno para encontrar la ciudad repleta de arcanos tesoros que los videntes habían observado en su futuro... Una ciudad de increíbles riquezas, situada cerca de la costa meridional de Lustria, a unas quince jornadas de camino de la colonia nórdica. Una ciudad oculta en la espesura de la selva, una ciudad abandonada y tan llena de riquezas, que si el Dux quisiese, podría comprar toda la artillería de Nuln o incluso todas las tierras de la Asamblea.

Pero ya hacía ocho días que marchaban sin descanso, avanzando al ritmo de los machetes que cortaban la maleza, al ritmo de las ruedas del pequeño cañón que les acompañaba, aplastando las ramas y plantas que poblaban el suelo... El calor era agobiante, y la escasez de agua potable lo hacía aún menos llevadero. Sin embargo, lo peor de todo eran los ruidos desconocidos emitidos por mil y un seres sin rostro que se ocultaban en cuanto Morazzo y sus hombres trataban de observarlos... Monos, pájaros de agudas voces, rugidos desconocidos procedentes, tal vez, de enormes felinos, siseos malditos... Ruidos en general, pero...

En este ensimismamiento se encontraba Enrico tratando de olvidar el martirio al que le estaban sometiendo sus botas, cuando se percató que había desaparecido todo sonido... Cierto, tal vez llevaba diez minutos, quizá más, sin escuchar todos esos sonidos que su mente había enunciado... Sólo el rodar del cañón, los gemidos esforzados de los tileanos y el chascar de las plantas al ser segadas por los machetes de los exploradores.

A un gesto de su mano levantada, todos pararon su quehacer.

- ‘Oíd eso...!!! -Exclamó.

- ¿Que escuchemos, mi capitán? -Preguntó el alférez Rombardi- No se escucha nada...

- Precisamente, Gianlucca... No hay aullidos, ni gritos, ni gorgoritos, ni siseos... ¿Dónde se han ido?; ¿qué ocurre?

Los hombres escucharon atentamente... Nada, no se oía nada... Sólo la agitación nerviosa de la respiración de aquellos sudorosos hombres. Enrico señaló a Gianlucca y a otros dos y, sin decir una palabra, avanzó por el sendero que habían comenzado a abrir. El chasquido al cortar la maleza volvió a interrumpir el silencio profundo y misterioso que acababa de envolver la selva... El chasquido y el susurro de los comentarios de los tileanos que habían quedado atrás, a los que el alférez Colloccini había comenzado a situar en previsión de un ataque, eran los únicos sonidos audibles en esa tensa atmósfera. El cañón fue colocado rápidamente apuntando a la senda recién abierta por el Capitán y sus acompañantes...

El avance de Enrico y sus hombres era lento... Mientras los de atrás se desplegaban instintivamente como habían hecho una y mil veces en anteriores expediciones, ellos progresaban por la espesa maleza... De repente un golpe y... Un claro... ‘Que raro... Un claro aquí... Pero si la ciudad todavía tiene que estar lejos’ -Pensó para sí Enrico. ‘Marco, entra y observa, pero... ¡¡Ten cuidado!!’.

Marco Botero, un remasiano pequeño y peludo, entró en el claro con sigilo, aprovechando el hueco abierto en la maleza... El silencio que siguió, mientras tres pares de ojos seguían a Marco en su recorrido, fue angustioso... Repentinamente, se escuchó un agudo grito, y Marco cayó al suelo, comenzando a desplazarse con las palmas en el suelo y mirando fijamente algo. Enrico, Gianlucca y Sebastiano saltaron al claro, mientras una decena de hombres venía por detrás, armas en ristre.

Enrico miró a Marco mientras el alférez y el otro hombre corrían a ayudarlo... Vio de refilón su cara, con una mueca de pavor terrible, y temiendo lo que fuese a ver comenzó a levantar su mirada... Sus ojos se abrieron mientras contenía la respiración, al cruzar su mirada con la de una enorme estatua, la escultura de un ser monstruoso... Su corazón alcanzó las mil pulsaciones mientras trataba de contener el terror que aquella estatua desprendía... Los tres hombres ya regresaban con el llanto de terror de Marco como música de fondo cuando a grandes voces el Capitán comenzó a ordenar: ‘Vamos a acampar atrás... Id preparándolo... Rombardi, Morianello, Viscenti, Mista, conmigo’... Ahora el silencio de la selva volvió a interrumpirse a causa de  la frenética tarea de abrir el claro detrás, situar las defensas, los gritos y voces de los hombres en su trabajo y el llanto, ya más acallado, de Botero.

Enrico y sus acompañantes se acercaron a la enorme estatua con sus armas preparadas: ‘Es de piedra, pero hombre prevenido vive’ -Pensó el Capitán Morazzo. Al llegar a su base observaron con cuidado... Parecía de piedra maciza, piedra volcánica, negra como el abismo... Sus monstruosos rasgos se parecían vagamente a los de un gigantesco lagarto de unos tres metros de altura, con grandes alas y una gran hacha en su garra derecha... Su monstruosa garra izquierda estaba extendida como en posición de pedir... Estaba lleno de pinchos, como si estuviese acorazado... Observaron alrededor, con cuidado, deslizándose en  pequeños círculos alrededor de sus pies... Uno de los hombres se agachó y comenzó a revolver las plantas que cubrían la base... Allí había algo que brillaba... ‘Gemas, esto está lleno de gemas... Jaja... ya sabía yo que había un tesoro cerca; siempre lo hay cuando me pica la ...’ .’Déjame también alguna para mí...’ -Exclamó Viscenti mientras desenvainaba su daga para sacar las piedras.

‘Por fin algo que merece la pena para los hombres’ -Pensó Enrico para sí mientras contemplaba las risas de sus camaradas en la labor de extraer las piedras. Levantó la mirada y la cruzó, desafiante, con la del monstruo de piedra... Sus sentidos se pusieron en alerta cuando le pareció observar un guiño en los ojos del ser. ‘Dejad eso, dejadlo ya...’ -Gritó. Su rostro se tornó serio y ordenó a sus hombres que formasen un grupo de cinco guardianes para vigilar el claro de la estatua mientras el resto permanecía en el claro que habían comenzado a abrir más atrás... Aquello no parecía muy seguro, así que duplicarían las guardias.

Tras el arduo trabajo de preparar el terreno para el descanso, los hombres cenaron frugalmente y se acostaron. No encendieron fuego para evitar las miradas indiscretas que acechaban normalmente en la profundidad de la jungla. Enrico se acostó con el abismo del rostro del ser en su mente, con esos ojos que le habían hecho un guiño de complicidad o de amenaza... Tardó en caer en brazos de Morfeo, pero finalmente durmió... (...).

La noche fue pasando. Enrico se mantenía siempre alerta, incluso cuando dormía. Lo hacía desde la Batalla de Pravia, cuando los estalianos les sorprendieron en medio de la noche, y a punto estuvieron de acabar con él. Dormía como un felino, con un ojo siempre abierto... Observó así algo que se acercaba directo hacia él, una sombra que no conseguía distinguir, saliendo de entre la maleza. Disimuladamente dirigió la mirada hacia sus guardias. Dos de ellos estaban charlando entre sí a pocos metros de la sombra, y ni se habían inmutado. La sombra cobró forma en una gigantesca iguana, de unos dos metros y medio, que se dirigía a gran velocidad hacia él (...).

Sus hombres no la habían visto ni oído, así que intentó desenvainar su daga, a la que dormía siempre aferrado... No salía, es más, él mismo no podía moverse... ¿Qué ocurría?. Comenzó a sudar, aterrado según veía más cerca al lagarto... Intentó chillar pidiendo socorro, pero ningún ruido salía de su garganta... (...). Repentinamente vio la bífida lengua de la iguana frente a sus ojos y pensó: ‘El fin me ha llegado...’ Cerró fuerte los ojos esperando un bocado mortal, cuando escuchó un siseo... Un siseo que le hablaba en tileano. Abrió de nuevo los ojos y vio que la iguana se dirigía a él. Siseando, le dijo: ‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Marchaos en paz y dejad descansar el mal... Los Ancestrales os protejan... Marchad o morid’. (...) La iguana se giró y desapareció velozmente en la maleza... (...).

Enrico despertó jadeante y sudoroso... Miró hacía donde había soñado la iguana y no vio pisada alguna... Los guardias giraron la cabeza hacia él y tras contemplarlo volvieron a su conversación. No había pisadas, nada. Se levantó con las palabras del sueño en su mente... Marchad o Morid... dijo la iguana. Era un sueño sin importancia. Las primeras luces se colaban entre la frondosidad de las palmeras y de la intrincada cortina de lianas y plantas... Miró hacia donde yacía el claro (...).

Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio que... !El claro había desaparecido!. La vegetación había crecido nuevamente cubriendo el acceso. Su corazón pegó un salto en su interior... Salvo el susurro de los que empezaban a despabilar, no se escuchaba nada... (...).

‘¡¡¡Rombardi!!!’ -Gritó. El grito terminó de despabilar a los hombres... Muchos de los cuales se pusieron rápidamente en alerta, con sus mosquetones en ristre, comenzando a encender las mechas húmedas.

No hubo respuesta... ‘¡¡¡Giaunlucca Rombardi, responde!!!’ -Repitió. Hizo un gesto a sus guardias. ‘¿Habéis visto o escuchado algo esta noche?’ -Interrogó al sargento Minsionelli. ‘Nada capitán, ha sido una noche tranquila, demasiado tal vez...’.

Sigilosamente comenzaron a acercarse al lugar donde el claro había sido consumido por la espesura... Enrico, espada en ristre, temía cortar esas lianas con las que se había entrelazado una cortina verde que ocultaba  lo que esperase al otro lado... ‘Gianlucca o alguno de los otros... ¡¡¡Responded!!!’ -Volvió a inquirir. Pero ninguna respuesta fue devuelta del otro lado de la cortina verde. Con un gesto varios de sus hombres se desplegaron, mientras el alférez Coloccini y el Sargento Ruggia tomaban armas a su derecha e izquierda. Más atrás, el cañón fue dispuesto para el disparo, si era necesario... Pasaron unos instantes en medio de un terrible silencio, mientras se daba la señal de asalto...

‘O morid... O morid... O morid’ -Repetía la mente de Enrico una y otra vez, recordando lo que la iguana le había dicho en su sueño. Con un grito ordenó el asalto... (...).

Las lianas cayeron seccionadas, mientras los hombres proferían gritos guerreros que fueron cambiados a por todos los dioses y gritos de terror al caer la cortina... Frente a ellos había una auténtica orgía de sangre... Gianlucca yacía con su cabeza seccionada en dos mitades casi hasta sus hombros... Fertelli había perdido sus intestinos... Todos habían sido salvajemente asesinados. Los hombres corrieron hacia ellos, algunos derramando lágrimas de dolor por la pérdida de sus compañeros, cuando un seco grito de horror rompió la escena... ‘La estatua, la estatua...’ -Balbuceó horrorizado el cabo Visconti.

Enrico dirigió su mirada hacia el monstruoso ser al que habían robado las gemas, y lo que vio le quebró la razón, al menos por un instante... La gran hacha estaba empapada en sangre casi seca, y restos de pelo habían quedado pegados a la misma... Y en su penitente mano izquierda estaban ¡¡¡Los intestinos de Fertelli!!!... A grandes voces empezó a ordenar  el alejamiento, la huida de aquel lugar de sangre y muerte...

Sin tiempo para enterrar a sus muertos ni para mirar hacia atrás, Enrico y sus hombres iniciaron el camino de vuelta... lo único que deseaban era llegar cuanto antes a sus barcos y olvidar lo que acababa de pasar... Sólo el propio Enrico echó un último vistazo, y vio como la maleza se cerraba de nuevo, sobrenaturalmente, sobre el claro. Giró sobre sus pasos y siguió a los tileanos... Los sonidos de la jungla volvieron pronto, alegrando levemente sus afligidos corazones.

En la primera parada que hicieron muchas horas después de abandonar el lugar, con todos sus sentidos alerta, hablaron sobre el tema... El capitán expuso lo que la iguana le dijo en sueños y propuso que jamás hablasen de lo que había pasado, que sus memorias olvidasen ese lugar maldito... Al Dux le contarían que nada encontraron, que no existía ciudad alguna, y que las pocas gemas que hallaron estaban en lugares recónditos, de difícil acceso, que no justificaban ninguna otra expedición... Algunos renegaron, diciendo que las riquezas debían encontrarse allí, o no habrían sido protegidas con tanta fiereza. Achacaban la muerte de los que quedaron atrás a los habitantes de la región: Saurios que andaban sobre dos patas, salvajes seres carnívoros... Pero la mayoría acató la decisión del Capitán.

El regreso a los barcos fue mucho más pesado que la ida... Muchos de los disidentes desaparecieron a lo largo de las diez jornadas que duró la travesía sin dejar el más mínimo rastro. Los tileanos decidieron que no pararían por nadie y así lo hicieron. De los cuarenta y dos hombres que iniciaron la marcha en la jungla, sólo una docena llegó a las lanchas.

Sin dar explicaciones a los que les esperaban, levaron anclas y partieron hacia su patria... (...).

El viaje se alargó durante mucho, mucho tiempo... Cuando encontraban una isla, podían procurarse alimentos para mantenerse durante el viaje, pero nadie habitaba en ellas... Los navegantes parecían haberse vuelto locos, o al menos no sabían que diablos pasaba... Tres largos años duró el viaje... Un viaje donde pasaron por lugares que jamás habían conocido antes, y que nadie debería conocer después...

Al atracar en el puerto de Miraggliano, Enrico ordenó a sus escasos hombres, apenas una docena en un único bergantín, que se adecentasen mientras él marchaba a ver al Dux... Junto a él, su siempre fiel Coloccini. Cuando llegaron al Palacio Ducal, fueron recibidos por el hijo del Dux, que no sabía nada de ellos ni de su expedición. Su padre, el antiguo Dux, había muerto tres años atrás de unas extrañas fiebres, agonizando en medio de visiones de monstruos fantásticos en un lugar de locura... En su avaricia, había mantenido en secreto todo lo tocante a la expedición... Así que ellos jamás habían existido... Habían sido, sencillamente, olvidados.

Volvieron cabizbajos y silenciosos al barco. Cuando llegaron, los hombres les esperaban con todo preparado para regresar a sus hogares... Enrico los miró, mientras los del puerto se afanaban en amarrar el viejo casco del bergantín. ‘Marchad... Hasta luego... Y esto nunca pasó’. Los hombres lo miraron por última vez y comenzaron su caminar hacia lo desconocido, su futuro... Coloccini le tocó el hombro: ‘Hasta siempre Capitán’ -Dijo. Enrico le sonrió levemente. Y Coloccini también marchó...

Enrico volvió a mirar el mar... Sus pensamientos le embargaban de duda y desazón, cuando el crujir de la madera del bergantín le hizo girar la testa hacia el sonido... El maltrecho barco, tras los duros años de navegación, había partido su casco y se hundía en la rada... Los marinos se esforzaban, gritándose unos a otros por evitar el desastre.

‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Descansa. Nadie más te molestará’ -Dijo en alto. Los marinos le hicieron caso un momento, comentando la majadería que había dicho ese loco. Enrico giró sobre si mismo, cogió sus pertenencias y marchó... La expedición había llegado a puerto.

FIN

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El mendigo se levantó. Todos estábamos boquiabiertos. Nos contempló, apuró su tercera jarra de cerveza y se dirigió a la puerta. Yo corrí tras él.
“Perdone, su merced” -le dije mientras le sujetaba el brazo- “por curiosidad, ¿cuál es vuestro nombre?”.
Miró pausadamente su brazo sujeto. El hecho que tuviese la mano sobre el puño de su ajada espada me hizo reaccionar y soltarlo. Me miró y me dijo unas palabras que me paralizaron: “Mi nombre se perdió en el tiempo. Ahora que si su merced quiere saberlo, en aquella otra vida me llamaron Marco...”- giró sobre sí mismo. Abrió la puerta y me volvió a mirar: “Marco Colloccini”... La puerta se cerró... Tarde unos segundos en reaccionar... Salí tras él, pero allí no había nadie... tal vez la expedición del Olvido existió... o tal vez fue sólo la pesadilla de un loco.


Autor: Voltron. Relato para la Hostería del Gobo Errante, basado en la Historia de Pahuax.

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