Era una fría tarde de enero cuando aquel pequeño corderito vino a la vida. Dejó el calor de la madre como hacen todos los corderos desde que el mundo es mundo, húmedo, ciego, temblando de frío y miedo. Normalmente, en pocos minutos, los corderitos se ponen en pie sobre sus frágiles patas, y comienzan a buscar la protección de su madre, que les espera para darles refugio y alimento, llevándolos luego consigo hacia el cercado donde todo el rebaño descansa.
Pero aquel corderito no tuvo fortuna. Demasiado tarde llegó a la vida, cuando ya los bichos grandes que hacen guau obligaban al rebaño a juntarse y recogerse. La madre del corderito, viéndose acosada por alguno de los más grandes bichos que hacen guau, se acobardó –al fin y al cabo es una oveja- y dejó a su pequeño aun sin incorporarse, mojado y aterido de frío, temblando en el comienzo de aquella su vida, que amenazaba con ser muy corta, más corta de lo que es habitual en un corderito.
El rebaño marchó, junto con los bichos que hacen guau, y la noche llegó, oscura y fría como solo lo son las noches de invierno sin luna. El corderito balaba llamando a su mama –“mama, beee, mama”- con toda la fuerza que podía, pero sólo consiguió atraer a uno de los más grandes bichos que hacen guau, que lo miró con detenimiento, lo olisqueó, y cuando el corderito comenzaba a pensar que ya había llegado su fin, se dio la vuelta y se marchó.
Sólo quedó ya el corderito, casi sin voz. Cansado tras pasar su corta vida balando, llamando a su mamá, que le había abandonado. Sus ojitos comenzaron a soltar pequeñas gotas, que no entendía, mientras comenzaba a sentirse débil y helado. Fue entonces cuando escuchó unos extraños sonidos que emitían unos seres desconocidos. Estaban lejos, y el corderito no sabía si eran amigos o querrían devorarle; ni siquiera sabía si serían bichos que hacen guau, pero con otro sonido. Pero en su situación, no podía conformarse; si no decía algo, pronto moriría. Por tanto, llamó con voz débil –“ayuda, beeee”-. No hubo respuesta.
Otra vez lo intentó, esta vez tratando de elevar su voz todo lo que sus fuerzas le permitían –“mamá, beeeee”- baló. Esta vez su llamada tuvo recompensa, y vio acercarse dos figuras oscuras y grandes. Según se acercaban, y se hacían más inmensas, aún más grandes que los bichos que hacen guau, el corderito comenzó a arrepentirse; parecían monstruos, que caminaban a dos patas; el corderito comenzó a pensar que era su fin, pero, aterido de frío y terror, fue incapaz de moverse. El más pequeño de los monstruos se arrojó sobre el con la firme intención de devorarle, pensó el corderito, que, haciendo un esfuerzo titánico, pensando que sería el último de su vida, baló –“mamá, beee”- y cerró sus ojos para no contemplar las fauces del monstruo.
Pero algo pasó con lo que el corderito no contaba, y es que el monstruo más chiquito lo levantó en volandas, y lo tapó con una cosa que olía mal, pero que le quitó un poco el frío. Sorprendido, abrió los ojos, y vio como volaba en brazos del monstruo chiquito, mientras el más grande los seguía. Cerró de nuevo los ojos, pensando que lo llevaban a un sitio donde lo cocinarían y se lo comerían; total, entre no ver nada y ver la oscuridad que había delante, al menos sentiría el calor del monstruo chiquito antes de morir.
Pasaron varios minutos, mientras escuchaba a los monstruos comunicarse entre ellos; no entendía nada de lo que decían, pero podía imaginarse la conversación –“que rico estará cuando lo aliñemos y le saquemos las tripas”- estaría diciendo el monstruo grande; y el pequeño le contestaría –“seguro que sabe muy bien”. Su imaginación comenzó a jugarle malas pasadas, así que decidió balar de nuevo, fuerte, con las fuerzas renovadas por el calor que los monstruos le transmitían. Y baló –“mamá, beeee, mamá, beeee”-; su esperanza era poca, pero como si fuese un sueño, mamá contestó, y en la lejanía se escuchó su balido –beeeebeeee-. El corderito abrió los ojos y agudizó sus oídos, y baló como aún no había hecho –“mamá, beee”- y la madre le respondía –“corderito, ven beeeee”. Los monstruos seguían haciendo ruidos horribles, pero el corderito comenzó a convencerse que no lo iban a devorar, ya que mamá sonaba cada vez más cerca; ¡lo estaban llevando con ella!.
Y el corderito se alegró por primera vez de estar con aquellos monstruos; además, ahora un bicho que hace guau les acompañaba, y parecían que iban hacia un lugar lleno de sus congéneres. Al final esos monstruos no eran tan malos como él había pensado.
El monstruo pequeño se adelantó, dejando atrás al bicho que hace guau y al monstruo grande, y escuchó a su mamá balarle claramente, y muy cerca –“hijito, ven con mamá, beeee, beeee”. El monstruo chiquito emitió unos sonidos infernales, llamando en su lenguaje a otro monstruo de dos patas, que apareció tras una cosa que hizo un ruido horrible al abrirse. Y el corderito cambió de manos, del monstruo pequeño a otro que había aparecido y, que tomándolo consigo, lo metió dentro de un gran cercado donde no se veía el cielo negro y había mucha luz.
El corderito sonriendo, giró la cabeza para ver como el monstruo chiquito se daba la vuelta y se marchaba, lanzando un último balido –“gracias, beee”- dijo.
El nuevo monstruo metió al corderito en aquel lugar; hacía calor, lo que agradecía, pero lo que quería era ver a su mamá. EL monstruo apartó otro obstáculo que se abrió hacia dentro y el corderito pudo escuchar al rebaño recibirle con un sonoro balido –“beeeee”. Y el monstruo lo dejó en el suelo, y el corderito escuchó a su mamá llamarle –“corderito, ven, beeeee”. Y el corderito, sobre sus pequeñas patitas, corrió, por primera vez, hacía su mamá, que lo besó y calentó cuando se juntaron.
Y el corderito fue feliz aquella noche de enero.

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