En un país a lo mejor no tan lejano, vivía una princesa de
ojos verdes y preciosos rizos dorados, a la que su pueblo conocía como Lady
Corazón Dorado. La princesa era una chica comprometida con los demás, al
contrario que el resto de la familia real, aristócratas orondos y cursis que se
dedicaban a gastar mucho dinero sin pensar en nadie más; ella gustaba de partir
cada mañana de palacio, para recorrer los dominios de su padre, el rey,
repartiendo comida y parabienes a los más necesitados, y atendiendo a los
animales que poblaban los pueblos y bosques, dándoles comida y golosinas que
todos, desde el oso más gracioso a la ardilla más cotilla, agradecían.
La princesa Lady Corazón Dorado se hizo tan popular, que los
miembros de la familia real empezaron a envidiar como el pueblo la quería. La
más bruja de las infantas reales, decidió, de acuerdo con el presidente de la
comisión del centro real de inteligencia, que de inteligente tenía poco pero de
listo mucho, hacer desaparecer a la princesa. Para ello, contrato los servicios
del ogro de un ojo Mariano, que era un tipo muy desagradable que vivía de okupa
en un castillo en ruinas justo en medio de un pantano, al sur del reino. La
infanta bruja y el listo del CRI le ordenaron que secuestrase a la princesa y
se la llevase para siempre a su castillo; ellos harían que la noticia de la
desaparición fuese cayendo en el olvido, hasta que nadie se acordase de Lady
Corazón Dorado, lo que casi parecería bien hasta al mismo rey, su padre.
El ogro Mariano, esperó unas semanas, hasta que un día, en
el trayecto conocido como El Camino de la Dama, que ella recorría dando
parabienes cada semana, atacó a sus escoltas, dos valientes guardias reales que
salieron por patas en cuanto le vieron los dientes llenos de sarro a Mariano,
y, cuando Lady Corazón Dorado quedó sola y desvalida, se la llevo metida en un
saco.
El ogro Mariano la arrojó en la última estancia del castillo
del Olvido, situada en la más alta torre, que llamaba la Torre de la Tristeza,
en una habitación con pocas comodidades que conocía como Infortunio, por donde
se filtraba el frío y la humedad del pantano más de lo que era deseable. Las
únicas comodidades que Lady Corazón Dorado tendría en su encierro eran una
cama, la chimenea que le daba algo de calor, y un espejo mágico, que era
conocido como Esperanza, pero cuya capacidad mágica, aparte de ser un buen
conversador, era conceder deseos buenos a cualquier ser vivo presente frente a
él, siempre y cuando el deseo fuese para otro ser vivo diferente al que lo
pedía. Por tanto, a ella no le servía de nada, ya que carecía de ninguna
compañía.
Los días pasaron sin noticias de la princesa. Al principio,
los periódicos publicaron a toda página la noticia de la desaparición, y los
telediarios abrieron sus ediciones con la noticia. De los dos guardias no se
supo nada, ya que tomaron las de Villadiego para evitar ser castigados, y la
bruja infanta y el listo del CRI se ocuparon que la policía del reino no
encontrase pistas sobre el paradero de la princesa. Aunque el rey puso en
marcha un programa de televisión para elegir a caballeros que buscasen y
rescatasen a su hija, fue inútil; los caballeros del reino, tras largos años de
no tener a nadie que rescatar, se habían dedicado a los deportes, la mayoría prefería
batirse en un pádel a hacerlo en un torneo, y los pocos voluntarios a los que
no les gustaba el pádel, estaban tan gordos que no podían ni subir a sus
caballos, cuanto más embutirse en sus ceñidas armaduras.
Fracasado el programa, el pueblo perdió toda esperanza de
recuperar a su dama dorada, y, poco a poco, como es normal en los humanos, fue
cayendo en el olvido, para satisfacción de la infanta bruja, que se casó con el
listo del CRI como premio por su ayuda. Pero no contaban con que los animalitos
del bosque, cuya memoria es mucho más digna que la de los humanos, no
olvidarían a su protectora. El oso convocó una conferencia multirracial en el
claro del bosque, y puso al búho a dirigirla, ya que tenía la voz más aguda.
Todos los animales se mostraron voluntarios para ir a buscar a la princesa,
pero sabían que un ataque coordinado podría acabar en desastre, ya que los
cocodrilos, que eran unos ingratos, defendían el pantano; además, seguro que el
ogro Mariano mataba a Lady Corazón Dorado si se veía acorralado, y aunque el
león glotón no estuvo en desacuerdo pensando en lo rica que podía estar la
princesa, todos los animales desecharon el asalto.
Así que, mientras la princesa llenaba de lágrimas de soledad
sus preciosos ojos verdes, allí en su habitación del Infortunio en la torre de
la Tristeza, los animales llegaron a una conclusión, y fue mandar al más
valiente de ellos para que, en una operación de comandos, se colase en el
castillo y rescatase a la princesa. Y se pidieron voluntarios, y de entre todos
ellos, los animales escogieron a la tortuguita (tortuguito) valiente. Durante
semanas, los monos y el ciervo, que eran entrenadores de élite, sometieron a la
tortuguita valiente a las más estrictas pruebas físicas, mientras los pájaros
tarareaban la música de Rocky. Entre flexiones y sudor, pasaron los días hasta
que la tortuguita estuvo preparada. Entonces, los animales del bosque volvieron
a juntarse para hacerle una gran fiesta de despedida, y la tortuguita valiente
marchó, orgullosa de ser la más importante entre los animales, directa a su
misión. Como tras cuatro horas aún no había conseguido salir del claro (es lo
malo de ser una tortuga), los animales decidieron montarlo sobre el águila y
que esta la arrojase justo sobre la torre de la Tristeza.
El vuelo fue bien, mientras la tortuguita, repanchingada en
la espalda del águila, tomaba el sol. Cuando llegaron al pantano, el águila
inició un vuelo de aproximación en picado hacia la torre, sacudiéndose de
encima a la tortuguita, que no estaba preparada, y que cayó gritando
“Jerónimoooooo” en el idioma de las tortugas, justo para colarse por una
pequeña apertura en el techo y cayendo sobre la bañera en la que la princesa se
bañaba a aquellas horas.
“Para habernos matado”, pensó la tortuguita, mientras Lady
Corazón Dorado se quitaba los restos de jabón de la cara, ya que el impacto de
la tortuguita había salpicado toda la sala. Contenta de ver un compañero, la
princesa tomó a la tortuguita entre sus brazos y la abrazó. La tortuguita
intentó hablarle y contarle su plan de fuga, pero ninguno de los animales había
tenido en cuenta que las tortugas no hablan idioma humano, por lo cual la
princesa pensó que la tortuguita quería comida y la puso sobre el plato de
restos a comer lechuga.
La princesa estuvo feliz de la compañía, mientras la
tortuguita se frustraba tras cada intento baldío de fuga. Día tras día, la
tortuguita intentaba comunicar sus intenciones sin resultado, aunque pensándolo
bien… ¿Cómo podía haber imaginado que ella, tan chiquitita, a pesar de su preparación
de comando, podía sacar a la princesa de la torre?. La frustración causó que la
tortuguita decidiese dedicarse a otros menesteres, haciendo reír a la princesa
bailando claqué.
Los días pasaron, y tortuguita comenzó a olvidar su misión. Hasta
que un día, observando a la princesa, vio que esta hablaba con el espejo
mágico. Como no había visto un espejo mágico hasta llegar a la habitación del
Infortunio, decidió esperar a la noche y charlar con él.
“Hola cosa que refleja”.- dijo la tortuguita en su idioma.
Para su sorpresa, el espejo, que era super listo, la respondió en idioma
tortugo.
“Hola Tortuguita Valiente. Ya sabía que venías antes que
llegases”.- La tortuguita alucinaba, ya que no esperaba que un espejo pudiese
hablar, y menos tortugo.
“He escuchado a la princesa que te llamas Espejo Mágico.
¿Qué es lo que haces?”.- preguntó la tortuguita.
“Concedo deseos. Pero nunca podré concederte un deseo para
ti, si no para otro ser vivo que esté en la habitación y que tú me pidas”.- A
la tortuguita (tortuguito, recordemos) se le encendieron todas las luces, ya
que era listo como él solo, y pensó en pedir que a la princesa le saliesen alas
para huir de su encierro; sin embargo, pensar en Lady Corazón Dorado convertida
en un pájaro de por vida no le convenció mucho, así que buscaría otra solución.
Se despidió del espejo mágico y le dijo que volverían a hablar.
La tortuguita pasó toda la noche y el día siguiente pensando
que solución podría tomar. Se ocultó dentro de la bañera cuando llegó la
inspección diaria del ogro Mariano, y allí encontró la solución. Viendo los
dibujos que adornaban la bañera, descubrió un precioso caballo blanco con alas,
y pensó: “Que bien tendría que verme con esa forma; y debería ser muy rápido…
me gustaría ser un caballo con alas”.
Aquella noche, mientras la princesa dormía, conectó
nuevamente el sistema operativo del espejo, y le dijo: “Quiero que la princesa
desee que yo sea un caballo con alas”.
“Un Pegaso”.- contestó el espejo.
“No, un caballo con alas”.- respondió la tortuguita, con
cierta indignación.
“Pues eso, un Pegaso”.- replicó el espejo.
“Que no, un caballo con alas, te he dicho”.- volvió a decir,
cada vez más enfadada, la tortuguita.
Así se pasaron las horas de la noche, sin ponerse de
acuerdo, hasta que el sueño venció a la tortuguita y al espejo se le acabó la
batería. Llegó el amanecer y la princesa se despertó, desperezándose y abriendo
la boca, recibiendo los escasos rayos de sol que se filtraban entre los oscuros
árboles que rodeaban el castillo.
Era curioso. Había tenido un extraño sueño, en el montaba un
bello Pegaso blanco, que de repente desaparecía, dejándola caer, para que
apareciese de nuevo sobre un Pegaso negro, que desparecía para dejarla caer
sobre otro Pegaso blanco, y así sucesivamente, hasta llegar al suelo a lomos de
un Pegaso. Miró a la tortuguita, que aun roncaba tumbada boca arriba, y recordó
la habilidad del espejo mágico. Sus preciosos ojos verdes se iluminaron como
hacía meses que no lo hacían, mientras tomaba a la ya despierta y sobresaltada
tortuguita en volandas, acercándose hacia el espejo mágico, que ya había
recargado la batería. La princesa toco el botón de inicio, y pudo ver el
mensaje esperanzador de “cargando sistema operativo” en la pantalla del espejo.
Según aparecía el careto del espejo, aun bostezando tras el sueño, la princesa
dijo emocionada “quiero que la tortuguita se convierta en un Pegaso blanco”.
La tortuguita, con un enfado de espanto, comenzó a morderle
los dedos, indignada por que él no quería ser un Pegaso, si no un caballo con
alas; mientras la princesa se dirigió hacia el ventanal, como le indicó el
espejo, la tortuguita se revolvía entre las manos de Lady Corazón Dorado, hasta
caerse justo cuando las manos de la princesa asomaban al exterior. La tortuguita
comenzó a caer al vacío, aunque pudo escuchar al espejo decir: “concedido”.
Entonces, mientras gritaba viendo aproximarse el suelo, sucedió lo increíble;
notó como dos protuberancias le salían en el caparazón, y comenzó a agitarlas.
A los pocos segundos, a escasos metros del suelo, comenzó a remontar el vuelo,
mientras un relincho de satisfacción salía de su boca. Orgulloso hizo un par de
piruetas, pensando “me he convertido en un caballo con alas, no en un Pegaso.
¡¡¡Genial!!!”.
Algún día alguien le explicaría que un Pegaso es un caballo
con alas, pero mientras tanto, satisfecho de sí mismo, el Pegaso tortuguita
subió a buscar a la princesa, que le esperaba ya con el espejo bajo el brazo y
medio cuerpo fuera. Se quedó unos segundos mirándola, disfrutando del brillo de
sus ojos verdes al verlo; sonrojado, el Pegaso tortuguita giró para dejar su
lomo junto a la ventana. La princesa lo montó, justo a tiempo; el ogro Mariano
entraba en la estancia pegando berridos, avanzando a grandes pasos para
cogerla, justo cuando el Pegaso Tortuguita empezó su vuelo hacia la libertad.
Durante unas cuantas horas volaron de montaña a montaña, de
claro en claro, hasta que alcanzaron el claro de los animales, donde fueron
recibidos con grandes vítores. Los animales, que no querían creer que aquel
hermoso caballo con alas era la heroica tortuguita, guardaron un minuto de
silencio en su memoria, mientras el Pegaso relinchaba: “que soy yo”. Luego,
volvieron a levantar el vuelo, seguidos por hordas de animalitos, para
dirigirse a la residencia de la infanta bruja, quién estaba metiéndole una
bronca de escándalo al listo del CRI. Los sorprendieron completamente, y la
policía real, que había sido alertada por varios perros policía, a los que
habían avisado los mirlos del bosque, procedió a detenerles. Pasarían largos
años de matrimonio en prisión, juntos, sin separarse nunca.
Luego, la princesa se dirigió acompañada por la policía real,
los animales y gran parte del pueblo, que estaba deseoso de recuperar a su
Princesa Dorada, al palacio real, donde derrocaron al rey, siendo nombrada Lady
Corazón Dorado nueva reina del país. Bondadosamente, perdonó la vida a toda la
familia real, aunque les quitó todo su dinero y posesiones y los puso a
trabajar en los campos, cuidando animales.
Cuando pasaron varias jornadas, la reina Corazón Dorado
decidió que debía tomar un marido, para que reinase felizmente junto a ella.
Cansada de ver pasar por delante de su trono a un montón de bobos, que solo
querían su fortuna, decidió bajar con Esperanza, el espejo mágico, a las
cuadras reales, donde descansaba el Pegaso Tortuguita, que había comenzado a
engordar de poco hacer ejercicio y mucho comer golosinas. Mirándole fijamente
con sus preciosos ojos verdes, se giró hacia el espejo y le dijo: “quiero que
Pegaso se convierta en el más bello y valiente rey que haya existido”.
A Pegaso Tortuguita se le pusieron los ojos como platos
cuando escuchó aquel deseo, e intentó relinchar una protesta, cuando de su boca
salieron los más bellos sonidos que nunca había escuchado, declarando su
perdido amor hacia la reina. Y ella volvió a dirigir su hermosa mirada hacia el
Pegaso Tortuguita, que ahora se había convertido en el Caballero Pegaso
Tortuguita.
Y se casaron con grandes nupcias, mucha pompa y largos
festejos, a los que acudieron todos los animales y hasta el último de sus
súbditos, que celebraron como nunca y fueron felices por siempre.
FIN

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