lunes, 23 de enero de 2017

CORAZÓN DE ORO Y LA TORTUGA:

En un país a lo mejor no tan lejano, vivía una princesa de ojos verdes y preciosos rizos dorados, a la que su pueblo conocía como Lady Corazón Dorado. La princesa era una chica comprometida con los demás, al contrario que el resto de la familia real, aristócratas orondos y cursis que se dedicaban a gastar mucho dinero sin pensar en nadie más; ella gustaba de partir cada mañana de palacio, para recorrer los dominios de su padre, el rey, repartiendo comida y parabienes a los más necesitados, y atendiendo a los animales que poblaban los pueblos y bosques, dándoles comida y golosinas que todos, desde el oso más gracioso a la ardilla más cotilla, agradecían.

La princesa Lady Corazón Dorado se hizo tan popular, que los miembros de la familia real empezaron a envidiar como el pueblo la quería. La más bruja de las infantas reales, decidió, de acuerdo con el presidente de la comisión del centro real de inteligencia, que de inteligente tenía poco pero de listo mucho, hacer desaparecer a la princesa. Para ello, contrato los servicios del ogro de un ojo Mariano, que era un tipo muy desagradable que vivía de okupa en un castillo en ruinas justo en medio de un pantano, al sur del reino. La infanta bruja y el listo del CRI le ordenaron que secuestrase a la princesa y se la llevase para siempre a su castillo; ellos harían que la noticia de la desaparición fuese cayendo en el olvido, hasta que nadie se acordase de Lady Corazón Dorado, lo que casi parecería bien hasta al mismo rey, su padre.

El ogro Mariano, esperó unas semanas, hasta que un día, en el trayecto conocido como El Camino de la Dama, que ella recorría dando parabienes cada semana, atacó a sus escoltas, dos valientes guardias reales que salieron por patas en cuanto le vieron los dientes llenos de sarro a Mariano, y, cuando Lady Corazón Dorado quedó sola y desvalida, se la llevo metida en un saco.

El ogro Mariano la arrojó en la última estancia del castillo del Olvido, situada en la más alta torre, que llamaba la Torre de la Tristeza, en una habitación con pocas comodidades que conocía como Infortunio, por donde se filtraba el frío y la humedad del pantano más de lo que era deseable. Las únicas comodidades que Lady Corazón Dorado tendría en su encierro eran una cama, la chimenea que le daba algo de calor, y un espejo mágico, que era conocido como Esperanza, pero cuya capacidad mágica, aparte de ser un buen conversador, era conceder deseos buenos a cualquier ser vivo presente frente a él, siempre y cuando el deseo fuese para otro ser vivo diferente al que lo pedía. Por tanto, a ella no le servía de nada, ya que carecía de ninguna compañía.

Los días pasaron sin noticias de la princesa. Al principio, los periódicos publicaron a toda página la noticia de la desaparición, y los telediarios abrieron sus ediciones con la noticia. De los dos guardias no se supo nada, ya que tomaron las de Villadiego para evitar ser castigados, y la bruja infanta y el listo del CRI se ocuparon que la policía del reino no encontrase pistas sobre el paradero de la princesa. Aunque el rey puso en marcha un programa de televisión para elegir a caballeros que buscasen y rescatasen a su hija, fue inútil; los caballeros del reino, tras largos años de no tener a nadie que rescatar, se habían dedicado a los deportes, la mayoría prefería batirse en un pádel a hacerlo en un torneo, y los pocos voluntarios a los que no les gustaba el pádel, estaban tan gordos que no podían ni subir a sus caballos, cuanto más embutirse en sus ceñidas armaduras.

Fracasado el programa, el pueblo perdió toda esperanza de recuperar a su dama dorada, y, poco a poco, como es normal en los humanos, fue cayendo en el olvido, para satisfacción de la infanta bruja, que se casó con el listo del CRI como premio por su ayuda. Pero no contaban con que los animalitos del bosque, cuya memoria es mucho más digna que la de los humanos, no olvidarían a su protectora. El oso convocó una conferencia multirracial en el claro del bosque, y puso al búho a dirigirla, ya que tenía la voz más aguda. Todos los animales se mostraron voluntarios para ir a buscar a la princesa, pero sabían que un ataque coordinado podría acabar en desastre, ya que los cocodrilos, que eran unos ingratos, defendían el pantano; además, seguro que el ogro Mariano mataba a Lady Corazón Dorado si se veía acorralado, y aunque el león glotón no estuvo en desacuerdo pensando en lo rica que podía estar la princesa, todos los animales desecharon el asalto.

Así que, mientras la princesa llenaba de lágrimas de soledad sus preciosos ojos verdes, allí en su habitación del Infortunio en la torre de la Tristeza, los animales llegaron a una conclusión, y fue mandar al más valiente de ellos para que, en una operación de comandos, se colase en el castillo y rescatase a la princesa. Y se pidieron voluntarios, y de entre todos ellos, los animales escogieron a la tortuguita (tortuguito) valiente. Durante semanas, los monos y el ciervo, que eran entrenadores de élite, sometieron a la tortuguita valiente a las más estrictas pruebas físicas, mientras los pájaros tarareaban la música de Rocky. Entre flexiones y sudor, pasaron los días hasta que la tortuguita estuvo preparada. Entonces, los animales del bosque volvieron a juntarse para hacerle una gran fiesta de despedida, y la tortuguita valiente marchó, orgullosa de ser la más importante entre los animales, directa a su misión. Como tras cuatro horas aún no había conseguido salir del claro (es lo malo de ser una tortuga), los animales decidieron montarlo sobre el águila y que esta la arrojase justo sobre la torre de la Tristeza.

El vuelo fue bien, mientras la tortuguita, repanchingada en la espalda del águila, tomaba el sol. Cuando llegaron al pantano, el águila inició un vuelo de aproximación en picado hacia la torre, sacudiéndose de encima a la tortuguita, que no estaba preparada, y que cayó gritando “Jerónimoooooo” en el idioma de las tortugas, justo para colarse por una pequeña apertura en el techo y cayendo sobre la bañera en la que la princesa se bañaba a aquellas horas.

“Para habernos matado”, pensó la tortuguita, mientras Lady Corazón Dorado se quitaba los restos de jabón de la cara, ya que el impacto de la tortuguita había salpicado toda la sala. Contenta de ver un compañero, la princesa tomó a la tortuguita entre sus brazos y la abrazó. La tortuguita intentó hablarle y contarle su plan de fuga, pero ninguno de los animales había tenido en cuenta que las tortugas no hablan idioma humano, por lo cual la princesa pensó que la tortuguita quería comida y la puso sobre el plato de restos a comer lechuga.

La princesa estuvo feliz de la compañía, mientras la tortuguita se frustraba tras cada intento baldío de fuga. Día tras día, la tortuguita intentaba comunicar sus intenciones sin resultado, aunque pensándolo bien… ¿Cómo podía haber imaginado que ella, tan chiquitita, a pesar de su preparación de comando, podía sacar a la princesa de la torre?. La frustración causó que la tortuguita decidiese dedicarse a otros menesteres, haciendo reír a la princesa bailando claqué.

Los días pasaron, y tortuguita comenzó a olvidar su misión. Hasta que un día, observando a la princesa, vio que esta hablaba con el espejo mágico. Como no había visto un espejo mágico hasta llegar a la habitación del Infortunio, decidió esperar a la noche y charlar con él.
“Hola cosa que refleja”.- dijo la tortuguita en su idioma. Para su sorpresa, el espejo, que era super listo, la respondió en idioma tortugo.

“Hola Tortuguita Valiente. Ya sabía que venías antes que llegases”.- La tortuguita alucinaba, ya que no esperaba que un espejo pudiese hablar, y menos tortugo.

“He escuchado a la princesa que te llamas Espejo Mágico. ¿Qué es lo que haces?”.- preguntó la tortuguita.

“Concedo deseos. Pero nunca podré concederte un deseo para ti, si no para otro ser vivo que esté en la habitación y que tú me pidas”.- A la tortuguita (tortuguito, recordemos) se le encendieron todas las luces, ya que era listo como él solo, y pensó en pedir que a la princesa le saliesen alas para huir de su encierro; sin embargo, pensar en Lady Corazón Dorado convertida en un pájaro de por vida no le convenció mucho, así que buscaría otra solución. Se despidió del espejo mágico y le dijo que volverían a hablar.

La tortuguita pasó toda la noche y el día siguiente pensando que solución podría tomar. Se ocultó dentro de la bañera cuando llegó la inspección diaria del ogro Mariano, y allí encontró la solución. Viendo los dibujos que adornaban la bañera, descubrió un precioso caballo blanco con alas, y pensó: “Que bien tendría que verme con esa forma; y debería ser muy rápido… me gustaría ser un caballo con alas”.

Aquella noche, mientras la princesa dormía, conectó nuevamente el sistema operativo del espejo, y le dijo: “Quiero que la princesa desee que yo sea un caballo con alas”.

“Un Pegaso”.- contestó el espejo.

“No, un caballo con alas”.- respondió la tortuguita, con cierta indignación.

“Pues eso, un Pegaso”.- replicó el espejo.

“Que no, un caballo con alas, te he dicho”.- volvió a decir, cada vez más enfadada, la tortuguita.

Así se pasaron las horas de la noche, sin ponerse de acuerdo, hasta que el sueño venció a la tortuguita y al espejo se le acabó la batería. Llegó el amanecer y la princesa se despertó, desperezándose y abriendo la boca, recibiendo los escasos rayos de sol que se filtraban entre los oscuros árboles que rodeaban el castillo.

Era curioso. Había tenido un extraño sueño, en el montaba un bello Pegaso blanco, que de repente desaparecía, dejándola caer, para que apareciese de nuevo sobre un Pegaso negro, que desparecía para dejarla caer sobre otro Pegaso blanco, y así sucesivamente, hasta llegar al suelo a lomos de un Pegaso. Miró a la tortuguita, que aun roncaba tumbada boca arriba, y recordó la habilidad del espejo mágico. Sus preciosos ojos verdes se iluminaron como hacía meses que no lo hacían, mientras tomaba a la ya despierta y sobresaltada tortuguita en volandas, acercándose hacia el espejo mágico, que ya había recargado la batería. La princesa toco el botón de inicio, y pudo ver el mensaje esperanzador de “cargando sistema operativo” en la pantalla del espejo. Según aparecía el careto del espejo, aun bostezando tras el sueño, la princesa dijo emocionada “quiero que la tortuguita se convierta en un Pegaso blanco”.

La tortuguita, con un enfado de espanto, comenzó a morderle los dedos, indignada por que él no quería ser un Pegaso, si no un caballo con alas; mientras la princesa se dirigió hacia el ventanal, como le indicó el espejo, la tortuguita se revolvía entre las manos de Lady Corazón Dorado, hasta caerse justo cuando las manos de la princesa asomaban al exterior. La tortuguita comenzó a caer al vacío, aunque pudo escuchar al espejo decir: “concedido”. Entonces, mientras gritaba viendo aproximarse el suelo, sucedió lo increíble; notó como dos protuberancias le salían en el caparazón, y comenzó a agitarlas. A los pocos segundos, a escasos metros del suelo, comenzó a remontar el vuelo, mientras un relincho de satisfacción salía de su boca. Orgulloso hizo un par de piruetas, pensando “me he convertido en un caballo con alas, no en un Pegaso. ¡¡¡Genial!!!”.

Algún día alguien le explicaría que un Pegaso es un caballo con alas, pero mientras tanto, satisfecho de sí mismo, el Pegaso tortuguita subió a buscar a la princesa, que le esperaba ya con el espejo bajo el brazo y medio cuerpo fuera. Se quedó unos segundos mirándola, disfrutando del brillo de sus ojos verdes al verlo; sonrojado, el Pegaso tortuguita giró para dejar su lomo junto a la ventana. La princesa lo montó, justo a tiempo; el ogro Mariano entraba en la estancia pegando berridos, avanzando a grandes pasos para cogerla, justo cuando el Pegaso Tortuguita empezó su vuelo hacia la libertad.

Durante unas cuantas horas volaron de montaña a montaña, de claro en claro, hasta que alcanzaron el claro de los animales, donde fueron recibidos con grandes vítores. Los animales, que no querían creer que aquel hermoso caballo con alas era la heroica tortuguita, guardaron un minuto de silencio en su memoria, mientras el Pegaso relinchaba: “que soy yo”. Luego, volvieron a levantar el vuelo, seguidos por hordas de animalitos, para dirigirse a la residencia de la infanta bruja, quién estaba metiéndole una bronca de escándalo al listo del CRI. Los sorprendieron completamente, y la policía real, que había sido alertada por varios perros policía, a los que habían avisado los mirlos del bosque, procedió a detenerles. Pasarían largos años de matrimonio en prisión, juntos, sin separarse nunca.

Luego, la princesa se dirigió acompañada por la policía real, los animales y gran parte del pueblo, que estaba deseoso de recuperar a su Princesa Dorada, al palacio real, donde derrocaron al rey, siendo nombrada Lady Corazón Dorado nueva reina del país. Bondadosamente, perdonó la vida a toda la familia real, aunque les quitó todo su dinero y posesiones y los puso a trabajar en los campos, cuidando animales.

Cuando pasaron varias jornadas, la reina Corazón Dorado decidió que debía tomar un marido, para que reinase felizmente junto a ella. Cansada de ver pasar por delante de su trono a un montón de bobos, que solo querían su fortuna, decidió bajar con Esperanza, el espejo mágico, a las cuadras reales, donde descansaba el Pegaso Tortuguita, que había comenzado a engordar de poco hacer ejercicio y mucho comer golosinas. Mirándole fijamente con sus preciosos ojos verdes, se giró hacia el espejo y le dijo: “quiero que Pegaso se convierta en el más bello y valiente rey que haya existido”.

A Pegaso Tortuguita se le pusieron los ojos como platos cuando escuchó aquel deseo, e intentó relinchar una protesta, cuando de su boca salieron los más bellos sonidos que nunca había escuchado, declarando su perdido amor hacia la reina. Y ella volvió a dirigir su hermosa mirada hacia el Pegaso Tortuguita, que ahora se había convertido en el Caballero Pegaso Tortuguita.


Y se casaron con grandes nupcias, mucha pompa y largos festejos, a los que acudieron todos los animales y hasta el último de sus súbditos, que celebraron como nunca y fueron felices por siempre.

FIN

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