lunes, 13 de febrero de 2017

EL LADO SALVAJE

La lluvia golpeaba rítmicamente las ventanas, asemejando una orquesta que tocaba, burlona, alguna vieja canción de antaño, mientras Yolanda observaba las gotas de agua deslizarse en su danza final a través de los cristales, con su mente puesta más allá de lo que sus ojos veían. Aquel era otro triste y gris día de otoño, otro más en la monotonía en que su vida se había convertido; un día que parecía haber vivido un millón de veces.

Con indiferencia, giró sobre sí misma, deslizando su mirada hacia el suelo, mientras una lágrima comenzaba a rodar por su mejilla. Bajaba la cabeza avergonzada, ya que ella lo había tenido todo, y estaba segura de haberlo perdido, segura de su culpabilidad en aquello que la vida, injusta y cruel, le había destinado.

Todo había sido diferente unos años atrás, cuando conoció a aquel joven comercial que visitó una tarde de primavera su tienda de lencería; su sonrisa y simpatía, su intrépida forma de cortejarla, rápidamente la cautivaron, y en pocas semanas ya estaban saliendo, viviendo locamente el amor que los había atropellado. Se casaron poco tiempo después, cuando ella tenía ante sí la seguridad que aquel amor duraría largos años de pasión y aventura.

La relación con su marido, recordaba Yolanda mientras se dejaba caer con desgana sobre el sofá, era muy diferente a lo que tenía hoy en día; a ella le había cautivado el lado salvaje que él había mostrado, su lado más misterioso; la vencía cuando la llevaba donde ella menos esperaba, y como hacían divertidas locuras que les proporcionaron noches de pasión, peligro y romanticismo. En el sexo el respondía con gallardía, dejándola satisfecha tras cada furtivo encuentro, tanto en lugares prohibidos donde se les había antojado iniciar el juego, como cuando hacían el amor sobre las delicadas sábanas de seda de su cama.

Todo aquello se había terminado. Hace algunos años que llegaron los niños; poco tiempo después, mientras ella perdía su negocio, víctima de la maldita crisis, él crecía en su empresa, lo que le obligaba a pasar largas jornadas fuera de casa, días en los que ella sólo podía añorar aquel lado salvaje que tanto la enamoró, mientras el tedio la cubría con su gris manto cada tarde, hasta llevarla, cansada y llorosa, tras acostar a sus pequeños, ante las vacías sábanas de su cama, que le asemejaban una mortaja de seda, impidiendo su sueño durante aquellas noches de soledad.

Nada la llenaba ya… ni las visitas de su hermana, ni el café y las compras con sus amigas en el centro, ni sus paseos por las redes sociales, que durante buena parte de estos últimos años habían sido su evasión. Ella estaba necesitada de nuevas aventuras, de un cambio, de volver a conocer a aquel joven que hace tiempo la cautivó, y que hoy se había convertido en un extraño, serio, lejano, gris como aquella tarde de otoño.

Yolanda había cumplido ya los cuarenta, pero el peso del tiempo se nota más cuando este pesa en el alma, y la de Yolanda estaba saturada de tristeza y pena acumulada, de ansiedad por lo perdido, de cansancio por luchar en una guerra que ni siquiera había empezado a pelear; se había rendido al paso del tiempo sin presentar batalla. Era guapa, pero sus ojos se veían tristes, cansados, con grandes ojeras mal disimuladas por el suave maquillaje que gustaba utilizar. Había adelgazado, ya que muchos días apenas comía, consumida por la desesperanza. Se consideraba a sí misma como un pajarillo, preso en una jaula dorada, de la que no podía escapar. Cada día era una asfixia constante, un sentimiento que, a fuerza de repetirlo, la aplastaba. (…)


Aquella misma tarde, a un mundo de distancia, Adrián pensaba en su mujer mientras conducía, camino de regreso a su hotel. Llevaba ya diez días fuera de casa, mientras cerraba numerosos acuerdos que le proporcionarían pingües beneficios. Sin embargo, no estaba satisfecho; el trabajo iba muy bien, cada día mejor, pero sentía que estaba perdiendo lo que más deseaba. Llevaba tiempo sin entender que le ocurría a su esposa, a la que amaba con locura, aun cuando ya habían pasado muchos años, no siempre buenos, de matrimonio. La sentía cada vez más lejana, cada vez menos suya, con su corazón cada vez más apagado; su amada ni siquiera se estremecía ya ante un abrazo y un beso, incluso en ocasiones le rechazaba. Llevaban meses sin mantener relaciones íntimas, ya que entre su cansancio cuando llegaba a casa y el mal humor de ella, las situaciones eran demasiado forzadas; ya no hacían más que discutir, por cualquier motivo, pero él seguía queriéndola, estaba seguro, como el primer día en que se conocieron; la deseaba aun, con fuerza, pero no sabía cómo demostrárselo. Se habían convertido en dos extraños.

Adrián llegó al hotel, sin dejar de pensar en su esposa. Aparcó el coche e, instintivamente, tomó el móvil para llamarla. Buscó el número entre los favoritos y se quedó mirando, ensimismado, la pantalla del smartphone… No, no podía marcar nuevamente, para simplemente escuchar su desesperación sin que hubiese entre ellos una retornada complicidad, un halito de esperanza. Con determinación, salió del coche y se dirigió hacia el ascensor. Su mente no hacía más que girar entorno a una idea; tenía que volver a conquistarla. ¿Pero cómo?; ella no le dejaría entrar, en la actual situación, en su corazón ni en su mente.

Adrián apenas cenó, y cuando subió a la habitación, agotado tras el largo día de trabajo, no permitió que el sueño le venciese. En su cabeza no hacía más que girar una idea: “tengo que ser el que era; necesito que se enamore nuevamente de mi”. Pero los problemas se acumulaban en su mente; no tenía, debido al trabajo, a los niños, a la necesidad constante de realización personal que tanto le había supuesto laboralmente, tiempo material para dedicarlo a una nueva conquista, ni de su mujer ni de ninguna otra. Ahora comenzaba a vislumbrar el enorme coste, el gigantesco precio que había tenido su crecimiento laboral y personal, que le había llevado a perder lo que más deseaba, habiendo olvidado amar y ser amado.

Su sueño, pesado, poco a poco le venció, cayendo en los brazos de Morfeo con una idea atravesando sus sueños. (…)


Pasaron algunas semanas, en las que Adrián apenas había parado por casa unos pocos días. Se había mostrado más cariñoso de lo habitual con Yolanda, que se preguntaba, mientras apuraba el café matutino que solía tomar en la cafetería de La Encomienda, el porqué de las extrañas preguntas que en estas semanas le había formulado su marido; parecía como si quisiese recuperar el tiempo perdido, de forma torpe, interesándose por lo que ella hacía, por sus inquietudes, por sus sentimientos. Sin embargo, ella, evasiva, le respondía con vaguedades, intentando alejar de si la sensación de ser controlada, lo último que le faltaba a una relación que creía deshecha.

El café en La Encomienda, situada a unas manzanas de su casa, y donde acudía cada mañana tras dejar a los niños en el colegio, se había convertido en uno de esos momentos en los cuales podía sentirse más ella, sometida por sus pensamientos, pero más tranquila y próxima a la libertad, alejada de la jaula de oro en que su marido había convertido su hogar, a base de lejanía y desamor.

Estaba apurando el café, cuando escuchó el sonido de una vajilla al romperse, lo que la sacó de sus pensamientos. Se giró sobre la silla para ver como el camarero había tropezado y las tazas que llevaba habían caído; la verdad, algo poco relevante para ella, que se enfrentaba a la disyuntiva de acabar de una vez con la pesadilla en que creía haber convertido su matrimonio, o tomar una medida más drástica que aún no se atrevía ni a pensar. Aprovechó la posición para pedir la cuenta, y volvió a girarse sólo para descubrir que, frente a ella, bajo el platillo del café, había un sobre.

Sorprendida, Yolanda miró a ambos lados del local, tratando de buscar a quién lo había dejado allí; sólo acertó a ver la figura de un hombre elegante y alto que abandonaba la cafetería, girando levemente la cabeza para observarla; no consiguió ver su cara, ni siquiera podría asegurar que aquel hombre hubiese dejado el sobre allí. Con cierto temor lo deslizó con suavidad por la mesa de café; olía a un varonil perfume que creía conocer, aunque el subconsciente apenas le permitía recordar cuando había sido atrapada por aquel aroma. Preocupada, llevo el sobre hasta su regazo, escondiéndolo como si fuese una colegiala nerviosa que oculta un pecado. Miró a ambos lados del café, buscando si alguien la observaba, y, segura que todos la ignoraban, como era habitual, se decidió a abrir el sobre.

Apenas asomaba ya el contenido, cuando el camarero apareció, aun mostrando las huellas de su incidente con las tazas de café, para entregarle la cuenta. Ella, ruborizada por la imaginación del contenido de aquel sobre que mantenía entre sus manos, se apresuró a pagarle. Cuando sintió que estaba otra vez sola, en esa soledad que uno siente en un sitio público, donde es uno más y nadie se interesa por ti, decidió volver a él. Deslizó apenas la cabecera del papel que contenía, e hizo ascender el sobre hasta su rostro, a fin de aspirar aquel aroma del pasado. ¿Dónde había estado presente aquel perfume?

Un repentino rubor inundó sus mejillas de rojo, y sintió como el calor de una emoción cierta y de mucho temor comenzó a sobrepasarla; con presteza metió la carta en el bolso y se levantó, intentando disimular su inquietud, dirigiéndose a la puerta del local; necesitaba llegar a un refugio más seguro, a casa, donde en completa soledad, a salvo de ojos indiscretos, podría leer aquella turbadora misiva. Apretó el paso, mientras en su mente se acumulaban los sentimientos, a medio camino entre el pánico y el deseo de conocer el prohibido contenido de la carta; y comenzaron las dudas y las preguntas, que pedían la vez en su cabeza de forma atropellada… ¿Cuál era el contenido de aquel papel perfumado que había guardado, confundida y ansiosa, en el bolso? ¿Qué persona se lo había enviado y que quería? ¿Sería aquel desconocido que vio abandonar la cafetería? ¿Le estaría siguiendo?.

Con notable incomodidad, comenzó a valorar la posibilidad de deshacerse del sobre y olvidarse de su contenido; pero una fuerza irresistible, ese lado salvaje que ella mantenía aun en su interior, y que tanto echaba de menos en su marido, hacía que su corazón latiese intensamente, presa de la ansiedad, y de la necesidad de conocer que representaba aquel papel, que verdad le ocultaba.

Llegó a la casa y, antes de acceder al portal, se aseguró que nadie le había seguido. La verdad, se sentía como una paranoica a la que todo el mundo amenazaba; una mirada a su entorno la bastó para saber que a nadie le importaba, así que, satisfecha, empujó la puerta y entró. La espera del ascensor se le hizo eterna, y la subida pareció interminable. Pero poco después ya se encontraba en su jaula de oro, en su refugio seguro, donde podría desencadenar el misterio que aquél trozo de papel contenía.

Tras ponerse algo más cómoda, se dirigió al salón con el sobre ya en la mano y, dejándose caer sobre el sillón, se acurrucó y preparó para leer la carta. Con delicadeza, no exenta de cierta ansiedad, abrió el sobre nuevamente; el contenido apenas asomaba por la apertura visible del mismo, permitiendo leer, sobre el papel perfumado, las palabras “triste dama de…”. El calor volvió a su rostro, sonrojándola. Suavemente, tomo la carta entre sus dedos y la desplazó hacia arriba; estaba doblada por la mitad, por lo que la desdobló, con la vista fija en la primera línea y, sin más demora, comenzó a leerla.

-“Mi triste dama de bella mirada,

Mucho tiempo llevo observándola en silencio, observando su soledad, su tristeza y su dolor, pero también su energía y su increíble belleza. Muchas jornadas de dudas, de no conciliar el sueño, de temor ante la posibilidad de no volver a verla han pasado hasta escribir esta carta. Por fin me he decidido, y con estas palabras que le envío quiero explicarle que muero por usted.”-

Ella se turbó y detuvo la lectura. Comenzó nuevamente el miedo y la duda, pero la necesidad de conocer más sobre aquel pretendiente, aquel misterioso sujeto, pudo más y continúo leyendo.

-“Nos conocemos. Hemos hablado en alguna ocasión, pero siempre la he considerado demasiado lejos de mis posibilidades; sé que está casada, pero necesitaba decirle esto. Me duele cada vez que la observo, cada vez que la siento cerca, cada vez que la sueño, cada vez que la pienso… Mi amor hacia usted es tan grande, que tengo miedo de ser rechazado, ya que usted es lo único que me liga a la realidad, mi mundo y mi vida. Me contentaría con saber que puedo mantener con usted correspondencia, hasta que la seguridad de mi amor le permita abrirme sus puertas.”-

-“Le propongo un juego, una pequeña locura que me permitirá saber si puedo ser correspondido, si le gustaría conocer mi alma, mi corazón, que le entregaré sin reservas, antes que mi persona. Todos los viernes pasaré por La Encomienda, y todos los viernes, si lo desea, tendrá una carta mía; hasta que me sienta seguro que conocerla personalmente no acabará con mi pasión, no supondrá su olvido. Pero necesito conocer que usted quiere atender mi proposición. El próximo viernes, y si no el siguiente, déjeme una nota sobre su mesa, justo debajo del platillo de pago; cuando usted haya salido, lo recogeré y sabré que su corazón está dispuesto a conocer la aventura, a seguir un juego que puede convertirse en lo más hermoso que hayamos vivido.”-

-“Estoy convencido que aceptará mi invitación. Lo deseo tan fervientemente que no puede ser de otra manera; quiero morir con usted, y no por su ausencia.”-

-“Suyo para siempre”.-

La carta se cerraba con una firma que contenía dos letras y un garabato: “AA”. A duras penas suponían una pista en la atribulada mente de Yolanda. La carta le había turbado como hacía años que no le ocurría, y las preguntas se atropellaban nuevamente en su cabeza. ¿Quién sería? ¿Cómo sería? Se conocían… ¿Sería el padre de Pablo, amigo de sus hijos? ¿Cómo se llamaba? ¿Roberto? Se habían mirado alguna que otra vez, furtivamente, aunque habían hablado bastante poco; era atractivo y ella había soñado alguna vez con él. ¿O sería Alberto, el padre de Adela, compañera de clase de sus hijos? Con él había departido en alguna ocasión, y tendría sentido la firma “AA”, pero aquel hombre no le atraía nada. Todas ellas eran preguntas que carecían de respuesta.

Pasaron los días de forma rutinaria en la vida de Yolanda, aunque una nueva emoción la embriagaba; cada vez que se quedaba sola, pensaba en “su caballero”, personaje que estaba comenzando a idealizar. Leyó aquellas turbadoras letras una y otra vez, intentando averiguar pistas sobre su pretendiente. Olió el perfume, que poco a poco fue difuminándose. Y el día de la respuesta comenzó a acercarse, junto con las dudas de Yolanda. ¿Cómo podría traicionar a su marido? Apenas nada les unía ya, pero su educación la obligaba a estar con él hasta que fuese posible.

No encontraba solución al dilema, hasta que, llegado el jueves antes de la entrega de la respuesta, tomó una decisión; necesitaba saber más de aquel hombre; iría con cuidado, ya que no sabía quién podría estar detrás de la misiva, pero le iba a responder; al menos quería conocer hacía donde llevaría aquel camino, al menos una carta más.

Escribió una nota muy breve. Nunca se le había dado bien escribir, y entre los nervios y la falta de inspiración, apenas salieron unas pocas letras, las suficientes para hacer ver su curiosidad por su desconocido interlocutor. Le costó tiempo encontrar un encabezado adecuado: “Querido desconocido… Mí desconocido… Mi caballero ausente… Estimado amigo”… fue descartando presentaciones hasta decidir que no pondría ninguna. La nota era escueta y directa… “Quiero saber más de ti. Firmado: Yolanda”.

Estuvo buscando un sobre y no encontró ninguno, así que decidió doblar la nota por la mitad y, simplemente, dejar el papel sobre la mesa de café. Dejaría su mensaje al día siguiente, y esperaría, deseando que Adrián, quién regresaba ese mismo viernes, percibiese su turbación lo menos posible. Decidió que intentaría ser más amable con el esos días, así se notaría menos su emoción prohibida.

El día llegó. Yolanda despachó a los niños en el colegio con rapidez, y comenzó a observar a los padres, que charlaban amigablemente en la calle, por si alguien hacía algún gesto que le delatase, que la convenciese que era el desconocido. Nada notó, así que partió hacia La Encomienda, visiblemente nerviosa. Tomó asiento en la mesa habitual, y, observando a su alrededor con emoción y cierto miedo, apuró el café. Cuando acabó, hizo lo que se le había pedido; pagó, dejó la nota y salió del local. Pero la curiosidad era más poderosa que su conciencia de seguridad, decidiendo esperar, medio escondida en un portal, a ver quién entraba y salía del local. Allí estuvo más de media hora, sin vislumbrar rastro del desconocido que, tras su anterior experiencia, creyó reconocer. Con disgusto, en la creencia que la nota habría acabado en la basura, regresó a su monótona existencia.

Los días siguientes Yolanda se mostró más triste y sensible que nunca. Su marido había llegado a casa ese mismo viernes, y había intentado ser amable y cariñoso con ella, pero Yolanda apenas podía ver en él un extraño, por lo que rechazó sus abrazos, causando en ella un sentimiento a medio camino entre la culpabilidad y la pena, que hizo aflorar a su rostro no pocas lágrimas. Adrián marchó pasado el fin de semana, dejándola nuevamente en una soledad que, esta vez, se le antojó reparadora. La posibilidad que su recién nacida esperanza se hubiese visto truncada dejó, poco a poco, paso a una nueva ilusión, por ese viernes que se acercaba, por ese día en que averiguaría si aquel extraño le obsequiaría con una nueva carta, con un pedazo de su corazón.

El viernes llegó más rápido de lo que Yolanda esperaba. Con visible nerviosismo, dejó a los niños en el colegio y se dirigió a la cafetería, desembarazándose de los padres que intentaron conversar con ella; tardó sólo unos minutos en llegar, pero en el estado de excitación en que se encontraba, le parecieron horas. Cuando atravesó la puerta del local, se detuvo por un instante, en un vano intento por centrarse; aprovecho para observar a los clientes, intentando descubrir a su secreto pretendiente, pero no consiguió encontrar a ningún hombre que cumpliese las premisas que Yolanda había creado de aquel desconocido, su caballero, su amante oculto. Se sentó frente a la mesa habitual y pidió un café; para dejar pasar el tiempo, sacó su móvil y comenzó a ojear las redes sociales, con cierta desazón. Cada vez que escuchaba la puerta de entrada, levantaba la vista, esperando ver entrar a aquel que estaba ocupando sus pensamientos; pero nada, sólo entraba gente sin importancia para ella.

Pasaron los minutos, diez, quince, treinta… Un mundo. No podía creerlo, su sueño se estaba haciendo trizas como un jarrón de porcelana al estrellarse contra el suelo. Cuando consideró que ya había esperado suficiente tiempo llamó con desgana al camarero, pidiéndole la cuenta con un gesto, mientras una lágrima recorría su mejilla; estaba defraudada y dolida, pero no quería llorar en un sitio público de la forma que su cuerpo le pedía; quería gritar su frustración a los cuatro vientos, pero la educación que había recibido se lo impedía.

Mientras esperaba apoyó las manos sobre el rostro, caliente de ira e impotencia, y sollozó en silencio su frustración. Así estuvo hasta que escuchó la voz del camarero, llamándola. Levantó la vista para observar cómo le tendía el platillo de la cuenta, mientras le preguntaba que le sucedía, si podía ayudarla. Ella contestó con cortesía que nada, y comenzó a rebuscar el monedero dentro de su bolso. El camarero se volvía para marchar, cuando vio un sobre en el suelo. Lo recogió y, girándose hacia Yolanda, la preguntó si era suyo. Ella miro el sobre con un gesto de incredulidad; tardo unos segundos en responder, pero cuando lo hizo no pudo ser más brusca, afirmando que era suyo y arrebatándoselo de la mano con poca delicadeza. El hombre se volvió mascullando la mala educación mostrada por Yolanda, mientras ella dejaba el sobre sobre la mesa, apartándolo levemente como si quisiese alejar una maldición que no podía evitar.

El corazón de Yolanda se aceleró al ritmo que los pensamientos iban aflorando a su mente… ¿Cómo no podía haber visto a su caballero dejar el sobre junto a ella? ¿Y si su amante secreto era el camarero? No, eso no; era bastante mayor y poco atractivo, no podía ser… ¿Pero y si lo era? Levantó la vista para verle acercarse, con la cara marcada de arrugas y un gesto hosco, tras sufrir el desplante anterior, trayéndole las vueltas. Ella masculló una disculpa, que el acepto con desdén.  Yolanda volvió a su pecado, mirándolo con renovada inquietud, no exenta de un deseo irrefrenable por conocer el contenido; tomó el sobre y se lo acercó para notar nuevamente aquel penetrante perfume, varonil, atractivo, una promesa de actos inconfesables, que volvió a cautivarla. Guardo el sobre con delicadeza en su bolso y salió del local.

Con paso apresurado, al mismo ritmo que su corazón se aceleraba, inundado de emociones, sofocado por el misterio, la ansiedad, la necesidad de conocer las palabras que aquel sobre ocultaba, Yolanda se dirigió hacia su casa. Sin embargo, al pasar junto al Parque de Los Fueros, a unos minutos aun de llegar a su destino, la emoción por conocer los secretos escondidos en aquel sobre, la hicieron buscar un punto apartado, tomar asiento en un banco, y, aprovechando el sol que se filtraba débilmente entre las nubes, prepararse para leer a su pretendiente desconocido. Miró alrededor para asegurarse que nadie le prestase una atención especial; no era un día propicio para pasear por el parque, ya que la temperatura en aquel invierno que finalizaba aún era escasa. Un escalofrío recorrió sus piernas bajo la falda, por lo que intentó cubrirse con el abrigo, al tiempo que tomaba el bolso para extraer su secreto más preciado.

Inició el ritual, abriendo delicadamente la carta y acercándosela nuevamente al rostro para percibir aquel perfume embriagador. Olía al mismo veneno que le había cautivado en algún tiempo pasado, un veneno perfumado con un aroma que le invitaba a soñar, a yacer en el mundo onírico con aquel personaje que ella deseaba convertir en realidad. Cerró brevemente los ojos, mientras trataba de contener su corazón, que comenzaba a desbocarse, latiendo con fuerza a la espera de las ansiadas noticias que la carta contenía. Y extrajo aquel papel bendito que contenía esperanzas perdidas, una aventura que en su mente comenzaba a cobrar una dimensión extraordinaria. Desdobló la carta y, tras cerciorarse nuevamente que se encontraba a salvo de miradas no deseadas, sentada sola, en aquel parque del invierno, comenzó a leer.

“Mi dama de la bella mirada, mi amada Yolanda” – comenzaba. Ella notó llegar el calor a sus mejillas, al ruborizarse con aquellas escasas palabras que tanto prometían. Continuó leyendo.

“Tu nota me llenó de emoción, me colmó de alegría, y de inspiración para poder decirte lo que siento por ti; entregarte mi amor oculto, mi pensamiento prohibido. Te sueño cada noche, te imagino cada segundo del día, muero por tenerte a mi lado, muero por ti.” – ella se sentía cada vez más turbada; el mundo a su alrededor había desaparecido, y solo aquel papel que tenía delante, aquella gracia que le había sido dada, se convertía en su única realidad.

“Eres el faro que me guía hacia mi destino, la luna que ilumina mi noche. Mi vida no tiene sentido sin ti, sin pensarte a cada instante, sin la esperanza de tenerte un día a mi lado; mi deseo por conseguir tu amor sincero, de amarte con pasión cada noche, cada día, cada minuto, son todo lo que tengo. Eres mi alimento, mi pasión, la sangre que corre por mis venas, impulsando cada uno de mis músculos con el único objetivo de conquistar la cumbre de tu amor, de luchar cada segundo de esta vida, que te consagro, a alcanzarte.” – Yolanda no pudo más. Su rostro se iluminó con una sonrisa, al tiempo que las lágrimas comenzaban a asomarse a sus ojos. Se secó con la palma de su mano, sintiendo el frío ambiental, que contrastaba con el calor que notaba en su interior.

“Mi hermosa dama, si me permites, intentaré mostrarte mi corazón con cada carta que intercambiemos; que cada uno de mis textos sea un pedazo de mi alma que te entrego sin condiciones. Cada viernes te haré llegar mi corazón, entregándotelo para que lo puedas ir conociendo, hasta que sepa que eres mía, sólo mía. Entonces, nos conoceremos.”.

“Me gustaría saber tus sentimientos, conocerlos más profundamente; si lo deseas, cada día, al marchar, me puedes dejar mensaje bajo el platillo de la cuenta. Ten por seguro que lo recogeré y atesoraré cada palabra en mis sueños.”

“Completamente tuyo: AA”.

Yolanda se quedó largo rato concentrada en el pedazo de papel que aun sostenía entre las manos. Temblaba, tanto por el frío como por el sentimiento que recorría cada centímetro de su cuerpo. Pasaron minutos que parecieron horas, mientras en su cabeza se mezclaban aquellas palabras que había leído, aquellas frases que habían cautivado su corazón como, recordaba, sólo Adrián logró hace ya años, al inicio de su relación; pero este hombre aún era más sentido, más romántico, más hermoso. Ella estaba segura, iba a continuar con el juego; necesitaba conocer hasta donde llevaba aquel camino, aquella nueva esperanza de recuperar lo perdido. Intentaría disimular ante su esposo; a pesar de todo, no quería dañarle, y necesitaba estar segura que no estaba ante un juego tonto, si no ante un corazón que realmente la deseaba, la necesitaba, alguien a quién proteger y con quién vivir nuevas aventuras, alejadas de la jaula dorada a la que Adrián la había confinado.

Pasaron nuevamente los días. Yolanda se mostró cariñosa con su marido, intentando ocultar, mal disimuladamente, la nueva alegría que la ocupaba; le permitió acercarse sin rechazarle, como en otras ocasiones. Ella notaba como el observaba su inconsciente sonrisa, la mirada nuevamente iluminada, y temía que esto delatase su situación, aquella renovada ilusión. Cuando el volvió a partir, Yolanda dio rienda suelta a su alegría; usó las tardes de aquella semana con sus hijos, llevándoles al cine, de compras, con una imagen y una sonrisa como hacía años que no se le conocía. Y escribió… escribió una larga nota, no una carta, si no una serie de frases que le venían a la cabeza, y que, atropelladamente, le salían del corazón, de un alma que había decidido dejar ver a su pretendiente.
“Eres lo que desde hace años esperaba encontrar”; “desearía que la belleza que desprenden tus palabras fuese real”; “quiero que me conquistes”. Frases con las que expresar esa pasión que había tenido adormecida los últimos años, esa pasión que Adrián y el tiempo enterraron pero que, como un renacido, volvían a la vida con fuerza.

Durante unas semanas, el intercambio de cartas fue fluido, y Yolanda, poco a poco, fue cayendo en las redes del pretendiente anónimo que le cortejaba, al que ya trataba como “mi amor prohibido”, “mi corazón”, “el sol que me ilumina”; semanas en que la emoción, el cortejo, la fantasía de un amor posible, se disparaban en la mente de Yolanda, dispuesta tras años de sentirse aislada, a entregarse a una relación que despertaba su lado salvaje, su lado más deseado y deseable, dispuesta a vivir esos momentos soñados y recordados. Y sin darse cuenta, en un esfuerzo por ocultar a su marido el pecado, fue acercándose a él; en un intento de evitar que se notase su sonrojo, acababa abrazada a Adrián, sin permitir grandes alardes, pero más próxima de lo que en los últimos tiempos había estado. Tal vez fuese instintivo, tal vez fuese por sentimiento de culpa, pero lo cierto era que, cuanto más cerca sentía al misterioso amante, más se acercaba a la vez a su marido; de hecho, a sus ojos parecía haber cambiado, siendo más amable, más atento con ella y sus hijos, más feliz.

Pasó una estación, y cuando el calor comenzaba a apretar, anunciando la inminente llegada del verano, Yolanda se decidió a dar el paso, a pedirle a su desconocido que se desprendiese de su máscara; lo deseaba con pasión, con inmensa locura, se había convertido en una obsesión. Aquel viernes de junio, con su mirada que reflejaba la radiante felicidad que la cubría, continuó con el ritual habitual, dejando a los niños en el colegio, y, tras conversar alegremente con algunos de los padres que se congregaban a las puertas del centro, dirigirse hacia La Encomienda. Allí esperaría la llegada, siempre casual, de su sentimiento más profundo, mientras apuraba el buen café torrefacto que le servía el camarero, con quién mantenía, pasados los meses, una agradable relación.

Apuró tranquilamente el café, mientras bañaba su rostro con los rayos de sol que ya calentaban a través de los cristales de La Encomienda, en aquella temprana hora de aquel viernes de junio. Entrecerró sus ojos para dejarse bañar por el calor, agradable, dulce, pasional, que completaba con su ardiente interior, donde latía de amor su corazón, con una emoción que se había convertido en habitual tras aquellos meses de locura en forma de letras, que conformaban palabras, que componían una melodía perfecta que no se cansaba de escuchar en su cabeza, de leer cada noche, de recordar cada segundo del día.

Esperó la llegada de su alegría, con la seguridad de quién ha tomado una decisión que cambiará su futuro y no se arrepiente de ella. Fue entonces cuando notó la mano que le tocaba su hombro, y sintió como mil mariposas subían desde su estómago hasta la garganta. Con sorprendente tranquilidad, se giró lentamente, situando sus ojos frente al que pensaba que iba a ser su amado desconocido. Sin embargo, frente a ella, encontró un rostro conocido, que la saludó con efusividad.

“Buenos días Yolanda. ¡Qué casualidad!. He parado a tomar un café y te he visto.” – Alberto, el padre de Adela, una de las amigas de sus hijos, un tipo enjuto y poco agraciado, aunque bastante agradable, y uno de los hombres en los que Yolanda pensó cuando intentó averiguar por sus medios el nombre de su pretendiente, aparecía frente a ella. La sorpresa y cierta frustración silenciaron su boca, por lo que tan sólo fue capaz de devolver el saludo con un gesto, mientras Alberto tomaba asiento frente a ella, hablándola de cosas que se le antojaron intrascendentes.

El pidió un café con porras, mientras ella mascaba su infortunio, ante la simple sospecha que su interlocutor pudiese ser el amado que esperaba. Sin perder una forzada sonrisa, Yolanda asentía a lo que Alberto le contaba, siendo capaz a duras penas de responder a sus preguntas con monosílabos. Viéndole engullir su desayuno, mientras hablaba con la boca llena sin parar, llegó a la conclusión que no era posible que fuese su amante, por lo que se dejó llevar y comenzó a reír las chanzas que, ocasionalmente, soltaba Alberto.

Cuando acabó de desayunar, mientras Alberto se limpiaba con poca delicadeza los restos de café del bigote, Yolanda comenzó a impacientarse. La misiva no llegaba, y aquel poco prudente sujeto comenzaba a ponerle nerviosa. Alberto pidió la cuenta, y dijo que la invitaba; mientras esperaba, se giró hacia Yolanda y se quedó mirándola; a ella le causó cierta inquietud la situación, y comenzó a removerse sobre la silla, cuando él dijo: “Tengo algo para ti”. A Yolanda parecía que el corazón se le iba a salir del pecho, cuando volvió a creer que se había confundido, y al final la firma “AA” si iba a corresponder a Alberto – Adela.

Alberto empezó a hablar de nuevo, pero cuando ella ya esperaba que de su boca saliese una declaración que no deseaba, la conversación la sorprendió en otro sentido. Le contó que a los pocos minutos de marchar Yolanda, mientras algunos padres departían a la puerta del colegio, un hombre de mediana edad se les acercó y preguntó por ella. Le traía un sobre, y, aunque le dijeron que había marchado y que normalmente tomaba café en La Encomienda, el hombre pareció contrariado y apresurado. Preguntó si podían hacerle llegar un sobre de forma urgente, que necesitaba entregarlo pero no tenía tiempo para llegar hasta allí. Y el, galantemente, se ofreció a acercárselo a Yolanda. Ella escuchaba la historia boquiabierta, sorprendida, y un tanto herida al pensar que su amado no había querido acercarse a darle, personalmente, por fin, su corazón, cuando vio como Alberto rebuscaba en su cartera.

El sobre apareció frente a ella, como cada viernes, aunque esta vez llegaba de forma un tanto extraña, de una manera que provocó en su mente un torrente de preguntas que se entremezclaban sin respuesta, buscando una explicación a que su esperanza llegase de la mano de tan extraño sujeto como era Alberto. Ya no escuchaba las palabras que seguían saliendo de la boca de aquel hombre; su mundo se había convertido en aquel pedazo de papel que, ahora, se encontraba sobre la mesa de café.
Alberto se quedó unos segundos observándola, en la misma forma que ella se había quedado ensimismada, mirando aquel sobre. La discreción y un tanto de vergüenza le forzaron a tomar la decisión de dejar a Yolanda con sus secretos. Se levantó y se despidió de ella, saliendo del local no, sin antes, girarse para darle una última mirada a aquella hermosa mujer.

Yolanda apenas podía mover un músculo. Miraba fijamente el sobre, sin atreverse a tomarlo entre sus manos, ya que su esperanza se habían tornado en temor al conocer que su amado había evitado entregarle personalmente aquella misiva, si es que aquel que la llevaba era realmente su pecado. Agachó la cabeza, alejando su mirada del sobre, como queriendo alejar una tentación demasiado fuerte como para resultar vencida; y así ocurrió… Poco a poco, suspirando con fuerza en un intento baldío de relajar la tensión que la atenazaba, comenzó a acercar la mano hacia el secreto, hasta asirlo con ligereza y desplazarlo hacia sí.

Tras un último suspiro, se decidió; abrió el sobre, oliendo el perfume que exhalaba, sentada en la silla de aquella cafetería, ya sin pudor alguno, desprovista del más mínimo sentido de la prudencia, que en otras ocasiones le había hecho abandonar aquella plaza a refugios más seguros en los que conocer lo que aquel amante quería entregarle.

Con delicadeza, extrajo la carta y la desdobló, dejándola abierta sobre la mesita de café. Durante unos segundos, la contempló, a medio camino entre la necesidad de conocer su contenido y el temor que el conocimiento del mismo la fuese a dañar. Con un esfuerzo final, suspiró nuevamente, apoyó las manos sobre sus sienes y, bajando la cabeza sobre la carta, comenzó la lectura de su amor.

“Mí dama, mi amor, mi vida.” – comenzaba.

“Si de algo estoy seguro es que mi corazón es tuyo, que tu luz es el faro que me guía en el navegar a lo largo de esta oscura orilla de la vida. Creía llegado el momento que mi barco llegase a su destino, que mi corazón atracase en el puerto de tu amor, permitiéndonos conocer la pasión, ser dos seres en comunión perfecta que disfrutasen del tiempo que nos ha sido concedido, entregándonos alma y cuerpo.” – Yolanda sonrió levemente, tensionada por lo que temía que vendría, pero satisfecha al ver que la intención de su pretendiente secreto era la que ella misma tenía.

“Mi amor, mi vida. Sabes que el dolor que me produce esta lejanía apenas me permite dormir, pensando en ti, descontando cada segundo de tiempo que resta para poder acariciar tu hermoso rostro, mirar tus bellos ojos y entregarte toda la verdad que mi corazón lleva en persona.”

“Pero el destino es cruel y juega siempre con los amantes que se desean con el alma; juega con nosotros, golpeando nuestro corazón y esperanzas con el látigo de la realidad, con la rutina que más duele en el alma”. – El semblante de Yolanda comenzó a transmutarse. Su luz comenzó a apagarse por momentos, con aquellas palabras que parecían convertir el día en noche, los rayos de sol en oscura tormenta.

“Cuando ya estaba seguro de tu amor correspondido, de tu verdad clarividente, de la pasión que nos espera, la rutina nos derrota. Me envían fuera de España durante unos meses, maldito trabajo, al que no podemos renunciar pero nos condena a la ausencia, a la lejanía, a continuar esperando por un futuro más brillante de lo que podamos imaginar. Apenas serán unos meses, durante los cuales, ten por seguro, tendrás puntualmente carta; cada viernes, si me es posible, alguien te hará llegar mi alma, mi desesperación por no tenerte a mi lado, mi afán por mantener en tu corazón prendidas las llamas de este amor, de esta locura, del inmenso deseo por tenerte”. – Yolanda detuvo la lectura unos segundos, sollozando silenciosamente, mientras las lágrimas mojaban la carta. Decidió calmarse, levantando su rostro hacia el luminoso sol que atravesaba el ventanal de La Encomienda; se secó las lágrimas con el dorso de su mano, suspiró nuevamente con fuerza, intentando convencerse a sí misma que aquello era lo mejor para ambos.

Cuando estuvo preparada bajó nuevamente la mirada para continuar leyendo aquella despedida, aquel hasta pronto que, estaba segura, acabaría tornándose olvido.

“Mi amor, mi dama, aun no sé cómo podré soportar esta condena, cuando ya me había hecho a la idea de tenerte junto a mí por siempre. Tu tendrás más suerte, ya que podrás refugiar mi ausencia en quién aun mantienes a tu lado, a quién envidiaré como nunca he hecho, próximo a tus caricias, mientras yo apago mi desesperación, a un mundo de distancia, con el deseo de tenerte. Piensa en mí cuando estés con él; eso me permitirá, al menos, saber que tengo tu corazón, tu alma, cuando me es imposible tener aun tu cuerpo, envolvernos los dos con nuestro calor, con nuestro amor, sentirte a mi lado. Piensa en mí cuando le beses, cuando le hables, cuando te acaricie; siénteme cerca, próximo, como el estará; al menos eso me quedará, mientras mantengo encendido el faro de la esperanza, con las cartas que vendrán.”  - El nerviosismo de Yolanda era patente. Su rostro se había crispado y había comenzado a sudar, sustituyendo las gotas de sudor a las lágrimas que ya había derramado. El calor interno que notaba, mezcla de pasión, frustración e ira, se mezclaba con el patente calor ambiental, incrementando la sensación de ahogo que comenzaba a afectarla.

Detuvo su lectura para secarse el sudor con un pañuelo que extrajo de su bolso. Este simple gesto, le permitió unos segundos de reflexión. Repentinamente, una idea iluminó su mente, y se reflejó rápidamente en su rostro; una incipiente sonrisa comenzó a asomar en sus labios, y sus ojos se volvieron nuevamente luminosos; alzó nuevamente la carta, saboreó su perfume, y  decidió volver a la lectura.

“Hasta pronto amor mío. Mantén encendido tu fuego; que pueda ver tu luz en la lejanía, dejando plasmada la promesa de mi retorno en cada carta que recibas.”

“Incondicionalmente tuyo: AA”.

Yolanda levantó la vista del papel; a pesar de las noticias, su rostro continuaba iluminado con una leve sonrisa que parecía ocultar pensamientos mucho más ocultos. Con tranquilidad, delicadamente, dobló la misiva y la metió en el bolso. Luego se tocó el pelo para arreglarse las sienes, sobre las que había estado apoyada, se levantó y marchó. (…)


(…) La noche era agradable, cálida, aunque no en exceso, como corresponde a principios del mes de junio. Era una de esas noches en las que Adrián, que descansaba unos minutos apoyado en su coche, mientras apuraba el café que acababa de comprar en la gasolinera, se permitía soñar con recuperar a su esposa, con tenerla nuevamente junto a él como llevaba tiempo sin disfrutar.

Adrián sonrió. Levantó su mirada y suspiró profundamente, mientras observaba el cielo estrellado. Entrecerró sus ojos para que las imágenes de su pasado reciente le fuesen más clarividentes; recordó cómo, durante aquellas últimas semanas, su amada le había permitido adentrarse poco a poco en sus sentimientos, poniendo sus barreras, es cierto, pero su corazón le decía que terminaría derribándolas y alcanzando las trincheras de su alma. Adrián confiaba ciegamente en el plan que había trazado tiempo atrás para recuperar a Yolanda; lo había decidido hace unos meses, y puesto rápidamente en práctica, al principio como una solución a corto plazo, pero el tiempo y los vaivenes de su esposa le habían obligado a ir postergando la solución en el tiempo.

Adrián apuró el último trago de café antes de retomar la carretera, camino de la ciudad, camino de su casa. Aún quedaban largas horas para llegar a destino, pero su mente estaría entretenida, imaginando como su intriga podría llevarle a alcanzar su objetivo más deseado pocas horas más tarde.

En su cabeza se arremolinaban los pensamientos y los recuerdos; la sensación de derrota que le había inundado como una ola gigante durante los últimos meses, había dejado paso a una emoción que llenaba su corazón en la confianza del éxito. Había jugado con su lado salvaje, dando rienda suelta a una aventura arriesgada, una apuesta a todo o nada que le había permitido obtener grandes momentos de emoción, combinados con un sentimiento de duda, de desesperanza e incluso de celos con lo que estaba creando.

Adrián había ideado un personaje, un reflejo pasado de sí mismo, con el que había conseguido, carta tras carta, viernes a viernes, alcanzar nuevamente el corazón de Yolanda. El riesgo había sido máximo,  pero estaba convencido que su esposa había ido acortando el abismo que los separaba, hasta convertirlo en una distancia salvable por sus propios medios.

Aun sintiendo tan próximo el éxito en su tarea, Adrián se mostraba preocupado. La influencia que su criatura ejercía sobre Yolanda era enorme, tanto que temía que la verdad sobre su origen eliminase el embrujo que en ella había causado. Hace semanas que había tomado la decisión de provocar un alejamiento progresivo de su personaje, algo que había calculado que serviría para que su esposa se aproximase a él de forma definitiva. Pero bien sabía que los cálculos no valen a la hora de afrontar los sentimientos, y sobre todo, el amor.

Adrián llegó a la oficina antes de las seis de la mañana de aquel viernes decisivo. Se aseó someramente, se perfumó y peinó, antes de pasar por la cafetería a tomar la esencia que le permitiría mantenerse despierto. Durante algunos minutos, se permitió disfrutar del aroma y sabor de aquel buen café, mientras preparaba su siguiente paso, el paso definitivo en su estrategia. Tomó la carta que había escrito días antes y la leyó varias veces; intentaba encontrar algún fallo, alguna pista que deslizase una verdad que el sólo quería descubrir cuando considerase necesario. Nada encontró.
Pocos minutos antes de las ocho, apareció frente a él su Hermes, su aliado, su mensajero. Álvaro Arroyo, al margen de inspirar la firma de cierre de su reflejo, le había servido fielmente como secreto colaborador. Con la confianza adquirida tras años de trabajo conjunto y de conversaciones privadas, compartidas frente a una cerveza fría, se atrevió a contar con él en su aventura. Álvaro llevó personalmente el corazón de Adrián, enfundado en un sobre, en más de una ocasión, entregándolo de forma casual o dejándolo en manos de otros colaboradores.

Esta vez, tendría que desarrollar una comedia. Entregar personalmente la misiva, pero no a su destinataria, si no a un mensajero ocasional que, a buen seguro, se la haría llegar. Adrián se la jugaba en ese punto, pero había observado, ocultamente, la actitud de alguno de los padres hacia su esposa, y sabía que aprovecharían cualquier circunstancia para hablar con ella. Salvaguardando sus celos, iba a intentar aprovecharse de ellos.

Tras una breve conversación con su Mercurio, le dejó partir hacia su cometido, entrando en un estado de ansiedad que sería difícilmente disimulable durante las duras horas de trabajo que debía afrontar. Ni siquiera calmó su desazón el retorno de Alberto, con noticias alentadoras sobre la entrega de la misiva definitiva.

El reloj fue marcando las horas pesadamente, aumentando la ansiedad que hacía presa en Adrián. Cuando por fin llegó el momento de partir hacia casa, hacia el destino, se despidió de Álvaro agradeciéndole su apoyo y ayuda. Álvaro le devolvió un simple “suerte” que sonó a esperanza y vida a oídos de Adrián.

A pesar del cansancio, estaba dispuesto a darlo todo por abrir definitivamente el corazón de su esposa, a quién imaginaba hundida tras las noticias que su mensaje transmitía. Paró en una floristería para comprar un ramo de rosas rojas, un pequeño detalle que esperaba desharía el hielo inicial de su dama.

Mientras esperaba la apertura de las puertas del garaje, su mente jugó con el recuerdo del océano de tiempo atravesado en la búsqueda de su amada. Aparcó recordando los tiempos de felicidad, analizando cada instante de los últimos años. Su cabeza no paraba de darle vueltas a lo pasado, y a lo que debía pasar desde ahora; demasiados pensamientos se arremolinaban en su mente, lo que le obligó a detenerse un instante junto al ascensor. Respiró profundamente, una, dos veces, y entró.

Pocos minutos después atravesaba el umbral de su casa. Sonreía, con cierto nerviosismo, mientras veía venir a los niños corriendo a abrazarle; había comenzado a sudar, por lo que le preocupaba que su cuidado aspecto se viese desaliñado frente a su Eva. Se agachó para recibir el abrazo de sus pequeños, que gritaban sonoramente “papá”. Besos y muchos abrazos, mientras su mirada se fijaba en el pasillo iluminado, intentando observar si Yolanda venía a su encuentro.

Al verla aparecer desde la puerta del salón, su corazón pareció darle la vuelta; incluso cayó desde su posición en cuclillas, empujado por los niños, lo que provocó una nerviosa carcajada, apoyada por la risa incondicional de sus pequeños. Levantó la vista para ver una media sonrisa en el rostro de Yolanda, que le hizo cobrar grandes esperanzas. Se levantó, ofreciendo el ahora desastrado ramo a su mujer, quién acercó sus labios a su rostro, besándole suavemente y susurrando un “gracias, amor” cuyo efecto le subió como un calor desde el estómago a la garganta; su esposa se mantuvo un instante a su lado, antes de alejar su calor mientras él veía su rostro iluminado con una cada vez más perceptible sonrisa. Los ojos de Yolanda le parecieron dos faros que, como había reflejado en su carta, le guiaban hasta su destino.

Adrián apenas podía cerrar la boca por la sorpresa; aunque esperaba que su estratagema hubiese logrado sus frutos, esperaba a una Yolanda fría y alejada al principio, pero ella se estaba mostrando cálida y sensible con él, algo que estaba desarmando su táctica de aproximación para aquella que esperaba fuese su bendita noche. Ella le mandó asearse y prepararse para la cena, llegándole el delicioso olor de los alimentos que estaba preparando su amada.

Mientras se duchaba, dejó fluir sus recuerdos por ese instante recién pasado, por el aroma embriagador de su esposa, por ese susurro que parecía una promesa de algo más, de un milagro que llevaba mucho esperando y que parecía al alcance de su mano. El calor era agradable, y ayudó a relajar sus tensos músculos. Salió de la ducha, se vistió con pantalón y camisa, que su esposa le había dejado pulcramente doblada sobre la cama, otro síntoma de que algo estaba por pasar.

La cena estuvo repleta de risas con los niños, comentarios y bromas, de miradas furtivas a su amada que le sonrojaron en más de una ocasión. La mirada de Yolanda le decía que estaba enamorada, pero era su engendro, su personaje oculto quién le había robado el corazón. Desconcertado, mantuvo la sonrisa en todo momento, aunque a punto estuvo de perder la compostura cuando ella le tomó la mano al dejar la servilleta sobre la mesa.

La cena acabó, entre risas y charla fluida, como hacía meses que no tenían. Yolanda acostó a los niños, mientras Adrián se sentaba frente al televisor, mirando la pantalla, aunque su mente no prestaba atención a lo que emitían, concentrada en analizar los maravillosos momentos pasados instantes antes con su familia. Una sonrisa asomaba a su rostro sintiendo aun el cálido tacto de la mano de su amor.

Ensimismado en sus pensamientos estaba cuando Yolanda apareció por la puerta. Se había cambiado, poniéndose un bello combinado de noche, con una hermosa bata que él le había regalado tras un viaje de negocios a Francia, y que hasta aquel momento nunca había utilizado. Yolanda se acomodó junto a él, apoyando la cabeza sobre su hombro. Adrián sintió su calor, su aroma, y se sintió obligado a iniciar la conversación. Desde el primer instante de la misma, en medio penumbra, íntimamente unidos, intentó conocer los sentimientos de su esposa, saber si su veneno había calado en ella; no hubo evasivas, ya que el alma de Yolanda se había abierto de par en par.

Adrián seguía sin salir de su asombro, pero aprovechó la brecha emocional para profundizar en sus sentimientos, entregando su corazón a su esposa. Durante muchos minutos conversaron íntimamente, antes de llegar al momento esperado; sus labios se unieron en un profundo beso, en una letanía de amor que se expresaba en cada movimiento de sus bocas, en cada caricia que buscaba alcanzar el alma del otro, en cada aliento, en cada susurro que parecía una promesa de algo prohibido.

Iniciar el cortejo en el salón les exponía a la posibilidad de ser descubiertos por sus retoños, que ahora dormían plácidamente a unos metros de distancia. Sin embargo, el paseo por el lado salvaje que habían iniciado, les desposeía de pudor y les envolvía en un manto de naturalidad que les conducía a la pasión más desbocada. Ella le buscó para juntarlos, desprovistos ya de parte de sus prendas, cuando él, con su mente empañada por la locura del momento, se levantó, transportándola abrazada, comiéndole a besos, de pared a pared hasta llevarla a la habitación.

Allí, desprovistos ya de ropa, se vistieron con la piel del otro, viviendo un instante de locura próxima al éxtasis. Durante un tiempo que Adrián no sabría medir, giraron una y otra vez entre las sábanas, se amaron con pasión, con una intensidad que ya no recordaba; tanto, que el agotamiento acabó haciendo presa en ambos cónyuges. Adrián recibió una postrera caricia de su esposa, antes que esta cerrase sus ojos, con el rostro apuntando hacia él. Adrián se quedó tiempo mirándola, mientras entraba en los brazos de Morfeo, con una sonrisa como hacía muchos años que no le conocía.
Y Adrián tomó una decisión; viendo el iluminado rostro de Yolanda, decidió que no le diría, al menos de momento, que él era su único amante, y que la comedia que había desarrollado para ella, les había llevado a aquel momento de lujuria, de locura, aquel instante en el lado salvaje que tanto había buscado.

Y Adrián apoyó su rostro junto al de Yolanda, y descansó (…).


(…) Yolanda cerró sus ojos y se dejó caer en el sueño. Sonreía. Y decidió no decirle a Adrián que ella lo sabía.



FIN

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