miércoles, 17 de mayo de 2017

EL HÉROE Y LA PELOTA

In memorian. Thor (2004 - 2017)
El mar embravecido rugía con fuerza aquella mañana. Las olas subían a buena altura, golpeando con fuerza antes de morir junto a la orilla pedregosa donde jugueteaban aquellos perros. Verlos era un placer, a pesar del viento y de lo nublado del día; los más valientes se arriesgaban a meterse en el agua ligeramente, sacudiéndose para secarse tras cada nueva ola.

Dos rotweiller jugaban a batallar, simulando que se mordían, cortando sólo su juego para reírse de los chiguagua y el perro de aguas que tonteaban con sus juguetes junto a la orilla, sin atreverse a meterse en un agua que consideraban demasiado salvaje.

Los amos charlaban amigablemente, arrojando de forma ocasional los juguetes al agua… Las olas los devolvían con fuerza, evitando que aquellos peludos tuviesen que arriesgarse en aquel mar bravo.

Entonces, ocurrió el desastre… una pelota roja, la del perro de aguas, voló demasiado lejos. La perrita, ya que era una hembra, intentó entrar al agua, cada vez más embravecida. El terror la invadió y se dio la vuelta sin arriesgarse, mientras las carcajadas de los rotweiller inundaban sus oídos, burlándose de ella. Los amos no se percataban del creciente peligro para aquella pelota, que sustraída por la resaca, comenzaba a huir hacia el gran azul. Sus gritos (piiii... socorro, piiii… salvadme) apenas si eran perceptibles para los perros, con los rotweiller entregados a la risa y sus juegos, y con los chiguagua intentando animar a la perrita para que se arriesgase a cogerla.

La pelota roja, comenzaba a no poder más… su color se perdía ya, lejos de la orilla, sometida por las constantes olas, por un mar implacable que la reclamaba para si… Entonces ocurrió… apareció el.
Con su color marrón y plata, su pelo rizado, aun humedecido por el agua de las olas que sacudían contra la orilla, aquel pequeño yorkshire, que apenas levantaba unos centímetros del suelo, se irguió desafiante sobre una gran piedra, rompiendo con su figura el fondo de nubes, mirando con decisión al bravo mar. Ladró para indicar a la perrita que el salvaría a la pobre pelota, lo que llamó la atención de los amos, y, sobre todo, de los rotweiller, que empezaron a revolcarse de la risa que les entró.

Desde abajo, los rotweiller le ladraban insultos y groserías, seguros que aquel pequeño sería incapaz de cumplir su último "guau" a aquella triste perrita, a punto de perder su pelota. Fue entonces cuando aquel pequeño peludo hizo acopio de todo su valor, y se arrojó con bravura al agua. Cuando su cabecita emergió de las oscuras aguas, entre la espuma de las olas, los rotweiller dejaron de reír, y se quedaron con los ojos muy abiertos mirando el desesperado heroísmo de aquel pequeño. Los chiguagua ladraron con aprobación, vitoreando a aquel gigante de pequeño tamaño, mientras los amos se llevaban las manos a la cabeza y gritaban a aquel desdichado que regresase.

Pero el héroe había emprendido su camino a la eternidad, y estaba dispuesto a regresar con su premio, o morir en el intento. Nadando con fuerza, sorteando las batientes olas, tragando mucha agua, pero sin desfallecer, nadó durante varios minutos… la fuerza de la corriente comenzaba a notarse, y la pelotita se alejaba cada vez más de la orilla.

Ya le animaban hasta los rotweiller, cuando el héroe alcanzó a pelotita. Aprovechando un golpe de mar se impulsó adelante y la atrapó en su boquita. Pelotita roja exclamó un piiii de agradecimiento, antes que aquel yorki girase sobre si mismo y pusiese rumbo a la orilla. Fue en ese momento cuando se percató de lo lejos que estaba, y de la fuerza de la corriente que tiraba de ellos hacia el interior. Suspiró con fuerza, antes de batir sus patitas con renovados bríos, animado en la lejanía por los amos y los perros que, ya sin diferencias, ladraban con fuerza.

Durante unos segundos consiguió, lentamente, avanzar evitando las olas que golpeaban a su alrededor con fuerza. La pelotita le ahogaba, en su intento por no desprenderse de su rescatador. Una gran ola los cubrió completamente, sumergiéndolos bajo un manto de agua; los espectadores aguantaron la respiración durante varios segundos. Nada se veía, parecía que el mar había reclamado al héroe y a la pelotita para si. Pero los vítores y ladridos se renovaron con fuerza cuando la cabecita apareció entre las oscuras aguas, aun con el rojo de la pelota entre sus dientes.

Dos ángeles que juegan en el prado celestial.
Kira (2002 - 2017) y Thor (2004 - 2017)
El héroe remó y remó, cada segundo más cerca de la orilla, derrotando a los enemigos que le surgían, fuese la resaca o las olas, plantando cara a la misma dama blanca con fiereza, hasta alcanzar la orilla, donde, agotado depositó a pelotita, antes de sacudirse para mojar a todos los que le rodeaban entre vítores.

Y tal como llegó, erguido y firme como el más grande de los perros, marchó, meneando su colita mientras los rotweiller, alucinando le bautizaban… Es el rotweiller de bolsillo, allí va, directo hacia la eternidad.


Dedicado con todo mí cariño al pequeño THOR, aquel gran compañero, ese gran héroe. Ya eres eterno.

lunes, 13 de febrero de 2017

EL LADO SALVAJE

La lluvia golpeaba rítmicamente las ventanas, asemejando una orquesta que tocaba, burlona, alguna vieja canción de antaño, mientras Yolanda observaba las gotas de agua deslizarse en su danza final a través de los cristales, con su mente puesta más allá de lo que sus ojos veían. Aquel era otro triste y gris día de otoño, otro más en la monotonía en que su vida se había convertido; un día que parecía haber vivido un millón de veces.

Con indiferencia, giró sobre sí misma, deslizando su mirada hacia el suelo, mientras una lágrima comenzaba a rodar por su mejilla. Bajaba la cabeza avergonzada, ya que ella lo había tenido todo, y estaba segura de haberlo perdido, segura de su culpabilidad en aquello que la vida, injusta y cruel, le había destinado.

Todo había sido diferente unos años atrás, cuando conoció a aquel joven comercial que visitó una tarde de primavera su tienda de lencería; su sonrisa y simpatía, su intrépida forma de cortejarla, rápidamente la cautivaron, y en pocas semanas ya estaban saliendo, viviendo locamente el amor que los había atropellado. Se casaron poco tiempo después, cuando ella tenía ante sí la seguridad que aquel amor duraría largos años de pasión y aventura.

La relación con su marido, recordaba Yolanda mientras se dejaba caer con desgana sobre el sofá, era muy diferente a lo que tenía hoy en día; a ella le había cautivado el lado salvaje que él había mostrado, su lado más misterioso; la vencía cuando la llevaba donde ella menos esperaba, y como hacían divertidas locuras que les proporcionaron noches de pasión, peligro y romanticismo. En el sexo el respondía con gallardía, dejándola satisfecha tras cada furtivo encuentro, tanto en lugares prohibidos donde se les había antojado iniciar el juego, como cuando hacían el amor sobre las delicadas sábanas de seda de su cama.

Todo aquello se había terminado. Hace algunos años que llegaron los niños; poco tiempo después, mientras ella perdía su negocio, víctima de la maldita crisis, él crecía en su empresa, lo que le obligaba a pasar largas jornadas fuera de casa, días en los que ella sólo podía añorar aquel lado salvaje que tanto la enamoró, mientras el tedio la cubría con su gris manto cada tarde, hasta llevarla, cansada y llorosa, tras acostar a sus pequeños, ante las vacías sábanas de su cama, que le asemejaban una mortaja de seda, impidiendo su sueño durante aquellas noches de soledad.

Nada la llenaba ya… ni las visitas de su hermana, ni el café y las compras con sus amigas en el centro, ni sus paseos por las redes sociales, que durante buena parte de estos últimos años habían sido su evasión. Ella estaba necesitada de nuevas aventuras, de un cambio, de volver a conocer a aquel joven que hace tiempo la cautivó, y que hoy se había convertido en un extraño, serio, lejano, gris como aquella tarde de otoño.

Yolanda había cumplido ya los cuarenta, pero el peso del tiempo se nota más cuando este pesa en el alma, y la de Yolanda estaba saturada de tristeza y pena acumulada, de ansiedad por lo perdido, de cansancio por luchar en una guerra que ni siquiera había empezado a pelear; se había rendido al paso del tiempo sin presentar batalla. Era guapa, pero sus ojos se veían tristes, cansados, con grandes ojeras mal disimuladas por el suave maquillaje que gustaba utilizar. Había adelgazado, ya que muchos días apenas comía, consumida por la desesperanza. Se consideraba a sí misma como un pajarillo, preso en una jaula dorada, de la que no podía escapar. Cada día era una asfixia constante, un sentimiento que, a fuerza de repetirlo, la aplastaba. (…)


Aquella misma tarde, a un mundo de distancia, Adrián pensaba en su mujer mientras conducía, camino de regreso a su hotel. Llevaba ya diez días fuera de casa, mientras cerraba numerosos acuerdos que le proporcionarían pingües beneficios. Sin embargo, no estaba satisfecho; el trabajo iba muy bien, cada día mejor, pero sentía que estaba perdiendo lo que más deseaba. Llevaba tiempo sin entender que le ocurría a su esposa, a la que amaba con locura, aun cuando ya habían pasado muchos años, no siempre buenos, de matrimonio. La sentía cada vez más lejana, cada vez menos suya, con su corazón cada vez más apagado; su amada ni siquiera se estremecía ya ante un abrazo y un beso, incluso en ocasiones le rechazaba. Llevaban meses sin mantener relaciones íntimas, ya que entre su cansancio cuando llegaba a casa y el mal humor de ella, las situaciones eran demasiado forzadas; ya no hacían más que discutir, por cualquier motivo, pero él seguía queriéndola, estaba seguro, como el primer día en que se conocieron; la deseaba aun, con fuerza, pero no sabía cómo demostrárselo. Se habían convertido en dos extraños.

Adrián llegó al hotel, sin dejar de pensar en su esposa. Aparcó el coche e, instintivamente, tomó el móvil para llamarla. Buscó el número entre los favoritos y se quedó mirando, ensimismado, la pantalla del smartphone… No, no podía marcar nuevamente, para simplemente escuchar su desesperación sin que hubiese entre ellos una retornada complicidad, un halito de esperanza. Con determinación, salió del coche y se dirigió hacia el ascensor. Su mente no hacía más que girar entorno a una idea; tenía que volver a conquistarla. ¿Pero cómo?; ella no le dejaría entrar, en la actual situación, en su corazón ni en su mente.

Adrián apenas cenó, y cuando subió a la habitación, agotado tras el largo día de trabajo, no permitió que el sueño le venciese. En su cabeza no hacía más que girar una idea: “tengo que ser el que era; necesito que se enamore nuevamente de mi”. Pero los problemas se acumulaban en su mente; no tenía, debido al trabajo, a los niños, a la necesidad constante de realización personal que tanto le había supuesto laboralmente, tiempo material para dedicarlo a una nueva conquista, ni de su mujer ni de ninguna otra. Ahora comenzaba a vislumbrar el enorme coste, el gigantesco precio que había tenido su crecimiento laboral y personal, que le había llevado a perder lo que más deseaba, habiendo olvidado amar y ser amado.

Su sueño, pesado, poco a poco le venció, cayendo en los brazos de Morfeo con una idea atravesando sus sueños. (…)


Pasaron algunas semanas, en las que Adrián apenas había parado por casa unos pocos días. Se había mostrado más cariñoso de lo habitual con Yolanda, que se preguntaba, mientras apuraba el café matutino que solía tomar en la cafetería de La Encomienda, el porqué de las extrañas preguntas que en estas semanas le había formulado su marido; parecía como si quisiese recuperar el tiempo perdido, de forma torpe, interesándose por lo que ella hacía, por sus inquietudes, por sus sentimientos. Sin embargo, ella, evasiva, le respondía con vaguedades, intentando alejar de si la sensación de ser controlada, lo último que le faltaba a una relación que creía deshecha.

El café en La Encomienda, situada a unas manzanas de su casa, y donde acudía cada mañana tras dejar a los niños en el colegio, se había convertido en uno de esos momentos en los cuales podía sentirse más ella, sometida por sus pensamientos, pero más tranquila y próxima a la libertad, alejada de la jaula de oro en que su marido había convertido su hogar, a base de lejanía y desamor.

Estaba apurando el café, cuando escuchó el sonido de una vajilla al romperse, lo que la sacó de sus pensamientos. Se giró sobre la silla para ver como el camarero había tropezado y las tazas que llevaba habían caído; la verdad, algo poco relevante para ella, que se enfrentaba a la disyuntiva de acabar de una vez con la pesadilla en que creía haber convertido su matrimonio, o tomar una medida más drástica que aún no se atrevía ni a pensar. Aprovechó la posición para pedir la cuenta, y volvió a girarse sólo para descubrir que, frente a ella, bajo el platillo del café, había un sobre.

Sorprendida, Yolanda miró a ambos lados del local, tratando de buscar a quién lo había dejado allí; sólo acertó a ver la figura de un hombre elegante y alto que abandonaba la cafetería, girando levemente la cabeza para observarla; no consiguió ver su cara, ni siquiera podría asegurar que aquel hombre hubiese dejado el sobre allí. Con cierto temor lo deslizó con suavidad por la mesa de café; olía a un varonil perfume que creía conocer, aunque el subconsciente apenas le permitía recordar cuando había sido atrapada por aquel aroma. Preocupada, llevo el sobre hasta su regazo, escondiéndolo como si fuese una colegiala nerviosa que oculta un pecado. Miró a ambos lados del café, buscando si alguien la observaba, y, segura que todos la ignoraban, como era habitual, se decidió a abrir el sobre.

Apenas asomaba ya el contenido, cuando el camarero apareció, aun mostrando las huellas de su incidente con las tazas de café, para entregarle la cuenta. Ella, ruborizada por la imaginación del contenido de aquel sobre que mantenía entre sus manos, se apresuró a pagarle. Cuando sintió que estaba otra vez sola, en esa soledad que uno siente en un sitio público, donde es uno más y nadie se interesa por ti, decidió volver a él. Deslizó apenas la cabecera del papel que contenía, e hizo ascender el sobre hasta su rostro, a fin de aspirar aquel aroma del pasado. ¿Dónde había estado presente aquel perfume?

Un repentino rubor inundó sus mejillas de rojo, y sintió como el calor de una emoción cierta y de mucho temor comenzó a sobrepasarla; con presteza metió la carta en el bolso y se levantó, intentando disimular su inquietud, dirigiéndose a la puerta del local; necesitaba llegar a un refugio más seguro, a casa, donde en completa soledad, a salvo de ojos indiscretos, podría leer aquella turbadora misiva. Apretó el paso, mientras en su mente se acumulaban los sentimientos, a medio camino entre el pánico y el deseo de conocer el prohibido contenido de la carta; y comenzaron las dudas y las preguntas, que pedían la vez en su cabeza de forma atropellada… ¿Cuál era el contenido de aquel papel perfumado que había guardado, confundida y ansiosa, en el bolso? ¿Qué persona se lo había enviado y que quería? ¿Sería aquel desconocido que vio abandonar la cafetería? ¿Le estaría siguiendo?.

Con notable incomodidad, comenzó a valorar la posibilidad de deshacerse del sobre y olvidarse de su contenido; pero una fuerza irresistible, ese lado salvaje que ella mantenía aun en su interior, y que tanto echaba de menos en su marido, hacía que su corazón latiese intensamente, presa de la ansiedad, y de la necesidad de conocer que representaba aquel papel, que verdad le ocultaba.

Llegó a la casa y, antes de acceder al portal, se aseguró que nadie le había seguido. La verdad, se sentía como una paranoica a la que todo el mundo amenazaba; una mirada a su entorno la bastó para saber que a nadie le importaba, así que, satisfecha, empujó la puerta y entró. La espera del ascensor se le hizo eterna, y la subida pareció interminable. Pero poco después ya se encontraba en su jaula de oro, en su refugio seguro, donde podría desencadenar el misterio que aquél trozo de papel contenía.

Tras ponerse algo más cómoda, se dirigió al salón con el sobre ya en la mano y, dejándose caer sobre el sillón, se acurrucó y preparó para leer la carta. Con delicadeza, no exenta de cierta ansiedad, abrió el sobre nuevamente; el contenido apenas asomaba por la apertura visible del mismo, permitiendo leer, sobre el papel perfumado, las palabras “triste dama de…”. El calor volvió a su rostro, sonrojándola. Suavemente, tomo la carta entre sus dedos y la desplazó hacia arriba; estaba doblada por la mitad, por lo que la desdobló, con la vista fija en la primera línea y, sin más demora, comenzó a leerla.

-“Mi triste dama de bella mirada,

Mucho tiempo llevo observándola en silencio, observando su soledad, su tristeza y su dolor, pero también su energía y su increíble belleza. Muchas jornadas de dudas, de no conciliar el sueño, de temor ante la posibilidad de no volver a verla han pasado hasta escribir esta carta. Por fin me he decidido, y con estas palabras que le envío quiero explicarle que muero por usted.”-

Ella se turbó y detuvo la lectura. Comenzó nuevamente el miedo y la duda, pero la necesidad de conocer más sobre aquel pretendiente, aquel misterioso sujeto, pudo más y continúo leyendo.

-“Nos conocemos. Hemos hablado en alguna ocasión, pero siempre la he considerado demasiado lejos de mis posibilidades; sé que está casada, pero necesitaba decirle esto. Me duele cada vez que la observo, cada vez que la siento cerca, cada vez que la sueño, cada vez que la pienso… Mi amor hacia usted es tan grande, que tengo miedo de ser rechazado, ya que usted es lo único que me liga a la realidad, mi mundo y mi vida. Me contentaría con saber que puedo mantener con usted correspondencia, hasta que la seguridad de mi amor le permita abrirme sus puertas.”-

-“Le propongo un juego, una pequeña locura que me permitirá saber si puedo ser correspondido, si le gustaría conocer mi alma, mi corazón, que le entregaré sin reservas, antes que mi persona. Todos los viernes pasaré por La Encomienda, y todos los viernes, si lo desea, tendrá una carta mía; hasta que me sienta seguro que conocerla personalmente no acabará con mi pasión, no supondrá su olvido. Pero necesito conocer que usted quiere atender mi proposición. El próximo viernes, y si no el siguiente, déjeme una nota sobre su mesa, justo debajo del platillo de pago; cuando usted haya salido, lo recogeré y sabré que su corazón está dispuesto a conocer la aventura, a seguir un juego que puede convertirse en lo más hermoso que hayamos vivido.”-

-“Estoy convencido que aceptará mi invitación. Lo deseo tan fervientemente que no puede ser de otra manera; quiero morir con usted, y no por su ausencia.”-

-“Suyo para siempre”.-

La carta se cerraba con una firma que contenía dos letras y un garabato: “AA”. A duras penas suponían una pista en la atribulada mente de Yolanda. La carta le había turbado como hacía años que no le ocurría, y las preguntas se atropellaban nuevamente en su cabeza. ¿Quién sería? ¿Cómo sería? Se conocían… ¿Sería el padre de Pablo, amigo de sus hijos? ¿Cómo se llamaba? ¿Roberto? Se habían mirado alguna que otra vez, furtivamente, aunque habían hablado bastante poco; era atractivo y ella había soñado alguna vez con él. ¿O sería Alberto, el padre de Adela, compañera de clase de sus hijos? Con él había departido en alguna ocasión, y tendría sentido la firma “AA”, pero aquel hombre no le atraía nada. Todas ellas eran preguntas que carecían de respuesta.

Pasaron los días de forma rutinaria en la vida de Yolanda, aunque una nueva emoción la embriagaba; cada vez que se quedaba sola, pensaba en “su caballero”, personaje que estaba comenzando a idealizar. Leyó aquellas turbadoras letras una y otra vez, intentando averiguar pistas sobre su pretendiente. Olió el perfume, que poco a poco fue difuminándose. Y el día de la respuesta comenzó a acercarse, junto con las dudas de Yolanda. ¿Cómo podría traicionar a su marido? Apenas nada les unía ya, pero su educación la obligaba a estar con él hasta que fuese posible.

No encontraba solución al dilema, hasta que, llegado el jueves antes de la entrega de la respuesta, tomó una decisión; necesitaba saber más de aquel hombre; iría con cuidado, ya que no sabía quién podría estar detrás de la misiva, pero le iba a responder; al menos quería conocer hacía donde llevaría aquel camino, al menos una carta más.

Escribió una nota muy breve. Nunca se le había dado bien escribir, y entre los nervios y la falta de inspiración, apenas salieron unas pocas letras, las suficientes para hacer ver su curiosidad por su desconocido interlocutor. Le costó tiempo encontrar un encabezado adecuado: “Querido desconocido… Mí desconocido… Mi caballero ausente… Estimado amigo”… fue descartando presentaciones hasta decidir que no pondría ninguna. La nota era escueta y directa… “Quiero saber más de ti. Firmado: Yolanda”.

Estuvo buscando un sobre y no encontró ninguno, así que decidió doblar la nota por la mitad y, simplemente, dejar el papel sobre la mesa de café. Dejaría su mensaje al día siguiente, y esperaría, deseando que Adrián, quién regresaba ese mismo viernes, percibiese su turbación lo menos posible. Decidió que intentaría ser más amable con el esos días, así se notaría menos su emoción prohibida.

El día llegó. Yolanda despachó a los niños en el colegio con rapidez, y comenzó a observar a los padres, que charlaban amigablemente en la calle, por si alguien hacía algún gesto que le delatase, que la convenciese que era el desconocido. Nada notó, así que partió hacia La Encomienda, visiblemente nerviosa. Tomó asiento en la mesa habitual, y, observando a su alrededor con emoción y cierto miedo, apuró el café. Cuando acabó, hizo lo que se le había pedido; pagó, dejó la nota y salió del local. Pero la curiosidad era más poderosa que su conciencia de seguridad, decidiendo esperar, medio escondida en un portal, a ver quién entraba y salía del local. Allí estuvo más de media hora, sin vislumbrar rastro del desconocido que, tras su anterior experiencia, creyó reconocer. Con disgusto, en la creencia que la nota habría acabado en la basura, regresó a su monótona existencia.

Los días siguientes Yolanda se mostró más triste y sensible que nunca. Su marido había llegado a casa ese mismo viernes, y había intentado ser amable y cariñoso con ella, pero Yolanda apenas podía ver en él un extraño, por lo que rechazó sus abrazos, causando en ella un sentimiento a medio camino entre la culpabilidad y la pena, que hizo aflorar a su rostro no pocas lágrimas. Adrián marchó pasado el fin de semana, dejándola nuevamente en una soledad que, esta vez, se le antojó reparadora. La posibilidad que su recién nacida esperanza se hubiese visto truncada dejó, poco a poco, paso a una nueva ilusión, por ese viernes que se acercaba, por ese día en que averiguaría si aquel extraño le obsequiaría con una nueva carta, con un pedazo de su corazón.

El viernes llegó más rápido de lo que Yolanda esperaba. Con visible nerviosismo, dejó a los niños en el colegio y se dirigió a la cafetería, desembarazándose de los padres que intentaron conversar con ella; tardó sólo unos minutos en llegar, pero en el estado de excitación en que se encontraba, le parecieron horas. Cuando atravesó la puerta del local, se detuvo por un instante, en un vano intento por centrarse; aprovecho para observar a los clientes, intentando descubrir a su secreto pretendiente, pero no consiguió encontrar a ningún hombre que cumpliese las premisas que Yolanda había creado de aquel desconocido, su caballero, su amante oculto. Se sentó frente a la mesa habitual y pidió un café; para dejar pasar el tiempo, sacó su móvil y comenzó a ojear las redes sociales, con cierta desazón. Cada vez que escuchaba la puerta de entrada, levantaba la vista, esperando ver entrar a aquel que estaba ocupando sus pensamientos; pero nada, sólo entraba gente sin importancia para ella.

Pasaron los minutos, diez, quince, treinta… Un mundo. No podía creerlo, su sueño se estaba haciendo trizas como un jarrón de porcelana al estrellarse contra el suelo. Cuando consideró que ya había esperado suficiente tiempo llamó con desgana al camarero, pidiéndole la cuenta con un gesto, mientras una lágrima recorría su mejilla; estaba defraudada y dolida, pero no quería llorar en un sitio público de la forma que su cuerpo le pedía; quería gritar su frustración a los cuatro vientos, pero la educación que había recibido se lo impedía.

Mientras esperaba apoyó las manos sobre el rostro, caliente de ira e impotencia, y sollozó en silencio su frustración. Así estuvo hasta que escuchó la voz del camarero, llamándola. Levantó la vista para observar cómo le tendía el platillo de la cuenta, mientras le preguntaba que le sucedía, si podía ayudarla. Ella contestó con cortesía que nada, y comenzó a rebuscar el monedero dentro de su bolso. El camarero se volvía para marchar, cuando vio un sobre en el suelo. Lo recogió y, girándose hacia Yolanda, la preguntó si era suyo. Ella miro el sobre con un gesto de incredulidad; tardo unos segundos en responder, pero cuando lo hizo no pudo ser más brusca, afirmando que era suyo y arrebatándoselo de la mano con poca delicadeza. El hombre se volvió mascullando la mala educación mostrada por Yolanda, mientras ella dejaba el sobre sobre la mesa, apartándolo levemente como si quisiese alejar una maldición que no podía evitar.

El corazón de Yolanda se aceleró al ritmo que los pensamientos iban aflorando a su mente… ¿Cómo no podía haber visto a su caballero dejar el sobre junto a ella? ¿Y si su amante secreto era el camarero? No, eso no; era bastante mayor y poco atractivo, no podía ser… ¿Pero y si lo era? Levantó la vista para verle acercarse, con la cara marcada de arrugas y un gesto hosco, tras sufrir el desplante anterior, trayéndole las vueltas. Ella masculló una disculpa, que el acepto con desdén.  Yolanda volvió a su pecado, mirándolo con renovada inquietud, no exenta de un deseo irrefrenable por conocer el contenido; tomó el sobre y se lo acercó para notar nuevamente aquel penetrante perfume, varonil, atractivo, una promesa de actos inconfesables, que volvió a cautivarla. Guardo el sobre con delicadeza en su bolso y salió del local.

Con paso apresurado, al mismo ritmo que su corazón se aceleraba, inundado de emociones, sofocado por el misterio, la ansiedad, la necesidad de conocer las palabras que aquel sobre ocultaba, Yolanda se dirigió hacia su casa. Sin embargo, al pasar junto al Parque de Los Fueros, a unos minutos aun de llegar a su destino, la emoción por conocer los secretos escondidos en aquel sobre, la hicieron buscar un punto apartado, tomar asiento en un banco, y, aprovechando el sol que se filtraba débilmente entre las nubes, prepararse para leer a su pretendiente desconocido. Miró alrededor para asegurarse que nadie le prestase una atención especial; no era un día propicio para pasear por el parque, ya que la temperatura en aquel invierno que finalizaba aún era escasa. Un escalofrío recorrió sus piernas bajo la falda, por lo que intentó cubrirse con el abrigo, al tiempo que tomaba el bolso para extraer su secreto más preciado.

Inició el ritual, abriendo delicadamente la carta y acercándosela nuevamente al rostro para percibir aquel perfume embriagador. Olía al mismo veneno que le había cautivado en algún tiempo pasado, un veneno perfumado con un aroma que le invitaba a soñar, a yacer en el mundo onírico con aquel personaje que ella deseaba convertir en realidad. Cerró brevemente los ojos, mientras trataba de contener su corazón, que comenzaba a desbocarse, latiendo con fuerza a la espera de las ansiadas noticias que la carta contenía. Y extrajo aquel papel bendito que contenía esperanzas perdidas, una aventura que en su mente comenzaba a cobrar una dimensión extraordinaria. Desdobló la carta y, tras cerciorarse nuevamente que se encontraba a salvo de miradas no deseadas, sentada sola, en aquel parque del invierno, comenzó a leer.

“Mi dama de la bella mirada, mi amada Yolanda” – comenzaba. Ella notó llegar el calor a sus mejillas, al ruborizarse con aquellas escasas palabras que tanto prometían. Continuó leyendo.

“Tu nota me llenó de emoción, me colmó de alegría, y de inspiración para poder decirte lo que siento por ti; entregarte mi amor oculto, mi pensamiento prohibido. Te sueño cada noche, te imagino cada segundo del día, muero por tenerte a mi lado, muero por ti.” – ella se sentía cada vez más turbada; el mundo a su alrededor había desaparecido, y solo aquel papel que tenía delante, aquella gracia que le había sido dada, se convertía en su única realidad.

“Eres el faro que me guía hacia mi destino, la luna que ilumina mi noche. Mi vida no tiene sentido sin ti, sin pensarte a cada instante, sin la esperanza de tenerte un día a mi lado; mi deseo por conseguir tu amor sincero, de amarte con pasión cada noche, cada día, cada minuto, son todo lo que tengo. Eres mi alimento, mi pasión, la sangre que corre por mis venas, impulsando cada uno de mis músculos con el único objetivo de conquistar la cumbre de tu amor, de luchar cada segundo de esta vida, que te consagro, a alcanzarte.” – Yolanda no pudo más. Su rostro se iluminó con una sonrisa, al tiempo que las lágrimas comenzaban a asomarse a sus ojos. Se secó con la palma de su mano, sintiendo el frío ambiental, que contrastaba con el calor que notaba en su interior.

“Mi hermosa dama, si me permites, intentaré mostrarte mi corazón con cada carta que intercambiemos; que cada uno de mis textos sea un pedazo de mi alma que te entrego sin condiciones. Cada viernes te haré llegar mi corazón, entregándotelo para que lo puedas ir conociendo, hasta que sepa que eres mía, sólo mía. Entonces, nos conoceremos.”.

“Me gustaría saber tus sentimientos, conocerlos más profundamente; si lo deseas, cada día, al marchar, me puedes dejar mensaje bajo el platillo de la cuenta. Ten por seguro que lo recogeré y atesoraré cada palabra en mis sueños.”

“Completamente tuyo: AA”.

Yolanda se quedó largo rato concentrada en el pedazo de papel que aun sostenía entre las manos. Temblaba, tanto por el frío como por el sentimiento que recorría cada centímetro de su cuerpo. Pasaron minutos que parecieron horas, mientras en su cabeza se mezclaban aquellas palabras que había leído, aquellas frases que habían cautivado su corazón como, recordaba, sólo Adrián logró hace ya años, al inicio de su relación; pero este hombre aún era más sentido, más romántico, más hermoso. Ella estaba segura, iba a continuar con el juego; necesitaba conocer hasta donde llevaba aquel camino, aquella nueva esperanza de recuperar lo perdido. Intentaría disimular ante su esposo; a pesar de todo, no quería dañarle, y necesitaba estar segura que no estaba ante un juego tonto, si no ante un corazón que realmente la deseaba, la necesitaba, alguien a quién proteger y con quién vivir nuevas aventuras, alejadas de la jaula dorada a la que Adrián la había confinado.

Pasaron nuevamente los días. Yolanda se mostró cariñosa con su marido, intentando ocultar, mal disimuladamente, la nueva alegría que la ocupaba; le permitió acercarse sin rechazarle, como en otras ocasiones. Ella notaba como el observaba su inconsciente sonrisa, la mirada nuevamente iluminada, y temía que esto delatase su situación, aquella renovada ilusión. Cuando el volvió a partir, Yolanda dio rienda suelta a su alegría; usó las tardes de aquella semana con sus hijos, llevándoles al cine, de compras, con una imagen y una sonrisa como hacía años que no se le conocía. Y escribió… escribió una larga nota, no una carta, si no una serie de frases que le venían a la cabeza, y que, atropelladamente, le salían del corazón, de un alma que había decidido dejar ver a su pretendiente.
“Eres lo que desde hace años esperaba encontrar”; “desearía que la belleza que desprenden tus palabras fuese real”; “quiero que me conquistes”. Frases con las que expresar esa pasión que había tenido adormecida los últimos años, esa pasión que Adrián y el tiempo enterraron pero que, como un renacido, volvían a la vida con fuerza.

Durante unas semanas, el intercambio de cartas fue fluido, y Yolanda, poco a poco, fue cayendo en las redes del pretendiente anónimo que le cortejaba, al que ya trataba como “mi amor prohibido”, “mi corazón”, “el sol que me ilumina”; semanas en que la emoción, el cortejo, la fantasía de un amor posible, se disparaban en la mente de Yolanda, dispuesta tras años de sentirse aislada, a entregarse a una relación que despertaba su lado salvaje, su lado más deseado y deseable, dispuesta a vivir esos momentos soñados y recordados. Y sin darse cuenta, en un esfuerzo por ocultar a su marido el pecado, fue acercándose a él; en un intento de evitar que se notase su sonrojo, acababa abrazada a Adrián, sin permitir grandes alardes, pero más próxima de lo que en los últimos tiempos había estado. Tal vez fuese instintivo, tal vez fuese por sentimiento de culpa, pero lo cierto era que, cuanto más cerca sentía al misterioso amante, más se acercaba a la vez a su marido; de hecho, a sus ojos parecía haber cambiado, siendo más amable, más atento con ella y sus hijos, más feliz.

Pasó una estación, y cuando el calor comenzaba a apretar, anunciando la inminente llegada del verano, Yolanda se decidió a dar el paso, a pedirle a su desconocido que se desprendiese de su máscara; lo deseaba con pasión, con inmensa locura, se había convertido en una obsesión. Aquel viernes de junio, con su mirada que reflejaba la radiante felicidad que la cubría, continuó con el ritual habitual, dejando a los niños en el colegio, y, tras conversar alegremente con algunos de los padres que se congregaban a las puertas del centro, dirigirse hacia La Encomienda. Allí esperaría la llegada, siempre casual, de su sentimiento más profundo, mientras apuraba el buen café torrefacto que le servía el camarero, con quién mantenía, pasados los meses, una agradable relación.

Apuró tranquilamente el café, mientras bañaba su rostro con los rayos de sol que ya calentaban a través de los cristales de La Encomienda, en aquella temprana hora de aquel viernes de junio. Entrecerró sus ojos para dejarse bañar por el calor, agradable, dulce, pasional, que completaba con su ardiente interior, donde latía de amor su corazón, con una emoción que se había convertido en habitual tras aquellos meses de locura en forma de letras, que conformaban palabras, que componían una melodía perfecta que no se cansaba de escuchar en su cabeza, de leer cada noche, de recordar cada segundo del día.

Esperó la llegada de su alegría, con la seguridad de quién ha tomado una decisión que cambiará su futuro y no se arrepiente de ella. Fue entonces cuando notó la mano que le tocaba su hombro, y sintió como mil mariposas subían desde su estómago hasta la garganta. Con sorprendente tranquilidad, se giró lentamente, situando sus ojos frente al que pensaba que iba a ser su amado desconocido. Sin embargo, frente a ella, encontró un rostro conocido, que la saludó con efusividad.

“Buenos días Yolanda. ¡Qué casualidad!. He parado a tomar un café y te he visto.” – Alberto, el padre de Adela, una de las amigas de sus hijos, un tipo enjuto y poco agraciado, aunque bastante agradable, y uno de los hombres en los que Yolanda pensó cuando intentó averiguar por sus medios el nombre de su pretendiente, aparecía frente a ella. La sorpresa y cierta frustración silenciaron su boca, por lo que tan sólo fue capaz de devolver el saludo con un gesto, mientras Alberto tomaba asiento frente a ella, hablándola de cosas que se le antojaron intrascendentes.

El pidió un café con porras, mientras ella mascaba su infortunio, ante la simple sospecha que su interlocutor pudiese ser el amado que esperaba. Sin perder una forzada sonrisa, Yolanda asentía a lo que Alberto le contaba, siendo capaz a duras penas de responder a sus preguntas con monosílabos. Viéndole engullir su desayuno, mientras hablaba con la boca llena sin parar, llegó a la conclusión que no era posible que fuese su amante, por lo que se dejó llevar y comenzó a reír las chanzas que, ocasionalmente, soltaba Alberto.

Cuando acabó de desayunar, mientras Alberto se limpiaba con poca delicadeza los restos de café del bigote, Yolanda comenzó a impacientarse. La misiva no llegaba, y aquel poco prudente sujeto comenzaba a ponerle nerviosa. Alberto pidió la cuenta, y dijo que la invitaba; mientras esperaba, se giró hacia Yolanda y se quedó mirándola; a ella le causó cierta inquietud la situación, y comenzó a removerse sobre la silla, cuando él dijo: “Tengo algo para ti”. A Yolanda parecía que el corazón se le iba a salir del pecho, cuando volvió a creer que se había confundido, y al final la firma “AA” si iba a corresponder a Alberto – Adela.

Alberto empezó a hablar de nuevo, pero cuando ella ya esperaba que de su boca saliese una declaración que no deseaba, la conversación la sorprendió en otro sentido. Le contó que a los pocos minutos de marchar Yolanda, mientras algunos padres departían a la puerta del colegio, un hombre de mediana edad se les acercó y preguntó por ella. Le traía un sobre, y, aunque le dijeron que había marchado y que normalmente tomaba café en La Encomienda, el hombre pareció contrariado y apresurado. Preguntó si podían hacerle llegar un sobre de forma urgente, que necesitaba entregarlo pero no tenía tiempo para llegar hasta allí. Y el, galantemente, se ofreció a acercárselo a Yolanda. Ella escuchaba la historia boquiabierta, sorprendida, y un tanto herida al pensar que su amado no había querido acercarse a darle, personalmente, por fin, su corazón, cuando vio como Alberto rebuscaba en su cartera.

El sobre apareció frente a ella, como cada viernes, aunque esta vez llegaba de forma un tanto extraña, de una manera que provocó en su mente un torrente de preguntas que se entremezclaban sin respuesta, buscando una explicación a que su esperanza llegase de la mano de tan extraño sujeto como era Alberto. Ya no escuchaba las palabras que seguían saliendo de la boca de aquel hombre; su mundo se había convertido en aquel pedazo de papel que, ahora, se encontraba sobre la mesa de café.
Alberto se quedó unos segundos observándola, en la misma forma que ella se había quedado ensimismada, mirando aquel sobre. La discreción y un tanto de vergüenza le forzaron a tomar la decisión de dejar a Yolanda con sus secretos. Se levantó y se despidió de ella, saliendo del local no, sin antes, girarse para darle una última mirada a aquella hermosa mujer.

Yolanda apenas podía mover un músculo. Miraba fijamente el sobre, sin atreverse a tomarlo entre sus manos, ya que su esperanza se habían tornado en temor al conocer que su amado había evitado entregarle personalmente aquella misiva, si es que aquel que la llevaba era realmente su pecado. Agachó la cabeza, alejando su mirada del sobre, como queriendo alejar una tentación demasiado fuerte como para resultar vencida; y así ocurrió… Poco a poco, suspirando con fuerza en un intento baldío de relajar la tensión que la atenazaba, comenzó a acercar la mano hacia el secreto, hasta asirlo con ligereza y desplazarlo hacia sí.

Tras un último suspiro, se decidió; abrió el sobre, oliendo el perfume que exhalaba, sentada en la silla de aquella cafetería, ya sin pudor alguno, desprovista del más mínimo sentido de la prudencia, que en otras ocasiones le había hecho abandonar aquella plaza a refugios más seguros en los que conocer lo que aquel amante quería entregarle.

Con delicadeza, extrajo la carta y la desdobló, dejándola abierta sobre la mesita de café. Durante unos segundos, la contempló, a medio camino entre la necesidad de conocer su contenido y el temor que el conocimiento del mismo la fuese a dañar. Con un esfuerzo final, suspiró nuevamente, apoyó las manos sobre sus sienes y, bajando la cabeza sobre la carta, comenzó la lectura de su amor.

“Mí dama, mi amor, mi vida.” – comenzaba.

“Si de algo estoy seguro es que mi corazón es tuyo, que tu luz es el faro que me guía en el navegar a lo largo de esta oscura orilla de la vida. Creía llegado el momento que mi barco llegase a su destino, que mi corazón atracase en el puerto de tu amor, permitiéndonos conocer la pasión, ser dos seres en comunión perfecta que disfrutasen del tiempo que nos ha sido concedido, entregándonos alma y cuerpo.” – Yolanda sonrió levemente, tensionada por lo que temía que vendría, pero satisfecha al ver que la intención de su pretendiente secreto era la que ella misma tenía.

“Mi amor, mi vida. Sabes que el dolor que me produce esta lejanía apenas me permite dormir, pensando en ti, descontando cada segundo de tiempo que resta para poder acariciar tu hermoso rostro, mirar tus bellos ojos y entregarte toda la verdad que mi corazón lleva en persona.”

“Pero el destino es cruel y juega siempre con los amantes que se desean con el alma; juega con nosotros, golpeando nuestro corazón y esperanzas con el látigo de la realidad, con la rutina que más duele en el alma”. – El semblante de Yolanda comenzó a transmutarse. Su luz comenzó a apagarse por momentos, con aquellas palabras que parecían convertir el día en noche, los rayos de sol en oscura tormenta.

“Cuando ya estaba seguro de tu amor correspondido, de tu verdad clarividente, de la pasión que nos espera, la rutina nos derrota. Me envían fuera de España durante unos meses, maldito trabajo, al que no podemos renunciar pero nos condena a la ausencia, a la lejanía, a continuar esperando por un futuro más brillante de lo que podamos imaginar. Apenas serán unos meses, durante los cuales, ten por seguro, tendrás puntualmente carta; cada viernes, si me es posible, alguien te hará llegar mi alma, mi desesperación por no tenerte a mi lado, mi afán por mantener en tu corazón prendidas las llamas de este amor, de esta locura, del inmenso deseo por tenerte”. – Yolanda detuvo la lectura unos segundos, sollozando silenciosamente, mientras las lágrimas mojaban la carta. Decidió calmarse, levantando su rostro hacia el luminoso sol que atravesaba el ventanal de La Encomienda; se secó las lágrimas con el dorso de su mano, suspiró nuevamente con fuerza, intentando convencerse a sí misma que aquello era lo mejor para ambos.

Cuando estuvo preparada bajó nuevamente la mirada para continuar leyendo aquella despedida, aquel hasta pronto que, estaba segura, acabaría tornándose olvido.

“Mi amor, mi dama, aun no sé cómo podré soportar esta condena, cuando ya me había hecho a la idea de tenerte junto a mí por siempre. Tu tendrás más suerte, ya que podrás refugiar mi ausencia en quién aun mantienes a tu lado, a quién envidiaré como nunca he hecho, próximo a tus caricias, mientras yo apago mi desesperación, a un mundo de distancia, con el deseo de tenerte. Piensa en mí cuando estés con él; eso me permitirá, al menos, saber que tengo tu corazón, tu alma, cuando me es imposible tener aun tu cuerpo, envolvernos los dos con nuestro calor, con nuestro amor, sentirte a mi lado. Piensa en mí cuando le beses, cuando le hables, cuando te acaricie; siénteme cerca, próximo, como el estará; al menos eso me quedará, mientras mantengo encendido el faro de la esperanza, con las cartas que vendrán.”  - El nerviosismo de Yolanda era patente. Su rostro se había crispado y había comenzado a sudar, sustituyendo las gotas de sudor a las lágrimas que ya había derramado. El calor interno que notaba, mezcla de pasión, frustración e ira, se mezclaba con el patente calor ambiental, incrementando la sensación de ahogo que comenzaba a afectarla.

Detuvo su lectura para secarse el sudor con un pañuelo que extrajo de su bolso. Este simple gesto, le permitió unos segundos de reflexión. Repentinamente, una idea iluminó su mente, y se reflejó rápidamente en su rostro; una incipiente sonrisa comenzó a asomar en sus labios, y sus ojos se volvieron nuevamente luminosos; alzó nuevamente la carta, saboreó su perfume, y  decidió volver a la lectura.

“Hasta pronto amor mío. Mantén encendido tu fuego; que pueda ver tu luz en la lejanía, dejando plasmada la promesa de mi retorno en cada carta que recibas.”

“Incondicionalmente tuyo: AA”.

Yolanda levantó la vista del papel; a pesar de las noticias, su rostro continuaba iluminado con una leve sonrisa que parecía ocultar pensamientos mucho más ocultos. Con tranquilidad, delicadamente, dobló la misiva y la metió en el bolso. Luego se tocó el pelo para arreglarse las sienes, sobre las que había estado apoyada, se levantó y marchó. (…)


(…) La noche era agradable, cálida, aunque no en exceso, como corresponde a principios del mes de junio. Era una de esas noches en las que Adrián, que descansaba unos minutos apoyado en su coche, mientras apuraba el café que acababa de comprar en la gasolinera, se permitía soñar con recuperar a su esposa, con tenerla nuevamente junto a él como llevaba tiempo sin disfrutar.

Adrián sonrió. Levantó su mirada y suspiró profundamente, mientras observaba el cielo estrellado. Entrecerró sus ojos para que las imágenes de su pasado reciente le fuesen más clarividentes; recordó cómo, durante aquellas últimas semanas, su amada le había permitido adentrarse poco a poco en sus sentimientos, poniendo sus barreras, es cierto, pero su corazón le decía que terminaría derribándolas y alcanzando las trincheras de su alma. Adrián confiaba ciegamente en el plan que había trazado tiempo atrás para recuperar a Yolanda; lo había decidido hace unos meses, y puesto rápidamente en práctica, al principio como una solución a corto plazo, pero el tiempo y los vaivenes de su esposa le habían obligado a ir postergando la solución en el tiempo.

Adrián apuró el último trago de café antes de retomar la carretera, camino de la ciudad, camino de su casa. Aún quedaban largas horas para llegar a destino, pero su mente estaría entretenida, imaginando como su intriga podría llevarle a alcanzar su objetivo más deseado pocas horas más tarde.

En su cabeza se arremolinaban los pensamientos y los recuerdos; la sensación de derrota que le había inundado como una ola gigante durante los últimos meses, había dejado paso a una emoción que llenaba su corazón en la confianza del éxito. Había jugado con su lado salvaje, dando rienda suelta a una aventura arriesgada, una apuesta a todo o nada que le había permitido obtener grandes momentos de emoción, combinados con un sentimiento de duda, de desesperanza e incluso de celos con lo que estaba creando.

Adrián había ideado un personaje, un reflejo pasado de sí mismo, con el que había conseguido, carta tras carta, viernes a viernes, alcanzar nuevamente el corazón de Yolanda. El riesgo había sido máximo,  pero estaba convencido que su esposa había ido acortando el abismo que los separaba, hasta convertirlo en una distancia salvable por sus propios medios.

Aun sintiendo tan próximo el éxito en su tarea, Adrián se mostraba preocupado. La influencia que su criatura ejercía sobre Yolanda era enorme, tanto que temía que la verdad sobre su origen eliminase el embrujo que en ella había causado. Hace semanas que había tomado la decisión de provocar un alejamiento progresivo de su personaje, algo que había calculado que serviría para que su esposa se aproximase a él de forma definitiva. Pero bien sabía que los cálculos no valen a la hora de afrontar los sentimientos, y sobre todo, el amor.

Adrián llegó a la oficina antes de las seis de la mañana de aquel viernes decisivo. Se aseó someramente, se perfumó y peinó, antes de pasar por la cafetería a tomar la esencia que le permitiría mantenerse despierto. Durante algunos minutos, se permitió disfrutar del aroma y sabor de aquel buen café, mientras preparaba su siguiente paso, el paso definitivo en su estrategia. Tomó la carta que había escrito días antes y la leyó varias veces; intentaba encontrar algún fallo, alguna pista que deslizase una verdad que el sólo quería descubrir cuando considerase necesario. Nada encontró.
Pocos minutos antes de las ocho, apareció frente a él su Hermes, su aliado, su mensajero. Álvaro Arroyo, al margen de inspirar la firma de cierre de su reflejo, le había servido fielmente como secreto colaborador. Con la confianza adquirida tras años de trabajo conjunto y de conversaciones privadas, compartidas frente a una cerveza fría, se atrevió a contar con él en su aventura. Álvaro llevó personalmente el corazón de Adrián, enfundado en un sobre, en más de una ocasión, entregándolo de forma casual o dejándolo en manos de otros colaboradores.

Esta vez, tendría que desarrollar una comedia. Entregar personalmente la misiva, pero no a su destinataria, si no a un mensajero ocasional que, a buen seguro, se la haría llegar. Adrián se la jugaba en ese punto, pero había observado, ocultamente, la actitud de alguno de los padres hacia su esposa, y sabía que aprovecharían cualquier circunstancia para hablar con ella. Salvaguardando sus celos, iba a intentar aprovecharse de ellos.

Tras una breve conversación con su Mercurio, le dejó partir hacia su cometido, entrando en un estado de ansiedad que sería difícilmente disimulable durante las duras horas de trabajo que debía afrontar. Ni siquiera calmó su desazón el retorno de Alberto, con noticias alentadoras sobre la entrega de la misiva definitiva.

El reloj fue marcando las horas pesadamente, aumentando la ansiedad que hacía presa en Adrián. Cuando por fin llegó el momento de partir hacia casa, hacia el destino, se despidió de Álvaro agradeciéndole su apoyo y ayuda. Álvaro le devolvió un simple “suerte” que sonó a esperanza y vida a oídos de Adrián.

A pesar del cansancio, estaba dispuesto a darlo todo por abrir definitivamente el corazón de su esposa, a quién imaginaba hundida tras las noticias que su mensaje transmitía. Paró en una floristería para comprar un ramo de rosas rojas, un pequeño detalle que esperaba desharía el hielo inicial de su dama.

Mientras esperaba la apertura de las puertas del garaje, su mente jugó con el recuerdo del océano de tiempo atravesado en la búsqueda de su amada. Aparcó recordando los tiempos de felicidad, analizando cada instante de los últimos años. Su cabeza no paraba de darle vueltas a lo pasado, y a lo que debía pasar desde ahora; demasiados pensamientos se arremolinaban en su mente, lo que le obligó a detenerse un instante junto al ascensor. Respiró profundamente, una, dos veces, y entró.

Pocos minutos después atravesaba el umbral de su casa. Sonreía, con cierto nerviosismo, mientras veía venir a los niños corriendo a abrazarle; había comenzado a sudar, por lo que le preocupaba que su cuidado aspecto se viese desaliñado frente a su Eva. Se agachó para recibir el abrazo de sus pequeños, que gritaban sonoramente “papá”. Besos y muchos abrazos, mientras su mirada se fijaba en el pasillo iluminado, intentando observar si Yolanda venía a su encuentro.

Al verla aparecer desde la puerta del salón, su corazón pareció darle la vuelta; incluso cayó desde su posición en cuclillas, empujado por los niños, lo que provocó una nerviosa carcajada, apoyada por la risa incondicional de sus pequeños. Levantó la vista para ver una media sonrisa en el rostro de Yolanda, que le hizo cobrar grandes esperanzas. Se levantó, ofreciendo el ahora desastrado ramo a su mujer, quién acercó sus labios a su rostro, besándole suavemente y susurrando un “gracias, amor” cuyo efecto le subió como un calor desde el estómago a la garganta; su esposa se mantuvo un instante a su lado, antes de alejar su calor mientras él veía su rostro iluminado con una cada vez más perceptible sonrisa. Los ojos de Yolanda le parecieron dos faros que, como había reflejado en su carta, le guiaban hasta su destino.

Adrián apenas podía cerrar la boca por la sorpresa; aunque esperaba que su estratagema hubiese logrado sus frutos, esperaba a una Yolanda fría y alejada al principio, pero ella se estaba mostrando cálida y sensible con él, algo que estaba desarmando su táctica de aproximación para aquella que esperaba fuese su bendita noche. Ella le mandó asearse y prepararse para la cena, llegándole el delicioso olor de los alimentos que estaba preparando su amada.

Mientras se duchaba, dejó fluir sus recuerdos por ese instante recién pasado, por el aroma embriagador de su esposa, por ese susurro que parecía una promesa de algo más, de un milagro que llevaba mucho esperando y que parecía al alcance de su mano. El calor era agradable, y ayudó a relajar sus tensos músculos. Salió de la ducha, se vistió con pantalón y camisa, que su esposa le había dejado pulcramente doblada sobre la cama, otro síntoma de que algo estaba por pasar.

La cena estuvo repleta de risas con los niños, comentarios y bromas, de miradas furtivas a su amada que le sonrojaron en más de una ocasión. La mirada de Yolanda le decía que estaba enamorada, pero era su engendro, su personaje oculto quién le había robado el corazón. Desconcertado, mantuvo la sonrisa en todo momento, aunque a punto estuvo de perder la compostura cuando ella le tomó la mano al dejar la servilleta sobre la mesa.

La cena acabó, entre risas y charla fluida, como hacía meses que no tenían. Yolanda acostó a los niños, mientras Adrián se sentaba frente al televisor, mirando la pantalla, aunque su mente no prestaba atención a lo que emitían, concentrada en analizar los maravillosos momentos pasados instantes antes con su familia. Una sonrisa asomaba a su rostro sintiendo aun el cálido tacto de la mano de su amor.

Ensimismado en sus pensamientos estaba cuando Yolanda apareció por la puerta. Se había cambiado, poniéndose un bello combinado de noche, con una hermosa bata que él le había regalado tras un viaje de negocios a Francia, y que hasta aquel momento nunca había utilizado. Yolanda se acomodó junto a él, apoyando la cabeza sobre su hombro. Adrián sintió su calor, su aroma, y se sintió obligado a iniciar la conversación. Desde el primer instante de la misma, en medio penumbra, íntimamente unidos, intentó conocer los sentimientos de su esposa, saber si su veneno había calado en ella; no hubo evasivas, ya que el alma de Yolanda se había abierto de par en par.

Adrián seguía sin salir de su asombro, pero aprovechó la brecha emocional para profundizar en sus sentimientos, entregando su corazón a su esposa. Durante muchos minutos conversaron íntimamente, antes de llegar al momento esperado; sus labios se unieron en un profundo beso, en una letanía de amor que se expresaba en cada movimiento de sus bocas, en cada caricia que buscaba alcanzar el alma del otro, en cada aliento, en cada susurro que parecía una promesa de algo prohibido.

Iniciar el cortejo en el salón les exponía a la posibilidad de ser descubiertos por sus retoños, que ahora dormían plácidamente a unos metros de distancia. Sin embargo, el paseo por el lado salvaje que habían iniciado, les desposeía de pudor y les envolvía en un manto de naturalidad que les conducía a la pasión más desbocada. Ella le buscó para juntarlos, desprovistos ya de parte de sus prendas, cuando él, con su mente empañada por la locura del momento, se levantó, transportándola abrazada, comiéndole a besos, de pared a pared hasta llevarla a la habitación.

Allí, desprovistos ya de ropa, se vistieron con la piel del otro, viviendo un instante de locura próxima al éxtasis. Durante un tiempo que Adrián no sabría medir, giraron una y otra vez entre las sábanas, se amaron con pasión, con una intensidad que ya no recordaba; tanto, que el agotamiento acabó haciendo presa en ambos cónyuges. Adrián recibió una postrera caricia de su esposa, antes que esta cerrase sus ojos, con el rostro apuntando hacia él. Adrián se quedó tiempo mirándola, mientras entraba en los brazos de Morfeo, con una sonrisa como hacía muchos años que no le conocía.
Y Adrián tomó una decisión; viendo el iluminado rostro de Yolanda, decidió que no le diría, al menos de momento, que él era su único amante, y que la comedia que había desarrollado para ella, les había llevado a aquel momento de lujuria, de locura, aquel instante en el lado salvaje que tanto había buscado.

Y Adrián apoyó su rostro junto al de Yolanda, y descansó (…).


(…) Yolanda cerró sus ojos y se dejó caer en el sueño. Sonreía. Y decidió no decirle a Adrián que ella lo sabía.



FIN

lunes, 23 de enero de 2017

CORAZÓN DE ORO Y LA TORTUGA:

En un país a lo mejor no tan lejano, vivía una princesa de ojos verdes y preciosos rizos dorados, a la que su pueblo conocía como Lady Corazón Dorado. La princesa era una chica comprometida con los demás, al contrario que el resto de la familia real, aristócratas orondos y cursis que se dedicaban a gastar mucho dinero sin pensar en nadie más; ella gustaba de partir cada mañana de palacio, para recorrer los dominios de su padre, el rey, repartiendo comida y parabienes a los más necesitados, y atendiendo a los animales que poblaban los pueblos y bosques, dándoles comida y golosinas que todos, desde el oso más gracioso a la ardilla más cotilla, agradecían.

La princesa Lady Corazón Dorado se hizo tan popular, que los miembros de la familia real empezaron a envidiar como el pueblo la quería. La más bruja de las infantas reales, decidió, de acuerdo con el presidente de la comisión del centro real de inteligencia, que de inteligente tenía poco pero de listo mucho, hacer desaparecer a la princesa. Para ello, contrato los servicios del ogro de un ojo Mariano, que era un tipo muy desagradable que vivía de okupa en un castillo en ruinas justo en medio de un pantano, al sur del reino. La infanta bruja y el listo del CRI le ordenaron que secuestrase a la princesa y se la llevase para siempre a su castillo; ellos harían que la noticia de la desaparición fuese cayendo en el olvido, hasta que nadie se acordase de Lady Corazón Dorado, lo que casi parecería bien hasta al mismo rey, su padre.

El ogro Mariano, esperó unas semanas, hasta que un día, en el trayecto conocido como El Camino de la Dama, que ella recorría dando parabienes cada semana, atacó a sus escoltas, dos valientes guardias reales que salieron por patas en cuanto le vieron los dientes llenos de sarro a Mariano, y, cuando Lady Corazón Dorado quedó sola y desvalida, se la llevo metida en un saco.

El ogro Mariano la arrojó en la última estancia del castillo del Olvido, situada en la más alta torre, que llamaba la Torre de la Tristeza, en una habitación con pocas comodidades que conocía como Infortunio, por donde se filtraba el frío y la humedad del pantano más de lo que era deseable. Las únicas comodidades que Lady Corazón Dorado tendría en su encierro eran una cama, la chimenea que le daba algo de calor, y un espejo mágico, que era conocido como Esperanza, pero cuya capacidad mágica, aparte de ser un buen conversador, era conceder deseos buenos a cualquier ser vivo presente frente a él, siempre y cuando el deseo fuese para otro ser vivo diferente al que lo pedía. Por tanto, a ella no le servía de nada, ya que carecía de ninguna compañía.

Los días pasaron sin noticias de la princesa. Al principio, los periódicos publicaron a toda página la noticia de la desaparición, y los telediarios abrieron sus ediciones con la noticia. De los dos guardias no se supo nada, ya que tomaron las de Villadiego para evitar ser castigados, y la bruja infanta y el listo del CRI se ocuparon que la policía del reino no encontrase pistas sobre el paradero de la princesa. Aunque el rey puso en marcha un programa de televisión para elegir a caballeros que buscasen y rescatasen a su hija, fue inútil; los caballeros del reino, tras largos años de no tener a nadie que rescatar, se habían dedicado a los deportes, la mayoría prefería batirse en un pádel a hacerlo en un torneo, y los pocos voluntarios a los que no les gustaba el pádel, estaban tan gordos que no podían ni subir a sus caballos, cuanto más embutirse en sus ceñidas armaduras.

Fracasado el programa, el pueblo perdió toda esperanza de recuperar a su dama dorada, y, poco a poco, como es normal en los humanos, fue cayendo en el olvido, para satisfacción de la infanta bruja, que se casó con el listo del CRI como premio por su ayuda. Pero no contaban con que los animalitos del bosque, cuya memoria es mucho más digna que la de los humanos, no olvidarían a su protectora. El oso convocó una conferencia multirracial en el claro del bosque, y puso al búho a dirigirla, ya que tenía la voz más aguda. Todos los animales se mostraron voluntarios para ir a buscar a la princesa, pero sabían que un ataque coordinado podría acabar en desastre, ya que los cocodrilos, que eran unos ingratos, defendían el pantano; además, seguro que el ogro Mariano mataba a Lady Corazón Dorado si se veía acorralado, y aunque el león glotón no estuvo en desacuerdo pensando en lo rica que podía estar la princesa, todos los animales desecharon el asalto.

Así que, mientras la princesa llenaba de lágrimas de soledad sus preciosos ojos verdes, allí en su habitación del Infortunio en la torre de la Tristeza, los animales llegaron a una conclusión, y fue mandar al más valiente de ellos para que, en una operación de comandos, se colase en el castillo y rescatase a la princesa. Y se pidieron voluntarios, y de entre todos ellos, los animales escogieron a la tortuguita (tortuguito) valiente. Durante semanas, los monos y el ciervo, que eran entrenadores de élite, sometieron a la tortuguita valiente a las más estrictas pruebas físicas, mientras los pájaros tarareaban la música de Rocky. Entre flexiones y sudor, pasaron los días hasta que la tortuguita estuvo preparada. Entonces, los animales del bosque volvieron a juntarse para hacerle una gran fiesta de despedida, y la tortuguita valiente marchó, orgullosa de ser la más importante entre los animales, directa a su misión. Como tras cuatro horas aún no había conseguido salir del claro (es lo malo de ser una tortuga), los animales decidieron montarlo sobre el águila y que esta la arrojase justo sobre la torre de la Tristeza.

El vuelo fue bien, mientras la tortuguita, repanchingada en la espalda del águila, tomaba el sol. Cuando llegaron al pantano, el águila inició un vuelo de aproximación en picado hacia la torre, sacudiéndose de encima a la tortuguita, que no estaba preparada, y que cayó gritando “Jerónimoooooo” en el idioma de las tortugas, justo para colarse por una pequeña apertura en el techo y cayendo sobre la bañera en la que la princesa se bañaba a aquellas horas.

“Para habernos matado”, pensó la tortuguita, mientras Lady Corazón Dorado se quitaba los restos de jabón de la cara, ya que el impacto de la tortuguita había salpicado toda la sala. Contenta de ver un compañero, la princesa tomó a la tortuguita entre sus brazos y la abrazó. La tortuguita intentó hablarle y contarle su plan de fuga, pero ninguno de los animales había tenido en cuenta que las tortugas no hablan idioma humano, por lo cual la princesa pensó que la tortuguita quería comida y la puso sobre el plato de restos a comer lechuga.

La princesa estuvo feliz de la compañía, mientras la tortuguita se frustraba tras cada intento baldío de fuga. Día tras día, la tortuguita intentaba comunicar sus intenciones sin resultado, aunque pensándolo bien… ¿Cómo podía haber imaginado que ella, tan chiquitita, a pesar de su preparación de comando, podía sacar a la princesa de la torre?. La frustración causó que la tortuguita decidiese dedicarse a otros menesteres, haciendo reír a la princesa bailando claqué.

Los días pasaron, y tortuguita comenzó a olvidar su misión. Hasta que un día, observando a la princesa, vio que esta hablaba con el espejo mágico. Como no había visto un espejo mágico hasta llegar a la habitación del Infortunio, decidió esperar a la noche y charlar con él.
“Hola cosa que refleja”.- dijo la tortuguita en su idioma. Para su sorpresa, el espejo, que era super listo, la respondió en idioma tortugo.

“Hola Tortuguita Valiente. Ya sabía que venías antes que llegases”.- La tortuguita alucinaba, ya que no esperaba que un espejo pudiese hablar, y menos tortugo.

“He escuchado a la princesa que te llamas Espejo Mágico. ¿Qué es lo que haces?”.- preguntó la tortuguita.

“Concedo deseos. Pero nunca podré concederte un deseo para ti, si no para otro ser vivo que esté en la habitación y que tú me pidas”.- A la tortuguita (tortuguito, recordemos) se le encendieron todas las luces, ya que era listo como él solo, y pensó en pedir que a la princesa le saliesen alas para huir de su encierro; sin embargo, pensar en Lady Corazón Dorado convertida en un pájaro de por vida no le convenció mucho, así que buscaría otra solución. Se despidió del espejo mágico y le dijo que volverían a hablar.

La tortuguita pasó toda la noche y el día siguiente pensando que solución podría tomar. Se ocultó dentro de la bañera cuando llegó la inspección diaria del ogro Mariano, y allí encontró la solución. Viendo los dibujos que adornaban la bañera, descubrió un precioso caballo blanco con alas, y pensó: “Que bien tendría que verme con esa forma; y debería ser muy rápido… me gustaría ser un caballo con alas”.

Aquella noche, mientras la princesa dormía, conectó nuevamente el sistema operativo del espejo, y le dijo: “Quiero que la princesa desee que yo sea un caballo con alas”.

“Un Pegaso”.- contestó el espejo.

“No, un caballo con alas”.- respondió la tortuguita, con cierta indignación.

“Pues eso, un Pegaso”.- replicó el espejo.

“Que no, un caballo con alas, te he dicho”.- volvió a decir, cada vez más enfadada, la tortuguita.

Así se pasaron las horas de la noche, sin ponerse de acuerdo, hasta que el sueño venció a la tortuguita y al espejo se le acabó la batería. Llegó el amanecer y la princesa se despertó, desperezándose y abriendo la boca, recibiendo los escasos rayos de sol que se filtraban entre los oscuros árboles que rodeaban el castillo.

Era curioso. Había tenido un extraño sueño, en el montaba un bello Pegaso blanco, que de repente desaparecía, dejándola caer, para que apareciese de nuevo sobre un Pegaso negro, que desparecía para dejarla caer sobre otro Pegaso blanco, y así sucesivamente, hasta llegar al suelo a lomos de un Pegaso. Miró a la tortuguita, que aun roncaba tumbada boca arriba, y recordó la habilidad del espejo mágico. Sus preciosos ojos verdes se iluminaron como hacía meses que no lo hacían, mientras tomaba a la ya despierta y sobresaltada tortuguita en volandas, acercándose hacia el espejo mágico, que ya había recargado la batería. La princesa toco el botón de inicio, y pudo ver el mensaje esperanzador de “cargando sistema operativo” en la pantalla del espejo. Según aparecía el careto del espejo, aun bostezando tras el sueño, la princesa dijo emocionada “quiero que la tortuguita se convierta en un Pegaso blanco”.

La tortuguita, con un enfado de espanto, comenzó a morderle los dedos, indignada por que él no quería ser un Pegaso, si no un caballo con alas; mientras la princesa se dirigió hacia el ventanal, como le indicó el espejo, la tortuguita se revolvía entre las manos de Lady Corazón Dorado, hasta caerse justo cuando las manos de la princesa asomaban al exterior. La tortuguita comenzó a caer al vacío, aunque pudo escuchar al espejo decir: “concedido”. Entonces, mientras gritaba viendo aproximarse el suelo, sucedió lo increíble; notó como dos protuberancias le salían en el caparazón, y comenzó a agitarlas. A los pocos segundos, a escasos metros del suelo, comenzó a remontar el vuelo, mientras un relincho de satisfacción salía de su boca. Orgulloso hizo un par de piruetas, pensando “me he convertido en un caballo con alas, no en un Pegaso. ¡¡¡Genial!!!”.

Algún día alguien le explicaría que un Pegaso es un caballo con alas, pero mientras tanto, satisfecho de sí mismo, el Pegaso tortuguita subió a buscar a la princesa, que le esperaba ya con el espejo bajo el brazo y medio cuerpo fuera. Se quedó unos segundos mirándola, disfrutando del brillo de sus ojos verdes al verlo; sonrojado, el Pegaso tortuguita giró para dejar su lomo junto a la ventana. La princesa lo montó, justo a tiempo; el ogro Mariano entraba en la estancia pegando berridos, avanzando a grandes pasos para cogerla, justo cuando el Pegaso Tortuguita empezó su vuelo hacia la libertad.

Durante unas cuantas horas volaron de montaña a montaña, de claro en claro, hasta que alcanzaron el claro de los animales, donde fueron recibidos con grandes vítores. Los animales, que no querían creer que aquel hermoso caballo con alas era la heroica tortuguita, guardaron un minuto de silencio en su memoria, mientras el Pegaso relinchaba: “que soy yo”. Luego, volvieron a levantar el vuelo, seguidos por hordas de animalitos, para dirigirse a la residencia de la infanta bruja, quién estaba metiéndole una bronca de escándalo al listo del CRI. Los sorprendieron completamente, y la policía real, que había sido alertada por varios perros policía, a los que habían avisado los mirlos del bosque, procedió a detenerles. Pasarían largos años de matrimonio en prisión, juntos, sin separarse nunca.

Luego, la princesa se dirigió acompañada por la policía real, los animales y gran parte del pueblo, que estaba deseoso de recuperar a su Princesa Dorada, al palacio real, donde derrocaron al rey, siendo nombrada Lady Corazón Dorado nueva reina del país. Bondadosamente, perdonó la vida a toda la familia real, aunque les quitó todo su dinero y posesiones y los puso a trabajar en los campos, cuidando animales.

Cuando pasaron varias jornadas, la reina Corazón Dorado decidió que debía tomar un marido, para que reinase felizmente junto a ella. Cansada de ver pasar por delante de su trono a un montón de bobos, que solo querían su fortuna, decidió bajar con Esperanza, el espejo mágico, a las cuadras reales, donde descansaba el Pegaso Tortuguita, que había comenzado a engordar de poco hacer ejercicio y mucho comer golosinas. Mirándole fijamente con sus preciosos ojos verdes, se giró hacia el espejo y le dijo: “quiero que Pegaso se convierta en el más bello y valiente rey que haya existido”.

A Pegaso Tortuguita se le pusieron los ojos como platos cuando escuchó aquel deseo, e intentó relinchar una protesta, cuando de su boca salieron los más bellos sonidos que nunca había escuchado, declarando su perdido amor hacia la reina. Y ella volvió a dirigir su hermosa mirada hacia el Pegaso Tortuguita, que ahora se había convertido en el Caballero Pegaso Tortuguita.


Y se casaron con grandes nupcias, mucha pompa y largos festejos, a los que acudieron todos los animales y hasta el último de sus súbditos, que celebraron como nunca y fueron felices por siempre.

FIN

jueves, 5 de enero de 2017

El Corderito Perdido

Era una fría tarde de enero cuando aquel pequeño corderito vino a la vida. Dejó el calor de la madre como hacen todos los corderos desde que el mundo es mundo, húmedo, ciego, temblando de frío y miedo. Normalmente, en pocos minutos, los corderitos se ponen en pie sobre sus frágiles patas, y comienzan a buscar la protección de su madre, que les espera para darles refugio y alimento, llevándolos luego consigo hacia el cercado donde todo el rebaño descansa.

Pero aquel corderito no tuvo fortuna. Demasiado tarde llegó a la vida, cuando ya los bichos grandes que hacen guau obligaban al rebaño a juntarse y recogerse. La madre del corderito, viéndose acosada por alguno de los más grandes bichos que hacen guau, se acobardó –al fin y al cabo es una oveja- y dejó a su pequeño aun sin incorporarse, mojado y aterido de frío, temblando en el comienzo de aquella su vida, que amenazaba con ser muy corta, más corta de lo que es habitual en un corderito.
El rebaño marchó, junto con los bichos que hacen guau, y la noche llegó, oscura y fría como solo lo son las noches de invierno sin luna. El corderito balaba llamando a su mama –“mama, beee, mama”- con toda la fuerza que podía, pero sólo consiguió atraer a uno de los más grandes bichos que hacen guau, que lo miró con detenimiento, lo olisqueó, y cuando el corderito comenzaba a pensar que ya había llegado su fin, se dio la vuelta y se marchó.

Sólo quedó ya el corderito, casi sin voz. Cansado tras pasar su corta vida balando, llamando a su mamá, que le había abandonado. Sus ojitos comenzaron a soltar pequeñas gotas, que no entendía, mientras comenzaba a sentirse débil y helado. Fue entonces cuando escuchó unos extraños sonidos que emitían unos seres desconocidos. Estaban lejos, y el corderito no sabía si eran amigos o querrían devorarle; ni siquiera sabía si serían bichos que hacen guau, pero con otro sonido. Pero en su situación, no podía conformarse; si no decía algo, pronto moriría. Por tanto, llamó con voz débil –“ayuda, beeee”-. No hubo respuesta.

Otra vez lo intentó, esta vez tratando de elevar su voz todo lo que sus fuerzas le permitían –“mamá, beeeee”- baló. Esta vez su llamada tuvo recompensa, y vio acercarse dos figuras oscuras y grandes. Según se acercaban, y se hacían más inmensas, aún más grandes que los bichos que hacen guau, el corderito comenzó a arrepentirse; parecían monstruos, que caminaban a dos patas; el corderito comenzó a pensar que era su fin, pero, aterido de frío y terror, fue incapaz de moverse. El más pequeño de los monstruos se arrojó sobre el con la firme intención de devorarle, pensó el corderito, que, haciendo un esfuerzo titánico, pensando que sería el último de su vida, baló –“mamá, beee”- y cerró sus ojos para no contemplar las fauces del monstruo.

Pero algo pasó con lo que el corderito no contaba, y es que el monstruo más chiquito lo levantó en volandas, y lo tapó con una cosa que olía mal, pero que le quitó un poco el frío. Sorprendido, abrió los ojos, y vio como volaba en brazos del monstruo chiquito, mientras el más grande los seguía. Cerró de nuevo los ojos, pensando que lo llevaban a un sitio donde lo cocinarían y se lo comerían; total, entre no ver nada y ver la oscuridad que había delante, al menos sentiría el calor del monstruo chiquito antes de morir.

Pasaron varios minutos, mientras escuchaba a los monstruos comunicarse entre ellos; no entendía nada de lo que decían, pero podía imaginarse la conversación –“que rico estará cuando lo aliñemos y le saquemos las tripas”- estaría diciendo el monstruo grande; y el pequeño le contestaría –“seguro que sabe muy bien”. Su imaginación comenzó a jugarle malas pasadas, así que decidió balar de nuevo, fuerte, con las fuerzas renovadas por el calor que los monstruos le transmitían. Y baló –“mamá, beeee, mamá, beeee”-; su esperanza era poca, pero como si fuese un sueño, mamá contestó, y en la lejanía se escuchó su balido –beeeebeeee-. El corderito abrió los ojos y agudizó sus oídos, y baló como aún no había hecho –“mamá, beee”- y la madre le respondía –“corderito, ven beeeee”. Los monstruos seguían haciendo ruidos horribles, pero el corderito comenzó a convencerse que no lo iban a devorar, ya que mamá sonaba cada vez más cerca; ¡lo estaban llevando con ella!.

Y el corderito se alegró por primera vez de estar con aquellos monstruos; además, ahora un bicho que hace guau les acompañaba, y parecían que iban hacia un lugar lleno de sus congéneres. Al final esos monstruos no eran tan malos como él había pensado.
El monstruo pequeño se adelantó, dejando atrás al bicho que hace guau y al monstruo grande, y escuchó a su mamá balarle claramente, y muy cerca –“hijito, ven con mamá, beeee, beeee”. El monstruo chiquito emitió unos sonidos infernales, llamando en su lenguaje a otro monstruo de dos patas, que apareció tras una cosa que hizo un ruido horrible al abrirse. Y el corderito cambió de manos, del monstruo pequeño a otro que había aparecido y, que tomándolo consigo, lo metió dentro de un gran cercado donde no se veía el cielo negro y había mucha luz.
El corderito sonriendo, giró la cabeza para ver como el monstruo chiquito se daba la vuelta y se marchaba, lanzando un último balido –“gracias, beee”- dijo.

El nuevo monstruo metió al corderito en aquel lugar; hacía calor, lo que agradecía, pero lo que quería era ver a su mamá. EL monstruo apartó otro obstáculo que se abrió hacia dentro y el corderito pudo escuchar al rebaño recibirle con un sonoro balido –“beeeee”. Y el monstruo lo dejó en el suelo, y el corderito escuchó a su mamá llamarle –“corderito, ven, beeeee”. Y el corderito, sobre sus pequeñas patitas, corrió, por primera vez, hacía su mamá, que lo besó y calentó cuando se juntaron.

Y el corderito fue feliz aquella noche de enero.

martes, 20 de diciembre de 2016

LA EXPEDICIÓN DEL OLVIDO

Este relato fue parte de los publicados para el blog de Fantasía Medieval "La Hostería del Gobo Errante", propiedad de mi buen amigo Álvaro. Fue escrito bajo seudónimo "Voltron" en 2003. Pretendía ser parte de una serie de relatos que darían forma a una historia completa, que se llamaría la Historia de Pahuax, aunque finalmente quedó como un relato aislado. Espero lo disfrutéis.

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Aquel hombre cojeaba ostensiblemente. Cuando atravesó las puertas de la Hostería, todas las miradas se giraron hacia el mendigo. Olía a alcohol, aunque nadie era capaz de precisar si ese era un olor adquirido o ese olor era tan reciente como el corte que tenía en su mejilla. De su cinturón colgaba una mellada espada, espada que ya había atravesado suficientes pujas como para ser jubilada. Casi como su portador.
El mendigo se dirigió hacia la barra sin decir nada ni levantar la mirada del suelo.
“Cerveza”- esputó sin levantar su mirada. El posadero lo miró con desconfianza. “¿Tienes con que pagar?”.
“Por lo que me han dicho, en este local una buena historia merece al menos dos jarras más”. Dijo el mendigo, levantando su cabeza para dejar ver al tabernero su rostro rudo y sus ojos perdidos.
“Sea” -dijo el tabernero- “los presentes siempre están dispuestos a dejarse sus dineros a cambio de una buena historia... pero espero que merezca la pena”.
“Mírame a los ojos...”. El tabernero respingó hacia atrás. Esos ojos mostraban horror y locura... y verdad. “Comienza sin delación tu narración...”.
El mendigo se giró. Miró a todos los presentes y se dirigió al centro de la hostería. Se sentó. Apuró de un trago la jarra de cerveza y, antes de pedir otra, ya la tenía frente a él, junto con un plato de alubias de la Asamblea. Los paisanos comenzaron a rodearle... Yo, Karel Osterragherr, Maestro Impresor de Nuln, estaba entre los presentes, y lo que aquí escribo, juro que fue lo narrado. Este fue el relato:

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“Hacía ya ocho jornadas que avanzaban a través de aquella monótona y asfixiante vegetación... Ocho lunas, ocho soles, ocho días sin nada más en sus retinas que el enfermizo verde de las junglas de Lustria. Enrico Morazzo comandaba aquel grupo de tileanos enviados por el Dux de Miraglianno para encontrar la ciudad repleta de arcanos tesoros que los videntes habían observado en su futuro... Una ciudad de increíbles riquezas, situada cerca de la costa meridional de Lustria, a unas quince jornadas de camino de la colonia nórdica. Una ciudad oculta en la espesura de la selva, una ciudad abandonada y tan llena de riquezas, que si el Dux quisiese, podría comprar toda la artillería de Nuln o incluso todas las tierras de la Asamblea.

Pero ya hacía ocho días que marchaban sin descanso, avanzando al ritmo de los machetes que cortaban la maleza, al ritmo de las ruedas del pequeño cañón que les acompañaba, aplastando las ramas y plantas que poblaban el suelo... El calor era agobiante, y la escasez de agua potable lo hacía aún menos llevadero. Sin embargo, lo peor de todo eran los ruidos desconocidos emitidos por mil y un seres sin rostro que se ocultaban en cuanto Morazzo y sus hombres trataban de observarlos... Monos, pájaros de agudas voces, rugidos desconocidos procedentes, tal vez, de enormes felinos, siseos malditos... Ruidos en general, pero...

En este ensimismamiento se encontraba Enrico tratando de olvidar el martirio al que le estaban sometiendo sus botas, cuando se percató que había desaparecido todo sonido... Cierto, tal vez llevaba diez minutos, quizá más, sin escuchar todos esos sonidos que su mente había enunciado... Sólo el rodar del cañón, los gemidos esforzados de los tileanos y el chascar de las plantas al ser segadas por los machetes de los exploradores.

A un gesto de su mano levantada, todos pararon su quehacer.

- ‘Oíd eso...!!! -Exclamó.

- ¿Que escuchemos, mi capitán? -Preguntó el alférez Rombardi- No se escucha nada...

- Precisamente, Gianlucca... No hay aullidos, ni gritos, ni gorgoritos, ni siseos... ¿Dónde se han ido?; ¿qué ocurre?

Los hombres escucharon atentamente... Nada, no se oía nada... Sólo la agitación nerviosa de la respiración de aquellos sudorosos hombres. Enrico señaló a Gianlucca y a otros dos y, sin decir una palabra, avanzó por el sendero que habían comenzado a abrir. El chasquido al cortar la maleza volvió a interrumpir el silencio profundo y misterioso que acababa de envolver la selva... El chasquido y el susurro de los comentarios de los tileanos que habían quedado atrás, a los que el alférez Colloccini había comenzado a situar en previsión de un ataque, eran los únicos sonidos audibles en esa tensa atmósfera. El cañón fue colocado rápidamente apuntando a la senda recién abierta por el Capitán y sus acompañantes...

El avance de Enrico y sus hombres era lento... Mientras los de atrás se desplegaban instintivamente como habían hecho una y mil veces en anteriores expediciones, ellos progresaban por la espesa maleza... De repente un golpe y... Un claro... ‘Que raro... Un claro aquí... Pero si la ciudad todavía tiene que estar lejos’ -Pensó para sí Enrico. ‘Marco, entra y observa, pero... ¡¡Ten cuidado!!’.

Marco Botero, un remasiano pequeño y peludo, entró en el claro con sigilo, aprovechando el hueco abierto en la maleza... El silencio que siguió, mientras tres pares de ojos seguían a Marco en su recorrido, fue angustioso... Repentinamente, se escuchó un agudo grito, y Marco cayó al suelo, comenzando a desplazarse con las palmas en el suelo y mirando fijamente algo. Enrico, Gianlucca y Sebastiano saltaron al claro, mientras una decena de hombres venía por detrás, armas en ristre.

Enrico miró a Marco mientras el alférez y el otro hombre corrían a ayudarlo... Vio de refilón su cara, con una mueca de pavor terrible, y temiendo lo que fuese a ver comenzó a levantar su mirada... Sus ojos se abrieron mientras contenía la respiración, al cruzar su mirada con la de una enorme estatua, la escultura de un ser monstruoso... Su corazón alcanzó las mil pulsaciones mientras trataba de contener el terror que aquella estatua desprendía... Los tres hombres ya regresaban con el llanto de terror de Marco como música de fondo cuando a grandes voces el Capitán comenzó a ordenar: ‘Vamos a acampar atrás... Id preparándolo... Rombardi, Morianello, Viscenti, Mista, conmigo’... Ahora el silencio de la selva volvió a interrumpirse a causa de  la frenética tarea de abrir el claro detrás, situar las defensas, los gritos y voces de los hombres en su trabajo y el llanto, ya más acallado, de Botero.

Enrico y sus acompañantes se acercaron a la enorme estatua con sus armas preparadas: ‘Es de piedra, pero hombre prevenido vive’ -Pensó el Capitán Morazzo. Al llegar a su base observaron con cuidado... Parecía de piedra maciza, piedra volcánica, negra como el abismo... Sus monstruosos rasgos se parecían vagamente a los de un gigantesco lagarto de unos tres metros de altura, con grandes alas y una gran hacha en su garra derecha... Su monstruosa garra izquierda estaba extendida como en posición de pedir... Estaba lleno de pinchos, como si estuviese acorazado... Observaron alrededor, con cuidado, deslizándose en  pequeños círculos alrededor de sus pies... Uno de los hombres se agachó y comenzó a revolver las plantas que cubrían la base... Allí había algo que brillaba... ‘Gemas, esto está lleno de gemas... Jaja... ya sabía yo que había un tesoro cerca; siempre lo hay cuando me pica la ...’ .’Déjame también alguna para mí...’ -Exclamó Viscenti mientras desenvainaba su daga para sacar las piedras.

‘Por fin algo que merece la pena para los hombres’ -Pensó Enrico para sí mientras contemplaba las risas de sus camaradas en la labor de extraer las piedras. Levantó la mirada y la cruzó, desafiante, con la del monstruo de piedra... Sus sentidos se pusieron en alerta cuando le pareció observar un guiño en los ojos del ser. ‘Dejad eso, dejadlo ya...’ -Gritó. Su rostro se tornó serio y ordenó a sus hombres que formasen un grupo de cinco guardianes para vigilar el claro de la estatua mientras el resto permanecía en el claro que habían comenzado a abrir más atrás... Aquello no parecía muy seguro, así que duplicarían las guardias.

Tras el arduo trabajo de preparar el terreno para el descanso, los hombres cenaron frugalmente y se acostaron. No encendieron fuego para evitar las miradas indiscretas que acechaban normalmente en la profundidad de la jungla. Enrico se acostó con el abismo del rostro del ser en su mente, con esos ojos que le habían hecho un guiño de complicidad o de amenaza... Tardó en caer en brazos de Morfeo, pero finalmente durmió... (...).

La noche fue pasando. Enrico se mantenía siempre alerta, incluso cuando dormía. Lo hacía desde la Batalla de Pravia, cuando los estalianos les sorprendieron en medio de la noche, y a punto estuvieron de acabar con él. Dormía como un felino, con un ojo siempre abierto... Observó así algo que se acercaba directo hacia él, una sombra que no conseguía distinguir, saliendo de entre la maleza. Disimuladamente dirigió la mirada hacia sus guardias. Dos de ellos estaban charlando entre sí a pocos metros de la sombra, y ni se habían inmutado. La sombra cobró forma en una gigantesca iguana, de unos dos metros y medio, que se dirigía a gran velocidad hacia él (...).

Sus hombres no la habían visto ni oído, así que intentó desenvainar su daga, a la que dormía siempre aferrado... No salía, es más, él mismo no podía moverse... ¿Qué ocurría?. Comenzó a sudar, aterrado según veía más cerca al lagarto... Intentó chillar pidiendo socorro, pero ningún ruido salía de su garganta... (...). Repentinamente vio la bífida lengua de la iguana frente a sus ojos y pensó: ‘El fin me ha llegado...’ Cerró fuerte los ojos esperando un bocado mortal, cuando escuchó un siseo... Un siseo que le hablaba en tileano. Abrió de nuevo los ojos y vio que la iguana se dirigía a él. Siseando, le dijo: ‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Marchaos en paz y dejad descansar el mal... Los Ancestrales os protejan... Marchad o morid’. (...) La iguana se giró y desapareció velozmente en la maleza... (...).

Enrico despertó jadeante y sudoroso... Miró hacía donde había soñado la iguana y no vio pisada alguna... Los guardias giraron la cabeza hacia él y tras contemplarlo volvieron a su conversación. No había pisadas, nada. Se levantó con las palabras del sueño en su mente... Marchad o Morid... dijo la iguana. Era un sueño sin importancia. Las primeras luces se colaban entre la frondosidad de las palmeras y de la intrincada cortina de lianas y plantas... Miró hacia donde yacía el claro (...).

Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio que... !El claro había desaparecido!. La vegetación había crecido nuevamente cubriendo el acceso. Su corazón pegó un salto en su interior... Salvo el susurro de los que empezaban a despabilar, no se escuchaba nada... (...).

‘¡¡¡Rombardi!!!’ -Gritó. El grito terminó de despabilar a los hombres... Muchos de los cuales se pusieron rápidamente en alerta, con sus mosquetones en ristre, comenzando a encender las mechas húmedas.

No hubo respuesta... ‘¡¡¡Giaunlucca Rombardi, responde!!!’ -Repitió. Hizo un gesto a sus guardias. ‘¿Habéis visto o escuchado algo esta noche?’ -Interrogó al sargento Minsionelli. ‘Nada capitán, ha sido una noche tranquila, demasiado tal vez...’.

Sigilosamente comenzaron a acercarse al lugar donde el claro había sido consumido por la espesura... Enrico, espada en ristre, temía cortar esas lianas con las que se había entrelazado una cortina verde que ocultaba  lo que esperase al otro lado... ‘Gianlucca o alguno de los otros... ¡¡¡Responded!!!’ -Volvió a inquirir. Pero ninguna respuesta fue devuelta del otro lado de la cortina verde. Con un gesto varios de sus hombres se desplegaron, mientras el alférez Coloccini y el Sargento Ruggia tomaban armas a su derecha e izquierda. Más atrás, el cañón fue dispuesto para el disparo, si era necesario... Pasaron unos instantes en medio de un terrible silencio, mientras se daba la señal de asalto...

‘O morid... O morid... O morid’ -Repetía la mente de Enrico una y otra vez, recordando lo que la iguana le había dicho en su sueño. Con un grito ordenó el asalto... (...).

Las lianas cayeron seccionadas, mientras los hombres proferían gritos guerreros que fueron cambiados a por todos los dioses y gritos de terror al caer la cortina... Frente a ellos había una auténtica orgía de sangre... Gianlucca yacía con su cabeza seccionada en dos mitades casi hasta sus hombros... Fertelli había perdido sus intestinos... Todos habían sido salvajemente asesinados. Los hombres corrieron hacia ellos, algunos derramando lágrimas de dolor por la pérdida de sus compañeros, cuando un seco grito de horror rompió la escena... ‘La estatua, la estatua...’ -Balbuceó horrorizado el cabo Visconti.

Enrico dirigió su mirada hacia el monstruoso ser al que habían robado las gemas, y lo que vio le quebró la razón, al menos por un instante... La gran hacha estaba empapada en sangre casi seca, y restos de pelo habían quedado pegados a la misma... Y en su penitente mano izquierda estaban ¡¡¡Los intestinos de Fertelli!!!... A grandes voces empezó a ordenar  el alejamiento, la huida de aquel lugar de sangre y muerte...

Sin tiempo para enterrar a sus muertos ni para mirar hacia atrás, Enrico y sus hombres iniciaron el camino de vuelta... lo único que deseaban era llegar cuanto antes a sus barcos y olvidar lo que acababa de pasar... Sólo el propio Enrico echó un último vistazo, y vio como la maleza se cerraba de nuevo, sobrenaturalmente, sobre el claro. Giró sobre sus pasos y siguió a los tileanos... Los sonidos de la jungla volvieron pronto, alegrando levemente sus afligidos corazones.

En la primera parada que hicieron muchas horas después de abandonar el lugar, con todos sus sentidos alerta, hablaron sobre el tema... El capitán expuso lo que la iguana le dijo en sueños y propuso que jamás hablasen de lo que había pasado, que sus memorias olvidasen ese lugar maldito... Al Dux le contarían que nada encontraron, que no existía ciudad alguna, y que las pocas gemas que hallaron estaban en lugares recónditos, de difícil acceso, que no justificaban ninguna otra expedición... Algunos renegaron, diciendo que las riquezas debían encontrarse allí, o no habrían sido protegidas con tanta fiereza. Achacaban la muerte de los que quedaron atrás a los habitantes de la región: Saurios que andaban sobre dos patas, salvajes seres carnívoros... Pero la mayoría acató la decisión del Capitán.

El regreso a los barcos fue mucho más pesado que la ida... Muchos de los disidentes desaparecieron a lo largo de las diez jornadas que duró la travesía sin dejar el más mínimo rastro. Los tileanos decidieron que no pararían por nadie y así lo hicieron. De los cuarenta y dos hombres que iniciaron la marcha en la jungla, sólo una docena llegó a las lanchas.

Sin dar explicaciones a los que les esperaban, levaron anclas y partieron hacia su patria... (...).

El viaje se alargó durante mucho, mucho tiempo... Cuando encontraban una isla, podían procurarse alimentos para mantenerse durante el viaje, pero nadie habitaba en ellas... Los navegantes parecían haberse vuelto locos, o al menos no sabían que diablos pasaba... Tres largos años duró el viaje... Un viaje donde pasaron por lugares que jamás habían conocido antes, y que nadie debería conocer después...

Al atracar en el puerto de Miraggliano, Enrico ordenó a sus escasos hombres, apenas una docena en un único bergantín, que se adecentasen mientras él marchaba a ver al Dux... Junto a él, su siempre fiel Coloccini. Cuando llegaron al Palacio Ducal, fueron recibidos por el hijo del Dux, que no sabía nada de ellos ni de su expedición. Su padre, el antiguo Dux, había muerto tres años atrás de unas extrañas fiebres, agonizando en medio de visiones de monstruos fantásticos en un lugar de locura... En su avaricia, había mantenido en secreto todo lo tocante a la expedición... Así que ellos jamás habían existido... Habían sido, sencillamente, olvidados.

Volvieron cabizbajos y silenciosos al barco. Cuando llegaron, los hombres les esperaban con todo preparado para regresar a sus hogares... Enrico los miró, mientras los del puerto se afanaban en amarrar el viejo casco del bergantín. ‘Marchad... Hasta luego... Y esto nunca pasó’. Los hombres lo miraron por última vez y comenzaron su caminar hacia lo desconocido, su futuro... Coloccini le tocó el hombro: ‘Hasta siempre Capitán’ -Dijo. Enrico le sonrió levemente. Y Coloccini también marchó...

Enrico volvió a mirar el mar... Sus pensamientos le embargaban de duda y desazón, cuando el crujir de la madera del bergantín le hizo girar la testa hacia el sonido... El maltrecho barco, tras los duros años de navegación, había partido su casco y se hundía en la rada... Los marinos se esforzaban, gritándose unos a otros por evitar el desastre.

‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Descansa. Nadie más te molestará’ -Dijo en alto. Los marinos le hicieron caso un momento, comentando la majadería que había dicho ese loco. Enrico giró sobre si mismo, cogió sus pertenencias y marchó... La expedición había llegado a puerto.

FIN

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El mendigo se levantó. Todos estábamos boquiabiertos. Nos contempló, apuró su tercera jarra de cerveza y se dirigió a la puerta. Yo corrí tras él.
“Perdone, su merced” -le dije mientras le sujetaba el brazo- “por curiosidad, ¿cuál es vuestro nombre?”.
Miró pausadamente su brazo sujeto. El hecho que tuviese la mano sobre el puño de su ajada espada me hizo reaccionar y soltarlo. Me miró y me dijo unas palabras que me paralizaron: “Mi nombre se perdió en el tiempo. Ahora que si su merced quiere saberlo, en aquella otra vida me llamaron Marco...”- giró sobre sí mismo. Abrió la puerta y me volvió a mirar: “Marco Colloccini”... La puerta se cerró... Tarde unos segundos en reaccionar... Salí tras él, pero allí no había nadie... tal vez la expedición del Olvido existió... o tal vez fue sólo la pesadilla de un loco.


Autor: Voltron. Relato para la Hostería del Gobo Errante, basado en la Historia de Pahuax.