Esta entrada presenta el primero de una serie de tres relatos en un entorno de un mundo de fantasía, publicados como parte de las historias de la Taberna del Gobo Errante, un blog creado por uno de mis grandes amigos, Álvaro. En este caso, es un relato que publiqué por partes (tiene catorce), aunque se lee con ligereza y facilidad. Es el primero de una serie de relatos sobre un Príncipe Elfo, aunque finalmente se quedaron en tan sólo dos. Escrito en 2003, espero que os guste y entretenga.
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Parte
I: De nuestra partida hacia el Lejano Norte.
Diluviaba.
Elfos y corceles caminaban con sus cabezas encogidas tratando de refugiarse de
la lluvia y del terrible frío de aquellas tierras extrañas. Aquella tormenta
maldita golpeaba nuestras sufridas cabezas desde hacía ya dos días, desde que
dejamos las tierras de Kislev y nos adentramos en las tribales tierras de
Norsca.
La
llamada efectuada por Gurman Eriksson, jefe del poblado nórdico de Kavliac,
para que el ejército de Kislev acudiese en su ayuda fue escuchada y atendida.
La fortuna y el buen Dios Vaul quiso que nosotros estuviésemos en los salones
del Palacio del Zar en aquellos instantes, en visita de protocolo, enviados por
el Rey Fénix para ofrecer un acuerdo comercial al frío emperador de Kislev. El
mensajero del jefe bárbaro llegó exhausto, y legó su mensaje de auxilio antes
de fallecer entre los brazos del Capitán de la Guardia de Lanceros Alados,
Mirsha Ommelov... Como muestra de buena voluntad, mis Asur y yo nos ofrecimos a
acompañar la expedición de apoyo... esperaba que así, mi ayuda sirviese para
abrir lazos de amistad entre el pueblo de los elfos de la sagrada tierra de
Ulthuan y los rudos nórdicos. Al parecer, una agresión desde los desiertos del
Caos amenazó el poblado de Gurman, y este, incapaz de frenar a las hordas de la
Oscuridad pidió ayuda a sus amigos, y entre ellos estaba el Zar de Kislev...
(...)
Allí
marchábamos doscientos soldados de Kislev y mi hueste personal de nobles elfos.
Yo avanzaba en cabeza, junto al Príncipe Valeirion, líder de mi hueste de
Príncipes Dragón, y mi formidable amigo Levin, uno de los más sabios magos de
Ulthuan. El frío azotaba nuestros rostros con la gélida llamada de la muerte... Con el
paso de las leguas, el agua se convirtió en nieve, lo que hizo aún más penoso
nuestro avanzar... Al tercer día, la tormenta cesó... Tan repentinamente como
se originó, la tormenta dejó paso a un cielo soleado, más propio de las lejanas
tierras de Estalia que de las frías tierras donde nos encontrábamos...
Por
primera vez en esos tres días decidimos detenernos y acampar en condiciones,
tratando de agrupar y dar descanso a las tropas. Yo acampé junto a mis nobles.
Mis orgullosas unidades de Yelmos Plateados y de Príncipes Dragón estaban
agotadas... Necesitábamos ese descanso si queríamos entablar batalla con un
enemigo que aún nos era desconocido.
Cayó
la noche... la fría noche ártica... Los corceles comenzaron a removerse y
relinchar de miedo cuando el sonido inconfundible del aullido de los lobos
llegó hasta el campamento... Así era difícil conciliar un sueño profundo, y fue
eso lo que probablemente nos salvó... Los guardianes puestos en los cuatro
costados del campamento se dieron cuenta al unísono que algo se acercaba. Había
en el ambiente una dulce sensación de placer y de muerte... Cuando gritaron el
al arma prácticamente nadie estaba ya durmiendo; mis príncipes estaban ya
pertrechados para la inminente batalla. Pero era una batalla que no
buscábamos... de noche no podríamos usar los fuertes contingentes de
caballerizas que formaban el ejército... Yo mandaba cuatro huestes de Yelmos
Plateados, una de Príncipes Dragón, y contaba con un par de carros de mi
tierra, pero carecía de ninguna infantería decente, más allá de mis sirvientes
y los acompañantes de mis nobles. Por parte de los de Kislev, contaban con dos
formaciones de caballería y cuatro pequeñas unidades de infantería. Así que
hicimos lo único que podíamos hacer, montar barricadas, tumbar a los caballos y
esperar.
Levin
y sus acompañantes comenzaron a realizar rituales mágicos, mientras la
sensación de muerte crecía. Nada se veía en la cerrada noche... es más, salvo
nuestra respiración pesada y el relincho de nuestros corceles, nada se
escuchaba ya... ni siquiera el aullido de lobos cazadores y malditos...
Silencio...
silencio pesado de muerte... silencio intranquilizador. Nada en el horizonte.
La amanecida quedaba aún lejana, por lo que no era una opción esperar la luz...
sabíamos que la muerte llegaría antes. Me dirigí hacia el Coronel Monteanu de
Praag para ver que disponía para mis tropas cuando un sinuoso lamento de mujer
llegó a nuestros oídos... Me incorporé con mi espada Walladrian desenvainada...
Nuevamente se produjo el lamento, pero esta vez me pareció un lamento de
placer... luego le siguió otro, y otro más, ... Cientos de gemidos de placer
cubrieron la noche.
Surgían de todos los rincones, rompiendo nuestra templanza...
Varios hombres de Kislev se izaron de sus posiciones para acudir al encuentro
del placer cuando cuchillas salidas de la nada los atravesaron... Al menos un
centenar de eróticas diablillas se arrojaron sobre nosotros, seguidas de otros
engendros del mal.
La
batalla fue breve pero sangrienta. Walladrian volaba de un lado a otro trazando
círculos de muerte en mi entorno, mientras mis nobles degollaban a docenas de
bárbaros enloquecidos... El círculo en nuestro torno se fue cerrando
peligrosamente, cuando una iridiscente luz azulada iluminó el centro de
nuestras defensas a nuestra espalda... Yo no aparté la mirada del enemigo al
que me enfrentaba, una dulce y seductora engendro del caos que me invitaba al
goce y el placer, pero sentí el calor de la magia de Levin a mi espalda... Una
explosión de luz rompió por detrás mío arrasando la planicie hasta las
arboledas próximas... El choque de la luz acabó con los engendros enviados por
los dioses oscuros y devolvió la oscuridad y el silencio al pequeño claro.
El
alba llegó por fin... Era hora de contar los muertos... Habíamos perdido una
treintena de soldados de Kislev y a tres de nuestros hermanos... Además una
veintena de criados habían muerto o desaparecido... Los enterramos y nos
preparamos para marchar de nuevo. El cielo raso, soleado, golpeando nuestros
yelmos para hacerlos brillar, iluminaba de nuevo nuestra marcha... Fue entonces
cuando él llego... (...)
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Parte
II: El Encuentro.
Era
un hombre absolutamente imponente. Su cabeza sobresalía sobre la testuz de los
dos yak que tiraban del enorme carro que montaba... su estatura era superior a
los siete pies de altura. Observé como Monteanu se le acercaba con una gran
sonrisa y lo abrazaba. El rostro del titan no reflejó afecto alguno... sólo
reflejaba cansancio y tristeza. Hice una señal a Levin para que me acompañase y
avancé, paso decidido, hacia el gigante y su comitiva de mujeres y tullidos.
Él
era Gurman Eriksson. Tras las presentaciones de rigor nos comunicó que
continuarían la marcha hasta el poblado de Busiak, trece millas al este... su
pueblo no debía existir ya, y debía reunir al ejército de su clan para hacer
frente al enemigo, numeroso, seductor y brutal... Obviamente decidimos
acompañarles. Junto a Levin y el Coronel Monteanu, nos pusimos a cabeza de la
comitiva, escuchando la narración de Gurman mientras avanzábamos.
El
poblado fue atacado hacía doce jornadas. Al principio fueron huestes de
bárbaros decadentes los que se lanzaron a la lucha, siendo fácilmente frenados
por el ejército que Gurman reunió a los primeros indicios de peligro. Sin
embargo, tras ellos llegaron las entidades demoníacas, los engendros del caos
y, finalmente, los Guerreros de Slaanesh, el del nombre maldito mil veces,
acompañados por demonios mayores y caballería pesada. Aunque consiguieron
aguantar tres días de asaltos continuos, matando a centenares de engendros y
bárbaros, al final tuvieron que ceder... En un último esfuerzo, consiguieron
evacuar la mayor parte del pueblo con un puñado de guerreros, mientras el resto
afrontaba la muerte con el espíritu de los berseker en sus venas. Gurman
aguantó con sus hombres, consiguiendo salir del poblado por un auténtico
milagro. Al parecer, lo que nos atacó la noche anterior no es más que la
vanguardia del ejército del maldito dios de la perversión y la decadencia, Vaul
lo maldiga.
Gurman
estaba herido y apenas le quedaba una docena de guerreros con los que combatir.
Los situamos en el centro de la comitiva de marcha, mientras avanzábamos, ahora
mucho más en silencio, entre la nieve y los bosques, saltando con los nervios a
flor de piel en cuanto escuchábamos cualquier sonido procedente de la espesura. Todos
sabíamos en nuestro interior que tarde o temprano las huestes de la decadencia
nos alcanzarían y tendríamos que luchar. Sabiamente, el Coronel Monteanu
desplegó exploradores a vanguardia y retaguardia de la expedición, en previsión
de un ataque traicionero de las fuerzas del mal.
Avanzamos
durante horas sin casi dirigirnos la palabra, en un silencio apesadumbrado y
mortecino. El sol fue cayendo, y nuevas nubes de tormenta comenzaron a cubrir
el azul. El lugar por donde discurría nuestro avanzar era maravilloso:
atravesábamos caminos de cabras con desfiladeros de locura a un lado y bosques
de pinos al otro. La nieve, brillante, blanca, fría... lo cubría todo. Cuando
la tarde comenzaba a cerrarse en mortecina noche, vimos nuestro objetivo. Allá,
en el valle que teníamos frente a nosotros, a unas cuatro o cinco leguas, estaba
un tranquilo pueblecito construido en las márgenes del río. Aparentemente, y
aunque si se veían claramente los parapetos y defensas, la vida discurría
tranquilamente. Eso nos alivió, ya que significaría que podríamos descansar y
refugiarnos, y que al menos esa tribu todavía no había sido pervertida por el
culto del mal...
Descendimos
la montaña, y con el manto de la noche llegamos al pueblo. Erik Mortensson,
cuñado de Gurman y jefe del poblado nos recibió con los brazos abiertos. La
tormenta volvía a amenazar la tranquilidad de la noche, por lo que se nos
invitó a encontrar cobijo. Se situaron guardianes, se encerró a los corceles en
establos confortables, y todos acudimos a la sencilla, aunque ruidosa fiesta
que ofrecían nuestros anfitriones.
Deliciosa
cerveza caliente calmo nuestro frío, mientras las hembras bárbaras preparaban
reno asado y caldo de oso, un curioso preparado caldoso, cuyo principal
ingrediente era la sangre de oso. Muy espeso, aunque sabroso, podía aportar a
un elfo suficiente energía como para pasar un día entero sin alimento. Comenzó,
como en otras fiestas bárbaras a las que había asistido en mis embajadas, el
tiempo de las sagas, historias que aquellos bárbaros consideraban reales como
la historia de nuestros antiguos. Algunas de ellas se remontaban a la época de
los primeros hombres, allá cuando nuestros padres los Ancestrales abandonaron
el Viejo Mundo y cuando nuestra magia acabó con el primer Imperio del Caos.
Fuera,
el ulular del viento, convertido ya en ventisca, helaba los corazones más
puros, por lo que se agradecía la buena conversación junto al fuego, y las
mantas de piel de oso que las hembras nos habían proporcionado. Los hombres de
fuera debían estar pasándolo realmente mal. Sin embargo, mientras me acercaba
para contemplar la noche a través de la ventana, pensé que si algo me
tranquilizaba era que la tormenta también afectaba a nuestros adversarios, y
que, por lo menos esta noche, nos dejarían descansar tranquilos.
Me
volví hacia la saga. Era
realmente épica, y narraba como Kurgen Mortensson, antepasado de los dos jefes
bárbaros que se habían encontrado, se enfrento en persona al gran líder del
Caos Misinska, el Asolador, y como consiguió salvar a su pueblo resistiendo el
sólo a la horda de maníacos asesinos que formaban aquel singular ejército del
impío dios de la Sangre. La
verdad es que la narración me absorbió, haciendo que la noche se pasase rápido
como un corcel de Tyranoc... Tyranoc, mi tierra; la echaba de menos en
instantes como aquellos... El caso es que finalmente el titan bárbaro sucumbió
frente al mismísimo Misinska, del que ya había escuchado ciertas leyendas, y su
pueblo fue exterminado, pero gracias a su sacrificio, dos niños y una niña se
salvaron para poder refundar su clan, y proclamar a los cuatro vientos la
venganza de su raza...
La
tormenta continuaba fuera, aunque ahora parecía que con menos fuerza. Mis
nobles y yo nos retiramos a dormir. Mañana podría ser el día de la batalla, y
debíamos estar descansados para aguantar a las huestes de la Oscuridad. Antes
de acostarme, me dirigí a nuestro Dios, el Gran Vaul, y le solicité me diese
valor para afrontar la muerte con la misma voluntad que había afrontado la vida
que se me permitía vivir. Pedí por mis nobles príncipes y por mis yelmos. Me
levanté y, atravesando la tormenta, me dirigí al establo para confortar con mi
presencia a mi fiel Khadan, mi corcel... El tacto exquisito de su suave piel me
llevaba en aquellas ocasiones hasta mi tierra en la costa de Ulthuan, a
contemplar frente a mí los hermosos cabellos de la bella y noble Naladrin, mi
concubina... Seguro que me echaba de menos.
Regrese
a la casa. El
frío era propio del infierno. Oteé antes de entrar la zona donde debían estar
algunos de los vigías, y observé sus encorvadas formas, ateridos por el
mortecino frío... Luego, descansé.
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Parte
III: El Sueño.
El
alba nos alcanzó con el cese de la tormenta; un alba hermosa, donde los
destellos cansinos del buen padre Sol nos calentaban a través de los
ventanales, permitiéndonos desperezarnos con mayor alegría a la habitual. Yo me
incorporé, estiré mis músculos y observé por la ventana. Había
nevado mucho. Algunos bárbaros trabajaban ya quitando la nieve con palas de las
puertas de sus hogares. Sonreí, pensando en la tranquila vida de aquellos
humanos, en sus chiquillos correteando y tirándose bolas de nieve, y sus rudas
mujeres cocinando reno entre risas y vida. Cerré los ojos para imaginármelos
mejor. Fue entonces cuando el buen dios Vaul me iluminó con su sabiduría,
advirtiéndome.
Caí
sobre mis rodillas, ojos cerrados, puños ceñidos. En mi mente vi como una
hueste lujuriosa e impía atacaba el pueblo. Vi a los niños correr seguidos por
depravados seres con objetivos libidinosos. Vi las cabezas de aquellos
orgullosos bárbaros ondeando sus cabellos al viento, ensartadas en largas
picas. Vi a las mujeres violadas y degolladas, o entregadas a la obscenidad y
poseídas por inmundas diablillas. Vi la destrucción del pueblo... Grité y caí
sobre mi espalda, con las manos tapándome el rostro... Seguí dejando a mi mente
jugar...
Quería
situar todo aquel horror para poder enfrentarlo... Quise retroceder en el
tiempo y entonces nos vi a nosotros. Habíamos salido a buscar al enemigo.
Avanzábamos, prietas las filas, brillantes las armaduras bañadas por el sol,
lanzas enjoyadas en ristre, entre un paraje de ensueño, con un riachuelo
congelado a nuestra derecha y grandes pinares a nuestra izquierda. Los renos
pastaban al otro lado del río, rebuscando los escasos brotes que el invierno
había dejado. De repente, el sol se ocultó. Me vi en mi cerebro levantando la
vista, esperando encontrar las negras nubes que amenazaban tormenta, cuando vi
unos seres de pesadilla, alados, negros como el abismo sobrevolarnos, como
salidos de la nada. Había
cientos... En mi mente cayeron sobre nosotros, mientras criaturas de pesadilla
salían del bosque y del riachuelo congelado, devorándonos. Los renos se
convirtieron en engendros salidos del mismísimo infierno, que degollaban todo
lo que había frente a ellos.
Todos
mis nobles fueron desapareciendo ante mis ojos. Cuando quedaba sólo yo,
apareció ante mí la visión misma de la sensualidad tratando de tentarme, pero
mi gran dios Vaul me hizo permanecer firme. Saqué a Walladrian y cargué a lomos
de Khadan. Lo último que vi antes de quedar cubierto por la masa de engendros
fue la sonrisa pervertida del engendro salido de mil infiernos... Grité y me
incorporé... No abrí los ojos, aunque notaba las manos que habían acudido a
ayudarme y calmarme... Mi mente seguía jugando... Volví a ver ese paisaje
idílico, traté de identificarlo... Un puente... lo subí, y giré el camino, ¡¡¡el
pueblo!!!... El alba nacía, y un engendro pasó...
Abrí
los ojos... Allí estaba Levin preguntándome que había ocurrido, que tenía... No
contesté... Miré afuera y vi que el alba estaba surgiendo... Y un pensamiento
me llegó... el enemigo estaba llegando... Me giré, y antes que dijese nada,
todos sabían lo que pasaba... Una sola orden y todos los nobles hijos de
Ulthuan se pusieron al tajo... Salí buscando a los jefes bárbaros y les conté
lo ocurrido, pidiéndoles que empezásemos a construir y fortificar las defensas.
En
un par de horas todo estaba preparado... Mis nobles Príncipes Dragón estaban
formados bajo el sol, a lomos de sus magníficos corceles bardados, mostrando el
orgullo de la mejor caballería del Viejo Mundo. A su derecha formaban mis
Yelmos Plateados, brillantes bajo el sol triste del invierno... Habíamos
montado cuatro lanzadores de virotes tras las fortificaciones en la dirección del
puente. Los Lanceros de Kislev habían formado a la izquierda de mis nobles. La
infantería bárbara y de mis amigos de Kislev estaban en frenética actividad
cargando y fortificando cada casa... El sol estaba ya alto, cuando llegó la
caballeriza que habíamos mandado de avanzada, dándonos noticias del terrible
ejército que se avecinaba...
Mire
a Levin, y a una indicación mía, se dirigió junto con los Chamanes de la tribu
nórdica y los sabios kislevitas, e iniciaron rituales taumatúrgicos para
protegernos de los engendros de la oscuridad. Gracias
a Vaul, no habíamos acudido a encontrar nuestra muerte en una emboscada
traicionera, pero el peligro no había pasado... Ahora es cuando teníamos que
dar lo máximo de cada uno de nosotros para no sucumbir a la fuerza del deseo y
de la seducción, a la orgía de muerte que se nos avecinaba... Ahora es donde
íbamos a demostrar que éramos elfos y hombres de verdad... La nobleza de
Ulthuan entraría en juego...
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Parte
IV: La Batalla de Busiak.
Con
paso firme me dirigí hacia Londer, mi aprendiz, que sujetaba a Khadan, ya
inquieto por la inminente batalla. Mire al joven doncel élfico de dulce mirada,
y le acaricié el hombro para confortarlo. Le dije que se comportase como yo le
había enseñado, pero que recordase que las armas de Ulthuan no se rinden ni
huyen jamás, para buen contentar de nuestro adorado Vaul y mayor gloria del Rey
Fénix, nuestro señor. Subí a lomos de mi montura, y acaricié su cuello,
tranquilizándolo, al tiempo que notando su calor, su templanza, que me volvían
a mostrar los cabellos sueltos de Naladrin reflejados en sus negras crines. Lo
encabrité y giré hacia los nobles de Ulthuan que me miraban impacientes por la
batalla.
Giré
mi cabeza hacia el Coronel Monteanu, que me hizo un gesto de aprobación
mientras montaba a lomos de su pesado caballo de guerra. Luego mire hacia los
jefes bárbaros, que estaban poniendo en orden sus filas de bersekers. La
batalla se aproximaba. El murmullo de los seres impíos nos llegaba ya desde la
lejanía.
Siguiendo
lo previsto, mis carros y los nobles Príncipes Dragón se desplegarían en el
flanco derecho, tras una leve loma que les ocultaría. Yo formaría en el centro
del Valle, tras los parapetos, que se abrirían a mi carga con mis Yelmos al
comienzo de la lucha. A
mi izquierda se situaría la caballería bárbara y de Kislev, mandada por el
Coronel Monteanu, mientras que los bárbaros esperarían a que los virotes
hiciesen mella en el enemigo para asaltar.
El
nerviosismo era patente a cada instante que pasaba. De repente, como ocurrió en
mi sueño, el sol se oscureció... Decenas de Furias nos sobrevolaron. Aquellas
criaturas del Averno tenían una mirada fría y mortal; su horrenda mueca de
muerte desprendía un grito que helaba la sangre. Giraron
varias veces sobre nuestras cabezas. Yo miré al frente, esperando ver aparecer
a los engendros de la
oscuridad. Ninguno de mis elfos, ni ningún humano hacía caso
a los horrendos gritos que nos sobrevolaban. Todos esperábamos el asalto de la
infantería enemiga. Sólo las mujeres y niños que no se habían refugiado todavía
corrían aterrorizados a esconderse dentro de las viviendas.
De
repente, las furias frenaron sus gritos y picaron sobre nosotros. Calmadamente,
levanté la mirada para ver como los engendros del demonio eran despachados por
la magia invocada a nuestras espaldas por Levin y sus camaradas hechiceros. Ni
uno sólo de nuestros nobles movió un músculo, salvo para calmar a los inquietos
corceles, deseosos de ir a la batalla.
La
destrucción de las furias debió cambiar los planes del enemigo. Un gran
regimiento de bárbaros pervertidos, haciendo obscenos gestos, apareció enfrente
de nosotros, por el camino del puente. En sus flancos, de los bosques,
aparecieron varios mastines, cubriendo el avance sensual de varios grupos de
diablillas. Por detrás de los bárbaros comenzaba a verse los indicios de
caballería demoníaca y caballeros pervertidos. Otro regimiento, este de
guerreros que desprendían un dulce hálito de perversión, salió por el otro
margen del bosque. Me fije bien, pero de momento no se veía a un ser que
pudiese ser su general.
El
enemigo se detuvo a un cuarto de legua de distancia. Nos observaban mientras
sus retorcidas huestes se desplegaban en posición de batalla. Un regimiento de
caballería salida de cualquier pesadilla, con diablillas copulando con
engendros demoníacos sin nombre, se sitúo en el extremo derecho de la línea, junto
a los guerreros. Ahora veía claramente a la caballería enemiga, ha retaguardia,
detrás del gran regimiento de bárbaros. Sinceramente, resultaban
impresionantes. Si hay alguna montura en el Viejo Mundo que pueda igualarse a
nuestros corceles es sin duda los corceles criados en los desiertos del Caos.
Allí estaba al menos un elegido del perverso dios de la seducción... Vaul
lo confunda... Pero no parecía su general...
Un
siniestro sonido llamó mi atención... Era un pesado batir de alas. Miré hacia
arriba y allí estaba... Un siniestro ser, salido del quinto infierno,
desprendiendo un aura de seducción difícilmente resistible. Su forma era
indescriptible, horrenda pero tremendamente sugerente. Hizo una susurrante
llamada, una llamada que parecía invitar a un éxtasis de locura y sexo...
varios hombres dejaron sus armas y acudieron a ella... algunos fueron sujetos,
pero los más desdichados se dirigieron hacia el monstruo. Aterrizó delante de
sus huestes, y mato uno a uno a los que llegaron dejando ver su verdadero
ser...
Uno
de mis regimientos de Yelmos titubeó ante la masacre, pero bastó una mirada y
un grito de orden para que guardasen filas. El Coronel Monteanu levantó su mano
para dar la señal de disparo a los lanzavirotes bendecidos por el propio Rey Fénix
hacia menos de cuatro meses. El ser, seguramente un príncipe de la oscuridad,
un antiguo depravado humano consumido por su propia perversión, dio un decidido
paso hacia adelante y gritó el asalto... La magia de nuestros magos lo
frenaron, pero sus tropas lo superaron por los flancos, rugiendo horriblemente.
Sólo la caballería y un par de unidades de bárbaros y guerreros quedaron más
atrás.
Cuando
hubieron recorrido la mitad de la distancia que les separaba de nuestros
parapetos, Monteanu bajó su brazo. Una marea de virotes entró en las prietas
líneas de bárbaros y guerreros, ocasionando grande masacre... Los bárbaros
titubearon en su carga. Yo ordené con un gesto a las unidades ocultas
aparecer... Los nobles del Dragón y mis carros benditos, asolaron el flanco
enemigo, pisoteando a los mastines hasta llegar al horrendo regimiento de
diablillas, que se evaporaron abandonando el mundo material. El príncipe de la
Oscuridad, recuperado del impacto mágico, voló sobre uno de nuestros carros,
devastándolo.
Era
el momento. Otra andanada acabó con la resistencia de los bárbaros y masacró a
las diablillas montadas. El choque de los guerreros enemigos contra nuestros
parapetos fue brutal, pero los hombres de Kislev aguantaron bien el envite...
La caballería y las reservas enemigas comenzaron su avance, mientras la magia y
los Príncipes Dragón comenzaban a hacer mella en el oscuro líder enemigo. El
parapeto se abrió a nuestra carga... Di la señal de avance, firmes las líneas
sobre la dura nieve. Primero al trote, luego al galope y finalmente, toque de
carga... Los Yelmos de mi flanco alcanzaron al líder enemigo y a un grupo de
bárbaros, aniquilándolos, y eliminando la unión del príncipe demonio con el
mundo real... Mis Yelmos avanzaron para chocar con la caballería enemiga...
Lanzas rotas y relinchos de corceles heridos sonaron por doquier... Yo decapite
con un tajo de Walladrian al primer enemigo con el que choqué. Sin embargo, el
enemigo era muy fuerte, y nuestras bajas fueron grandes en el envite. Por
suerte, los lanceros de Kislev, a nuestra derecha, estaban aplastando a un
regimiento de guerreros enemigo, que flaqueó al perder al Príncipe demoníaco de
su vista... Los hurras a nuestra espalda indicaban que la batalla se estaba
tornando a nuestro favor, pero en mí alrededor yo no lo veía. Mis Yelmos
sucumbían ante el poder oscuro de los salvajes caballeros enemigos, y estaban
siendo aniquilados. Me centré en combate singular con un fornido ser con una
sugerente máscara de mujer... Sus labios parecían pedirme ayuda, o amor... Dejé
a Walladrian guiarme y amputé la pierna derecha del monstruo, que cayo de su
montura. Desmonté, para acabar con él... Cuando me giré para retomar la montura
de Khadan, un monstruoso guerrero, montado en un gigantesco corcel quedó frente
a mí... El corcel, engendro de cien infiernos, se encabritó... Creí llegado mi
último momento...
Sin
embargo, el ser me miró a través de su casco, y, tras descabalgar de un golpe a
uno de los de Kislev que se había unido a la lucha, me dijo: «Nos veremos... te
esperaré toda la eternidad». El corcel demoníaco se encabritó de nuevo, y
cabalgó abriéndose camino con golpes letales de su gigantesca y brutal arma
para desaparecer junto con sus supervivientes en el horizonte...
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Parte
V: Sangre sobre la nieve.
Mire
hacia el suelo y cerré los ojos. Me dejé caer sobre mis rodillas. Walladrian
escapó de mi puño y cayó, sangre y acero, sobre la nieve... Una lágrima
de dolor se deslizó por mi helada mejilla... Los vítores a mí alrededor no
podían alejar de mi el horror que sobrevenía tras cada batalla. Además estaba
aquel ser del Averno... Tenía que haber acabado con él. Algo en mi interior me
lo decía una y otra vez...
Khadan
me rozó la mejilla. Abrí
los ojos para ver la salvaje devastación que cubría el valle. La nieve se había
vuelto roja de repente. Los bárbaros, incluidos Gurman y Erik, saqueaban y
despedazaban los cadáveres de los enemigos, colocando sus cabezas de forma
brutal sobre picas puntiagudas. Algunos de mis Yelmos agonizaban sobre la
nieve, auxiliados por sus compañeros... ¿Cuál es la nobleza de la muerte?.
Aquellas nobles cabezas de Ulthuan yacían ahora sobre la nieve a punto de
perder su hálito de inmortalidad. Los dragoneros de Valeirion ayudaban a los
tripulantes del carro destruido a salir de entre los restos. Sobre el suelo,
tendidos en charcos de noble sangre roja pude ver a Bonil, Erandil y Cornarion,
tres grandes amigos... A los kislevitas no les había ido mucho mejor... tenían
decenas de muertos. Monteanu estaba tumbado sobre su noble Goliath, que había
sido muerto, con el muñón de su brazo derecho ensangrentado, mirada perdida...
Horas
después, haciendo el recuento de las bajas, nos dimos cuenta de cuan cruenta
había sido esta victoria. Los bárbaros perdieron una docena de muertos y otros
tantos heridos. Nosotros tuvimos dieciséis Yelmos muertos, cuatro dragoneros,
un tripulante de Tyranoc, el noble Taridic, y ocho discípulos muertos, entre
ellos mi fiel Londer... y muchos heridos. La peor parte se la llevó Kislev, que
perdió a cuarenta hombres y unos cincuenta heridos. Sin embargo, los
incontables cadáveres del enemigo, reflejados en el camino de picas rematadas
en cascos y cabezas cortadas que unía el pueblo de Bursiak y el puente,
reflejaba bien a las claras cuan grande había sido nuestra victoria.
Ahora
sólo nos restaba sanar a los heridos, enterrar a los muertos, y prepararnos
para la persecución del enemigo. Comenzamos rápidamente esa labor. Los elfos de
Ellyrion salieron para encontrar el rastro del enemigo, mientras tratábamos de
reunir los regimientos con las tropas que nos restaban. Mientras los
preparativos se llevaban a cabo, yo me aparte para orar a Vaul, dándole gracias
por su aviso y por la
victoria... Levin se me acercó, tratando de reconfortarme. Le
abracé, y quedamos largo tiempo en ese lugar, dándonos el calor necesario el
uno al otro.
El
anochecer caería pronto, y las sagas llegarían con la celebración de la
victoria y con los recordatorios de los muertos. La cerveza correría por la
estancia y el olor del reno asado calmaría y consumiría el olor de la muerte
que todo infestaba. Mañana sería un nuevo día, un día de honor, donde daríamos
caza y acabaríamos con nuestros adversarios... Los Guardianes llegaron con
nuevas noticias... el enemigo estaba en franca retirada. Muchas bajas iba
dejando por el camino, y no había rastro del icor de los demonios... La batalla
estaba ganada. Podríamos descansar.
Antes
de acudir a la fiesta visité el lugar de nobleza que era la cabaña para los
heridos... Olía a muerte, pero también a valor, a lucha, a honor... Abracé a
mis nobles heridos. Los elfos curamos rápido las heridas, aunque alguno de mis
buenos nobles no volverían a ver la luz del día. Llegué hasta el Coronel
Monteanu. La fiebre y el delirio le estaban consumiendo. Una hermosa mujer
nórdica estaba dándole friegas de agua de zanobia, una planta curativa de la zona. Me quede largo rato
observándolo, falto su brazo, ardiente su frente, luchando como un bravo contra
la muerte inminente. Me agaché, le rocé el rostro con mi mano, y recé... Luego
me despedí para siempre de mi bravo amigo.
La
fiesta comenzaría pronta. Y luego el descanso de la noche...
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Parte
VI: Los que no volverán.
La
noche pasó tan rápido que apenas parecía que hubiésemos descansado. El
amanecer, brillante y hermoso, nos regocijó con sus luces de victoria. Sin
embargo, un vistazo al exterior servía para devolvernos a la melancolía y el
recuerdo de los que ayer vivían como nuestros amigos y hoy yacían bajo los
pinos. A mi mente vino raudo el recuerdo de Monteanu. Mientras me ponía mi
armadura de Mithrill, le cursé órdenes a Valeirion, para que dispusiese la
hueste para marchar, y rápidamente me dirigí a la cabaña de los heridos, a ver
si mi buen amigo había sobrevivido al suplicio de la noche.
Según
avanzaba sobre la blanca nieve, dura por el hielo nocturno, envuelto en mi piel
de lobo gris, observé que algunos de nuestros compañeros no habían soportado la noche. Los nórdicos
sacaban cadáveres envueltos en pieles de yak, amontonándolos sobre la paja,
para que la escandalosa sangre no nos trajese imágenes peores a nuestras
doloridas mentes.
Retirando
mi mirada de aquellos valerosos guerreros, reducidos a trozos de carne sin
vida, entré en el lugar de dolor y honor. Los gemidos de los heridos inundaron
mi mente con las imágenes del sufrimiento de aquellos valientes. Me dirigí
hacia el camastro donde estuvo Monteanu. Si, estuvo, ya que ya no estaba... Lo
que temí se había producido. Él era uno de los cadáveres del exterior. Junto a
su camastro, recogiendo sus pertenencias, estaba Ommelov, capitán de los
lanceros de Kislev, y ahora nuevo comandante de las tropas kislevitas. Con una
lágrima rodando mi mejilla, le mostré mi condolencia. El me ofreció el mando de
la expedición, dándome su sensación y deseo de venganza. Teníamos que partir en
breve, a recuperar el poblado de Gurman, y acabar con el horror que había
asolado esas tierras. Le abracé con afecto, y le invité a acompañarme.
Salimos
de nuevo al sol. No pude evitar mirar con tristeza el montón de pieles que
ocultaban los cadáveres, entre los que estaría mi amigo kislevita. Levanté la
vista para ver los preparativos de la partida de guerra. Miridian, el Heraldo
de los de Ellyrion, se aproximó a lomos de su corcel para recibir mis órdenes.
Les solicité que partiesen abriéndonos camino junto con los arqueros de Kislev
y un grupo de guías nórdicos. No debían luchar bajo ningún concepto. El pueblo
de Gurman se hallaba a cien leguas de distancia, y a caballo podíamos estar en
dos días.
Junto
a Ommelov fui a ver a los jefes bárbaros. Erik discutía con Gurman cuantos
guerreros podía llevarse. Intervine en la disputa para precisar que nos
bastaría con que nos dejasen carros para llevar a los hombres e ir más rápidos.
Nos quedaban unos ochenta infantes entre nuestros aprendices y tiradores, y los
supervivientes de Kislev. Nos acompañarían una docena de guerreros bárbaros.
Los
lloros de las mujeres nórdicas despidieron nuestra marcha. Los regimientos
reformados tras las bajas se veían imponentes, encabezados por Ommelov y sus
alados. Los carros de bueyes y yaks continuaban transportando toda nuestra
infantería y suministros. Cerrábamos la marcha los hombres del rey Fénix, los
espléndidos Yelmos, el carro que nos restaba y mis nobles Dragoneros. Me quedé
al final de la línea de marcha, junto a Levin y Gurman. Giré a Khadan,
encabritándolo. Quede cierto tiempo contemplando a los que nos despedían, con
lágrimas en los ojos y gritos de esperanza. Me quede contemplando el lugar de
honor donde nos habíamos batido como leones con los enviados del mal, donde
muchos de los nuestros habían dejado sus fértiles vidas para mayor gloria del
Rey Fénix. Quede mirando el lugar donde había dejado muchos amigos que no
volverán. Y eso es lo que temían los del pueblo. Que nosotros tampoco
volviésemos.
Levanté
mi mano para despedirme de la tribu de Busiak, y troté, Gurman a mi derecha,
Levin a mi izquierda, para incorporarme a la marcha. El enemigo nos
esperaba.
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Parte
VII: El camino del recuerdo.
La
marcha sobre la nieve fue larga... Por donde pasábamos encontrábamos paisajes
idílicos que nos recordaban nuestras fértiles tierras de Ulthuan, algunas veces
terriblemente mutilados por los oscuros poderes que los habían cruzado, como
nuestra sagrada tierra lo fue por el infame Rey Brujo. El marchar era más o
menos tedioso, lo que me dio tiempo para recapacitar sobre los acontecimientos
pasados, sobre lo que acababa de pasar y sobre lo que deje atrás hace ya
tiempo...
Dejé
que mi mente fluyese a lomos de Khadan, y me retrotraje a mi partida de mi
querida Ulthuan hacía ya cuatro lejanos meses. Vi a la hermosa doncella
Naladrín, mi concubina y una de las más hermosas damas de la corte. La conocí hacía
ya doscientos largos años en unos festejos en el Palacio Real de Ulthuan... Yo
acudí a la invitación del Rey Fénix con mis nobles de Tiranoc. Y allí estaba la
reina más hermosa que el Viejo Mundo ha conocido, la hermosa reencarnación de
Isha, Allarielle. Junto a ella estaba aquella hermosa y delicada criatura de la
que me enamoré nada más verla... Orgullosa, con su rubia melena suelta y sus
armas en ristre, reflejaba todo lo que nuestra raza es, hermosa pero peligrosa,
orgullosa pero delicada,... una maravilla de los Ancestrales.
Recordé
aquella tarde en el puerto de Lothern, cuando mi bergantín se preparaba para
zarpar. Vi su bellísimo rostro blanquecino ultrajado por las lágrimas que
rodaban su mejilla ante mi partida. Mi corazón saltaba excitado como el de un
joven doncel elfo, notando como la emoción del amor más puro inundaba mi ser.
Recordé el tacto delicado y dulce de sus carnosos labios en la despedida, y mi
promesa de traerle la más bella de las joyas del continente, la joya más
apropiada para la más hermosa joya de Ulthuan.
Mis
nobles amigos me dicen que estoy loco cuando digo que Naladrín es más bella que
la Reina Eterna,
e incluso más que la pérfidamente bella Reina Morathi, la maldita bruja de los
Druchii, nuestros oscuros y traidores primos de Naggarond. Sin embargo, tengo la
certeza del conocimiento, la certeza que lo que pienso es cierto.
Dejé
que mi mente se posase en otra situación de mi larga vida. Recordé con dolor el
hundimiento de mi tierra natal, Tiranoc,
bajo las aguas, hundimiento provocado por los oscuros. Recordé la huida de mi
familia del horror, cuando yo todavía era un mocoso elfo preocupado por
cabalgar a lomos de crías de corcel y jugar al tiro del arco; como vimos
nuestras posesiones arruinadas. Como nuestros congéneres, amigos, criados,
nobles, eran arrancados de la tierra y llevados a las malditas Arcas Negras.
Maldigo la raza de los elfos de Naggarond por siempre. Algún día me tocará
devolver aquel duro golpe. Algún día cercano...
Hubo
tiempo en nuestro penoso marchar para un recuerdo hacia los amigos caídos en
los días anteriores. Recordé el rocoso aspecto de Monteanu la primera vez que
lo vi en el palacio del Zar de Kislev. Acudía con traje de gala a un baile en
conmemoración del cumpleaños de la Zarina, y su aspecto era cuando menos
singular... Parecía como si a un oso le hubiesen puesto botas y traje, por lo
grande y lo molesto que se le veía... Su recuerdo me dolió... El que lo mató lo
pagaría...
Habían
pasado horas de marcha... El sol comenzaba a disminuirse en su intensidad.
Aparecieron Miridian y sus jinetes. El enemigo se hallaba lejos, a unas veinte
leguas de distancia. Parecía que tenía prisa por volver a los desiertos del
Caos de donde nunca debió salir. Ommelov y yo nos miramos. Sabíamos lo que
significaba que el enemigo tuviese tanta prisa... Su energía se estaba
disipando, por lo que las presencias demoníacas carecían ya de entidad física.
Probablemente su líder fuese el ser que matamos el día anterior, o tal vez
hubiese caído en algún otro lugar... Mañana aceleraríamos la marcha... Apenas restaban
unas cuarenta leguas para llegar al pueblo de Gurman, y puede que allí
tuviésemos más explicaciones... Puede incluso que el enemigo presentase
batalla...
Acampamos
a orillas de un pequeño lago helado... Algunos nórdicos abrieron huecos en el
hielo para pescar, con las últimas luces del día... Levantamos un campamento
improvisado, y nos dispusimos a pasar otra fría noche... El ulular del viento
nos daba a entender que otra ventisca, o una tormenta mayor se acercaba...
Encendimos fuegos y cenamos... El descanso nos vendría bien. El siguiente día
debería ser duro, y la batalla se tornaba inminente... Mi desconocido rival me
encontraría...
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Parte
VIII: La Tormenta de Nieve.
No
se que hora sería cuando mi tranquilo sueño reparador se vio interrumpido por
uno de nuestros guardias. Me advirtió sobre la proximidad de una gran tormenta,
pero no habría hecho falta que lo hiciese, ya que el terrible aullido del
viento cortante de Norsca y el intenso frío que entró en la cabaña lo anunciaba
mejor que ninguna palabra.
Me
vestí rápidamente y salí al frío exterior. Efectivamente, una tormenta de nieve
se aproximaba a pasos agigantados. Los soldados se habían puesto al tajo de
desarmar las tiendas antes que cualquier orden fuese cursada. Sobre todo los
nórdicos, con Gurman a la
cabeza. Ellos mejor que nadie conocían el riesgo que suponía
estar en un descampado cuando una ventisca se acercaba. Debíamos hallar refugio
pronto. La cerrada noche apenas dejaba ver, pero sabíamos que hacia el este
había un escarpado que nos protegería de buena parte de la ventisca. Los carros
cerrados en círculo harían el resto...
El
viento casi impedía que cualquier palabra se escuchase. El relinchar de los
corceles y caballos, el mugir de los yaks y los bueyes, era acallado por el
grito incontenible del señor del norte... Parecería a un observador neutral que
los dioses del caos nos hubiesen enviado este castigo en venganza por la
destrucción de sus inmundos hijos. Cabía suponer que no era así, y que nuestros
enemigos estarían sufriendo el mismo azote que nosotros en aquellos
instantes... La labor se tornaba a cada instante que pasaba más y más ardua.
Cuando
por fin estuvimos dispuestos para la marcha, la nieve comenzaba a caer empujada
por la fuerte ventisca. Avanzamos como pudimos para recorrer la legua de
distancia que había hasta nuestro refugio... Nadie miraba atrás, si no que
trataban de mirar adelante, para no perder la pista del siguiente, eso sí,
cuando el cortante viento le dejaba... En mi interior sabía que perderíamos
algunos hombres en la marcha, despistados o ateridos por el frío, pero mejor
era ello que perder ciento...
Llegamos
al borde del acantilado. La muralla de piedra nos dio cobijo desde un primer
instante. Formamos círculo con los carromatos y nos juntamos, trasladándonos el
calor que desprendíamos y tratando de conciliar el sueño. Yo no tarde en caer
en las garras del dios de los sueños, gracias a Isha... (...)
Desperté...
El sonido lejano del ulular de la ventisca me indicaba que la tormenta había
pasado, de momento... Me erguí, desentumeciendo mis congelados miembros. Eché
un vistazo general... la mayoría de la tropa aún descansaba sobre el duro y
nevado suelo. Subí a uno de los carromatos para tener mayor conciencia de lo
que nos rodeaba... La devastación creada por la ventisca más allá del
acantilado nos mostraba cuan cruenta había sido la tormenta. Los
carromatos habían quedado bloqueados por el hielo. Gurman llegó a mi lado y
quedó contemplando largo rato la terrible escena de hielo que nos mostraba
Isha. Calculamos que sería mediodía, por lo que habíamos perdido buena parte de
nuestro tiempo de marcha. Debíamos apresurarnos si queríamos llegar a Kavliac,
o lo que quedase de ella, antes de la caída del sol.
Nuevamente
los hombres se pusieron al tajo. Comprobamos que tres kislevitas y uno de
nuestros aprendices habían muerto por el intenso frío y cansancio. Al menos
otra docena estaban malheridos, con sus miembros congelados. Además, en la
marcha perdimos otra docena de hombres y seis monturas. Al menos no se perdió
ningún carro. Dimos sepultura a los desdichados, e hicimos regresar a uno de
los carros con los heridos, protegidos por una patrulla de arqueros kislevitas
a caballo.
Nos
costó sobremanera regresar al camino. Parecía que la fuerza de la tormenta
hubiese borrado cualquier señal del mismo. Tras una hora de búsqueda, nuestros
exploradores lo encontraron. Por el camino también encontraron un par de
cadáveres de nuestros perdidos... Vaul los acoja en su seno, ya que Isha los abandonó...
Debíamos
apresurarnos. Los de Ellyrion partieron hacia el norte, para abrirnos camino y
advertirnos de cualquier peligro. Formamos una menguada columna de marcha, con
las armas preparadas, ya que nos acercábamos al enemigo. La tormenta parecía haber
pasado, pero a lo mejor nos equivocábamos y la verdadera tormenta estaba por
llegar...
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Parte
IX: La noche frente a Kavliac.
Al
anochecer llegamos a un par o tres leguas de Kavliac... Ya hacía tiempo que los
de Ellyrion nos habían interceptado para avisarnos de la aparente ausencia de
enemigos, pero siguiendo mis instrucciones, no se habían aproximado a Kavliac.
Comenzamos la
acampada... En la lejanía, en la zona donde debía estar la
aldea, un gran rojo se elevaba.
Gurman
observaba el horizonte con tristeza... Aquellas luces parecían anunciar que el
enemigo guardaba la aldea, que aun estaba allí dispuesto a luchar... Eso, o lo
peor... La aldea estaba ardiendo... Me acerqué a él para compadecerme de la
desgracia de aquel titan. Le entendía perfectamente. Su dolor era mi dolor; no
en vano mi tierra fue reducida a un imperio sumergido por las huestes de la oscuridad... Toqué
su fornido hombro, para hacerle sentir mi pesar. Su brazo golpeó
instintivamente sobre mi pecho, haciéndome caer unos metros hacía atrás...
Me
incorporé sorprendido, para ver como Gurman cogía un caballo entre gritos y
salía galopando hacia la
noche... Varios hombres intentaron seguirlo, pero se lo
prohibí... El había elegido... Ordené doble guardia y preparada al amanecer
para el combate...
Mientras
los hombres descansaban, yo permanecía en vela... Miraba el incesante brillar
rojo del horizonte, escuchaba los lejanos ruidos de lucha o saqueo, y los
cercanos de seres que nos observaban en la profundidad del abismo... El frío
era intenso, pero la rabia me hacía arder en mi interior. Rabia y odio hacia
los seres del Averno enviados para castigo de las razas del Viejo Mundo. Seres
inmundos y deformes, dementes y brutales... Recé a Vaul y a la madre Isha por el alma de Gurman. Algo me decía
que no volveríamos a verlo con vida...
No
podía dormir pensando en la
lucha... Así que dejé mi mente fluir... tenía que
concentrarme para lo que esperaba. Traté de pensar en mis maestros... Caí en
los siglos hasta mi estancia de aprendizaje en la lejana Hoeth. Allí
estaba mi maestro, Banath, Gran Maestro de los Espaderos de Hoeth... Durante
casi veinte largos años me estuvo instruyendo en el arte de la lucha de espada,
en la equitación y en las artes. Se lo debía a mi padre, Jhillion, quién le
salvo la vida en la Batalla de las Lomas de Bromir. Tras los años de arduo
entrenamiento, me hizo entrega de Walladrian, mi espada... Recordé una por una
sus enseñanzas, como manejar a Walladrian a lomos de Khadan, donde descargar
los golpes más letales... Recordé mi última batalla, hacía ya dos días... Odio la guerra... En esos
momentos prefería estar a miles de leguas de allá, en mi amada Ulthuan, en
algún baile de la Corte del Rey Fénix,
con mi amada Nalandrin entre mis brazos. Y sin embargo, a quién tenía
entre mis brazos era a Walladrian, mi protectora, y el baile que me esperaba no
era plato de gusto para ningún rey...
Volví
a concentrarme... Quería dormir, pero no me era posible... Abrí los ojos...
Allí seguían las anaranjadas luces de lumbre... Volví a pensar en Gurman, al
notar mi aún dolorido pecho... Supuse el dolor que le embargaba y embriagaba...
Cerré fuerte mis ojos y los puños en torno a Walladrian mientras lo veía en mi
mente dando mandobles a seres innobles, entre las llamaradas de su pobre aldea
nórdica... Una lágrima se derramó por mi mejilla pensando en el amigo perdido,
mientras un hilo de sangre salía de mis puños cerrados... No podía esperar
más...
Me
levanté, dispuesto a desentumecer mis helados miembros y mi mente... La capa de
piel de lobo que me había regalado un comerciante kislevita meses atrás cumplía
bastante bien su labor... Paseé a lo largo del campamento, hablando con los
guardianes... Me sorprendió la cantidad de hombres y Asur que no podían
conciliar el sueño aquella noche, principalmente los nórdicos... Estos
murmuraban maldiciones y rezos por su jefe...
No
debían preocuparse, se acercaba el momento de la venganza... (...)
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Parte
X: La Destrucción de Kavliac.
Las
armas estallaban en su metálico sonido, tintineante y mortal, al chocar con las
piezas de las armaduras y de los escudos que portábamos... Los caballos y
corceles relinchaban nerviosamente mientras los jinetes, cargados de muerte y
odio, los cabalgaban para la
batalla... Los estandartes y pendones del Rey Fénix y del Zar
de Kislev surgieron de sus fundas. La nieve se derretía bajo nuestro odio...
Los tambores tocaban arrebato, y los Asur se disponían para la guerra...
Las
primeras luces vieron este paisaje sobre las nevadas tierras de Norsca... El
olor a quemado, lejano y dulce, inundaba nuestras pituitarias, embriagándonos
con anhelos de venganza. Los bárbaros nórdicos golpeaban rabiosamente sus
escudos, lanzando guturales gritos de lucha, entusiasmados por la próxima
matanza... Los más tranquilos humanos de Kislev, formaban prietas filas frente
a su señor Ommelov...
Monté
sobre Khadan. Noté el calor de la piel de leopardo que cubría sus lomos. Luego
lo acaricié, y le susurré al oído palabras de animo que sólo el conocía... Lo
encabrité y miré a las huestes de guerra ya montadas, desplegando toda la
grandeza de Ulthuan, Kislev y Norsca sobre el blanco manto de nieve. Ommelov se
me unió... Di instrucciones a nuestros auxiliares y aprendices para que
dispusiesen las tiendas para los heridos... Con un gesto de mi mano la brava
cohorte multirracial se puso en marcha. Tres leguas nos separaban de nuestro
enemigo, de la gloria o de la
muerte... Tres leguas nada más...
El
paso veloz de los hombres hizo que nuestro camino se acortara... la vegetación
tornose extraña debido, sin duda, a la maldita influencia de los dioses que
caminan en el lado oscuro... Simulaban órganos sexuales impíos, y emitían
extraños sonidos de lujuria y placer... Los de Ellyrion y los arqueros kislevitas
fueron lanzados en avanzada para observar y eliminar los observadores y vigías
del enemigo...
El
camino terminó frente a una planicie donde se hallaban los humeantes restos de
lo que debió ser una tranquila aldea nórdica... Los cadáveres crucificados boca
abajo y abrasados por las llamas nos ocultaron el verdadero sufrimiento que
pudieron padecer los que se opusieron a los deseos del Impío Dios del Placer...
Vaul los tenga consigo... Frente al pueblo se desplegaba un único caballero
maldito... Estaba de pié, levantando más de siete pies de altura. Sostenía
firmemente una adornada daga rúnica con su mano derecha, que presionaba sobre
el fornido cuello de Gurman, un Gurman desnudo y derrumbado físicamente. El
sufrimiento al que debió ser sometido debió ser mortal... El ser nos miraba con
ojos ardientes de odio a través de las sensuales facciones de su máscara... El
era mi enemigo, el que me amenazó y perdonó la vida en la batalla de días
atrás.
Junto
a él, un impresionante corcel bardado esperaba para ser abordado por su
señor... Pero, ¿donde estaba el resto del ejército?. Ordené al Príncipe
Valeirion que desplegase a los Asur mientras Ommelov desplegaba a los
Kislevitas. Difícilmente conteníamos a los nórdicos, deseosos de salvar a su
señor. Ordené a Levin y Voltan, el siguiente en rango nórdico, que viniesen
conmigo... Clavé mis espuelas sobre Khadan para que avanzase y fuimos al
encuentro del ser.
Ni
se inmutó... Obligó al nórdico a levantarse, y lo arrastro como a un muñeco
hasta su corcel. Montó, sin soltar el pelo de Gurman. La daga sobre su cuello
no presagiaba nada bueno... Llegamos a unos pocos metros del ser. Nos dio una
absurda bienvenida. Le pedí que soltase al nórdico y marchase en paz, pero su
risa histérica y extraña en respuesta me indicó que no preveía hacerlo. Estaba
despistado, ya que no sabía que baraja estaba jugando mí enemigo.
Con
burla se presentó. Su nombre todavía hoy resuena en mis tímpanos, y es una
afrenta para los Asur y para cualquier ser vivo. Zenom, Señor de los Muldiak, servidor
del Señor del Placer. Nos dijo que nos marchásemos que volverían a su patria en
paz. Y que soltaría a Gurman si obedecíamos. Tal y como lo vi, no tenía más
remedio. Asentí tras mirar a Levin, pero cuando iba a girar la grupa de Khadan,
sentí el grito de guerra de Voltan, quién se arrojó ferozmente sobre el Señor
del Caos... Antes que pudiese pararlo un golpe de la gigantesca espada de Zenom
lo decapitó... !!! Ese movimiento había sido tan veloz que ni siquiera yo lo
había visto¡¡¡. Hice ademán de asir a Walladrian, pero la seca voz de negación
de Zenom me advirtió que no lo hiciera. La garganta de Gurman dependía de ello.
Mirando
el sangrante cadáver decapitado de Voltan, volví grupa y galopé hasta mi
ejército. Le comuniqué a Ommelov lo dicho y visto, y este asintió, lamentándose
por la pérdida del bárbaro. Me giré para observar a Zenom y Gurman mientras el
ejército rabioso y conteniendo a duras penas a los bárbaros nórdicos, repletos
de ira y ansia de venganza, daba grupas a la escena. Pero la aguda
risa de Zenom nos sacó de nuestro ensayo de marcha.
Incumpliendo
lo que no tuvo nunca intención de cumplir, degolló a Gurman, y volvió grupas al
galope mientras de los bosques eran arrojados los restos empalados de los
supervivientes nórdicos. El ejército en pleno cargó tras aquello, yo el
primero. No había ni estrategia ni líneas, sólo odio...
Zenom
se hundió en el bosque, junto con los restos de su ejército, mientras su lugar
era ocupado por un caballero infame que me retó y dos engendros que atacaron a
los bárbaros y a los de Kislev. Desenvainé a Walladrian mientras el salvaje me
apuntaba con su gran hacha. Piqué los costados de Khadan y cargué. Tenía que
despejar el camino para encontrar al verdadero enemigo, el verdadero objeto de
mi odio... Descargué a Walladrian sobre mi enemigo, pero en un movimiento de
agilidad formidable, me esquivó. Me había confiado, pensé, cuando recibí un
brutal golpe de su hacha que mi armadura absorbió, no sin mi dolor. A punto
estuvo de descabalgarme. Antes de centrarme en él, giré a Khadam y observé la
pugna contra los engendros. Varios hombres habían sido despedazados, y algunos
otros huían con horror, pero los del dragón habían reducido ya a uno, y los de
Kislev a punto estaban de acabar con el otro...(...)
----------------------------
Capítulo
XI: El Éxtasis.
Fijé
mi atención en el caballero que me afrentaba... Khadan relinchaba con fuerza.
Mi cabeza no acababa de concentrarse en la destrucción de mi enemigo. El del
Averno cargó y descargó su hacha sobre mí, en un ágil movimiento que me hubiese
decapitado si no fuese un experto luchador. A duras penas lo esquivé, haciendo
retroceder a Khadam...
La
agitada respiración del jinete, preso de su propia ansia de autodestrucción, ya
que ha eso había sido sentenciado por su Señor, me introdujo en una riada de
pensamientos que no me favorecían en nada en aquellos momentos. ¿Que había
hecho aquel infernal para ser condenado a la muerte que seguro le esperaba?.
¿Que pecado debía redimir?. Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, sin dejar
sitio al razonamiento necesario para combatirlo, por lo que su siguiente golpe
me descabalgó... Khadan trotó alejándose de la escena...
Sobre
el suelo noté la sangre fluir de mi cabeza, por debajo de mi yelmo. El latido
de mi corazón resonaba con fuerza, casi apagando los gritos de ánimo de los que
observaban aquel singular duelo. Noté acercarse a mi enemigo, y me vencí al
éxtasis de la lucha. Me
incorporé, mientras la risa burlona y seductora del huido resonaba en
reminiscencias de mi mente. Levanté a Walladrian y me preparé para ser
absorbido por el combate. El caballero cargó a lomos de su corcel, pero con una
finta lo descabalgué amputando una pata del gran animal que montaba... El
jinete salió disparado golpeándose fuerte contra el nevado suelo.
La
sangre fluía por mi frente, seguramente debido al golpe que me descabalgó, pero
ya no me importaba... ya me había dejado tomar por la batalla. El guerrero
se levantó, y sujetando con sus dos
manos la gran hacha, me reclamó. Yo no me hice rogar... Lancé golpe tras golpe
con una velocidad que el a duras penas podía parar. El cansancio empezó a hacer
presa en mí... Mi rival, a pesar de la lluvia de golpes que había recibido,
alguno de los cuales lo alcanzó sobre su armadura rúnica, se mantenía en pié, presa
de un extraño éxtasis de lucha, que le llevaba a reír enloquecidamente, lo que
hacía aún más macabra la sonrisa inerte de su yelmo. Descargó un golpe de su
brutal alma que apunto estuvo de alcanzarme, pero al hacerlo dejó
desguarnecidas su guardas diestras, y allí lancé a Walladrian, que supo
encontrar el buen camino. El costado de mi rival se abrió de par en par,
dejando brotar la roja sangre a borbotones. Su risa seguía estallando, a pesar
de sus graves heridas. Se volvió a incorporar sin aparente esfuerzo, aún cuando
bajo sus pies la blanca nieve cambiaba de color, teñida por el icor que el ser
manaba. Mis fieles callaron sorprendidos, dejando escuchar aún más notable la
risa extraña del servidor de los oscuros.
Harto
ya de su burla, lancé a Walladrian contra su cabeza. Evitó mi primer golpe,
pero era obvio que a pesar de su risa y su apariencia, la pérdida de sangre le
había debilitado. Me atacó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, y mi
contragolpe lo finalizó. Walladrian entró limpia en su pecho, partiendo su
negro corazón, y dejando manar su sangre por dos nuevos huecos. Los ojos del
ser se fijaron en los míos, mientras su hacha se deslizaba de sus manos al
mismo tiempo que la vida lo hacía de su cuerpo. Con una patada lo lancé hacia
atrás, alejándolo de mí y extrayendo a Walladrian. El ser levantó la cabeza con
un último esfuerzo, y con sus fuerzas finales lanzó una sonora risotada, que
parecía querer burlarse incluso de su misma muerte. Lo decapité...
Los
vítores de los hombres resonaban en mi dolorida cabeza. Caí sobre mis rodillas
junto al cadáver de mi adversario. Con
esfuerzo me quité el yelmo, dejando fluir mi melena ensangrentada al viento.
Levin y algunos de mis fieles me atendieron, pero me negué a recibir ayuda, ya
que había cosas más importantes que hacer. Comenzamos a atender a los heridos y
contemplamos la realidad del brutal fin de Kluviac. Decenas de cadáveres
estaban empalados en los bordes del bosque. Sobre sus desnudos cuerpos habían
sido inscritas runas de burla, que hablaban de su sádico final, y del fin que
esperaba a los que se enfrentasen al Señor de la Seducción. Levin
lloró amargas lágrimas leyendo aquellas runas.
Todas
las casas habían recibido la venganza de la derrota de los caóticos. Gurman
había sido abandonado por su líquido vital a través de su herida en la
garganta, pero viéndole de cerca, supuse que Gurman hacía ya mucho que había
dejado de existir, ya que las heridas que había sufrido, y las mutilaciones
harían perder la razón a cualquier hombre o Asur, por titánico que este fuese.
Enterramos
a los muertos, mandamos a los heridos al campamento de más atrás he iniciamos
la persecución...(...)
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Parte
XII: La amarga derrota.
Cogí
resuello mientras dejaba escapar una lágrima. Atrás quedaba el desaliento, la
desesperanza, la muerte, el fin de un pueblo... Ahora sólo nos quedaba cabalgar
en pos de sus verdugos, en pos de los seres del Averno que habían llevado a
cabo la masacre.
Ommelov se mostraba visiblemente nervioso, dando órdenes a sus
cada vez menos hombres de Kislev... Miré a mis Asur, y les vi formados,
guardando firmemente la compostura, aun cuando la rabia hacía acto de presencia
en los rostros de muchos de ellos. Miré a los bárbaros, que ya no continuarían
con nosotros, enterrando a sus muertos...
Caminé
pesadamente el corto trecho que me separaba de Khadan. Lo monté, agradeciéndole
con una leve caricia su firmeza en la batalla y su cálida compañía. Giré mi
grupa hacia los nobles de Ulthuan, preparado para lanzar un corto discurso de
ánimo... Pero mi sorpresa fue ver que era Ommelov quién se me adelantaba. Con
su voz profunda comenzó a arengarnos a todos, tomando un papel que me
correspondía a mí. Estaba de pie sobre los estribos de su caballo de guerra,
con una mano sobre la empuñadura de su sable. Me sentí un tanto liberado de la
labor de animar a los que tanto horror habían visto... Sonreí por primera vez
en días... Su arenga tuvo efecto, por los vítores que se escucharon... Pidió mi
permiso para comenzar la marcha, y con un leve gesto, lo concedí.
Por
todo el camino existían claras pruebas del salvajismo y perversión de nuestros
enemigos, los enemigos de la vida y del bien, de Isha y de Vaul, de los
Ancestrales, de todos los dioses del viejo Mundo... Centenares de bárbaros habían
sido empalados a un lado y otro del camino, pertenecientes a mil y un pueblos
destruidos... La flora era extraña y perversa... Se respiraba la muerte, con su
dulce hálito de perversión.
Nuestros
exploradores no encontraban rastro alguno de nuestros adversarios que no fuese
el paso salvaje de su marcha en dirección contraria a la que ahora seguíamos.
Nos acercábamos peligrosamente a la frontera norte de Norsca, donde el Caos
reina con su poder. Decidí acampar en un claro donde podríamos preparar buenas defensas.
Mandé a los de Ellyrion a buscar al enemigo en profundidad y a los arqueros
kislevitas a limpiar de engendros los bosques de alrededor.
Comenzó
a caer la noche cuando recibimos inquietantes noticias. Los kislevitas habían
eliminado a media docena de bárbaros que caminaban perdidos por los bosques, y
capturado a otro par de ellos. Sin embargo, los de Ellyrion no regresaban.
Decidí interrogar a nuestros prisioneros. No hizo falta mucho para hacerles
hablar, ya que alejados de las fuentes de poder del caos no son nada. La
expedición que había invadido aquella región estaba mandada por Vermen, quién
fue muerto en Busiak. Supuse que era el príncipe de la oscuridad que
eliminamos. Ahora los restos de su ejército se dirigían de vuelta hacia su
región, mandados por Zenom, jefe de los Muldiak... pero no obtuve ni una
palabra sobre su situación.
Ya
comenzábamos a prepararnos para el descanso, con el frío viento golpeándonos,
anunciando ventisca, cuando apareció uno de mis jinetes ligeros... Corrí hacia
donde se había detenido, junto a los guardianes... Estaba muy herido... Lo
bajamos de su corcel... Antes de perder el conocimiento nos advirtió que le
seguía un ejército, y que no sabía si quedaban más de los suyos...
Si
que quedaban, ya que mientras que se lo llevaban, aparecieron a galope tendido
Miridian, mi heraldo, y un par de sus jinetes, seguidos muy de cerca por un
grupo bastante grande de mastines de guerra. Llamé al arma, tomé a Walladrian
y, tras pasar mis jinetes, comencé a repartir golpes de muerte a las inmundas
bestias de los señores del caos.
Ya
llegaban hombres y elfos en mi ayuda cuando comenzó a aparecer una hueste de
diablillas, comandadas por el inmundo caballero que degolló a Gurman. Desde la
distancia vi su gesto de desafío, ordenando a decenas de engendros del placer
asaltarnos. Recibimos la carga sin preparación alguna. Todo se convirtió en un
caos de seres del infierno degollándonos y de diablillas desapareciendo ante
nuestros golpes. Intenté abrirme camino hacia el Paladín enemigo, pero a cada
golpe de Walladrian aparecía otro demonio. Una sonora risotada rompió el ruido
de la lucha, y vi como el Señor del Caos, tras saludarme burlonamente volvía
grupas y se unía a una decena de caballeros oscuros, huyendo de la escena...
La
batalla contra las diablillas se estaba tornando difícil. Se notaba que la
energía del caos era grande, y mantenían su nudo con lo material con mucha
mayor facilidad que en anteriores encuentros. Traté de organizar a una de mis
unidades de Yelmos, pero plantear una carga en la noche y con tantos obstáculos
era poco menos que una locura, así que los llevé a pie al fragor de la lucha...
Durante
diez horas estuvimos combatiendo a los grupos de diablillas que nos acosaban.
Perdí la cuenta de cuantas devolví a su mundo, pero lo que si se es que cuando
llegó la amanecida, la sangre cubría el claro. Muchos de nuestros hombres y
corceles habían muerto o estaban heridos. Lo peor era no ver ningún ejemplo
material de nuestro enemigo derramando su icor sobre la nieve como lo hacia
nuestra sangre...
Se
hizo patente que no podíamos continuar. El enemigo regresaba a su tierra, pero
regresaba convirtiendo nuestra victoria en una amarga derrota. Derrota por no
conseguir eliminarlo, derrota por nuestras bajas, derrota a nuestro orgullo,
Ommelov y Valeirion estaban heridos. Habíamos perdido casi dos tercios de los
hombres de Kislev que partieron de la expedición original, a parte la mitad de
mis nobles y mis dos carros. Teníamos muchos heridos que requerían atención y
el cansancio y el frío comenzaban a hacer mella en los sanos.
Ordené
regresar. El camino de vuelta habría de sernos más corto por necesidad, aunque
una fuerte ventisca nos retrasase... Llegamos al campamento cercano a Klaviac,
o a lo que fue Klaviac... Allí reposamos...
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Parte
XIII: El regreso.
Descansaba
arrojado sobre un camastro de pajas, cerca de una lumbre que caldeaba la habitación... El
dolor de mis heridas no era nada con el dolor que sentía en mi corazón ante los
acontecimientos pasados. Mentalmente, tratando de conciliar el sueño, repasé
todo lo pasado.... Por cada baja, por cada amigo caído, por cada gota de sangre
de los nobles Asur de Ulthuan, derramé una lágrima... El sueño tardó en
encontrarme, pero al final caí en sus reparadores brazos.
Me
encontraba en el camastro dormitando cuando una voz me llamó desde el
exterior... Abrí los ojos y allí estaba uno de los guardianes bárbaros. Me
pedía que saliese, que algo grave pasaba... Me puse rápidamente mis guardas y
rescaté a Walladrian y mi escudo por lo que pudiese pasar... Salí... La
ventisca volvía a hacer acto de presencia, sacudiendo con furia la nieve contra
nuestros rostros... Una figura negra cabalgando un gigantesco corcel estaba
esperando a la entrada del pueblo... Recortada contra el negro horizonte apenas
era perceptible. El bárbaro me comunicó que había pedido hablar con el líder del
Asur... Ese era yo, así que avancé dificultosamente hacia él.
Cuando
llegué a su altura me di cuenta de la tremenda altura que tenían corcel y jinete,
y del olor a muerte que desprendían. Su casco... me resultaba conocido... era
él¡¡¡. Zenom¡¡¡. Desenvainé a Walladrian, pero era tarde... Encabritó a su
corcel que me derribó, golpeándome la cabeza... Miré hacia mis hombres, pero parecían
ausentes de la escena, perdidos en la ventisca... El jinete descendió. Me encontraba
indefenso... Blandió su espada por encima de su cabeza. Me dijo que siempre
estaría conmigo hasta nuestro próximo encuentro... Lo miré extrañado y
horrorizado, viendo descender mi fin... Me golpeó...
Con
un grito y bañado en sudor a pesar del frío, desperté...Jadeaba, mientras
algunos de mis nobles me miraban con extrañeza... Un sueño... Había sido un
sueño... Quedé tendido tratando de encontrar el calor mientras ordenaba mis
ideas... Vaul me volvía a hablar con su lengua, que sólo entienden los que
quieren comprenderle... Me encontraría de nuevo con el ser... Él vendría a
buscarme... Tal vez ni hoy ni en los próximos cien años, pero el encuentro era
seguro, había sido señalado, y debía prepararme para él... Si no perecería.
Con
el alba regresaría a Kislev, y de allí, tras informar junto a Mirsha Ommelov,
volvería a mi sagrada tierra. Ahora sabía mi destino, así que podía
descansar...
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Parte
XIV: Epílogo.
Tardamos
tres días en regresar a Kislev. Presentamos nuestro informe al Zar, quién lloró
la pérdida de su Coronel, y nos agradeció nuestra ayuda. Me concedió lo que
desease en pago por mi servicio. Yo tenía ya todo lo que quería o necesitaba,
pero le pedí una de las preciosas joyas de su colección para Nalandrín. Me dío
una de las más bellas.
A
los pocos días partí en mi bergantín a través de las heladas aguas del norte.
Atrás quedaban muchos amigos, historias, batallas y emociones. Llevaba los
acuerdos comerciales solicitados por mi Rey, junto con el prestigio de la raza
élfica de Ulthuan entre las rudas tribus del norte y entre los hombres de
Kislev. Y mis recuerdos... sobre todo mis recuerdos...
Tras
varios días de navegación alcanzamos las costas de Ulthuan. Pronto yacería
junto a la
divina Naladrin... Pronto llegaría a casa...
FIN