martes, 20 de diciembre de 2016

LA EXPEDICIÓN DEL OLVIDO

Este relato fue parte de los publicados para el blog de Fantasía Medieval "La Hostería del Gobo Errante", propiedad de mi buen amigo Álvaro. Fue escrito bajo seudónimo "Voltron" en 2003. Pretendía ser parte de una serie de relatos que darían forma a una historia completa, que se llamaría la Historia de Pahuax, aunque finalmente quedó como un relato aislado. Espero lo disfrutéis.

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Aquel hombre cojeaba ostensiblemente. Cuando atravesó las puertas de la Hostería, todas las miradas se giraron hacia el mendigo. Olía a alcohol, aunque nadie era capaz de precisar si ese era un olor adquirido o ese olor era tan reciente como el corte que tenía en su mejilla. De su cinturón colgaba una mellada espada, espada que ya había atravesado suficientes pujas como para ser jubilada. Casi como su portador.
El mendigo se dirigió hacia la barra sin decir nada ni levantar la mirada del suelo.
“Cerveza”- esputó sin levantar su mirada. El posadero lo miró con desconfianza. “¿Tienes con que pagar?”.
“Por lo que me han dicho, en este local una buena historia merece al menos dos jarras más”. Dijo el mendigo, levantando su cabeza para dejar ver al tabernero su rostro rudo y sus ojos perdidos.
“Sea” -dijo el tabernero- “los presentes siempre están dispuestos a dejarse sus dineros a cambio de una buena historia... pero espero que merezca la pena”.
“Mírame a los ojos...”. El tabernero respingó hacia atrás. Esos ojos mostraban horror y locura... y verdad. “Comienza sin delación tu narración...”.
El mendigo se giró. Miró a todos los presentes y se dirigió al centro de la hostería. Se sentó. Apuró de un trago la jarra de cerveza y, antes de pedir otra, ya la tenía frente a él, junto con un plato de alubias de la Asamblea. Los paisanos comenzaron a rodearle... Yo, Karel Osterragherr, Maestro Impresor de Nuln, estaba entre los presentes, y lo que aquí escribo, juro que fue lo narrado. Este fue el relato:

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“Hacía ya ocho jornadas que avanzaban a través de aquella monótona y asfixiante vegetación... Ocho lunas, ocho soles, ocho días sin nada más en sus retinas que el enfermizo verde de las junglas de Lustria. Enrico Morazzo comandaba aquel grupo de tileanos enviados por el Dux de Miraglianno para encontrar la ciudad repleta de arcanos tesoros que los videntes habían observado en su futuro... Una ciudad de increíbles riquezas, situada cerca de la costa meridional de Lustria, a unas quince jornadas de camino de la colonia nórdica. Una ciudad oculta en la espesura de la selva, una ciudad abandonada y tan llena de riquezas, que si el Dux quisiese, podría comprar toda la artillería de Nuln o incluso todas las tierras de la Asamblea.

Pero ya hacía ocho días que marchaban sin descanso, avanzando al ritmo de los machetes que cortaban la maleza, al ritmo de las ruedas del pequeño cañón que les acompañaba, aplastando las ramas y plantas que poblaban el suelo... El calor era agobiante, y la escasez de agua potable lo hacía aún menos llevadero. Sin embargo, lo peor de todo eran los ruidos desconocidos emitidos por mil y un seres sin rostro que se ocultaban en cuanto Morazzo y sus hombres trataban de observarlos... Monos, pájaros de agudas voces, rugidos desconocidos procedentes, tal vez, de enormes felinos, siseos malditos... Ruidos en general, pero...

En este ensimismamiento se encontraba Enrico tratando de olvidar el martirio al que le estaban sometiendo sus botas, cuando se percató que había desaparecido todo sonido... Cierto, tal vez llevaba diez minutos, quizá más, sin escuchar todos esos sonidos que su mente había enunciado... Sólo el rodar del cañón, los gemidos esforzados de los tileanos y el chascar de las plantas al ser segadas por los machetes de los exploradores.

A un gesto de su mano levantada, todos pararon su quehacer.

- ‘Oíd eso...!!! -Exclamó.

- ¿Que escuchemos, mi capitán? -Preguntó el alférez Rombardi- No se escucha nada...

- Precisamente, Gianlucca... No hay aullidos, ni gritos, ni gorgoritos, ni siseos... ¿Dónde se han ido?; ¿qué ocurre?

Los hombres escucharon atentamente... Nada, no se oía nada... Sólo la agitación nerviosa de la respiración de aquellos sudorosos hombres. Enrico señaló a Gianlucca y a otros dos y, sin decir una palabra, avanzó por el sendero que habían comenzado a abrir. El chasquido al cortar la maleza volvió a interrumpir el silencio profundo y misterioso que acababa de envolver la selva... El chasquido y el susurro de los comentarios de los tileanos que habían quedado atrás, a los que el alférez Colloccini había comenzado a situar en previsión de un ataque, eran los únicos sonidos audibles en esa tensa atmósfera. El cañón fue colocado rápidamente apuntando a la senda recién abierta por el Capitán y sus acompañantes...

El avance de Enrico y sus hombres era lento... Mientras los de atrás se desplegaban instintivamente como habían hecho una y mil veces en anteriores expediciones, ellos progresaban por la espesa maleza... De repente un golpe y... Un claro... ‘Que raro... Un claro aquí... Pero si la ciudad todavía tiene que estar lejos’ -Pensó para sí Enrico. ‘Marco, entra y observa, pero... ¡¡Ten cuidado!!’.

Marco Botero, un remasiano pequeño y peludo, entró en el claro con sigilo, aprovechando el hueco abierto en la maleza... El silencio que siguió, mientras tres pares de ojos seguían a Marco en su recorrido, fue angustioso... Repentinamente, se escuchó un agudo grito, y Marco cayó al suelo, comenzando a desplazarse con las palmas en el suelo y mirando fijamente algo. Enrico, Gianlucca y Sebastiano saltaron al claro, mientras una decena de hombres venía por detrás, armas en ristre.

Enrico miró a Marco mientras el alférez y el otro hombre corrían a ayudarlo... Vio de refilón su cara, con una mueca de pavor terrible, y temiendo lo que fuese a ver comenzó a levantar su mirada... Sus ojos se abrieron mientras contenía la respiración, al cruzar su mirada con la de una enorme estatua, la escultura de un ser monstruoso... Su corazón alcanzó las mil pulsaciones mientras trataba de contener el terror que aquella estatua desprendía... Los tres hombres ya regresaban con el llanto de terror de Marco como música de fondo cuando a grandes voces el Capitán comenzó a ordenar: ‘Vamos a acampar atrás... Id preparándolo... Rombardi, Morianello, Viscenti, Mista, conmigo’... Ahora el silencio de la selva volvió a interrumpirse a causa de  la frenética tarea de abrir el claro detrás, situar las defensas, los gritos y voces de los hombres en su trabajo y el llanto, ya más acallado, de Botero.

Enrico y sus acompañantes se acercaron a la enorme estatua con sus armas preparadas: ‘Es de piedra, pero hombre prevenido vive’ -Pensó el Capitán Morazzo. Al llegar a su base observaron con cuidado... Parecía de piedra maciza, piedra volcánica, negra como el abismo... Sus monstruosos rasgos se parecían vagamente a los de un gigantesco lagarto de unos tres metros de altura, con grandes alas y una gran hacha en su garra derecha... Su monstruosa garra izquierda estaba extendida como en posición de pedir... Estaba lleno de pinchos, como si estuviese acorazado... Observaron alrededor, con cuidado, deslizándose en  pequeños círculos alrededor de sus pies... Uno de los hombres se agachó y comenzó a revolver las plantas que cubrían la base... Allí había algo que brillaba... ‘Gemas, esto está lleno de gemas... Jaja... ya sabía yo que había un tesoro cerca; siempre lo hay cuando me pica la ...’ .’Déjame también alguna para mí...’ -Exclamó Viscenti mientras desenvainaba su daga para sacar las piedras.

‘Por fin algo que merece la pena para los hombres’ -Pensó Enrico para sí mientras contemplaba las risas de sus camaradas en la labor de extraer las piedras. Levantó la mirada y la cruzó, desafiante, con la del monstruo de piedra... Sus sentidos se pusieron en alerta cuando le pareció observar un guiño en los ojos del ser. ‘Dejad eso, dejadlo ya...’ -Gritó. Su rostro se tornó serio y ordenó a sus hombres que formasen un grupo de cinco guardianes para vigilar el claro de la estatua mientras el resto permanecía en el claro que habían comenzado a abrir más atrás... Aquello no parecía muy seguro, así que duplicarían las guardias.

Tras el arduo trabajo de preparar el terreno para el descanso, los hombres cenaron frugalmente y se acostaron. No encendieron fuego para evitar las miradas indiscretas que acechaban normalmente en la profundidad de la jungla. Enrico se acostó con el abismo del rostro del ser en su mente, con esos ojos que le habían hecho un guiño de complicidad o de amenaza... Tardó en caer en brazos de Morfeo, pero finalmente durmió... (...).

La noche fue pasando. Enrico se mantenía siempre alerta, incluso cuando dormía. Lo hacía desde la Batalla de Pravia, cuando los estalianos les sorprendieron en medio de la noche, y a punto estuvieron de acabar con él. Dormía como un felino, con un ojo siempre abierto... Observó así algo que se acercaba directo hacia él, una sombra que no conseguía distinguir, saliendo de entre la maleza. Disimuladamente dirigió la mirada hacia sus guardias. Dos de ellos estaban charlando entre sí a pocos metros de la sombra, y ni se habían inmutado. La sombra cobró forma en una gigantesca iguana, de unos dos metros y medio, que se dirigía a gran velocidad hacia él (...).

Sus hombres no la habían visto ni oído, así que intentó desenvainar su daga, a la que dormía siempre aferrado... No salía, es más, él mismo no podía moverse... ¿Qué ocurría?. Comenzó a sudar, aterrado según veía más cerca al lagarto... Intentó chillar pidiendo socorro, pero ningún ruido salía de su garganta... (...). Repentinamente vio la bífida lengua de la iguana frente a sus ojos y pensó: ‘El fin me ha llegado...’ Cerró fuerte los ojos esperando un bocado mortal, cuando escuchó un siseo... Un siseo que le hablaba en tileano. Abrió de nuevo los ojos y vio que la iguana se dirigía a él. Siseando, le dijo: ‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Marchaos en paz y dejad descansar el mal... Los Ancestrales os protejan... Marchad o morid’. (...) La iguana se giró y desapareció velozmente en la maleza... (...).

Enrico despertó jadeante y sudoroso... Miró hacía donde había soñado la iguana y no vio pisada alguna... Los guardias giraron la cabeza hacia él y tras contemplarlo volvieron a su conversación. No había pisadas, nada. Se levantó con las palabras del sueño en su mente... Marchad o Morid... dijo la iguana. Era un sueño sin importancia. Las primeras luces se colaban entre la frondosidad de las palmeras y de la intrincada cortina de lianas y plantas... Miró hacia donde yacía el claro (...).

Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio que... !El claro había desaparecido!. La vegetación había crecido nuevamente cubriendo el acceso. Su corazón pegó un salto en su interior... Salvo el susurro de los que empezaban a despabilar, no se escuchaba nada... (...).

‘¡¡¡Rombardi!!!’ -Gritó. El grito terminó de despabilar a los hombres... Muchos de los cuales se pusieron rápidamente en alerta, con sus mosquetones en ristre, comenzando a encender las mechas húmedas.

No hubo respuesta... ‘¡¡¡Giaunlucca Rombardi, responde!!!’ -Repitió. Hizo un gesto a sus guardias. ‘¿Habéis visto o escuchado algo esta noche?’ -Interrogó al sargento Minsionelli. ‘Nada capitán, ha sido una noche tranquila, demasiado tal vez...’.

Sigilosamente comenzaron a acercarse al lugar donde el claro había sido consumido por la espesura... Enrico, espada en ristre, temía cortar esas lianas con las que se había entrelazado una cortina verde que ocultaba  lo que esperase al otro lado... ‘Gianlucca o alguno de los otros... ¡¡¡Responded!!!’ -Volvió a inquirir. Pero ninguna respuesta fue devuelta del otro lado de la cortina verde. Con un gesto varios de sus hombres se desplegaron, mientras el alférez Coloccini y el Sargento Ruggia tomaban armas a su derecha e izquierda. Más atrás, el cañón fue dispuesto para el disparo, si era necesario... Pasaron unos instantes en medio de un terrible silencio, mientras se daba la señal de asalto...

‘O morid... O morid... O morid’ -Repetía la mente de Enrico una y otra vez, recordando lo que la iguana le había dicho en su sueño. Con un grito ordenó el asalto... (...).

Las lianas cayeron seccionadas, mientras los hombres proferían gritos guerreros que fueron cambiados a por todos los dioses y gritos de terror al caer la cortina... Frente a ellos había una auténtica orgía de sangre... Gianlucca yacía con su cabeza seccionada en dos mitades casi hasta sus hombros... Fertelli había perdido sus intestinos... Todos habían sido salvajemente asesinados. Los hombres corrieron hacia ellos, algunos derramando lágrimas de dolor por la pérdida de sus compañeros, cuando un seco grito de horror rompió la escena... ‘La estatua, la estatua...’ -Balbuceó horrorizado el cabo Visconti.

Enrico dirigió su mirada hacia el monstruoso ser al que habían robado las gemas, y lo que vio le quebró la razón, al menos por un instante... La gran hacha estaba empapada en sangre casi seca, y restos de pelo habían quedado pegados a la misma... Y en su penitente mano izquierda estaban ¡¡¡Los intestinos de Fertelli!!!... A grandes voces empezó a ordenar  el alejamiento, la huida de aquel lugar de sangre y muerte...

Sin tiempo para enterrar a sus muertos ni para mirar hacia atrás, Enrico y sus hombres iniciaron el camino de vuelta... lo único que deseaban era llegar cuanto antes a sus barcos y olvidar lo que acababa de pasar... Sólo el propio Enrico echó un último vistazo, y vio como la maleza se cerraba de nuevo, sobrenaturalmente, sobre el claro. Giró sobre sus pasos y siguió a los tileanos... Los sonidos de la jungla volvieron pronto, alegrando levemente sus afligidos corazones.

En la primera parada que hicieron muchas horas después de abandonar el lugar, con todos sus sentidos alerta, hablaron sobre el tema... El capitán expuso lo que la iguana le dijo en sueños y propuso que jamás hablasen de lo que había pasado, que sus memorias olvidasen ese lugar maldito... Al Dux le contarían que nada encontraron, que no existía ciudad alguna, y que las pocas gemas que hallaron estaban en lugares recónditos, de difícil acceso, que no justificaban ninguna otra expedición... Algunos renegaron, diciendo que las riquezas debían encontrarse allí, o no habrían sido protegidas con tanta fiereza. Achacaban la muerte de los que quedaron atrás a los habitantes de la región: Saurios que andaban sobre dos patas, salvajes seres carnívoros... Pero la mayoría acató la decisión del Capitán.

El regreso a los barcos fue mucho más pesado que la ida... Muchos de los disidentes desaparecieron a lo largo de las diez jornadas que duró la travesía sin dejar el más mínimo rastro. Los tileanos decidieron que no pararían por nadie y así lo hicieron. De los cuarenta y dos hombres que iniciaron la marcha en la jungla, sólo una docena llegó a las lanchas.

Sin dar explicaciones a los que les esperaban, levaron anclas y partieron hacia su patria... (...).

El viaje se alargó durante mucho, mucho tiempo... Cuando encontraban una isla, podían procurarse alimentos para mantenerse durante el viaje, pero nadie habitaba en ellas... Los navegantes parecían haberse vuelto locos, o al menos no sabían que diablos pasaba... Tres largos años duró el viaje... Un viaje donde pasaron por lugares que jamás habían conocido antes, y que nadie debería conocer después...

Al atracar en el puerto de Miraggliano, Enrico ordenó a sus escasos hombres, apenas una docena en un único bergantín, que se adecentasen mientras él marchaba a ver al Dux... Junto a él, su siempre fiel Coloccini. Cuando llegaron al Palacio Ducal, fueron recibidos por el hijo del Dux, que no sabía nada de ellos ni de su expedición. Su padre, el antiguo Dux, había muerto tres años atrás de unas extrañas fiebres, agonizando en medio de visiones de monstruos fantásticos en un lugar de locura... En su avaricia, había mantenido en secreto todo lo tocante a la expedición... Así que ellos jamás habían existido... Habían sido, sencillamente, olvidados.

Volvieron cabizbajos y silenciosos al barco. Cuando llegaron, los hombres les esperaban con todo preparado para regresar a sus hogares... Enrico los miró, mientras los del puerto se afanaban en amarrar el viejo casco del bergantín. ‘Marchad... Hasta luego... Y esto nunca pasó’. Los hombres lo miraron por última vez y comenzaron su caminar hacia lo desconocido, su futuro... Coloccini le tocó el hombro: ‘Hasta siempre Capitán’ -Dijo. Enrico le sonrió levemente. Y Coloccini también marchó...

Enrico volvió a mirar el mar... Sus pensamientos le embargaban de duda y desazón, cuando el crujir de la madera del bergantín le hizo girar la testa hacia el sonido... El maltrecho barco, tras los duros años de navegación, había partido su casco y se hundía en la rada... Los marinos se esforzaban, gritándose unos a otros por evitar el desastre.

‘Bien dormido está lo que hay que dejar descansar... Descansa. Nadie más te molestará’ -Dijo en alto. Los marinos le hicieron caso un momento, comentando la majadería que había dicho ese loco. Enrico giró sobre si mismo, cogió sus pertenencias y marchó... La expedición había llegado a puerto.

FIN

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El mendigo se levantó. Todos estábamos boquiabiertos. Nos contempló, apuró su tercera jarra de cerveza y se dirigió a la puerta. Yo corrí tras él.
“Perdone, su merced” -le dije mientras le sujetaba el brazo- “por curiosidad, ¿cuál es vuestro nombre?”.
Miró pausadamente su brazo sujeto. El hecho que tuviese la mano sobre el puño de su ajada espada me hizo reaccionar y soltarlo. Me miró y me dijo unas palabras que me paralizaron: “Mi nombre se perdió en el tiempo. Ahora que si su merced quiere saberlo, en aquella otra vida me llamaron Marco...”- giró sobre sí mismo. Abrió la puerta y me volvió a mirar: “Marco Colloccini”... La puerta se cerró... Tarde unos segundos en reaccionar... Salí tras él, pero allí no había nadie... tal vez la expedición del Olvido existió... o tal vez fue sólo la pesadilla de un loco.


Autor: Voltron. Relato para la Hostería del Gobo Errante, basado en la Historia de Pahuax.

El Fulgor del Dragón

Esta entrada es la continuación de "La Tormenta y el Éxtasis"; publicado como parte de las historias de la Taberna del Gobo Errante. Era la segunda parte de una serie de relatos de fantasía medieval, basadas en las experiencias de un príncipe elfo alto, que, desgraciadamente, no continué. Publicado en 2003. Espero que lo disfrutéis.

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Parte I: La Hueste Oscura.

Allí estaban. Inmóviles, firmes, asombrosamente fríos. Hasta donde llegaba la vista, el horizonte se había teñido con el color del negro corazón de nuestros malditos primos de Naggaroth. Hacía ya días que sus oscuras Arcas habían aparecido en la costa nororiental de nuestra sagrada tierra, Ulthuan. Sus andanzas habían causado centenares de muertos, y varias poblaciones habían sido desoladas. Así que nuestro infinitamente justo Rey Fénix, nos envió para hacer frente a la amenaza que se cernía sobre el centro de Ulthuan. El Príncipe Tyrion, Paladín de la Reina Eterna, guiaba aquella expedición de castigo sobre las huestes del Oscuro Rey Brujo. Malekith había humillado a mi pueblo mil veces, y era el responsable de la desaparición de Tiranoc bajo las aguas, así que numerosas afrentas serían vengadas ese día.

Mi hueste de nobles se había unido al ejército de Tyrion. Yo había pasado, por tanto, a ser uno de sus lugartenientes. Mis habituales acompañantes se habían incorporado a unidades a lo largo del campo de batalla. El Príncipe Valeirion, mi fiel amigo, estaba integrado junto con sus camaradas de Caledor. Levin de Saphery y sus ayudantes, Kharedin y Alandrin, se habían situado junto con los grandes archimagos y magos que frenarían la Magia Negra de nuestros adversarios. Limeth, mi habitual portaestandarte, estaba mezclado en una de las unidades de Yelmos.

El despliegue era impresionante. El enemigo mostraba sus armas sin pudor. Docenas de terroríficos lanzavirotes se habían situado en los acantilados de nuestra izquierda. Dos grandes unidades de nuestros primos montados sobre extraños y repugnantes reptiles, formaban en el centro de su línea. Las elfas brujas, excitantes y odiadas, levantaban sus aclamaciones al impío dios Khaine, Isha lo maldiga. Traté de localizar con la vista al general enemigo. Druchii con grandes espadas, dirigiendo a bestias salidas del averno, de múltiples cabezas, horrendas arpías... Vi un reluciente sujeto a lomos de un enorme reptil, tal vez el más fuerte entre sus hermanos. Parecía que allí estaba.

Comenzó a llover, como hacía habitualmente en la costa de Ulthuan. Los rayos de magia, de energía extraterrenal, comenzaron a elevarse a lo largo de todo el campo de batalla. Nuestros Asur permanecían impávidos ante la proximidad de la batalla, fríos en su exterior y ardientes en su interior. Me encontraba cerca del paladín de la Reina Eterna. Vi su rostro preocupado, observando la cantidad del enemigo. Le vi observar sus lanzavirotes y susurrarle algo a un correo de Ellyrion; remirar a nuestras tropas. Teníamos mucha caballería, pero con el suelo mojado difícilmente podríamos sacarle toda la ventaja. Varios lanzavirotes se montaron a nuestra diestra.

El Príncipe Tyrion desenvainó su espada. El fiel Maldanhir se encabritó. Cuan formidable era aquel corcel¡¡¡. Se giró. Me miró y me ordenó hacerme cargo de los de Caledor. Él se quedaría con el gran regimiento de Yelmos que formaba el centro de la línea. Me saludó y marché a unirme a Valeirion y sus nobles Príncipes de Caledor.

Tyrion y yo nos conocíamos de hace tiempo. Al fin y al cabo yo era el amante esposo de la Gran Doncella de la Reina Allarielle, de la que él era Paladín. Habíamos tenido muchos encuentros en la corte, e incluso medimos en alguna ocasión nuestros aceros por deporte... A mí me parecía un gran comandante, el Gran Comandante de los Asur... (...).

Con Walladrian desenvainada me presenté ante los nobles de Caledor. Un hurra surgió de sus labios cuando encabrité a Khadan ante ellos para ocupar mi puesto en la línea. Miré hacia atrás. Vi a mis nobles, encabezados por Valeirion un par de filas por detrás. Ajusté las cinchas, preparé a Khadan, acariciando su siempre cálido pelo, y esperé atento la orden del Gran Príncipe Tyrion.

Un gesto de su mano fue suficiente. Avanzamos hacia el infierno... Comenzaba a llover... (...)


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Parte II: La más bella mirada.
Allí estaba ella. Hermosa, blanca, virginal,... bella como una vestal de los Templos de Isha... Sentí el corazón salirse de mi pecho, estallar de felicidad para vaciar mi cuerpo de sangre. Cuando sus ojos, azules, marinos, intensos,... se clavaron en los míos, vi el infinito reflejado en ellos, todos los amaneceres del mundo, el horizonte azul. Y cuando sus carnosos labios rojos besaron los míos, creí morir.

Allí estaba la que embargaba mis sueños en las heladas noches de Norsca, la que alimentaba mi fuego como la leña alimenta el hogar, la que me salvaba del olvido. Allí estaba Naladrin, Gran Doncella de la Reina Eterna... mi amante, mi amiga.

Tras el desembarco en Lothern, pase junto con ella un par de días de ensueño, mientras todos los presentes para el Rey Fénix, otorgados por docenas de poblaciones tribales de Norsca y ciudades blancas de Kislev, eran dispuestos para la marcha. Fueron los dos días más felices de los últimos meses. Rememoré toda la belleza de mi isla en los ojos de mi amada, paseando por los largos paseos portuarios de Lothern, y por los intrincados bosques de abedul a los pies de sus murallas. Cabalgué la espesura con la luna a mi lado, sintiendo su susurrante voz aplacar mis sentidos con intensas palabras de amor.

A los dos días la comitiva partió. Antes llegó el momento del hasta pronto a los amigos, supervivientes gracias a Isha de la desventura de Norsca. Abracé sentidamente al Gran Príncipe Valeirion, líder de mis nobles guerreros de Caledor; fervorosamente me invitó a pasar unos días entre sus familiares, oferta que en principio rehusé, pero luego, y tras su insistencia, dejé en suspenso de lo que el Señor de los Asur ordenase para su obediente servidor.
Más larga aun fue la despedida del gran señor de la magia Levin de Saphery, mi inestimable amigo. Junto a él marchaba Kharedin, su joven aprendiz en los eternos saberes de la magia. Su rubia melena giró reluciente contra el sol cuando encaminó su corcel hacia el norte.
Todos, salvo mi guardia de Yelmos de Tiranoc y la guardia personal de Naladrin, partieron, uno a uno o en grupos en espera de la próxima aventura...

Nosotros también partimos hacia la capital de nuestro reino... Allá el Rey Fénix esperaba mi informe...


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Parte III: La carga de los valientes.
El sudor bajo mi yelmo dorado, mezclado con el agua de la incipiente lluvia, comenzó a rodarme por el rostro. Podía escuchar el fatigado corazón batiente de Khadan en medio de aquella terrible vorágine. Los nobles a mis espaldas cabalgaban al trote ladera abajo. Delante nuestro, las cerradas filas de druchii comenzaban a agitarse preparándose para el próximo golpe.

A cada trote de Khadan mi mente parecía trasladarse a otro lugar alejado de aquel horror... a las salas del trono de Asuryan, inundadas de luz y de cánticos, en amargo contraste con la oscuridad de la escena que mis ojos contemplaban, aun queriéndolas ignorar en aquellos instantes. Volvía mentalmente a cada trote de Khadan hacia mis aposentos, con mi lecho cubierto por la inmensa y radiante belleza de Naladrin, a las alegres mañanas de primavera en la costa de Lothern, a mis amigos, próximos y lejanos...

A cada poco un chasquido y el estallido de los petos blindados de mis hombres me anunciaban que algún virote gigante había alcanzado a mis tropas... Miré a mi derecha, a las alturas del acantilado desde donde nos atacaban los lanzavirotes destripador enemigos para ver como uno era devorado por las llamas de Asuryan, invocadas con seguridad por Levin de Saphery y sus compañeros...

Escuché nítidamente el grito de las águilas de las montañas de los Annulii sobrevolándonos entre todos los agudos sonidos, que me enloquecían, estallando a mí alrededor...

El trote se convirtió en galope al poco tiempo... Walladrian salió de su funda, brillando ardientemente en espera de su alimento de oscura sangre... Las manchas de los rostros de nuestros adversarios comenzaban a tornarse en facciones precisas. A mi izquierda escuche con cierta inquietud el choque brutal de los Yelmos bajo el mando del Gran Príncipe Tyrion contra los engendros reptiloides de los Druchii... Ni siquiera miré, esperando y rogándole a Isha por la suerte de mis Asur.

Frente a mí las lanzas de los druchii y sus afiladas espadas tornáronse brillantes con cada paso que dábamos hacia ellos... Otro racimo de virotes nos alcanzó de lleno... Uno de ellos me impactó y penetró mi armadura con un golpe de dolor sobre mi pecho, pero la luz protectora de Isha lo hizo desparecer, irradiando desde mis brazaletes con fuerza... Esta vez no escuche gritos de dolor a mi espalda, sino de ánimo y de guerra... Seguro que ninguno de mis Príncipes, nobles de Caledor, había caído....

Observé rápidamente de nuevo la batalla antes que el choque me introdujese en los infiernos durante unos minutos... Miré a mi izquierda, arriba, para ver como los lanzavirotes enemigos se extinguían tras una certera y mágica andanada de los nuestros... Sobre ellos las águilas y las horrendas arpías luchaban con ferocidad... Más abajo, el Gran Príncipe se habría camino entre los reptiles a golpes de espada, tan certeros como devastadores... Vi como las astillas y miembros saltaban en pedazos cuando dos carros chocaban contra la masa de caballeros, oscuros y blancos, despedazándolos igualmente, sin distinguir entre primos...

A mi derecha, un enorme monstruo de numerosas cabezas yacía panza arriba, acribillado a virotazos... Las brujas, bellísimas y enloquecidas vírgenes de Khaine, chocaban contra mis amigos de Cracia, mis compañeros de fatigas, que aguantaban a pie firme la embestida de las bellas, dejando sus hermosos cuerpos privados de sus correspondientes cabezas en pocos instantes... Más allá, cerca de la orilla del mar, con las Arcas negras como horrendo tapiz, nuestras tropas chocaban violentamente sus armas contra las de nuestros primos... No había piedad y eso quedaba de manifiesto, cubriendo la sangre la húmeda arena, licuándola con la mezcla de la lluvia que ya inundaba las calzas de nuestros corceles, dificultando la carga...

El choque estaba tan próximo... Las lanzas bajaron, apuntando firme a uno y otro de mis lados hacia el frente... Vi los ojos del Druchii frente a mí iluminarse con el terror... Luego su cabeza saltó por encima de Khadan...


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Parte IV: La Recepción.

El camino se hacía descansado con la compañía alegre de mi brillante compañera. La bruma matinal era seguida por el sol blanquecino de los medio días de Ulthuan, y los tonos rosados del cielo de los atardeceres más tranquilos que jamás he observado. La amena conversación que me proporcionaba la que inundaba mis pensamientos en las frías noches en las Tierras del Norte, la que calmaba mi mente con su preclara belleza cuando el peligro más horrible me acechaba, permitió que los tres días de marcha entre la ciudad de la costa y la capital de los Asur pasasen como pasa el halcón sobre el cielo claro de Ulthuan, raudos como un corcel de Tiranoc...

Nuestra llegada fue bien recibida por amigos casi olvidados. Besos y abrazos por doquier rodearon a la bella Naladrin y a mí mismo proveniente de todo tipo de amigos y conocidos, que nos esperaban con ansia desde hace días. Buscamos acomodo en la Ínsula que poseíamos a las afueras de Caledor, y enviamos mensajero al Rey Fénix para ser recibidos. La respuesta nos llegó en pleno desempaque, con mis criados y lozanos donceles trabajando a tajo para la fiesta de bienvenida que la bella paladina de la Reina Eterna me quería agradecer. En la mañana del día siguiente su majestad el Rey Fénix y la Reina Eterna de los Asur me recibirían para mayor gloria de mi nombre y de aquellos que sucediesen mi linaje...(...).

La fiesta fue bellísima, con formidables fuegos de artificio traídos por el buen viajante Gondel de Lothern, primo de Naladrin, de las lejanas tierras del Catai. Los amigos brindaban en mi nombre y en el de la anfitriona a cada sorbo del excelente licor de mimosa que catábamos. La cena tuvo hermosísimos y deliciosos platos traídos de los cuatro puntos cardinales del Viejo Mundo... Carne asada de Alce gigante traída de las lejanas y frías tierras de Kislev; Fritzs con almendras de Altdorf; deliciosos pasteles de Moras verdes de las Montañas de Estalia; vino Remesiano; Pasteles traídos de Arabia; Zumo de Mandrágora de las Prohibidas tierras de Nagarythe... El baile subsiguiente fue la oportunidad perfecta para entregarle mi presente a mi amada concubina.

Sus brillantes ojos azules se abrieron ante la belleza, sólo semejante a la suya misma, de la piedra que el buen Zar de Kislev me había regalado por mis servicios. Sus carnosos labios del color del rubí comenzaron a musitar el encantamiento de mi nombre, las palabras de amor prohibidas a otro Asur y que ya hace lejanos años me enamoraron. Nos fundimos bajo el techo de la luna y las estrellas en el más hermoso beso de amor...(...).

La comitiva, de brillantes armaduras plateadas y pieles de leopardo perfectamente limpias, paró frente a las puertas del Palacio de los Reyes de los Asur. Desmonté de Khadan y ofrecí mi mano a mi amada. Esta descendió a mi lado. Medio centenar de criados comenzaron a sacar de los carros los presentes de cien naciones entregados a mi persona para mayor gloria del Rey Fénix... Avancé sobre la alfombra de color azul, de brillante terciopelo, con mi amada del brazo, y atravesé las puertas de Asuryan adentrándome en el Palacio que tan bien conocía.

Instantes después, estábamos frente a las puertas del Salón del Trono. Una voz familiar me sacó de mi concentración. Mi buen amigo el Gran Príncipe Tyrion se adelantó para abrazarme. Me dijo que había sido llamado por el Rey para encargarle una misión, y que la misma me concernía a mí también... No hubo tiempo para más comentarios, ya que las enormes puertas del Trono se abrieron ante nosotros...

Allí estaban hermosos y radiantes nuestros formidables monarcas. El rostro blanquecino y de sonrosadas mejillas de la más bella Asur que Isha haya creado nunca, salvo la excepción de mi amada Naladrin, se iluminó de alegría al vernos. Su hermosa sonrisa inundó de alegría la estancia. A su lado, el formidable Señor de los Asur nos hizo el gesto de acercarnos. Hicimos una reverencia he invitó a mis acompañantes a sentarse en los sillones dispuestos a propósito...

La recepción y las sorpresas que seguirían iban a comenzar...


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Parte V: Muerte sobre la playa.

El choque fue tan brutal que la mitad de mis hombres fueron derribados de sus monturas por el mismo... Muchos Druchii cayeron ante el ímpetu de la mejor caballería del Mundo con sus gaznates rebanados o sus pechos ensartados por las largas lanzas de los Nobles Príncipes de Caledor. Los cascos de nuestros hermosos corceles trotaban sobre el barro y la sangre, pisoteando a los caídos, estorbados por los miembros amputados y por los cuerpos derribados.

La lucha se volvió terriblemente cruenta con el asalto de un regimiento de Druchiis armados con grandes espadas, los conocidos como los asesinos de la ciudad de Karond Kar, tierra yerma que Vaul maldiga por siempre. De entre ellos surgieron como venidos de la nada dos oscuros asesinos que degollaron a Zaundor y a Kordreril, dos de mis mejores caballeros. Las espadas cortaban y sesgaban a diestra y siniestra, el dulce hedor de la muerte inundaba el húmedo ambiente de la playa, mientras que los sonidos de la lucha, insensible al sufrimiento, ahogaba los lamentos de los inmortales hermanos derribados con su roja sangre derramada.

Walladrian volaba de lado a lado como si tuviese vida propia, una vida para la muerte de los inmortales, una vida para salvar otra vida, la mía... Buscaba a lomos de Khadan a un enemigo de mi talla, al jefe del Regimiento de Verdugos o al general del ejército. Uno de los asesinos me asaltó con un rápido movimiento que no pude esquivar, hundiéndose el envenenado cuchillo de mi enemigo en uno de los huecos de mi armadura. Lancé un breve grito, antes justo que la luz que me protegía inundase mis guanteletes, arrojando con un ímpetu de energía mágica al asesino hacia atrás. Khadan rotó hacia el enemigo derribado. Le miré a sus oscuros ojos antes de encabritar mi corcel, que lo pisoteó hasta la muerte.

Miré en un respiro a mí alrededor. La batalla no parecía tener fin en el horizonte... La lluvia, cada vez más abundante, inundando nuestros sentidos con su golpear sobre las armaduras, convertía el panorama en algo sacado de la más cruel de las pesadillas... Miles de Druchiis yacían, luchaban, se formaban en líneas, combatiendo contra las blancas figuras de los Nobles de Ulthuan... La destrucción y la muerte como culmen de la misma surgían en cada recodo de aquella maldita playa de nuestra costa Oriental. Las Arcas Negras del enemigo destacaban sobre el mar, como una aciaga visión de nuestro futuro...

Volví a la lucha... Los lanceros druchii se retiraban en desorden, pero su hueco era tomado por la firme Guardia Maldita del Señor de los Druchii. Ordené que el pífano tocase reorganización... Trotamos unos pocos metros hacia atrás. Giré la grupa de Khadan, quién respiraba con una fuerza que inundaba mis oídos... El sudor y el agua de lluvia se mezclaban con la sangre de los enemigos que me había salpicado. Vi como los pocos supervivientes de mis Príncipes se reunían conmigo... Algunos de los nuestros luchaban aun a pié por reunirse con nosotros, o por sus vidas rodeados por la horda negra.

Miré a mi diestra y vi como el triunfo inicial del Príncipe Tyrion se había tornado en una lucha desesperada en la que no se vislumbraba vencedor... A mi zurda nuestros lanzavirotes y la magia habrían grandes huecos en las formaciones de nuestros primos, algunos de los cuáles comenzaban a recular. Era el momento de la decisión...

Contemplé a los enemigos que se reorganizaban en mi frente, a los nobles príncipes de Caledor, de Tyranoc, de Lothern, de Saphery,... vendiendo caras sus vidas tras haber sido derribado de sus corceles... De repente, entre la multitud vi al Príncipe Valeirion derribado y combatiendo a pié por su vida...

No esperé, debía salvar a mi amigo como fuese... Encabrité a Khadan e inicié la carga, seguido por un centenar de nobles hijos de Ulthuan que trataban de salvar su tierra... Luchábamos por la Reina Eterna y por nuestra vida misma...Y mientras galopábamos hacia la muerte, invoqué el nombre de Isha y su protección... y recordé a la bella...


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Parte VI: El Conocimiento del Gran Dragón.
Preparaba nuevamente mi equipaje, silencioso, pensativo. Derolon, mi doncel personal se apresuraba empaquetando mis pertenencias mientras yo analizaba la situación... La recepción con el Rey me había deparado numerosas sorpresas, como la aparición como secretario personal de mi antiguo rival Marthelor de Saphery, Isha lo maldiga por su estupidez y su incapacidad, y Vaul de a nuestro amado Fénix la voluntad de no ser manipulado por semejante antítesis de los Asur verdaderos.

No obstante, la mayor sorpresa fue el anuncio de la proximidad de varias Arcas Negras en el Norte de nuestra amada tierra. El Rey ordenó al Gran Príncipe, mi querido amigo Tyrion el mando y organización de un ejército presto a responder a una probable invasión. E ahí el motivo de mi nueva marcha, ahora cuando la felicidad me había alcanzado de nuevo en los brazos de mi amada Naladrin, la Joya de los Asur, la más bella de las Doncellas de Asuryan, la Paladina de las Doncellas... (...).

Bellos destellos de la blanca que ilumina la noche se reflejaban sobre el hermoso rostro que mis ojos contemplaban, extasiados, enamorados, ... Su voz, aun cuando temblaba por la emoción y las lágrimas, sonaba cual dulce tintineo de campanillas en mis oídos... Me dejé embriagar por su dulzura en la nueva despedida, y caí rendido una vez más en sus brazos a la pasión... (...).

La partida estaba a punto de producirse. Una hueste de Yelmos de mi Guardia Personal se disponía reluciente bajo los primeros rayos de la mañana de Asuryan, mientras una cohorte de carros de pertrechos y criados se arremolinaban en su retaguardia. Había pactado el punto de reunión del ejército en el pueblo de Gurmerin, al noreste de Tyranoc, diez días después de la recepción. Suponíamos que los Druchii ya habrían desembarcado para entonces, y conoceríamos el alcance exacto del peligro. Mientras, águilas gigantes de los Annulii los vigilarían, informando a los sabios de Saphery. Un mensajero partió a buscar a cada uno de mis nobles en cien direcciones diferentes. Yo partía a buscar a mi buen amigo el Príncipe Valeirion de Caledor, y su hueste de Nobles y orgullosos Príncipes Dragón. Así aprovecharía para conocer su hacienda y a su poderoso padre, el Príncipe Asurax de Caledor, el Gran Guardián del Dragón...(...).

Los ojos de Naladrin se acuáron una vez más tras nuestro eterno beso de “hasta pronto”... Ella sabía que la lucha estaba próxima, e incluso ella misma debía organizar a la Guardia de las Doncellas por si era necesaria una segunda, dolorosa, expedición... Me alejé perdiéndome en sus ojos marinos, en la infinita promesa de lujuria y amor que estos desprendían... Me alejé camino de Caledor con su rostro penetrando las profundidades de mi mente, y la esperanza del regreso pronto y victorioso, una vez más, a los brazos de mi amada...(...).

Dos días de ameno camino nos llevó llegar a Caledor. Los Asur de Caledor son en general orgullosos y no se sorprenden con facilidad. Así las cosas, nuestra presencia en sus tierras no levantó el menor síntoma de sorpresa, como ocurría habitualmente entre otros elfos menos orgullosos, que nos recibían a mi persona y el séquito que me seguía con agasajos sin parangón... Todo esto era ignorado por los Nobles de Caledor... El camino hasta el hogar de Valeirion, rodeado de hermosas adelfas y pinos silvestres, con torrentes de agua clara cayendo por las rocas, y con cientos de pájaros cantándonos para transportarnos a un mundo de fantasía, se hizo ameno y breve... Cuando llegamos frente al Portón del Dragón, una gran valla con la forma del cráneo de uno de estos legendarios seres, ya una comitiva de amigos nos esperaba, informados de nuestra llegada.

Descabalgué, y sonriente avancé hacia mi amigo, fundiéndome en un gran abrazo con el Dragón...(...). Su sonrisa preclara me abrió el camino hacia su padre, un Asur Noble y poderoso, un gran señor en su aspecto y en su corazón... Hice una gran reverencia ante el Gran Dragón, el héroe de mil batallas... El Gran Señor Asurax...

Con un benevolente gesto me obligó a incorporarme, mostrándome con gestos y palabras su agradecimiento ante mi visita... Sin dudarlo me aceptó como a un hijo, y me agasajó con una gran fiesta esa misma noche... una noche que me reservaba una enorme sorpresa...(...).


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Parte VII: La Blanca Dama.

Cabalgué entre la lluvia, los virotes, los gritos de guerra y de muerte... Apreté las cinchas entre mis dientes mientras empuñaba a Walladrian con mis dos manos, dispuesto a descargar mi golpe mortal... El agua y el sudor inundaban mi yelmo, cegándome... Como un rayo de luz vi pasar ante mí, sobrevolando el campo de batalla, clara sobre la oscuridad del mismo, contrastada con el negro y confuso color de nuestros primos, con el tapiz de las Arcas Negras, a la Blanca Dama que venía a buscar a los bravos que caeríamos en aquella carnicería...(...).

El golpe de Walladrian sesgó la cabeza de uno de los alabarderos druchii. Una vez probada la sangre del enemigo, no paró de buscar objetivos, volando de un lado a otro mientras la Blanca Dama se regocijaba con la matanza... Recuperé un poco mi conciencia y control para observar a Valeirion, herido por un virote y acorralado contra una roca por media docena de espaderos y alabarderos oscuros. Cabalgué como el rayo, susurrando mis órdenes a Khadan, que voló sobre una muralla de alabardas enemigas para alcanzar a mi amigo.

Allí fui derribado... Un fuerte golpe cerca de mi nuca me descabalgó... Sin embargo me incorporé segando la vida de mi enemigo con un fuerte golpe... Khadan huyó hacia nuestras líneas, mientras yo le seguía con la mirada. Un rápido vistazo me dio la certeza que nuestra esperanza se acababa. Los Príncipes de Caledor se retiraban en desorden, tras verme ser derribado, perseguidos por las huestes oscuras... A mi zurda los Yelmos de Tyrion continuaban su férrea lucha, mientras que a mi diestra la batalla seguía inconclusa, con tanto blanco como negro cayendo sin vida...

Me centré de nuevo en mi próxima supervivencia... Atravesé a un guardia de Naggaroth y miré como a pocos metros de mí Valeirion se encontraba a punto de ser atravesado. Grité, mientras decapitaba a otro druchii que estorbaba mi paso, y me arrojé sobre los que asediaban al noble Príncipe de Caledor... Mi aparición sorprendió a los ya victoriosos druchii, demostrándoles que los Asur estábamos lejos de ser derrotados... Dos vuelos de Walladrian sirvieron para reducir el número de nuestros asediadores a la mitad, pero entonces...

Entonces una andanada de pequeños virotes arrojados por cuatro ballesteros a mi izquierda me alcanzaron de lleno... Uno de ellos perforó mis defensas, hiriéndome el costado... Grité ahogadamente, mientras trastabillaba hacia atrás... A duras penas guardé el equilibrio. Me apoyé en Walladrian un instante, para ver como los enemigos cobraban nuevas fuerzas y vitoreaban a los malditos ballesteros oscuros... El resto de la batalla no importaba ahora... Sólo nuestra supervivencia...

De entre la docena larga de enemigos que nos asediaban surgió uno, aparentemente su líder, que sugirió contundentemente a los tiradores que se apartasen... Se presentó brevemente, como Aranor de Karond Kar, y me atacó sin darme tiempo a responderle... A mi retaguardia, escasamente a tres metros, Valeirion sangraba abundantemente por sus heridas, pero amenazaba espada en mano a cualquiera que se acercase... El golpe del druchii no me sorprendió, como su traicionero arte pretendía, parando a duras penas su golpe... Confiado en mí debilidad, atacó dos y tres veces más, tratando de romper mi defensa y jaleado por los impuros que contemplaban la escena con la seguridad de la victoria.

A pesar de que el dolor de mi herida me cegaba, impuse mi voluntad, y a la quinta acometida del orgulloso druchii, Walladrian encontró como obligarle a acompañar a la bella y blanca señora con su maldito dios... Su cabeza rodó en la arena, bebiendo sus labios el agua mezclada con la sangre y la arena por última vez... (...).

No les sentó muy bien la derrota del líder a sus hermanos de camada, ya que empuñaron firmes las alabardas y espadas, dispuestos a darme la oportunidad de reunirme con mis ancestros en el regazo de Isha... Sin embargo, desconocían cual es la fortaleza mental de un protegido de Vaul... La lucha fue brutal, segando una decena de vidas inmortales y recibiendo varias heridas antes de retroceder junto a mi amigo herido...

Caí a su lado, aunque con mis pocas fuerzas conseguí ponerme de pié para ensartar a otro enemigo. El hermano que yacía a mi lado me agradeció que hubiese acudido a buscar la muerte con él, a lo que le contesté que aún no estábamos muertos, y apoyé mi aseveración con un nuevo salto hacia delante y dos vuelos de Walladrian que no pillaron carne, pero que obligaron a los cada vez más abundantes primos oscuros a apartarse un poco...

Les miré a los ojos, viendo el odio en los mismos, y sabiendo, ahora sí, que la suerte estaba echada... Respiré profundamente y me preparé para su última acometida... (...).


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Parte VIII: El regalo y el Dragón.
Aquella fue una gran noche. Asurax repetía cada rato los brindis con la sabrosa Agua de Azaleas, una deliciosa especialidad de la región de Caledor que comenzaba a subirse a la cabeza de muchos de los presentes. El calor de las ninfas que nos acompañaban, de la carne de asado con esencia de lilas, del agua de azaleas, y, sobre todo, de la próxima batalla que nos aguardaba, nos inspiraba ardientemente a mí mismo y a los compañeros Príncipes de Caledor que compartían aquella noche.

Al finalizar con los postres, decidí salir a pasear al inmenso jardín que rodeaba la hacienda del Gran Príncipe... Con dos hermosas criaturas pendiendo de mis brazos, me deslicé en el comienzo del baile, y a pesar de sus ruegos, hacia la gran puerta vidriada que daba a una escalinata que desembocaba en un pequeño lago del color de la plata, con la luna reflejada en reverberaciones de pálidos rayos sobre las aguas... Me quedé contemplándolas, extasiado, tal vez por el efecto de las azaleas, tal vez por la tensión de lo que estaba por llegar...

Arinne de Zolemar, una de mis acompañantes, uso su sedoso pañuelo para secar la lágrima que rodaba mi mejilla, plateada ante la pálida luz de la luna. Miré su belleza, sus hermosos ojos, que tanto me recordaban a los de mi amada Naladrin. Su tono meloso y seductor me invitaba a probar su miel, tentación que traté de contener con el pensamiento de mi concubina, preparándose para la guerra con sus compañeras... Besé a mi acompañante en su delicada mejilla, lejanamente de lo que ella esperaba, y me volví para repetirlo sobre el de Salamin, mi segunda compañía.

Ya estaba en los discursos finales, con brindis y choque de copas de oro, mi anfitrión Saurax, y ya estaba mi amigo y fiel camarada Valeirion, hijo del Grande, viniendo a componer mi sitio en la mesa para el brindis final y los regalos, para mayor disgusto de las dos bellas.

Saurax inició su discurso guerrero, entre constantes aclamaciones de los bravos Dragones de Caledor. Nos invitaba a los presentes a regresarle la cabeza del odiado comandante de los oscuros druchii, ofertando riquezas sin par para aquel que consiguiese el tributo pedido. Las aclamaciones llegaban al punto del éxtasis, mientras las copas se entrechocaban con vivas y salutes.

Llegó el momento en que el Gran Señor Saurax se dirigió a mí. Me levanté y me dirigí hacia la majestuosa presencia. Allí me nombró su hijo, con un gran abrazo acompañado de nuevas aclamaciones y vítores de mis compañeros. Valeirion vino a mí, como hermano, a fundirse en un largo abrazo. Pero Saurax nos interrumpió...

Salimos al jardín, frente a la balconada, uno a uno... todos los invitados. Me aseguró que para firmar mi amistad y el hecho de defender la tierra mítica de los Asur con sangre como sólo el bravo Tyrion es capaz -cosa que me hizo enrojecer, ya que ningún Asur puede compararse al gran señor de la guerra, mi estimado amigo, el príncipe Tyrion-, iba a hacerme entrega de un valioso regalo. Rápidamente, con una reverencia, comencé a explicar que no era necesario, que poseía su amistad, más de lo que cualquier inmortal podía desear... Sin embargo me hizo callar. Un fuerte silbido rítmico, como una voz ululante venida de lejanas estepas salió de sus labios.

Repitió el proceso dos veces, ante el silencio de los convidados, antes que escuchase aquello por primera vez... Un viento que se escuchaba en la lejanía, un viento que ocasionaba algo similar a un golpe seco, como contra un tambor. El Gran Asur me miró sonriente, y señaló hacia la noche con su enjoyada mano... Sobre la luna, se recortó una enorme figura, de alas batientes, mientras una exclamación de sorpresa y admiración salió de la multitud. La figura fue tomando forma rápidamente, y en un instante depositó sus enormes garras sobre la arenosa superficie distante unos metros de la escalinata... Un agudo grito salió de su garganta... Por fin, y tras limpiarnos los ojos de la arenilla que sus poderosas alas habían levantado pude ver al inmenso ser. !!!!Era un mítico dragón blanco¡¡¡¡. Estaba seguro que aquellas legendarias criaturas hacia milenios que habían desaparecido, aunque también había escuchado leyendas sobre su protección en Caledor.

El Señor Saurax me invitó a bajar la escalinata... Yo me dejé llevar, con mis ojos clavados en la gigantesca criatura que había aterrizado a unos treinta metros, paralizado por la sorpresa y, tal vez, por el miedo que su enorme presencia influía. Montamos en una de las barquillas y dos paladas nos depositaron en la orilla, a pies del gigante escamoso. El olor a azufre que desprendía la criatura era fortísimo. Su agudo graznido silbante casi nos ensordece. Su cabeza bajó hasta rozar la arena, y con un enorme golpe se tumbó ante su Señor.

Saurax lo acarició, al igual que Valeirion, quién le susurro algo cerca de su oído. Los ojos de la criatura se clavaron en los míos. Notaba mi miedo, parecía examinar mi alma.

“Ella es Zalema, la hija de Sanzdia, destructor de la horda que hundió tu pueblo hace milenios. Ahora es tuyo, si un dragón puede tener dueño. Es tu compañera, y te servirá cuando la necesites”. Dijo Saurax.

Mis ojos no podían apartarse de la criatura, y apenas podía moverme ni responder. Sin embargo, en un gesto dirigido e irracional, puse mi mano sobre su escamosa piel y la acaricié. Un soplido de complacencia surgió de las enormes fosas nasales de Zalema...

No lo podía creer... Tenía un dragón...


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Parte IX: La Muerte Blanca.
Toda mi larga vida pasó por mi mente como el rayo que precede al trueno, el trueno que precede a la tormenta, la tormenta de golpes que aquellos hijos malditos de Naggaroth estaban ansiosos por descargar por mi cada vez más debilitado cuerpo. Probablemente alguna de las armas que me hirieron estaba envenenada, o tal vez la sangre, que manaba abundante por la herida abierta en mi costado, estaba acabando mi resistencia física. Pero aun había mucho Asur en mi cuerpo como para rendir la batalla... (...).

Desafiante, levanté mi vista y la fijé en la de mis enemigos... Mi cabeza repetía al observarlos, con sus rostros repletos de odio ancestral, el nombre de mi amada Naladrin. Con cada latido de mi corazón, el deseo de salir de allí crecía, pero no podía demostrar mis temores...

Levanté a Walladrian dispuesto a vender cara la vida mía y de mi hermano tendido. Apenas estaban los negros primos de los Asur a unos pasos de mí, armas en ristre, dispuestos a vencernos y matarnos, cuando algo sorprendente pasó... Uno de ellos izó su vista... Lo sé por qué había clavado mis ojos en los suyos, pensando que sería el primero en atacarnos... Vi como su rostro se tornaba oscuro, como sus facciones cambiaban a una mueca de horror, a un intento de grito que quedó vencido por la enorme llamarada que le cubrió, junto a unos cuantos más de sus hermanos...

Mientras el enemigo se consumía y huía, dejándonos en el mundo de los vivos, giré mi rostro y vi tras de mí, sostenida en el aire por el poderoso batir de sus alas, a Zalema, cabalgada por el Señor de los de Caledor, Saurax... El enorme dragón descendió a mi lado, y de su lomo descabalgó el padre de mi amigo. Con gestos ostensibles me indicó que cabalgase a la bestia, cuando ya más dragones nos sobrevolaban atacando a los Druchii desde todos los puntos. Como pude me incorporé, y Zalema agachó su cuello para que pudiese deslizarme a su enorme lomo sin dificultad... Saurax tomó mi puesto junto a su hijo.

Me ajusté sobre la silla, y justo cuando un gran virote que buscaba cercenar la vida del enorme ser que montaba se clavaba entre sus garras, sobre la arena, con un enorme golpe de ala comenzamos a ascender. Zalema emitió uno de sus agudos chillidos, parecidos al graznido de los cuervos sobre los acantilados perdidos de la costa de Bretonia o de Albión finalizados en formidables torres mitológicas, y con ese chillido comenzó a sembrar la destrucción sobre los ya desbandados oscuros.

A mi siniestra, sobre el mar, vi como uno de los grandes dragones que habían acompañado a Saurax, era abatido por un par de enormes virotes disparados desde el Arca que estaba atacando. Como fuere, las llamas se habían prendido del Arca, sobrevolada por media docena de dragones milenarios. Susurré una orden a Zalema, que volvía a chillar, llamando a los dragones a reunión. El enemigo estaba derrotado y se retiraba en medio de enorme sangría que provocaban los virotes de flechas y máquinas de guerra que daban caza a los rezagados.

Sobrevolé la playa, aclamado bajo la lluvia por las tropas que sobrevolaba. Sin embargo no podía alegrarme. Muchos hermanos yacían ensangrentados mezclados con los oscuros druchii. “No hay victoria en la carnicería”, me dije...

Lloré...


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Capítulo X: Tiempo de vivir.
Zalema agitó una vez más sus gigantescas alas, depositándose con firmeza sobre la fina y mojada arena de la playa. La lluvia resbalaba por mi rostro, mezclándose con la sangre mía y de otros, para caer sobre su duro lomo, acompañando al resto de gotas de lluvia como si fuese una más, sin saber que cada una de ellas llevaba consigo nombres, historia y almas.

Erguí levemente mi cabeza para ver a los que me aclamaban frente a mí. Mis sentidos estaban aún en la batalla, así que las aclamaciones se volvían insensato silencio para mis oídos. Giré despacio mi rostro hacia el acantilado que había quedado a mi espalda. Sobre la arena vi la carnicería; cientos de cuerpos se extendían por la anteriormente blanca arena de aquella maldita playa de Ulthuan, maldita y bendita por siempre en los anales de los Asur, tiñendo el paisaje gris por la lluvia con el color rojo oscuro de su, nuestra, derramada sangre.

Entre todos los Asur que aún quedaban en pie o a caballo, surgió la imponente figura del Grande, del Príncipe Defensor de Ulthuan, del Gran Príncipe Tyrion. Descabalgó de Malhandir para asir la cabeza del general enemigo y, elevándola sobre la suya entre aclamaciones de victoria, comenzó a cabalgar hacia la subida al acantilado... (...).

¡¡¡Valeirion, mi fiel Valeirion!!!... La duda me asaltó de repente, centrándome en mi momento actual. Me palpé para notarme vivo, pasé la mano enguantada para apartar un poco la sangre y la lluvia de mi casco, y acaricié a la gran Zalema, que ya se agachaba para mi descabalgadura. Miré hacia el frente, oteando entre los que me enfrentaban con ardor y pasión por la victoria y la venganza. Zalema se posó, mientras otros dragones aterrizaban cerca. Descabalgué.

El primero en venir a abrazarme fue mi gran amigo Levin, que se fundió en un gran abrazo con mi cuerpo, al que yo no podía corresponder, no sólo por mis heridas y falta de fuerzas, si no por mi preocupación. Besó mi mejilla sucia y me miró a los ojos... Intuí, sin hablar, que conocía mi pregunta, mi duda, y que conocía la respuesta... Me cogió de la mano y giró hacia la turba de Asur victoriosos. Alandrin se me aproximó también, tratando de ocuparse de mis heridas, pero mi urgencia no dejaba tiempo para ello... Ya habría tiempo de vivir, tiempo de curar... Ahora era tiempo de saber... (...).

Los Asur abrían hueco para dejar paso hacia la profundidad del acantilado. Ya quedaba Zalema muy atrás. Allí estaba. Tumbado junto a una gran roca, atendido por su padre, el Gran Saurax, y por dos Galenos, mi amigo. Muchos otros yacían junto a él, entre los que vi mi buen estandarte Limeth, con heridas en uno de sus brazos, y mi buen Kharedin, al que la energía mágica de los hechiceros enemigos había dañado. Con mis últimas fuerzas me dejé caer junto a ellos, y abracé, sentidamente a mis amigos, en un abrazo largo que reflejaba bien a las claras la tensión sufrida... Lágrimas de alegría y dolor recorrieron nuestros rostros... (...).

Me dejé caer sobre mis espaldas, cansadas de llevar la armadura... La lluvia empapaba aun mi cara, mientras Levin y un galeno de la corte, llamado Ulthior, al que conocía, empezaron a ocuparse de mis heridas. Apenas podía moverme. Lo único que quería era descansar y olvidar. Una sombra tapó mi cara, apartando la lluvia momentáneamente de mí. Abrí mis ojos de nuevo, lentamente, para contemplar al General de generales, al mayor Asur de nuestra época, contemplándome sonriente. “Buen trabajo. Vive para disfrutar de la victoria, hermano”. Esas palabras de ánimo retumbaron mis oídos en un instante. Sonreí al Gran Tyrion, y esté me devolvió el gesto... Luego giró sobre sí, y la lluvia volvió a humedecer mi rostro, al tiempo que los vítores me ensordecían... Me desmayé... (...)


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Capítulo XI: El Fulgor del Dragón.
Abrí mis ojos. Los volví a cerrar. Me dolían con la luz. Intenté abrirlos de nuevo, entornándolos. Me ayudé con la mano derecha, vendada... Delante de mí comenzó a hacerse visible la imagen rubia y cuasi adolescente, casi parecida a un dios por su belleza, del hermano Levin, mi amigo más querido... Alargué mi maltrecha mano hacia adelante tratando de alcanzarle, y el accedió, entregándome la suya. Sonreí...(...).

Estaba en una elegante habitación, en el palacio del Gran Príncipe de los Caballeros Dragón, Saurax, padre del Gran Valeirion, superviviente, como yo, de la Batalla de Althian o, como sería más conocida, la Batalla de los Nueve Dragones. Levin me explicó que mis heridas eran graves, especialmente la herida del costado, que había alcanzado uno de mis pulmones, pero que mi sanación era rápida y sería completa. Si me encontraba débil aún era por la gran pérdida de sangre que había sufrido. También me contó como Saurax decidió que le acompañásemos y abusásemos de su cortesía hasta que estuviésemos totalmente repuestos.

Me contó Levin que el Príncipe Valeirion estaba grave, pero que en los dos últimos días había mejorado notablemente de sus heridas, y los galenos esperaban que en un mes estuviese totalmente recuperado. Kharedin había recibido un rayo de energía negativa, y había sufrido quemaduras en su rostro y pecho. Sin embargo, su gran vigor mágico y los cuidados de los galenos garantizarían que apenas quedasen secuelas. Limeth de Cracia, mi lugarteniente, ya caminaba con bien, aunque debería abandonar un tiempo su empleo como Estandarte de nuestra hueste, debido a su brazo en cabestrillo. Ya perseguía a las ninfas de Caledor como habitualmente hacía en la corte de Asuryan.

A través de la ventana escuchaba la vida, las risas de los Asur en sus juegos, los cánticos de los pájaros y de los trovadores, contando épicas presentes y pasadas, o recitando poesías de amor que los enamorados aprovecharían para sí. El sol inundaba la estancia. La vida regresaba a mí, y con ella mi deseo de ver a mi más amada Naladrin. Levin me informó, con cierta melancolía, que ya había avisado a la bella, y que su llegada era pronta.

Pasaron dos días, y ya me encontraba con fuerzas para mantenerme en pié un rato. Aquella noche se anunciaba la llegada de mi más bella amada, y quería estar con bien. A la hora de la cena, y a pesar de las protestas irritadas de mi compañero Levin, decidí bajar a recibir a mi amada. Entré en la estancia apoyado en mi amigo, una estancia donde ya había estado hace días, pero ahora mucho más vacía, entre los caídos y los heridos. Saurax me invitó a acompañarle en el lugar a su vera, donde su hijo Valeirion debía estar de no encontrarse aun postrado. Allí hablamos por tiempo y tiempo, entre plato y plato, de la batalla, del presente y del futuro, de la vida...

Al finalizar, salimos al jardín exterior... La sensación del aire en mis mejillas me transmitió frío, aunque también la firmeza de quedarme allí hasta la llegada de la bella. Su aparición no se hizo esperar. Sentí la admiración a su belleza de mi anfitrión, y su calor al apoyarme la mano en el hombro, como signo de complacencia con la elección de mi amada. Está subió las escalinatas con presteza, clavando sus azules ojos, en los que me perdería sin duda en los míos. Hizo una reverencia a nuestro anfitrión, y me abrazó con pasión, besándome en un beso largo y sentido, mientras una lágrima se derramaba por su pálida y cálida mejilla. La salud me volvió en un instante de pasión.

Un grito hueco se escuchó en la noche. Giramos nuestras cabezas hacia el oscuro cielo, con la incipiente luna en el horizonte, y vimos el brillo de las escamas de Zalema, rasgar el cielo como la luz, convertida en la protagonista, en un bello haz de luz blanca... El Fulgor del Dragón.


FIN.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La Tormenta y el Éxtasis

Esta entrada presenta el primero de una serie de tres relatos en un entorno de un mundo de fantasía, publicados como parte de las historias de la Taberna del Gobo Errante, un blog creado por uno de mis grandes amigos, Álvaro. En este caso, es un relato que publiqué por partes (tiene catorce), aunque se lee con ligereza y facilidad. Es el primero de una serie de relatos sobre un Príncipe Elfo, aunque finalmente se quedaron en tan sólo dos. Escrito en 2003, espero que os guste y entretenga.

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Parte I: De nuestra partida hacia el Lejano Norte.

Diluviaba. Elfos y corceles caminaban con sus cabezas encogidas tratando de refugiarse de la lluvia y del terrible frío de aquellas tierras extrañas. Aquella tormenta maldita golpeaba nuestras sufridas cabezas desde hacía ya dos días, desde que dejamos las tierras de Kislev y nos adentramos en las tribales tierras de Norsca.

La llamada efectuada por Gurman Eriksson, jefe del poblado nórdico de Kavliac, para que el ejército de Kislev acudiese en su ayuda fue escuchada y atendida. La fortuna y el buen Dios Vaul quiso que nosotros estuviésemos en los salones del Palacio del Zar en aquellos instantes, en visita de protocolo, enviados por el Rey Fénix para ofrecer un acuerdo comercial al frío emperador de Kislev. El mensajero del jefe bárbaro llegó exhausto, y legó su mensaje de auxilio antes de fallecer entre los brazos del Capitán de la Guardia de Lanceros Alados, Mirsha Ommelov... Como muestra de buena voluntad, mis Asur y yo nos ofrecimos a acompañar la expedición de apoyo... esperaba que así, mi ayuda sirviese para abrir lazos de amistad entre el pueblo de los elfos de la sagrada tierra de Ulthuan y los rudos nórdicos. Al parecer, una agresión desde los desiertos del Caos amenazó el poblado de Gurman, y este, incapaz de frenar a las hordas de la Oscuridad pidió ayuda a sus amigos, y entre ellos estaba el Zar de Kislev... (...)

Allí marchábamos doscientos soldados de Kislev y mi hueste personal de nobles elfos. Yo avanzaba en cabeza, junto al Príncipe Valeirion, líder de mi hueste de Príncipes Dragón, y mi formidable amigo Levin, uno de los más sabios magos de Ulthuan. El frío azotaba nuestros rostros con la gélida llamada de la muerte... Con el paso de las leguas, el agua se convirtió en nieve, lo que hizo aún más penoso nuestro avanzar... Al tercer día, la tormenta cesó... Tan repentinamente como se originó, la tormenta dejó paso a un cielo soleado, más propio de las lejanas tierras de Estalia que de las frías tierras donde nos encontrábamos...

Por primera vez en esos tres días decidimos detenernos y acampar en condiciones, tratando de agrupar y dar descanso a las tropas. Yo acampé junto a mis nobles. Mis orgullosas unidades de Yelmos Plateados y de Príncipes Dragón estaban agotadas... Necesitábamos ese descanso si queríamos entablar batalla con un enemigo que aún nos era desconocido.

Cayó la noche... la fría noche ártica... Los corceles comenzaron a removerse y relinchar de miedo cuando el sonido inconfundible del aullido de los lobos llegó hasta el campamento... Así era difícil conciliar un sueño profundo, y fue eso lo que probablemente nos salvó... Los guardianes puestos en los cuatro costados del campamento se dieron cuenta al unísono que algo se acercaba. Había en el ambiente una dulce sensación de placer y de muerte... Cuando gritaron el al arma prácticamente nadie estaba ya durmiendo; mis príncipes estaban ya pertrechados para la inminente batalla. Pero era una batalla que no buscábamos... de noche no podríamos usar los fuertes contingentes de caballerizas que formaban el ejército... Yo mandaba cuatro huestes de Yelmos Plateados, una de Príncipes Dragón, y contaba con un par de carros de mi tierra, pero carecía de ninguna infantería decente, más allá de mis sirvientes y los acompañantes de mis nobles. Por parte de los de Kislev, contaban con dos formaciones de caballería y cuatro pequeñas unidades de infantería. Así que hicimos lo único que podíamos hacer, montar barricadas, tumbar a los caballos y esperar.
Levin y sus acompañantes comenzaron a realizar rituales mágicos, mientras la sensación de muerte crecía. Nada se veía en la cerrada noche... es más, salvo nuestra respiración pesada y el relincho de nuestros corceles, nada se escuchaba ya... ni siquiera el aullido de lobos cazadores y malditos...

Silencio... silencio pesado de muerte... silencio intranquilizador. Nada en el horizonte. La amanecida quedaba aún lejana, por lo que no era una opción esperar la luz... sabíamos que la muerte llegaría antes. Me dirigí hacia el Coronel Monteanu de Praag para ver que disponía para mis tropas cuando un sinuoso lamento de mujer llegó a nuestros oídos... Me incorporé con mi espada Walladrian desenvainada... Nuevamente se produjo el lamento, pero esta vez me pareció un lamento de placer... luego le siguió otro, y otro más, ... Cientos de gemidos de placer cubrieron la noche. Surgían de todos los rincones, rompiendo nuestra templanza... Varios hombres de Kislev se izaron de sus posiciones para acudir al encuentro del placer cuando cuchillas salidas de la nada los atravesaron... Al menos un centenar de eróticas diablillas se arrojaron sobre nosotros, seguidas de otros engendros del mal.

La batalla fue breve pero sangrienta. Walladrian volaba de un lado a otro trazando círculos de muerte en mi entorno, mientras mis nobles degollaban a docenas de bárbaros enloquecidos... El círculo en nuestro torno se fue cerrando peligrosamente, cuando una iridiscente luz azulada iluminó el centro de nuestras defensas a nuestra espalda... Yo no aparté la mirada del enemigo al que me enfrentaba, una dulce y seductora engendro del caos que me invitaba al goce y el placer, pero sentí el calor de la magia de Levin a mi espalda... Una explosión de luz rompió por detrás mío arrasando la planicie hasta las arboledas próximas... El choque de la luz acabó con los engendros enviados por los dioses oscuros y devolvió la oscuridad y el silencio al pequeño claro.

El alba llegó por fin... Era hora de contar los muertos... Habíamos perdido una treintena de soldados de Kislev y a tres de nuestros hermanos... Además una veintena de criados habían muerto o desaparecido... Los enterramos y nos preparamos para marchar de nuevo. El cielo raso, soleado, golpeando nuestros yelmos para hacerlos brillar, iluminaba de nuevo nuestra marcha... Fue entonces cuando él llego... (...)

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Parte II: El Encuentro.
Era un hombre absolutamente imponente. Su cabeza sobresalía sobre la testuz de los dos yak que tiraban del enorme carro que montaba... su estatura era superior a los siete pies de altura. Observé como Monteanu se le acercaba con una gran sonrisa y lo abrazaba. El rostro del titan no reflejó afecto alguno... sólo reflejaba cansancio y tristeza. Hice una señal a Levin para que me acompañase y avancé, paso decidido, hacia el gigante y su comitiva de mujeres y tullidos.

Él era Gurman Eriksson. Tras las presentaciones de rigor nos comunicó que continuarían la marcha hasta el poblado de Busiak, trece millas al este... su pueblo no debía existir ya, y debía reunir al ejército de su clan para hacer frente al enemigo, numeroso, seductor y brutal... Obviamente decidimos acompañarles. Junto a Levin y el Coronel Monteanu, nos pusimos a cabeza de la comitiva, escuchando la narración de Gurman mientras avanzábamos.

El poblado fue atacado hacía doce jornadas. Al principio fueron huestes de bárbaros decadentes los que se lanzaron a la lucha, siendo fácilmente frenados por el ejército que Gurman reunió a los primeros indicios de peligro. Sin embargo, tras ellos llegaron las entidades demoníacas, los engendros del caos y, finalmente, los Guerreros de Slaanesh, el del nombre maldito mil veces, acompañados por demonios mayores y caballería pesada. Aunque consiguieron aguantar tres días de asaltos continuos, matando a centenares de engendros y bárbaros, al final tuvieron que ceder... En un último esfuerzo, consiguieron evacuar la mayor parte del pueblo con un puñado de guerreros, mientras el resto afrontaba la muerte con el espíritu de los berseker en sus venas. Gurman aguantó con sus hombres, consiguiendo salir del poblado por un auténtico milagro. Al parecer, lo que nos atacó la noche anterior no es más que la vanguardia del ejército del maldito dios de la perversión y la decadencia, Vaul lo maldiga.

Gurman estaba herido y apenas le quedaba una docena de guerreros con los que combatir. Los situamos en el centro de la comitiva de marcha, mientras avanzábamos, ahora mucho más en silencio, entre la nieve y los bosques, saltando con los nervios a flor de piel en cuanto escuchábamos cualquier sonido procedente de la espesura. Todos sabíamos en nuestro interior que tarde o temprano las huestes de la decadencia nos alcanzarían y tendríamos que luchar. Sabiamente, el Coronel Monteanu desplegó exploradores a vanguardia y retaguardia de la expedición, en previsión de un ataque traicionero de las fuerzas del mal.

Avanzamos durante horas sin casi dirigirnos la palabra, en un silencio apesadumbrado y mortecino. El sol fue cayendo, y nuevas nubes de tormenta comenzaron a cubrir el azul. El lugar por donde discurría nuestro avanzar era maravilloso: atravesábamos caminos de cabras con desfiladeros de locura a un lado y bosques de pinos al otro. La nieve, brillante, blanca, fría... lo cubría todo. Cuando la tarde comenzaba a cerrarse en mortecina noche, vimos nuestro objetivo. Allá, en el valle que teníamos frente a nosotros, a unas cuatro o cinco leguas, estaba un tranquilo pueblecito construido en las márgenes del río. Aparentemente, y aunque si se veían claramente los parapetos y defensas, la vida discurría tranquilamente. Eso nos alivió, ya que significaría que podríamos descansar y refugiarnos, y que al menos esa tribu todavía no había sido pervertida por el culto del mal...

Descendimos la montaña, y con el manto de la noche llegamos al pueblo. Erik Mortensson, cuñado de Gurman y jefe del poblado nos recibió con los brazos abiertos. La tormenta volvía a amenazar la tranquilidad de la noche, por lo que se nos invitó a encontrar cobijo. Se situaron guardianes, se encerró a los corceles en establos confortables, y todos acudimos a la sencilla, aunque ruidosa fiesta que ofrecían nuestros anfitriones.

Deliciosa cerveza caliente calmo nuestro frío, mientras las hembras bárbaras preparaban reno asado y caldo de oso, un curioso preparado caldoso, cuyo principal ingrediente era la sangre de oso. Muy espeso, aunque sabroso, podía aportar a un elfo suficiente energía como para pasar un día entero sin alimento. Comenzó, como en otras fiestas bárbaras a las que había asistido en mis embajadas, el tiempo de las sagas, historias que aquellos bárbaros consideraban reales como la historia de nuestros antiguos. Algunas de ellas se remontaban a la época de los primeros hombres, allá cuando nuestros padres los Ancestrales abandonaron el Viejo Mundo y cuando nuestra magia acabó con el primer Imperio del Caos.

Fuera, el ulular del viento, convertido ya en ventisca, helaba los corazones más puros, por lo que se agradecía la buena conversación junto al fuego, y las mantas de piel de oso que las hembras nos habían proporcionado. Los hombres de fuera debían estar pasándolo realmente mal. Sin embargo, mientras me acercaba para contemplar la noche a través de la ventana, pensé que si algo me tranquilizaba era que la tormenta también afectaba a nuestros adversarios, y que, por lo menos esta noche, nos dejarían descansar tranquilos.

Me volví hacia la saga. Era realmente épica, y narraba como Kurgen Mortensson, antepasado de los dos jefes bárbaros que se habían encontrado, se enfrento en persona al gran líder del Caos Misinska, el Asolador, y como consiguió salvar a su pueblo resistiendo el sólo a la horda de maníacos asesinos que formaban aquel singular ejército del impío dios de la Sangre. La verdad es que la narración me absorbió, haciendo que la noche se pasase rápido como un corcel de Tyranoc... Tyranoc, mi tierra; la echaba de menos en instantes como aquellos... El caso es que finalmente el titan bárbaro sucumbió frente al mismísimo Misinska, del que ya había escuchado ciertas leyendas, y su pueblo fue exterminado, pero gracias a su sacrificio, dos niños y una niña se salvaron para poder refundar su clan, y proclamar a los cuatro vientos la venganza de su raza...

La tormenta continuaba fuera, aunque ahora parecía que con menos fuerza. Mis nobles y yo nos retiramos a dormir. Mañana podría ser el día de la batalla, y debíamos estar descansados para aguantar a las huestes de la Oscuridad. Antes de acostarme, me dirigí a nuestro Dios, el Gran Vaul, y le solicité me diese valor para afrontar la muerte con la misma voluntad que había afrontado la vida que se me permitía vivir. Pedí por mis nobles príncipes y por mis yelmos. Me levanté y, atravesando la tormenta, me dirigí al establo para confortar con mi presencia a mi fiel Khadan, mi corcel... El tacto exquisito de su suave piel me llevaba en aquellas ocasiones hasta mi tierra en la costa de Ulthuan, a contemplar frente a mí los hermosos cabellos de la bella y noble Naladrin, mi concubina... Seguro que me echaba de menos.

Regrese a la casa. El frío era propio del infierno. Oteé antes de entrar la zona donde debían estar algunos de los vigías, y observé sus encorvadas formas, ateridos por el mortecino frío... Luego, descansé.

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Parte III: El Sueño.

El alba nos alcanzó con el cese de la tormenta; un alba hermosa, donde los destellos cansinos del buen padre Sol nos calentaban a través de los ventanales, permitiéndonos desperezarnos con mayor alegría a la habitual. Yo me incorporé, estiré mis músculos y observé por la ventana. Había nevado mucho. Algunos bárbaros trabajaban ya quitando la nieve con palas de las puertas de sus hogares. Sonreí, pensando en la tranquila vida de aquellos humanos, en sus chiquillos correteando y tirándose bolas de nieve, y sus rudas mujeres cocinando reno entre risas y vida. Cerré los ojos para imaginármelos mejor. Fue entonces cuando el buen dios Vaul me iluminó con su sabiduría, advirtiéndome.

Caí sobre mis rodillas, ojos cerrados, puños ceñidos. En mi mente vi como una hueste lujuriosa e impía atacaba el pueblo. Vi a los niños correr seguidos por depravados seres con objetivos libidinosos. Vi las cabezas de aquellos orgullosos bárbaros ondeando sus cabellos al viento, ensartadas en largas picas. Vi a las mujeres violadas y degolladas, o entregadas a la obscenidad y poseídas por inmundas diablillas. Vi la destrucción del pueblo... Grité y caí sobre mi espalda, con las manos tapándome el rostro... Seguí dejando a mi mente jugar...

Quería situar todo aquel horror para poder enfrentarlo... Quise retroceder en el tiempo y entonces nos vi a nosotros. Habíamos salido a buscar al enemigo. Avanzábamos, prietas las filas, brillantes las armaduras bañadas por el sol, lanzas enjoyadas en ristre, entre un paraje de ensueño, con un riachuelo congelado a nuestra derecha y grandes pinares a nuestra izquierda. Los renos pastaban al otro lado del río, rebuscando los escasos brotes que el invierno había dejado. De repente, el sol se ocultó. Me vi en mi cerebro levantando la vista, esperando encontrar las negras nubes que amenazaban tormenta, cuando vi unos seres de pesadilla, alados, negros como el abismo sobrevolarnos, como salidos de la nada. Había cientos... En mi mente cayeron sobre nosotros, mientras criaturas de pesadilla salían del bosque y del riachuelo congelado, devorándonos. Los renos se convirtieron en engendros salidos del mismísimo infierno, que degollaban todo lo que había frente a ellos.

Todos mis nobles fueron desapareciendo ante mis ojos. Cuando quedaba sólo yo, apareció ante mí la visión misma de la sensualidad tratando de tentarme, pero mi gran dios Vaul me hizo permanecer firme. Saqué a Walladrian y cargué a lomos de Khadan. Lo último que vi antes de quedar cubierto por la masa de engendros fue la sonrisa pervertida del engendro salido de mil infiernos... Grité y me incorporé... No abrí los ojos, aunque notaba las manos que habían acudido a ayudarme y calmarme... Mi mente seguía jugando... Volví a ver ese paisaje idílico, traté de identificarlo... Un puente... lo subí, y giré el camino, ¡¡¡el pueblo!!!... El alba nacía, y un engendro pasó...

Abrí los ojos... Allí estaba Levin preguntándome que había ocurrido, que tenía... No contesté... Miré afuera y vi que el alba estaba surgiendo... Y un pensamiento me llegó... el enemigo estaba llegando... Me giré, y antes que dijese nada, todos sabían lo que pasaba... Una sola orden y todos los nobles hijos de Ulthuan se pusieron al tajo... Salí buscando a los jefes bárbaros y les conté lo ocurrido, pidiéndoles que empezásemos a construir y fortificar las defensas.

En un par de horas todo estaba preparado... Mis nobles Príncipes Dragón estaban formados bajo el sol, a lomos de sus magníficos corceles bardados, mostrando el orgullo de la mejor caballería del Viejo Mundo. A su derecha formaban mis Yelmos Plateados, brillantes bajo el sol triste del invierno... Habíamos montado cuatro lanzadores de virotes tras las fortificaciones en la dirección del puente. Los Lanceros de Kislev habían formado a la izquierda de mis nobles. La infantería bárbara y de mis amigos de Kislev estaban en frenética actividad cargando y fortificando cada casa... El sol estaba ya alto, cuando llegó la caballeriza que habíamos mandado de avanzada, dándonos noticias del terrible ejército que se avecinaba...

Mire a Levin, y a una indicación mía, se dirigió junto con los Chamanes de la tribu nórdica y los sabios kislevitas, e iniciaron rituales taumatúrgicos para protegernos de los engendros de la oscuridad. Gracias a Vaul, no habíamos acudido a encontrar nuestra muerte en una emboscada traicionera, pero el peligro no había pasado... Ahora es cuando teníamos que dar lo máximo de cada uno de nosotros para no sucumbir a la fuerza del deseo y de la seducción, a la orgía de muerte que se nos avecinaba... Ahora es donde íbamos a demostrar que éramos elfos y hombres de verdad... La nobleza de Ulthuan entraría en juego...

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Parte IV: La Batalla de Busiak.

Con paso firme me dirigí hacia Londer, mi aprendiz, que sujetaba a Khadan, ya inquieto por la inminente batalla. Mire al joven doncel élfico de dulce mirada, y le acaricié el hombro para confortarlo. Le dije que se comportase como yo le había enseñado, pero que recordase que las armas de Ulthuan no se rinden ni huyen jamás, para buen contentar de nuestro adorado Vaul y mayor gloria del Rey Fénix, nuestro señor. Subí a lomos de mi montura, y acaricié su cuello, tranquilizándolo, al tiempo que notando su calor, su templanza, que me volvían a mostrar los cabellos sueltos de Naladrin reflejados en sus negras crines. Lo encabrité y giré hacia los nobles de Ulthuan que me miraban impacientes por la batalla.

Giré mi cabeza hacia el Coronel Monteanu, que me hizo un gesto de aprobación mientras montaba a lomos de su pesado caballo de guerra. Luego mire hacia los jefes bárbaros, que estaban poniendo en orden sus filas de bersekers. La batalla se aproximaba. El murmullo de los seres impíos nos llegaba ya desde la lejanía.

Siguiendo lo previsto, mis carros y los nobles Príncipes Dragón se desplegarían en el flanco derecho, tras una leve loma que les ocultaría. Yo formaría en el centro del Valle, tras los parapetos, que se abrirían a mi carga con mis Yelmos al comienzo de la lucha. A mi izquierda se situaría la caballería bárbara y de Kislev, mandada por el Coronel Monteanu, mientras que los bárbaros esperarían a que los virotes hiciesen mella en el enemigo para asaltar.

El nerviosismo era patente a cada instante que pasaba. De repente, como ocurrió en mi sueño, el sol se oscureció... Decenas de Furias nos sobrevolaron. Aquellas criaturas del Averno tenían una mirada fría y mortal; su horrenda mueca de muerte desprendía un grito que helaba la sangre. Giraron varias veces sobre nuestras cabezas. Yo miré al frente, esperando ver aparecer a los engendros de la oscuridad. Ninguno de mis elfos, ni ningún humano hacía caso a los horrendos gritos que nos sobrevolaban. Todos esperábamos el asalto de la infantería enemiga. Sólo las mujeres y niños que no se habían refugiado todavía corrían aterrorizados a esconderse dentro de las viviendas.

De repente, las furias frenaron sus gritos y picaron sobre nosotros. Calmadamente, levanté la mirada para ver como los engendros del demonio eran despachados por la magia invocada a nuestras espaldas por Levin y sus camaradas hechiceros. Ni uno sólo de nuestros nobles movió un músculo, salvo para calmar a los inquietos corceles, deseosos de ir a la batalla.

La destrucción de las furias debió cambiar los planes del enemigo. Un gran regimiento de bárbaros pervertidos, haciendo obscenos gestos, apareció enfrente de nosotros, por el camino del puente. En sus flancos, de los bosques, aparecieron varios mastines, cubriendo el avance sensual de varios grupos de diablillas. Por detrás de los bárbaros comenzaba a verse los indicios de caballería demoníaca y caballeros pervertidos. Otro regimiento, este de guerreros que desprendían un dulce hálito de perversión, salió por el otro margen del bosque. Me fije bien, pero de momento no se veía a un ser que pudiese ser su general.

El enemigo se detuvo a un cuarto de legua de distancia. Nos observaban mientras sus retorcidas huestes se desplegaban en posición de batalla. Un regimiento de caballería salida de cualquier pesadilla, con diablillas copulando con engendros demoníacos sin nombre, se sitúo en el extremo derecho de la línea, junto a los guerreros. Ahora veía claramente a la caballería enemiga, ha retaguardia, detrás del gran regimiento de bárbaros. Sinceramente, resultaban impresionantes. Si hay alguna montura en el Viejo Mundo que pueda igualarse a nuestros corceles es sin duda los corceles criados en los desiertos del Caos. Allí estaba al menos un elegido del perverso dios de la seducción... Vaul lo confunda... Pero no parecía su general...

Un siniestro sonido llamó mi atención... Era un pesado batir de alas. Miré hacia arriba y allí estaba... Un siniestro ser, salido del quinto infierno, desprendiendo un aura de seducción difícilmente resistible. Su forma era indescriptible, horrenda pero tremendamente sugerente. Hizo una susurrante llamada, una llamada que parecía invitar a un éxtasis de locura y sexo... varios hombres dejaron sus armas y acudieron a ella... algunos fueron sujetos, pero los más desdichados se dirigieron hacia el monstruo. Aterrizó delante de sus huestes, y mato uno a uno a los que llegaron dejando ver su verdadero ser...

Uno de mis regimientos de Yelmos titubeó ante la masacre, pero bastó una mirada y un grito de orden para que guardasen filas. El Coronel Monteanu levantó su mano para dar la señal de disparo a los lanzavirotes bendecidos por el propio Rey Fénix hacia menos de cuatro meses. El ser, seguramente un príncipe de la oscuridad, un antiguo depravado humano consumido por su propia perversión, dio un decidido paso hacia adelante y gritó el asalto... La magia de nuestros magos lo frenaron, pero sus tropas lo superaron por los flancos, rugiendo horriblemente. Sólo la caballería y un par de unidades de bárbaros y guerreros quedaron más atrás.

Cuando hubieron recorrido la mitad de la distancia que les separaba de nuestros parapetos, Monteanu bajó su brazo. Una marea de virotes entró en las prietas líneas de bárbaros y guerreros, ocasionando grande masacre... Los bárbaros titubearon en su carga. Yo ordené con un gesto a las unidades ocultas aparecer... Los nobles del Dragón y mis carros benditos, asolaron el flanco enemigo, pisoteando a los mastines hasta llegar al horrendo regimiento de diablillas, que se evaporaron abandonando el mundo material. El príncipe de la Oscuridad, recuperado del impacto mágico, voló sobre uno de nuestros carros, devastándolo.

Era el momento. Otra andanada acabó con la resistencia de los bárbaros y masacró a las diablillas montadas. El choque de los guerreros enemigos contra nuestros parapetos fue brutal, pero los hombres de Kislev aguantaron bien el envite... La caballería y las reservas enemigas comenzaron su avance, mientras la magia y los Príncipes Dragón comenzaban a hacer mella en el oscuro líder enemigo. El parapeto se abrió a nuestra carga... Di la señal de avance, firmes las líneas sobre la dura nieve. Primero al trote, luego al galope y finalmente, toque de carga... Los Yelmos de mi flanco alcanzaron al líder enemigo y a un grupo de bárbaros, aniquilándolos, y eliminando la unión del príncipe demonio con el mundo real... Mis Yelmos avanzaron para chocar con la caballería enemiga... Lanzas rotas y relinchos de corceles heridos sonaron por doquier... Yo decapite con un tajo de Walladrian al primer enemigo con el que choqué. Sin embargo, el enemigo era muy fuerte, y nuestras bajas fueron grandes en el envite. Por suerte, los lanceros de Kislev, a nuestra derecha, estaban aplastando a un regimiento de guerreros enemigo, que flaqueó al perder al Príncipe demoníaco de su vista... Los hurras a nuestra espalda indicaban que la batalla se estaba tornando a nuestro favor, pero en mí alrededor yo no lo veía. Mis Yelmos sucumbían ante el poder oscuro de los salvajes caballeros enemigos, y estaban siendo aniquilados. Me centré en combate singular con un fornido ser con una sugerente máscara de mujer... Sus labios parecían pedirme ayuda, o amor... Dejé a Walladrian guiarme y amputé la pierna derecha del monstruo, que cayo de su montura. Desmonté, para acabar con él... Cuando me giré para retomar la montura de Khadan, un monstruoso guerrero, montado en un gigantesco corcel quedó frente a mí... El corcel, engendro de cien infiernos, se encabritó... Creí llegado mi último momento...

Sin embargo, el ser me miró a través de su casco, y, tras descabalgar de un golpe a uno de los de Kislev que se había unido a la lucha, me dijo: «Nos veremos... te esperaré toda la eternidad». El corcel demoníaco se encabritó de nuevo, y cabalgó abriéndose camino con golpes letales de su gigantesca y brutal arma para desaparecer junto con sus supervivientes en el horizonte...

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Parte V: Sangre sobre la nieve.

Mire hacia el suelo y cerré los ojos. Me dejé caer sobre mis rodillas. Walladrian escapó de mi puño y cayó, sangre y acero, sobre la nieve... Una lágrima de dolor se deslizó por mi helada mejilla... Los vítores a mí alrededor no podían alejar de mi el horror que sobrevenía tras cada batalla. Además estaba aquel ser del Averno... Tenía que haber acabado con él. Algo en mi interior me lo decía una y otra vez...

Khadan me rozó la mejilla. Abrí los ojos para ver la salvaje devastación que cubría el valle. La nieve se había vuelto roja de repente. Los bárbaros, incluidos Gurman y Erik, saqueaban y despedazaban los cadáveres de los enemigos, colocando sus cabezas de forma brutal sobre picas puntiagudas. Algunos de mis Yelmos agonizaban sobre la nieve, auxiliados por sus compañeros... ¿Cuál es la nobleza de la muerte?. Aquellas nobles cabezas de Ulthuan yacían ahora sobre la nieve a punto de perder su hálito de inmortalidad. Los dragoneros de Valeirion ayudaban a los tripulantes del carro destruido a salir de entre los restos. Sobre el suelo, tendidos en charcos de noble sangre roja pude ver a Bonil, Erandil y Cornarion, tres grandes amigos... A los kislevitas no les había ido mucho mejor... tenían decenas de muertos. Monteanu estaba tumbado sobre su noble Goliath, que había sido muerto, con el muñón de su brazo derecho ensangrentado, mirada perdida...

Horas después, haciendo el recuento de las bajas, nos dimos cuenta de cuan cruenta había sido esta victoria. Los bárbaros perdieron una docena de muertos y otros tantos heridos. Nosotros tuvimos dieciséis Yelmos muertos, cuatro dragoneros, un tripulante de Tyranoc, el noble Taridic, y ocho discípulos muertos, entre ellos mi fiel Londer... y muchos heridos. La peor parte se la llevó Kislev, que perdió a cuarenta hombres y unos cincuenta heridos. Sin embargo, los incontables cadáveres del enemigo, reflejados en el camino de picas rematadas en cascos y cabezas cortadas que unía el pueblo de Bursiak y el puente, reflejaba bien a las claras cuan grande había sido nuestra victoria.

Ahora sólo nos restaba sanar a los heridos, enterrar a los muertos, y prepararnos para la persecución del enemigo. Comenzamos rápidamente esa labor. Los elfos de Ellyrion salieron para encontrar el rastro del enemigo, mientras tratábamos de reunir los regimientos con las tropas que nos restaban. Mientras los preparativos se llevaban a cabo, yo me aparte para orar a Vaul, dándole gracias por su aviso y por la victoria... Levin se me acercó, tratando de reconfortarme. Le abracé, y quedamos largo tiempo en ese lugar, dándonos el calor necesario el uno al otro.

El anochecer caería pronto, y las sagas llegarían con la celebración de la victoria y con los recordatorios de los muertos. La cerveza correría por la estancia y el olor del reno asado calmaría y consumiría el olor de la muerte que todo infestaba. Mañana sería un nuevo día, un día de honor, donde daríamos caza y acabaríamos con nuestros adversarios... Los Guardianes llegaron con nuevas noticias... el enemigo estaba en franca retirada. Muchas bajas iba dejando por el camino, y no había rastro del icor de los demonios... La batalla estaba ganada. Podríamos descansar.

Antes de acudir a la fiesta visité el lugar de nobleza que era la cabaña para los heridos... Olía a muerte, pero también a valor, a lucha, a honor... Abracé a mis nobles heridos. Los elfos curamos rápido las heridas, aunque alguno de mis buenos nobles no volverían a ver la luz del día. Llegué hasta el Coronel Monteanu. La fiebre y el delirio le estaban consumiendo. Una hermosa mujer nórdica estaba dándole friegas de agua de zanobia, una planta curativa de la zona. Me quede largo rato observándolo, falto su brazo, ardiente su frente, luchando como un bravo contra la muerte inminente. Me agaché, le rocé el rostro con mi mano, y recé... Luego me despedí para siempre de mi bravo amigo.

La fiesta comenzaría pronta. Y luego el descanso de la noche...

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Parte VI: Los que no volverán.
La noche pasó tan rápido que apenas parecía que hubiésemos descansado. El amanecer, brillante y hermoso, nos regocijó con sus luces de victoria. Sin embargo, un vistazo al exterior servía para devolvernos a la melancolía y el recuerdo de los que ayer vivían como nuestros amigos y hoy yacían bajo los pinos. A mi mente vino raudo el recuerdo de Monteanu. Mientras me ponía mi armadura de Mithrill, le cursé órdenes a Valeirion, para que dispusiese la hueste para marchar, y rápidamente me dirigí a la cabaña de los heridos, a ver si mi buen amigo había sobrevivido al suplicio de la noche.

Según avanzaba sobre la blanca nieve, dura por el hielo nocturno, envuelto en mi piel de lobo gris, observé que algunos de nuestros compañeros no habían soportado la noche. Los nórdicos sacaban cadáveres envueltos en pieles de yak, amontonándolos sobre la paja, para que la escandalosa sangre no nos trajese imágenes peores a nuestras doloridas mentes.

Retirando mi mirada de aquellos valerosos guerreros, reducidos a trozos de carne sin vida, entré en el lugar de dolor y honor. Los gemidos de los heridos inundaron mi mente con las imágenes del sufrimiento de aquellos valientes. Me dirigí hacia el camastro donde estuvo Monteanu. Si, estuvo, ya que ya no estaba... Lo que temí se había producido. Él era uno de los cadáveres del exterior. Junto a su camastro, recogiendo sus pertenencias, estaba Ommelov, capitán de los lanceros de Kislev, y ahora nuevo comandante de las tropas kislevitas. Con una lágrima rodando mi mejilla, le mostré mi condolencia. El me ofreció el mando de la expedición, dándome su sensación y deseo de venganza. Teníamos que partir en breve, a recuperar el poblado de Gurman, y acabar con el horror que había asolado esas tierras. Le abracé con afecto, y le invité a acompañarme.

Salimos de nuevo al sol. No pude evitar mirar con tristeza el montón de pieles que ocultaban los cadáveres, entre los que estaría mi amigo kislevita. Levanté la vista para ver los preparativos de la partida de guerra. Miridian, el Heraldo de los de Ellyrion, se aproximó a lomos de su corcel para recibir mis órdenes. Les solicité que partiesen abriéndonos camino junto con los arqueros de Kislev y un grupo de guías nórdicos. No debían luchar bajo ningún concepto. El pueblo de Gurman se hallaba a cien leguas de distancia, y a caballo podíamos estar en dos días.

Junto a Ommelov fui a ver a los jefes bárbaros. Erik discutía con Gurman cuantos guerreros podía llevarse. Intervine en la disputa para precisar que nos bastaría con que nos dejasen carros para llevar a los hombres e ir más rápidos. Nos quedaban unos ochenta infantes entre nuestros aprendices y tiradores, y los supervivientes de Kislev. Nos acompañarían una docena de guerreros bárbaros.

Los lloros de las mujeres nórdicas despidieron nuestra marcha. Los regimientos reformados tras las bajas se veían imponentes, encabezados por Ommelov y sus alados. Los carros de bueyes y yaks continuaban transportando toda nuestra infantería y suministros. Cerrábamos la marcha los hombres del rey Fénix, los espléndidos Yelmos, el carro que nos restaba y mis nobles Dragoneros. Me quedé al final de la línea de marcha, junto a Levin y Gurman. Giré a Khadan, encabritándolo. Quede cierto tiempo contemplando a los que nos despedían, con lágrimas en los ojos y gritos de esperanza. Me quede contemplando el lugar de honor donde nos habíamos batido como leones con los enviados del mal, donde muchos de los nuestros habían dejado sus fértiles vidas para mayor gloria del Rey Fénix. Quede mirando el lugar donde había dejado muchos amigos que no volverán. Y eso es lo que temían los del pueblo. Que nosotros tampoco volviésemos.

Levanté mi mano para despedirme de la tribu de Busiak, y troté, Gurman a mi derecha, Levin a mi izquierda, para incorporarme a la marcha. El enemigo nos esperaba.

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Parte VII: El camino del recuerdo.
La marcha sobre la nieve fue larga... Por donde pasábamos encontrábamos paisajes idílicos que nos recordaban nuestras fértiles tierras de Ulthuan, algunas veces terriblemente mutilados por los oscuros poderes que los habían cruzado, como nuestra sagrada tierra lo fue por el infame Rey Brujo. El marchar era más o menos tedioso, lo que me dio tiempo para recapacitar sobre los acontecimientos pasados, sobre lo que acababa de pasar y sobre lo que deje atrás hace ya tiempo...

Dejé que mi mente fluyese a lomos de Khadan, y me retrotraje a mi partida de mi querida Ulthuan hacía ya cuatro lejanos meses. Vi a la hermosa doncella Naladrín, mi concubina y una de las más hermosas damas de la corte. La conocí hacía ya doscientos largos años en unos festejos en el Palacio Real de Ulthuan... Yo acudí a la invitación del Rey Fénix con mis nobles de Tiranoc. Y allí estaba la reina más hermosa que el Viejo Mundo ha conocido, la hermosa reencarnación de Isha, Allarielle. Junto a ella estaba aquella hermosa y delicada criatura de la que me enamoré nada más verla... Orgullosa, con su rubia melena suelta y sus armas en ristre, reflejaba todo lo que nuestra raza es, hermosa pero peligrosa, orgullosa pero delicada,... una maravilla de los Ancestrales.

Recordé aquella tarde en el puerto de Lothern, cuando mi bergantín se preparaba para zarpar. Vi su bellísimo rostro blanquecino ultrajado por las lágrimas que rodaban su mejilla ante mi partida. Mi corazón saltaba excitado como el de un joven doncel elfo, notando como la emoción del amor más puro inundaba mi ser. Recordé el tacto delicado y dulce de sus carnosos labios en la despedida, y mi promesa de traerle la más bella de las joyas del continente, la joya más apropiada para la más hermosa joya de Ulthuan.

Mis nobles amigos me dicen que estoy loco cuando digo que Naladrín es más bella que la Reina Eterna, e incluso más que la pérfidamente bella Reina Morathi, la maldita bruja de los Druchii, nuestros oscuros y traidores primos de Naggarond. Sin embargo, tengo la certeza del conocimiento, la certeza que lo que pienso es cierto.

Dejé que mi mente se posase en otra situación de mi larga vida. Recordé con dolor el hundimiento de mi tierra natal,  Tiranoc, bajo las aguas, hundimiento provocado por los oscuros. Recordé la huida de mi familia del horror, cuando yo todavía era un mocoso elfo preocupado por cabalgar a lomos de crías de corcel y jugar al tiro del arco; como vimos nuestras posesiones arruinadas. Como nuestros congéneres, amigos, criados, nobles, eran arrancados de la tierra y llevados a las malditas Arcas Negras. Maldigo la raza de los elfos de Naggarond por siempre. Algún día me tocará devolver aquel duro golpe. Algún día cercano...

Hubo tiempo en nuestro penoso marchar para un recuerdo hacia los amigos caídos en los días anteriores. Recordé el rocoso aspecto de Monteanu la primera vez que lo vi en el palacio del Zar de Kislev. Acudía con traje de gala a un baile en conmemoración del cumpleaños de la Zarina, y su aspecto era cuando menos singular... Parecía como si a un oso le hubiesen puesto botas y traje, por lo grande y lo molesto que se le veía... Su recuerdo me dolió... El que lo mató lo pagaría...

Habían pasado horas de marcha... El sol comenzaba a disminuirse en su intensidad. Aparecieron Miridian y sus jinetes. El enemigo se hallaba lejos, a unas veinte leguas de distancia. Parecía que tenía prisa por volver a los desiertos del Caos de donde nunca debió salir. Ommelov y yo nos miramos. Sabíamos lo que significaba que el enemigo tuviese tanta prisa... Su energía se estaba disipando, por lo que las presencias demoníacas carecían ya de entidad física. Probablemente su líder fuese el ser que matamos el día anterior, o tal vez hubiese caído en algún otro lugar... Mañana aceleraríamos la marcha... Apenas restaban unas cuarenta leguas para llegar al pueblo de Gurman, y puede que allí tuviésemos más explicaciones... Puede incluso que el enemigo presentase batalla...

Acampamos a orillas de un pequeño lago helado... Algunos nórdicos abrieron huecos en el hielo para pescar, con las últimas luces del día... Levantamos un campamento improvisado, y nos dispusimos a pasar otra fría noche... El ulular del viento nos daba a entender que otra ventisca, o una tormenta mayor se acercaba... Encendimos fuegos y cenamos... El descanso nos vendría bien. El siguiente día debería ser duro, y la batalla se tornaba inminente... Mi desconocido rival me encontraría...

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Parte VIII: La Tormenta de Nieve.
No se que hora sería cuando mi tranquilo sueño reparador se vio interrumpido por uno de nuestros guardias. Me advirtió sobre la proximidad de una gran tormenta, pero no habría hecho falta que lo hiciese, ya que el terrible aullido del viento cortante de Norsca y el intenso frío que entró en la cabaña lo anunciaba mejor que ninguna palabra.

Me vestí rápidamente y salí al frío exterior. Efectivamente, una tormenta de nieve se aproximaba a pasos agigantados. Los soldados se habían puesto al tajo de desarmar las tiendas antes que cualquier orden fuese cursada. Sobre todo los nórdicos, con Gurman a la cabeza. Ellos mejor que nadie conocían el riesgo que suponía estar en un descampado cuando una ventisca se acercaba. Debíamos hallar refugio pronto. La cerrada noche apenas dejaba ver, pero sabíamos que hacia el este había un escarpado que nos protegería de buena parte de la ventisca. Los carros cerrados en círculo harían el resto...

El viento casi impedía que cualquier palabra se escuchase. El relinchar de los corceles y caballos, el mugir de los yaks y los bueyes, era acallado por el grito incontenible del señor del norte... Parecería a un observador neutral que los dioses del caos nos hubiesen enviado este castigo en venganza por la destrucción de sus inmundos hijos. Cabía suponer que no era así, y que nuestros enemigos estarían sufriendo el mismo azote que nosotros en aquellos instantes... La labor se tornaba a cada instante que pasaba más y más ardua.

Cuando por fin estuvimos dispuestos para la marcha, la nieve comenzaba a caer empujada por la fuerte ventisca. Avanzamos como pudimos para recorrer la legua de distancia que había hasta nuestro refugio... Nadie miraba atrás, si no que trataban de mirar adelante, para no perder la pista del siguiente, eso sí, cuando el cortante viento le dejaba... En mi interior sabía que perderíamos algunos hombres en la marcha, despistados o ateridos por el frío, pero mejor era ello que perder ciento...

Llegamos al borde del acantilado. La muralla de piedra nos dio cobijo desde un primer instante. Formamos círculo con los carromatos y nos juntamos, trasladándonos el calor que desprendíamos y tratando de conciliar el sueño. Yo no tarde en caer en las garras del dios de los sueños, gracias a Isha... (...)

Desperté... El sonido lejano del ulular de la ventisca me indicaba que la tormenta había pasado, de momento... Me erguí, desentumeciendo mis congelados miembros. Eché un vistazo general... la mayoría de la tropa aún descansaba sobre el duro y nevado suelo. Subí a uno de los carromatos para tener mayor conciencia de lo que nos rodeaba... La devastación creada por la ventisca más allá del acantilado nos mostraba cuan cruenta había sido la tormenta. Los carromatos habían quedado bloqueados por el hielo. Gurman llegó a mi lado y quedó contemplando largo rato la terrible escena de hielo que nos mostraba Isha. Calculamos que sería mediodía, por lo que habíamos perdido buena parte de nuestro tiempo de marcha. Debíamos apresurarnos si queríamos llegar a Kavliac, o lo que quedase de ella, antes de la caída del sol.

Nuevamente los hombres se pusieron al tajo. Comprobamos que tres kislevitas y uno de nuestros aprendices habían muerto por el intenso frío y cansancio. Al menos otra docena estaban malheridos, con sus miembros congelados. Además, en la marcha perdimos otra docena de hombres y seis monturas. Al menos no se perdió ningún carro. Dimos sepultura a los desdichados, e hicimos regresar a uno de los carros con los heridos, protegidos por una patrulla de arqueros kislevitas a caballo.

Nos costó sobremanera regresar al camino. Parecía que la fuerza de la tormenta hubiese borrado cualquier señal del mismo. Tras una hora de búsqueda, nuestros exploradores lo encontraron. Por el camino también encontraron un par de cadáveres de nuestros perdidos... Vaul los acoja en su seno, ya que Isha los abandonó...

Debíamos apresurarnos. Los de Ellyrion partieron hacia el norte, para abrirnos camino y advertirnos de cualquier peligro. Formamos una menguada columna de marcha, con las armas preparadas, ya que nos acercábamos al enemigo. La tormenta parecía haber pasado, pero a lo mejor nos equivocábamos y la verdadera tormenta estaba por llegar...

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Parte IX: La noche frente a Kavliac.
Al anochecer llegamos a un par o tres leguas de Kavliac... Ya hacía tiempo que los de Ellyrion nos habían interceptado para avisarnos de la aparente ausencia de enemigos, pero siguiendo mis instrucciones, no se habían aproximado a Kavliac. Comenzamos la acampada... En la lejanía, en la zona donde debía estar la aldea, un gran rojo se elevaba.
Gurman observaba el horizonte con tristeza... Aquellas luces parecían anunciar que el enemigo guardaba la aldea, que aun estaba allí dispuesto a luchar... Eso, o lo peor... La aldea estaba ardiendo... Me acerqué a él para compadecerme de la desgracia de aquel titan. Le entendía perfectamente. Su dolor era mi dolor; no en vano mi tierra fue reducida a un imperio sumergido por las huestes de la oscuridad... Toqué su fornido hombro, para hacerle sentir mi pesar. Su brazo golpeó instintivamente sobre mi pecho, haciéndome caer unos metros hacía atrás...

Me incorporé sorprendido, para ver como Gurman cogía un caballo entre gritos y salía galopando hacia la noche... Varios hombres intentaron seguirlo, pero se lo prohibí... El había elegido... Ordené doble guardia y preparada al amanecer para el combate...

Mientras los hombres descansaban, yo permanecía en vela... Miraba el incesante brillar rojo del horizonte, escuchaba los lejanos ruidos de lucha o saqueo, y los cercanos de seres que nos observaban en la profundidad del abismo... El frío era intenso, pero la rabia me hacía arder en mi interior. Rabia y odio hacia los seres del Averno enviados para castigo de las razas del Viejo Mundo. Seres inmundos y deformes, dementes y brutales... Recé a Vaul y  a la madre Isha por el alma de Gurman. Algo me decía que no volveríamos a verlo con vida...

No podía dormir pensando en la lucha... Así que dejé mi mente fluir... tenía que concentrarme para lo que esperaba. Traté de pensar en mis maestros... Caí en los siglos hasta mi estancia de aprendizaje en la lejana Hoeth. Allí estaba mi maestro, Banath, Gran Maestro de los Espaderos de Hoeth... Durante casi veinte largos años me estuvo instruyendo en el arte de la lucha de espada, en la equitación y en las artes. Se lo debía a mi padre, Jhillion, quién le salvo la vida en la Batalla de las Lomas de Bromir. Tras los años de arduo entrenamiento, me hizo entrega de Walladrian, mi espada... Recordé una por una sus enseñanzas, como manejar a Walladrian a lomos de Khadan, donde descargar los golpes más letales... Recordé mi última batalla, hacía ya dos días... Odio la guerra... En esos momentos prefería estar a miles de leguas de allá, en mi amada Ulthuan, en algún baile de la Corte del Rey Fénix,  con mi amada Nalandrin entre mis brazos. Y sin embargo, a quién tenía entre mis brazos era a Walladrian, mi protectora, y el baile que me esperaba no era plato de gusto para ningún rey...

Volví a concentrarme... Quería dormir, pero no me era posible... Abrí los ojos... Allí seguían las anaranjadas luces de lumbre... Volví a pensar en Gurman, al notar mi aún dolorido pecho... Supuse el dolor que le embargaba y embriagaba... Cerré fuerte mis ojos y los puños en torno a Walladrian mientras lo veía en mi mente dando mandobles a seres innobles, entre las llamaradas de su pobre aldea nórdica... Una lágrima se derramó por mi mejilla pensando en el amigo perdido, mientras un hilo de sangre salía de mis puños cerrados... No podía esperar más...

Me levanté, dispuesto a desentumecer mis helados miembros y mi mente... La capa de piel de lobo que me había regalado un comerciante kislevita meses atrás cumplía bastante bien su labor... Paseé a lo largo del campamento, hablando con los guardianes... Me sorprendió la cantidad de hombres y Asur que no podían conciliar el sueño aquella noche, principalmente los nórdicos... Estos murmuraban maldiciones y rezos por su jefe...

No debían preocuparse, se acercaba el momento de la venganza... (...)

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Parte X: La Destrucción de Kavliac.
Las armas estallaban en su metálico sonido, tintineante y mortal, al chocar con las piezas de las armaduras y de los escudos que portábamos... Los caballos y corceles relinchaban nerviosamente mientras los jinetes, cargados de muerte y odio, los cabalgaban para la batalla... Los estandartes y pendones del Rey Fénix y del Zar de Kislev surgieron de sus fundas. La nieve se derretía bajo nuestro odio... Los tambores tocaban arrebato, y los Asur se disponían para la guerra...

Las primeras luces vieron este paisaje sobre las nevadas tierras de Norsca... El olor a quemado, lejano y dulce, inundaba nuestras pituitarias, embriagándonos con anhelos de venganza. Los bárbaros nórdicos golpeaban rabiosamente sus escudos, lanzando guturales gritos de lucha, entusiasmados por la próxima matanza... Los más tranquilos humanos de Kislev, formaban prietas filas frente a su señor Ommelov...

Monté sobre Khadan. Noté el calor de la piel de leopardo que cubría sus lomos. Luego lo acaricié, y le susurré al oído palabras de animo que sólo el conocía... Lo encabrité y miré a las huestes de guerra ya montadas, desplegando toda la grandeza de Ulthuan, Kislev y Norsca sobre el blanco manto de nieve. Ommelov se me unió... Di instrucciones a nuestros auxiliares y aprendices para que dispusiesen las tiendas para los heridos... Con un gesto de mi mano la brava cohorte multirracial se puso en marcha. Tres leguas nos separaban de nuestro enemigo, de la gloria o de la muerte... Tres leguas nada más...

El paso veloz de los hombres hizo que nuestro camino se acortara... la vegetación tornose extraña debido, sin duda, a la maldita influencia de los dioses que caminan en el lado oscuro... Simulaban órganos sexuales impíos, y emitían extraños sonidos de lujuria y placer... Los de Ellyrion y los arqueros kislevitas fueron lanzados en avanzada para observar y eliminar los observadores y vigías del enemigo...

El camino terminó frente a una planicie donde se hallaban los humeantes restos de lo que debió ser una tranquila aldea nórdica... Los cadáveres crucificados boca abajo y abrasados por las llamas nos ocultaron el verdadero sufrimiento que pudieron padecer los que se opusieron a los deseos del Impío Dios del Placer... Vaul los tenga consigo... Frente al pueblo se desplegaba un único caballero maldito... Estaba de pié, levantando más de siete pies de altura. Sostenía firmemente una adornada daga rúnica con su mano derecha, que presionaba sobre el fornido cuello de Gurman, un Gurman desnudo y derrumbado físicamente. El sufrimiento al que debió ser sometido debió ser mortal... El ser nos miraba con ojos ardientes de odio a través de las sensuales facciones de su máscara... El era mi enemigo, el que me amenazó y perdonó la vida en la batalla de días atrás.

Junto a él, un impresionante corcel bardado esperaba para ser abordado por su señor... Pero, ¿donde estaba el resto del ejército?. Ordené al Príncipe Valeirion que desplegase a los Asur mientras Ommelov desplegaba a los Kislevitas. Difícilmente conteníamos a los nórdicos, deseosos de salvar a su señor. Ordené a Levin y Voltan, el siguiente en rango nórdico, que viniesen conmigo... Clavé mis espuelas sobre Khadan para que avanzase y fuimos al encuentro del ser.

Ni se inmutó... Obligó al nórdico a levantarse, y lo arrastro como a un muñeco hasta su corcel. Montó, sin soltar el pelo de Gurman. La daga sobre su cuello no presagiaba nada bueno... Llegamos a unos pocos metros del ser. Nos dio una absurda bienvenida. Le pedí que soltase al nórdico y marchase en paz, pero su risa histérica y extraña en respuesta me indicó que no preveía hacerlo. Estaba despistado, ya que no sabía que baraja estaba jugando mí enemigo.

Con burla se presentó. Su nombre todavía hoy resuena en mis tímpanos, y es una afrenta para los Asur y para cualquier ser vivo. Zenom, Señor de los Muldiak, servidor del Señor del Placer. Nos dijo que nos marchásemos que volverían a su patria en paz. Y que soltaría a Gurman si obedecíamos. Tal y como lo vi, no tenía más remedio. Asentí tras mirar a Levin, pero cuando iba a girar la grupa de Khadan, sentí el grito de guerra de Voltan, quién se arrojó ferozmente sobre el Señor del Caos... Antes que pudiese pararlo un golpe de la gigantesca espada de Zenom lo decapitó... !!! Ese movimiento había sido tan veloz que ni siquiera yo lo había visto¡¡¡. Hice ademán de asir a Walladrian, pero la seca voz de negación de Zenom me advirtió que no lo hiciera. La garganta de Gurman dependía de ello.

Mirando el sangrante cadáver decapitado de Voltan, volví grupa y galopé hasta mi ejército. Le comuniqué a Ommelov lo dicho y visto, y este asintió, lamentándose por la pérdida del bárbaro. Me giré para observar a Zenom y Gurman mientras el ejército rabioso y conteniendo a duras penas a los bárbaros nórdicos, repletos de ira y ansia de venganza, daba grupas a la escena. Pero la aguda risa de Zenom nos sacó de nuestro ensayo de marcha.

Incumpliendo lo que no tuvo nunca intención de cumplir, degolló a Gurman, y volvió grupas al galope mientras de los bosques eran arrojados los restos empalados de los supervivientes nórdicos. El ejército en pleno cargó tras aquello, yo el primero. No había ni estrategia ni líneas, sólo odio...

Zenom se hundió en el bosque, junto con los restos de su ejército, mientras su lugar era ocupado por un caballero infame que me retó y dos engendros que atacaron a los bárbaros y a los de Kislev. Desenvainé a Walladrian mientras el salvaje me apuntaba con su gran hacha. Piqué los costados de Khadan y cargué. Tenía que despejar el camino para encontrar al verdadero enemigo, el verdadero objeto de mi odio... Descargué a Walladrian sobre mi enemigo, pero en un movimiento de agilidad formidable, me esquivó. Me había confiado, pensé, cuando recibí un brutal golpe de su hacha que mi armadura absorbió, no sin mi dolor. A punto estuvo de descabalgarme. Antes de centrarme en él, giré a Khadam y observé la pugna contra los engendros. Varios hombres habían sido despedazados, y algunos otros huían con horror, pero los del dragón habían reducido ya a uno, y los de Kislev a punto estaban de acabar con el otro...(...)

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Capítulo XI: El Éxtasis.
Fijé mi atención en el caballero que me afrentaba... Khadan relinchaba con fuerza. Mi cabeza no acababa de concentrarse en la destrucción de mi enemigo. El del Averno cargó y descargó su hacha sobre mí, en un ágil movimiento que me hubiese decapitado si no fuese un experto luchador. A duras penas lo esquivé, haciendo retroceder a Khadam...

La agitada respiración del jinete, preso de su propia ansia de autodestrucción, ya que ha eso había sido sentenciado por su Señor, me introdujo en una riada de pensamientos que no me favorecían en nada en aquellos momentos. ¿Que había hecho aquel infernal para ser condenado a la muerte que seguro le esperaba?. ¿Que pecado debía redimir?. Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, sin dejar sitio al razonamiento necesario para combatirlo, por lo que su siguiente golpe me descabalgó... Khadan trotó alejándose de la escena...

Sobre el suelo noté la sangre fluir de mi cabeza, por debajo de mi yelmo. El latido de mi corazón resonaba con fuerza, casi apagando los gritos de ánimo de los que observaban aquel singular duelo. Noté acercarse a mi enemigo, y me vencí al éxtasis de la lucha. Me incorporé, mientras la risa burlona y seductora del huido resonaba en reminiscencias de mi mente. Levanté a Walladrian y me preparé para ser absorbido por el combate. El caballero cargó a lomos de su corcel, pero con una finta lo descabalgué amputando una pata del gran animal que montaba... El jinete salió disparado golpeándose fuerte contra el nevado suelo.

La sangre fluía por mi frente, seguramente debido al golpe que me descabalgó, pero ya no me importaba... ya me había dejado tomar por la batalla. El guerrero se levantó, y sujetando  con sus dos manos la gran hacha, me reclamó. Yo no me hice rogar... Lancé golpe tras golpe con una velocidad que el a duras penas podía parar. El cansancio empezó a hacer presa en mí... Mi rival, a pesar de la lluvia de golpes que había recibido, alguno de los cuales lo alcanzó sobre su armadura rúnica, se mantenía en pié, presa de un extraño éxtasis de lucha, que le llevaba a reír enloquecidamente, lo que hacía aún más macabra la sonrisa inerte de su yelmo. Descargó un golpe de su brutal alma que apunto estuvo de alcanzarme, pero al hacerlo dejó desguarnecidas su guardas diestras, y allí lancé a Walladrian, que supo encontrar el buen camino. El costado de mi rival se abrió de par en par, dejando brotar la roja sangre a borbotones. Su risa seguía estallando, a pesar de sus graves heridas. Se volvió a incorporar sin aparente esfuerzo, aún cuando bajo sus pies la blanca nieve cambiaba de color, teñida por el icor que el ser manaba. Mis fieles callaron sorprendidos, dejando escuchar aún más notable la risa extraña del servidor de los oscuros.

Harto ya de su burla, lancé a Walladrian contra su cabeza. Evitó mi primer golpe, pero era obvio que a pesar de su risa y su apariencia, la pérdida de sangre le había debilitado. Me atacó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, y mi contragolpe lo finalizó. Walladrian entró limpia en su pecho, partiendo su negro corazón, y dejando manar su sangre por dos nuevos huecos. Los ojos del ser se fijaron en los míos, mientras su hacha se deslizaba de sus manos al mismo tiempo que la vida lo hacía de su cuerpo. Con una patada lo lancé hacia atrás, alejándolo de mí y extrayendo a Walladrian. El ser levantó la cabeza con un último esfuerzo, y con sus fuerzas finales lanzó una sonora risotada, que parecía querer burlarse incluso de su misma muerte. Lo decapité...

Los vítores de los hombres resonaban en mi dolorida cabeza. Caí sobre mis rodillas junto al cadáver de mi adversario.  Con esfuerzo me quité el yelmo, dejando fluir mi melena ensangrentada al viento. Levin y algunos de mis fieles me atendieron, pero me negué a recibir ayuda, ya que había cosas más importantes que hacer. Comenzamos a atender a los heridos y contemplamos la realidad del brutal fin de Kluviac. Decenas de cadáveres estaban empalados en los bordes del bosque. Sobre sus desnudos cuerpos habían sido inscritas runas de burla, que hablaban de su sádico final, y del fin que esperaba a los que se enfrentasen al Señor de la Seducción. Levin lloró amargas lágrimas leyendo aquellas runas.

Todas las casas habían recibido la venganza de la derrota de los caóticos. Gurman había sido abandonado por su líquido vital a través de su herida en la garganta, pero viéndole de cerca, supuse que Gurman hacía ya mucho que había dejado de existir, ya que las heridas que había sufrido, y las mutilaciones harían perder la razón a cualquier hombre o Asur, por titánico que este fuese.

Enterramos a los muertos, mandamos a los heridos al campamento de más atrás he iniciamos la persecución...(...)

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Parte XII: La amarga derrota.

Cogí resuello mientras dejaba escapar una lágrima. Atrás quedaba el desaliento, la desesperanza, la muerte, el fin de un pueblo... Ahora sólo nos quedaba cabalgar en pos de sus verdugos, en pos de los seres del Averno que habían llevado a cabo la masacre. Ommelov se mostraba visiblemente nervioso, dando órdenes a sus cada vez menos hombres de Kislev... Miré a mis Asur, y les vi formados, guardando firmemente la compostura, aun cuando la rabia hacía acto de presencia en los rostros de muchos de ellos. Miré a los bárbaros, que ya no continuarían con nosotros, enterrando a sus muertos...

Caminé pesadamente el corto trecho que me separaba de Khadan. Lo monté, agradeciéndole con una leve caricia su firmeza en la batalla y su cálida compañía. Giré mi grupa hacia los nobles de Ulthuan, preparado para lanzar un corto discurso de ánimo... Pero mi sorpresa fue ver que era Ommelov quién se me adelantaba. Con su voz profunda comenzó a arengarnos a todos, tomando un papel que me correspondía a mí. Estaba de pie sobre los estribos de su caballo de guerra, con una mano sobre la empuñadura de su sable. Me sentí un tanto liberado de la labor de animar a los que tanto horror habían visto... Sonreí por primera vez en días... Su arenga tuvo efecto, por los vítores que se escucharon... Pidió mi permiso para comenzar la marcha, y con un leve gesto, lo concedí.

Por todo el camino existían claras pruebas del salvajismo y perversión de nuestros enemigos, los enemigos de la vida y del bien, de Isha y de Vaul, de los Ancestrales, de todos los dioses del viejo Mundo... Centenares de bárbaros habían sido empalados a un lado y otro del camino, pertenecientes a mil y un pueblos destruidos... La flora era extraña y perversa... Se respiraba la muerte, con su dulce hálito de perversión.

Nuestros exploradores no encontraban rastro alguno de nuestros adversarios que no fuese el paso salvaje de su marcha en dirección contraria a la que ahora seguíamos. Nos acercábamos peligrosamente a la frontera norte de Norsca, donde el Caos reina con su poder. Decidí acampar en un claro donde podríamos preparar buenas defensas. Mandé a los de Ellyrion a buscar al enemigo en profundidad y a los arqueros kislevitas a limpiar de engendros los bosques de alrededor.

Comenzó a caer la noche cuando recibimos inquietantes noticias. Los kislevitas habían eliminado a media docena de bárbaros que caminaban perdidos por los bosques, y capturado a otro par de ellos. Sin embargo, los de Ellyrion no regresaban. Decidí interrogar a nuestros prisioneros. No hizo falta mucho para hacerles hablar, ya que alejados de las fuentes de poder del caos no son nada. La expedición que había invadido aquella región estaba mandada por Vermen, quién fue muerto en Busiak. Supuse que era el príncipe de la oscuridad que eliminamos. Ahora los restos de su ejército se dirigían de vuelta hacia su región, mandados por Zenom, jefe de los Muldiak... pero no obtuve ni una palabra sobre su situación.

Ya comenzábamos a prepararnos para el descanso, con el frío viento golpeándonos, anunciando ventisca, cuando apareció uno de mis jinetes ligeros... Corrí hacia donde se había detenido, junto a los guardianes... Estaba muy herido... Lo bajamos de su corcel... Antes de perder el conocimiento nos advirtió que le seguía un ejército, y que no sabía si quedaban más de los suyos...

Si que quedaban, ya que mientras que se lo llevaban, aparecieron a galope tendido Miridian, mi heraldo, y un par de sus jinetes, seguidos muy de cerca por un grupo bastante grande de mastines de guerra. Llamé al arma, tomé a Walladrian y, tras pasar mis jinetes, comencé a repartir golpes de muerte a las inmundas bestias de los señores del caos.

Ya llegaban hombres y elfos en mi ayuda cuando comenzó a aparecer una hueste de diablillas, comandadas por el inmundo caballero que degolló a Gurman. Desde la distancia vi su gesto de desafío, ordenando a decenas de engendros del placer asaltarnos. Recibimos la carga sin preparación alguna. Todo se convirtió en un caos de seres del infierno degollándonos y de diablillas desapareciendo ante nuestros golpes. Intenté abrirme camino hacia el Paladín enemigo, pero a cada golpe de Walladrian aparecía otro demonio. Una sonora risotada rompió el ruido de la lucha, y vi como el Señor del Caos, tras saludarme burlonamente volvía grupas y se unía a una decena de caballeros oscuros, huyendo de la escena...

La batalla contra las diablillas se estaba tornando difícil. Se notaba que la energía del caos era grande, y mantenían su nudo con lo material con mucha mayor facilidad que en anteriores encuentros. Traté de organizar a una de mis unidades de Yelmos, pero plantear una carga en la noche y con tantos obstáculos era poco menos que una locura, así que los llevé a pie al fragor de la lucha...

Durante diez horas estuvimos combatiendo a los grupos de diablillas que nos acosaban. Perdí la cuenta de cuantas devolví a su mundo, pero lo que si se es que cuando llegó la amanecida, la sangre cubría el claro. Muchos de nuestros hombres y corceles habían muerto o estaban heridos. Lo peor era no ver ningún ejemplo material de nuestro enemigo derramando su icor sobre la nieve como lo hacia nuestra sangre...

Se hizo patente que no podíamos continuar. El enemigo regresaba a su tierra, pero regresaba convirtiendo nuestra victoria en una amarga derrota. Derrota por no conseguir eliminarlo, derrota por nuestras bajas, derrota a nuestro orgullo, Ommelov y Valeirion estaban heridos. Habíamos perdido casi dos tercios de los hombres de Kislev que partieron de la expedición original, a parte la mitad de mis nobles y mis dos carros. Teníamos muchos heridos que requerían atención y el cansancio y el frío comenzaban a hacer mella en los sanos.

Ordené regresar. El camino de vuelta habría de sernos más corto por necesidad, aunque una fuerte ventisca nos retrasase... Llegamos al campamento cercano a Klaviac, o a lo que fue Klaviac... Allí reposamos...

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Parte XIII: El regreso.

Descansaba arrojado sobre un camastro de pajas, cerca de una lumbre que caldeaba la habitación... El dolor de mis heridas no era nada con el dolor que sentía en mi corazón ante los acontecimientos pasados. Mentalmente, tratando de conciliar el sueño, repasé todo lo pasado.... Por cada baja, por cada amigo caído, por cada gota de sangre de los nobles Asur de Ulthuan, derramé una lágrima... El sueño tardó en encontrarme, pero al final caí en sus reparadores brazos.

Me encontraba en el camastro dormitando cuando una voz me llamó desde el exterior... Abrí los ojos y allí estaba uno de los guardianes bárbaros. Me pedía que saliese, que algo grave pasaba... Me puse rápidamente mis guardas y rescaté a Walladrian y mi escudo por lo que pudiese pasar... Salí... La ventisca volvía a hacer acto de presencia, sacudiendo con furia la nieve contra nuestros rostros... Una figura negra cabalgando un gigantesco corcel estaba esperando a la entrada del pueblo... Recortada contra el negro horizonte apenas era perceptible. El bárbaro me comunicó que había pedido hablar con el líder del Asur... Ese era yo, así que avancé dificultosamente hacia él.

Cuando llegué a su altura me di cuenta de la tremenda altura que tenían corcel y jinete, y del olor a muerte que desprendían. Su casco... me resultaba conocido... era él¡¡¡. Zenom¡¡¡. Desenvainé a Walladrian, pero era tarde... Encabritó a su corcel que me derribó, golpeándome la cabeza... Miré hacia mis hombres, pero parecían ausentes de la escena, perdidos en la ventisca... El jinete descendió. Me encontraba indefenso... Blandió su espada por encima de su cabeza. Me dijo que siempre estaría conmigo hasta nuestro próximo encuentro... Lo miré extrañado y horrorizado, viendo descender mi fin... Me golpeó...

Con un grito y bañado en sudor a pesar del frío, desperté...Jadeaba, mientras algunos de mis nobles me miraban con extrañeza... Un sueño... Había sido un sueño... Quedé tendido tratando de encontrar el calor mientras ordenaba mis ideas... Vaul me volvía a hablar con su lengua, que sólo entienden los que quieren comprenderle... Me encontraría de nuevo con el ser... Él vendría a buscarme... Tal vez ni hoy ni en los próximos cien años, pero el encuentro era seguro, había sido señalado, y debía prepararme para él... Si no perecería.

Con el alba regresaría a Kislev, y de allí, tras informar junto a Mirsha Ommelov, volvería a mi sagrada tierra. Ahora sabía mi destino, así que podía descansar...

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Parte XIV: Epílogo.

Tardamos tres días en regresar a Kislev. Presentamos nuestro informe al Zar, quién lloró la pérdida de su Coronel, y nos agradeció nuestra ayuda. Me concedió lo que desease en pago por mi servicio. Yo tenía ya todo lo que quería o necesitaba, pero le pedí una de las preciosas joyas de su colección para Nalandrín. Me dío una de las más bellas.

A los pocos días partí en mi bergantín a través de las heladas aguas del norte. Atrás quedaban muchos amigos, historias, batallas y emociones. Llevaba los acuerdos comerciales solicitados por mi Rey, junto con el prestigio de la raza élfica de Ulthuan entre las rudas tribus del norte y entre los hombres de Kislev. Y mis recuerdos... sobre todo mis recuerdos...

Tras varios días de navegación alcanzamos las costas de Ulthuan. Pronto yacería junto a la divina Naladrin... Pronto llegaría a casa...


FIN