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Aquella era una noche oscura; el cielo
estaba totalmente cubierto y una fuerte tormenta caía sobre sus cabezas,
inmisericorde con aquellos pobres diablos. Era una noche de otoño en los campos
de Castilla.
Juan tenía guardia en la garita de
primera línea aquella noche. Era enemigo de toda aquella violencia, pero, como
a muchos otros jóvenes, le había superado. Sabía que los que estaban enfrente
podrían ser sus amigos, tal vez Lucas, su vecino, o José, su mejor amigo desde
la escuela. Al fin y al cabo, su pueblo había quedado al otro lado.
Juan había intentado cambiar de bando
en un par de ocasiones, pero no lo había conseguido, salvándose con excusas
cuando era descubierto. La última vez ya fue hace tiempo, tal vez un año.
La oscuridad y la soledad de Juan en
aquella garita sólo se veía rota, de vez en cuando, por un relámpago que
iluminaba toda la llanura, por el trueno que ensordecía sus oídos, por el
húmedo frío, que le helaba los huesos y le hacía compañía. En estas noches le
gustaba hacerse la idea que el frío era uno de sus amigos olvidados, y hablaba
con el.
- “Bueno, amigo, otra vez juntos en
este maldito lugar… ¿Te acuerdas cuando nos encontramos por primera vez en la
Sierra de Gredos?. Yo tenía 8 años y me había perdido. Tú me encontraste y me
diste triste cobijo que casi me lleva a la muerte. Pero estuviste conmigo…”.
A Juan le gustaba bromear de esa
manera. Así le pasaban las noches rápidamente, entre conversaciones falsas y
recuerdos de antaño. Así pasaban las largas y aburridas noches de la guardia,
donde nunca pasa nada. Y mejor que no pase… Sin embargo, aquella no iba a ser
una noche típica, sino una noche trágica.
Juan trataba de ver su reloj en la
noche, deseando ya que llegase el relevo. Una mirada más a la llanura,
infinita en la oscuridad. El sabía que justo enfrente había alguien que, como
él, pensaba en sus cosas mientras dejaba pasar el tiempo, lamentando tener que
estar allí cada segundo de esa condenada guardia. Por su cabeza empezaron a
pasar imágenes de calor, de su casa, de María, su madre, preparándole ese pisto
manchego que tanto le gustaba, al fuego lento de la cocina, mientras él la
contemplaba con la cara iluminada. Para Juan era la mujer más hermosa del
mundo, y la más fuerte; no en vano había sacado adelante a la familia tras que
su padre muriese de fiebres en el 24... Una gran mujer. Y esos guisos, tan
deliciosos. Se le hacía la boca agua.
En esos pensamientos estaba, cuando un
sonido sordo que siguió a un trueno lejano le sacó de su sueño.
- ¡Alto! ¿Quién vive?
Nada, silencio.
- ¡Alto o disparo!
Nada en el horizonte.
- Flores, ¿que diablos le pasa?
- A la orden, mi sargento. He escuchado
algo allí, en la llanura.
- Veamos. Y espero que no sea otra de
sus tonterías, o esta vez llegaremos al capitán. Ya me tiene muy harto con sus gilipolleces…
El si que le tenía harto. El sargento
Peláez debía ser como todos los sargentos del mundo, pequeño y fuerte como un
mulo… e igual de testarudo. Al fin y al cabo era de Calatayud. Juan pensaba que
un día de estos, un día que reuniese valor, le plantaría cara y le bajaría los
humos. Tal vez con una bala…
- Vamos Flores. Deje de pensar en las
musarañas y observe la llanura. Eh! Algo se movió por allí.
- ¿Dónde mi sargen…
- Baje la voz, estúpido, y prepare su fusil…
Pasaron unos segundos de pánico para
Juan y de extrema emoción para Peláez. El disfrutaba con aquello, o realmente,
Juan así lo pensaba. No existía el odio sin Peláez. Ni la guerra. Él era la
guerra.
De repente, una sombra fugaz salto
entre dos matojos. Allí en mitad de la negra llanura. Juan comenzó a temblar, visiblemente nervioso, mientras su sargento le ordenaba que no apartase la vista del horizonte, que
se preparase para disparar…
- Alto, santo y seña.- gritó el
sargento.
Un trueno fue la respuesta. Como en una
novela de terror, sólo el viento silbante se escuchó tras el estruendo del
trueno. Juan creía que estaba en una pesadilla, y se mordió la lengua hasta hacerse sangre, para
notar que no era así.
- Alto o disparo. Santo y seña.- volvió
a berrear Peláez.
Nuevamente silencio roto por el viento
sobre la inquietante llanura castellana.
Como un relámpago, salto una sombra a
otra mata y comenzó a correr. Peláez gritó a Juan que disparase, que era el
enemigo que atacaba, y empezó a chillar “al arma, todos a mí, que nos atacan…”.
Juan apretó los dientes, cerró un
segundo los ojos, los volvió a abrir, vio la silueta del pobre diablo sobre el
que iba a disparar,… y disparó… Justo entonces, un relámpago iluminó la
llanura, justo para que, como una imagen llegada del pasado, Juan creyese ver
un rostro conocido en la lejanía del que iba a morir.
- No, no, José, era José, era José…-
comenzó a chillar mirando a su sargento.
-Estúpido, mira que no vengan más o te
meto un paquete que te cagas- contestó Peláez mientras le pateaba.
Llegaban ya varios compañeros a
contemplar la escena de Peláez ordenando tomar posiciones y Juan roto de
tristeza, llanto contenido, ausente, mirando perdido la negra llanura. Juan lo
sabía; había matado a su buen amigo José. Lo había matado. Seguro que era él.
Tenía que comprobarlo como fuese o iba a reventar.
Miró hacia atrás para ver al sargento
de espaldas, gritando a todo el que llegaba que tomase su puesto en la
trinchera, a los soldados llegando, algunos todavía con los pantalones sin abrochar,
borrachos de sueño o de carajillo. Esta era su oportunidad. Saltó hacia delante
y corrió hacia el cuerpo que yacía en la llanura, a unos 60 metros de allí.
-Sargento, Juan se va- gritó un
soldado. Peláez giró sobre sí mismo y, enfurecido, comenzó a chillar: -Loco
gilipollas, me cago’n tos tus muertos, regresa aquí o te empapelo. Regresa
hijoputa, que te van a matar-.
Pero Juan estaba sordo y ciego en
aquellos momentos. Mientras atrás en las trincheras los soldados le gritaban
que volviese, el sólo escuchaba su corazón latiendo un nombre -José, José,
José-.
Llegó junto al cadáver. Estaba de
espaldas. La bala le había partido el corazón. Juan se agachó sobre el muerto y
acercó la mano a su cara, hundida en el fango, rogando que no fuese quién creía.
Ya saltaban de la trinchera el sargento
Peláez y dos compañeros para buscar al pobre diablo de Juan -Le voy a meter un
paquete que se va a cagar al gilipollas ese- voceaba el sargento. Con rapidez
llegaron donde se encontraba la figura inerte del enemigo muerto, para ver a un
desconsolado Juan que gritaba un sonoro y horrendo “No” mientras abrazaba al
que había sido en vida su amigo. El sargento dudó durante unos segundos, con un
nudo en la garganta, al contemplar como aquella bala maldita no había roto un
corazón, sino dos.
Un zumbido le sacó de su trance. Los de
enfrente se ponían al tajo y había que salir de allí. Trincó a Juan de las
cinchas y tiró de él, mientras uno de sus acompañantes disparaba a la negra
noche. A duras penas consiguió llevar a un desesperado Juan hasta la trinchera,
y allí lo arrojó, olvidándose de él mientras daba órdenes.
Pasó la noche. Aquella noche trágica y
maldita.
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Una semana después, una mujer
desesperaba por sus hijos mientras limpiaba su casa en un pueblo perdido de
Castilla; desesperaba por su lejanía y por su falta de noticias. Siempre había
dicho que se encontraba comunicada con ellos por su corazón, pero hacía tiempo
que no conseguía mantener esa comunicación.
“Toc, toc” -alguien golpeó la puerta.
Ella, como siempre desde que empezó aquella maldita guerra, salto hacia atrás
con un nudo en la garganta.
¿Quién es? -dijo con voz temblorosa,
temiendo escuchar una respuesta que le disgustase.
“María, soy Marcos, el cartero. Abre,
tienes carta”.
Ella comenzó a avanzar hacia la puerta.
Al abrir apareció el rudo rostro de Marcos, el cartero del pueblo desde los
tiempos que ella podía recordar, un hombre de casi setenta años, edad que, como
casi todos los hombres que quedaban en el pueblo, le había salvado de marchar a
las barricadas.
Ella le miró mientras cogía la carta,
con ojos tristes. El la animó: “Alegra esa cara, es de Juan”.
Se le iluminó el rostro. Por fin carta
de su hijo más querido, del pequeño de sus entrañas. No le perdonaría ese mes
sin noticias. Al menos durante un minuto. Dio las gracias a Marcos con una
recobrada sonrisa que iluminó su rostro cansado por el tiempo, y cerró la
puerta tras ella.
La emoción la embargaba. Comenzó a
abrir la bendita carta con emoción no contenida. Se sentó en su viejo sillón y
comenzó a ojearla. No sabía leer, pero reconocía la escritura de su hijo. Se levantó,
cogió el chal y salió de la casa. El párroco, Don Pedro, se la leería, como
otras tantas veces.
Recorrió el camino que le separaba de
la iglesia en un suspiro. El párroco, que se hallaba en la puerta comentando el
sermón de la mañana con unos feligreses, la vio llegar, y ante su emoción, supo
que había carta.
“¿Cuál te ha escrito, María? -preguntó
según subía ella los escalones.
“Juan, padre. Juanillo.” -contestó
ella sin disimular su alegría.
“Ven conmigo dentro y te la leeré” -y
comenzó a caminar hacia la sacristía, seguido por la buena María.
Tomó asiento en una silla y le ofreció
asiento a María, mientras se ponía las lentes, dispuesto a leer la alegría a la
buena mujer. La miró con una sonrisa. El mejor que nadie sabía lo que María
había luchado por sus hijos, esos que estaban en peligro en alguna trinchera de
la llanura castellana, y su rostro iluminado le alegraba también.
Dirigió la vista a la carta y su gesto
comenzó a cambiar. La preocupación le embargo de tal manera que María se dio
cuenta que algo pasaba. Y no algo bueno.
“Padre, dígame que ocurre. ¿Le ha
pasado algo a mi hijito?
“María, no le ha pasado nada pero… te
voy a leer la carta. Tómatela con tranquilidad. Luego tendrás que acompañarme a
ver a la Tomasa”.
“¿Por qué padre, que ocurre?”.
Y comenzó a leer:
“Querida madre,
Anoche, en la trinchera, entre el
fuego, el frío, la oscuridad, la metralla, vi como alguien corría. Le di el
alto, pero no hizo caso. Tal vez no me escuchó, o no quiso escucharme. No sé,…
había tormenta, y con los rayos y truenos… Bueno, tuve que dispararle. Y justo
cuando lo hice, una luz le iluminó el rostro… Madre, era José, el hijo de
Tomasa, mi mejor amigo. He matado a mi mejor amigo. Estoy roto de dolor. No
quiero seguir viviendo esta no vida de la guerra. Tal vez sea mejor que me
maten ya y acabar.
Lo siento madre, pero no te volveré a
escribir. La próxima vez que lo haga, lo harán otros por mí, y te dirán que
estoy en el cielo, que fui a buscar a José para volver a nuestros juegos de
chicos. Lo siento madre.
Te quiero,
Juan”.
Fin.
Basada en la conocida canción popular
“Anoche en las trincheras” (anónimo. Guerra Civil Española)

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