viernes, 9 de diciembre de 2016

La Tormenta y el Éxtasis

Esta entrada presenta el primero de una serie de tres relatos en un entorno de un mundo de fantasía, publicados como parte de las historias de la Taberna del Gobo Errante, un blog creado por uno de mis grandes amigos, Álvaro. En este caso, es un relato que publiqué por partes (tiene catorce), aunque se lee con ligereza y facilidad. Es el primero de una serie de relatos sobre un Príncipe Elfo, aunque finalmente se quedaron en tan sólo dos. Escrito en 2003, espero que os guste y entretenga.

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Parte I: De nuestra partida hacia el Lejano Norte.

Diluviaba. Elfos y corceles caminaban con sus cabezas encogidas tratando de refugiarse de la lluvia y del terrible frío de aquellas tierras extrañas. Aquella tormenta maldita golpeaba nuestras sufridas cabezas desde hacía ya dos días, desde que dejamos las tierras de Kislev y nos adentramos en las tribales tierras de Norsca.

La llamada efectuada por Gurman Eriksson, jefe del poblado nórdico de Kavliac, para que el ejército de Kislev acudiese en su ayuda fue escuchada y atendida. La fortuna y el buen Dios Vaul quiso que nosotros estuviésemos en los salones del Palacio del Zar en aquellos instantes, en visita de protocolo, enviados por el Rey Fénix para ofrecer un acuerdo comercial al frío emperador de Kislev. El mensajero del jefe bárbaro llegó exhausto, y legó su mensaje de auxilio antes de fallecer entre los brazos del Capitán de la Guardia de Lanceros Alados, Mirsha Ommelov... Como muestra de buena voluntad, mis Asur y yo nos ofrecimos a acompañar la expedición de apoyo... esperaba que así, mi ayuda sirviese para abrir lazos de amistad entre el pueblo de los elfos de la sagrada tierra de Ulthuan y los rudos nórdicos. Al parecer, una agresión desde los desiertos del Caos amenazó el poblado de Gurman, y este, incapaz de frenar a las hordas de la Oscuridad pidió ayuda a sus amigos, y entre ellos estaba el Zar de Kislev... (...)

Allí marchábamos doscientos soldados de Kislev y mi hueste personal de nobles elfos. Yo avanzaba en cabeza, junto al Príncipe Valeirion, líder de mi hueste de Príncipes Dragón, y mi formidable amigo Levin, uno de los más sabios magos de Ulthuan. El frío azotaba nuestros rostros con la gélida llamada de la muerte... Con el paso de las leguas, el agua se convirtió en nieve, lo que hizo aún más penoso nuestro avanzar... Al tercer día, la tormenta cesó... Tan repentinamente como se originó, la tormenta dejó paso a un cielo soleado, más propio de las lejanas tierras de Estalia que de las frías tierras donde nos encontrábamos...

Por primera vez en esos tres días decidimos detenernos y acampar en condiciones, tratando de agrupar y dar descanso a las tropas. Yo acampé junto a mis nobles. Mis orgullosas unidades de Yelmos Plateados y de Príncipes Dragón estaban agotadas... Necesitábamos ese descanso si queríamos entablar batalla con un enemigo que aún nos era desconocido.

Cayó la noche... la fría noche ártica... Los corceles comenzaron a removerse y relinchar de miedo cuando el sonido inconfundible del aullido de los lobos llegó hasta el campamento... Así era difícil conciliar un sueño profundo, y fue eso lo que probablemente nos salvó... Los guardianes puestos en los cuatro costados del campamento se dieron cuenta al unísono que algo se acercaba. Había en el ambiente una dulce sensación de placer y de muerte... Cuando gritaron el al arma prácticamente nadie estaba ya durmiendo; mis príncipes estaban ya pertrechados para la inminente batalla. Pero era una batalla que no buscábamos... de noche no podríamos usar los fuertes contingentes de caballerizas que formaban el ejército... Yo mandaba cuatro huestes de Yelmos Plateados, una de Príncipes Dragón, y contaba con un par de carros de mi tierra, pero carecía de ninguna infantería decente, más allá de mis sirvientes y los acompañantes de mis nobles. Por parte de los de Kislev, contaban con dos formaciones de caballería y cuatro pequeñas unidades de infantería. Así que hicimos lo único que podíamos hacer, montar barricadas, tumbar a los caballos y esperar.
Levin y sus acompañantes comenzaron a realizar rituales mágicos, mientras la sensación de muerte crecía. Nada se veía en la cerrada noche... es más, salvo nuestra respiración pesada y el relincho de nuestros corceles, nada se escuchaba ya... ni siquiera el aullido de lobos cazadores y malditos...

Silencio... silencio pesado de muerte... silencio intranquilizador. Nada en el horizonte. La amanecida quedaba aún lejana, por lo que no era una opción esperar la luz... sabíamos que la muerte llegaría antes. Me dirigí hacia el Coronel Monteanu de Praag para ver que disponía para mis tropas cuando un sinuoso lamento de mujer llegó a nuestros oídos... Me incorporé con mi espada Walladrian desenvainada... Nuevamente se produjo el lamento, pero esta vez me pareció un lamento de placer... luego le siguió otro, y otro más, ... Cientos de gemidos de placer cubrieron la noche. Surgían de todos los rincones, rompiendo nuestra templanza... Varios hombres de Kislev se izaron de sus posiciones para acudir al encuentro del placer cuando cuchillas salidas de la nada los atravesaron... Al menos un centenar de eróticas diablillas se arrojaron sobre nosotros, seguidas de otros engendros del mal.

La batalla fue breve pero sangrienta. Walladrian volaba de un lado a otro trazando círculos de muerte en mi entorno, mientras mis nobles degollaban a docenas de bárbaros enloquecidos... El círculo en nuestro torno se fue cerrando peligrosamente, cuando una iridiscente luz azulada iluminó el centro de nuestras defensas a nuestra espalda... Yo no aparté la mirada del enemigo al que me enfrentaba, una dulce y seductora engendro del caos que me invitaba al goce y el placer, pero sentí el calor de la magia de Levin a mi espalda... Una explosión de luz rompió por detrás mío arrasando la planicie hasta las arboledas próximas... El choque de la luz acabó con los engendros enviados por los dioses oscuros y devolvió la oscuridad y el silencio al pequeño claro.

El alba llegó por fin... Era hora de contar los muertos... Habíamos perdido una treintena de soldados de Kislev y a tres de nuestros hermanos... Además una veintena de criados habían muerto o desaparecido... Los enterramos y nos preparamos para marchar de nuevo. El cielo raso, soleado, golpeando nuestros yelmos para hacerlos brillar, iluminaba de nuevo nuestra marcha... Fue entonces cuando él llego... (...)

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Parte II: El Encuentro.
Era un hombre absolutamente imponente. Su cabeza sobresalía sobre la testuz de los dos yak que tiraban del enorme carro que montaba... su estatura era superior a los siete pies de altura. Observé como Monteanu se le acercaba con una gran sonrisa y lo abrazaba. El rostro del titan no reflejó afecto alguno... sólo reflejaba cansancio y tristeza. Hice una señal a Levin para que me acompañase y avancé, paso decidido, hacia el gigante y su comitiva de mujeres y tullidos.

Él era Gurman Eriksson. Tras las presentaciones de rigor nos comunicó que continuarían la marcha hasta el poblado de Busiak, trece millas al este... su pueblo no debía existir ya, y debía reunir al ejército de su clan para hacer frente al enemigo, numeroso, seductor y brutal... Obviamente decidimos acompañarles. Junto a Levin y el Coronel Monteanu, nos pusimos a cabeza de la comitiva, escuchando la narración de Gurman mientras avanzábamos.

El poblado fue atacado hacía doce jornadas. Al principio fueron huestes de bárbaros decadentes los que se lanzaron a la lucha, siendo fácilmente frenados por el ejército que Gurman reunió a los primeros indicios de peligro. Sin embargo, tras ellos llegaron las entidades demoníacas, los engendros del caos y, finalmente, los Guerreros de Slaanesh, el del nombre maldito mil veces, acompañados por demonios mayores y caballería pesada. Aunque consiguieron aguantar tres días de asaltos continuos, matando a centenares de engendros y bárbaros, al final tuvieron que ceder... En un último esfuerzo, consiguieron evacuar la mayor parte del pueblo con un puñado de guerreros, mientras el resto afrontaba la muerte con el espíritu de los berseker en sus venas. Gurman aguantó con sus hombres, consiguiendo salir del poblado por un auténtico milagro. Al parecer, lo que nos atacó la noche anterior no es más que la vanguardia del ejército del maldito dios de la perversión y la decadencia, Vaul lo maldiga.

Gurman estaba herido y apenas le quedaba una docena de guerreros con los que combatir. Los situamos en el centro de la comitiva de marcha, mientras avanzábamos, ahora mucho más en silencio, entre la nieve y los bosques, saltando con los nervios a flor de piel en cuanto escuchábamos cualquier sonido procedente de la espesura. Todos sabíamos en nuestro interior que tarde o temprano las huestes de la decadencia nos alcanzarían y tendríamos que luchar. Sabiamente, el Coronel Monteanu desplegó exploradores a vanguardia y retaguardia de la expedición, en previsión de un ataque traicionero de las fuerzas del mal.

Avanzamos durante horas sin casi dirigirnos la palabra, en un silencio apesadumbrado y mortecino. El sol fue cayendo, y nuevas nubes de tormenta comenzaron a cubrir el azul. El lugar por donde discurría nuestro avanzar era maravilloso: atravesábamos caminos de cabras con desfiladeros de locura a un lado y bosques de pinos al otro. La nieve, brillante, blanca, fría... lo cubría todo. Cuando la tarde comenzaba a cerrarse en mortecina noche, vimos nuestro objetivo. Allá, en el valle que teníamos frente a nosotros, a unas cuatro o cinco leguas, estaba un tranquilo pueblecito construido en las márgenes del río. Aparentemente, y aunque si se veían claramente los parapetos y defensas, la vida discurría tranquilamente. Eso nos alivió, ya que significaría que podríamos descansar y refugiarnos, y que al menos esa tribu todavía no había sido pervertida por el culto del mal...

Descendimos la montaña, y con el manto de la noche llegamos al pueblo. Erik Mortensson, cuñado de Gurman y jefe del poblado nos recibió con los brazos abiertos. La tormenta volvía a amenazar la tranquilidad de la noche, por lo que se nos invitó a encontrar cobijo. Se situaron guardianes, se encerró a los corceles en establos confortables, y todos acudimos a la sencilla, aunque ruidosa fiesta que ofrecían nuestros anfitriones.

Deliciosa cerveza caliente calmo nuestro frío, mientras las hembras bárbaras preparaban reno asado y caldo de oso, un curioso preparado caldoso, cuyo principal ingrediente era la sangre de oso. Muy espeso, aunque sabroso, podía aportar a un elfo suficiente energía como para pasar un día entero sin alimento. Comenzó, como en otras fiestas bárbaras a las que había asistido en mis embajadas, el tiempo de las sagas, historias que aquellos bárbaros consideraban reales como la historia de nuestros antiguos. Algunas de ellas se remontaban a la época de los primeros hombres, allá cuando nuestros padres los Ancestrales abandonaron el Viejo Mundo y cuando nuestra magia acabó con el primer Imperio del Caos.

Fuera, el ulular del viento, convertido ya en ventisca, helaba los corazones más puros, por lo que se agradecía la buena conversación junto al fuego, y las mantas de piel de oso que las hembras nos habían proporcionado. Los hombres de fuera debían estar pasándolo realmente mal. Sin embargo, mientras me acercaba para contemplar la noche a través de la ventana, pensé que si algo me tranquilizaba era que la tormenta también afectaba a nuestros adversarios, y que, por lo menos esta noche, nos dejarían descansar tranquilos.

Me volví hacia la saga. Era realmente épica, y narraba como Kurgen Mortensson, antepasado de los dos jefes bárbaros que se habían encontrado, se enfrento en persona al gran líder del Caos Misinska, el Asolador, y como consiguió salvar a su pueblo resistiendo el sólo a la horda de maníacos asesinos que formaban aquel singular ejército del impío dios de la Sangre. La verdad es que la narración me absorbió, haciendo que la noche se pasase rápido como un corcel de Tyranoc... Tyranoc, mi tierra; la echaba de menos en instantes como aquellos... El caso es que finalmente el titan bárbaro sucumbió frente al mismísimo Misinska, del que ya había escuchado ciertas leyendas, y su pueblo fue exterminado, pero gracias a su sacrificio, dos niños y una niña se salvaron para poder refundar su clan, y proclamar a los cuatro vientos la venganza de su raza...

La tormenta continuaba fuera, aunque ahora parecía que con menos fuerza. Mis nobles y yo nos retiramos a dormir. Mañana podría ser el día de la batalla, y debíamos estar descansados para aguantar a las huestes de la Oscuridad. Antes de acostarme, me dirigí a nuestro Dios, el Gran Vaul, y le solicité me diese valor para afrontar la muerte con la misma voluntad que había afrontado la vida que se me permitía vivir. Pedí por mis nobles príncipes y por mis yelmos. Me levanté y, atravesando la tormenta, me dirigí al establo para confortar con mi presencia a mi fiel Khadan, mi corcel... El tacto exquisito de su suave piel me llevaba en aquellas ocasiones hasta mi tierra en la costa de Ulthuan, a contemplar frente a mí los hermosos cabellos de la bella y noble Naladrin, mi concubina... Seguro que me echaba de menos.

Regrese a la casa. El frío era propio del infierno. Oteé antes de entrar la zona donde debían estar algunos de los vigías, y observé sus encorvadas formas, ateridos por el mortecino frío... Luego, descansé.

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Parte III: El Sueño.

El alba nos alcanzó con el cese de la tormenta; un alba hermosa, donde los destellos cansinos del buen padre Sol nos calentaban a través de los ventanales, permitiéndonos desperezarnos con mayor alegría a la habitual. Yo me incorporé, estiré mis músculos y observé por la ventana. Había nevado mucho. Algunos bárbaros trabajaban ya quitando la nieve con palas de las puertas de sus hogares. Sonreí, pensando en la tranquila vida de aquellos humanos, en sus chiquillos correteando y tirándose bolas de nieve, y sus rudas mujeres cocinando reno entre risas y vida. Cerré los ojos para imaginármelos mejor. Fue entonces cuando el buen dios Vaul me iluminó con su sabiduría, advirtiéndome.

Caí sobre mis rodillas, ojos cerrados, puños ceñidos. En mi mente vi como una hueste lujuriosa e impía atacaba el pueblo. Vi a los niños correr seguidos por depravados seres con objetivos libidinosos. Vi las cabezas de aquellos orgullosos bárbaros ondeando sus cabellos al viento, ensartadas en largas picas. Vi a las mujeres violadas y degolladas, o entregadas a la obscenidad y poseídas por inmundas diablillas. Vi la destrucción del pueblo... Grité y caí sobre mi espalda, con las manos tapándome el rostro... Seguí dejando a mi mente jugar...

Quería situar todo aquel horror para poder enfrentarlo... Quise retroceder en el tiempo y entonces nos vi a nosotros. Habíamos salido a buscar al enemigo. Avanzábamos, prietas las filas, brillantes las armaduras bañadas por el sol, lanzas enjoyadas en ristre, entre un paraje de ensueño, con un riachuelo congelado a nuestra derecha y grandes pinares a nuestra izquierda. Los renos pastaban al otro lado del río, rebuscando los escasos brotes que el invierno había dejado. De repente, el sol se ocultó. Me vi en mi cerebro levantando la vista, esperando encontrar las negras nubes que amenazaban tormenta, cuando vi unos seres de pesadilla, alados, negros como el abismo sobrevolarnos, como salidos de la nada. Había cientos... En mi mente cayeron sobre nosotros, mientras criaturas de pesadilla salían del bosque y del riachuelo congelado, devorándonos. Los renos se convirtieron en engendros salidos del mismísimo infierno, que degollaban todo lo que había frente a ellos.

Todos mis nobles fueron desapareciendo ante mis ojos. Cuando quedaba sólo yo, apareció ante mí la visión misma de la sensualidad tratando de tentarme, pero mi gran dios Vaul me hizo permanecer firme. Saqué a Walladrian y cargué a lomos de Khadan. Lo último que vi antes de quedar cubierto por la masa de engendros fue la sonrisa pervertida del engendro salido de mil infiernos... Grité y me incorporé... No abrí los ojos, aunque notaba las manos que habían acudido a ayudarme y calmarme... Mi mente seguía jugando... Volví a ver ese paisaje idílico, traté de identificarlo... Un puente... lo subí, y giré el camino, ¡¡¡el pueblo!!!... El alba nacía, y un engendro pasó...

Abrí los ojos... Allí estaba Levin preguntándome que había ocurrido, que tenía... No contesté... Miré afuera y vi que el alba estaba surgiendo... Y un pensamiento me llegó... el enemigo estaba llegando... Me giré, y antes que dijese nada, todos sabían lo que pasaba... Una sola orden y todos los nobles hijos de Ulthuan se pusieron al tajo... Salí buscando a los jefes bárbaros y les conté lo ocurrido, pidiéndoles que empezásemos a construir y fortificar las defensas.

En un par de horas todo estaba preparado... Mis nobles Príncipes Dragón estaban formados bajo el sol, a lomos de sus magníficos corceles bardados, mostrando el orgullo de la mejor caballería del Viejo Mundo. A su derecha formaban mis Yelmos Plateados, brillantes bajo el sol triste del invierno... Habíamos montado cuatro lanzadores de virotes tras las fortificaciones en la dirección del puente. Los Lanceros de Kislev habían formado a la izquierda de mis nobles. La infantería bárbara y de mis amigos de Kislev estaban en frenética actividad cargando y fortificando cada casa... El sol estaba ya alto, cuando llegó la caballeriza que habíamos mandado de avanzada, dándonos noticias del terrible ejército que se avecinaba...

Mire a Levin, y a una indicación mía, se dirigió junto con los Chamanes de la tribu nórdica y los sabios kislevitas, e iniciaron rituales taumatúrgicos para protegernos de los engendros de la oscuridad. Gracias a Vaul, no habíamos acudido a encontrar nuestra muerte en una emboscada traicionera, pero el peligro no había pasado... Ahora es cuando teníamos que dar lo máximo de cada uno de nosotros para no sucumbir a la fuerza del deseo y de la seducción, a la orgía de muerte que se nos avecinaba... Ahora es donde íbamos a demostrar que éramos elfos y hombres de verdad... La nobleza de Ulthuan entraría en juego...

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Parte IV: La Batalla de Busiak.

Con paso firme me dirigí hacia Londer, mi aprendiz, que sujetaba a Khadan, ya inquieto por la inminente batalla. Mire al joven doncel élfico de dulce mirada, y le acaricié el hombro para confortarlo. Le dije que se comportase como yo le había enseñado, pero que recordase que las armas de Ulthuan no se rinden ni huyen jamás, para buen contentar de nuestro adorado Vaul y mayor gloria del Rey Fénix, nuestro señor. Subí a lomos de mi montura, y acaricié su cuello, tranquilizándolo, al tiempo que notando su calor, su templanza, que me volvían a mostrar los cabellos sueltos de Naladrin reflejados en sus negras crines. Lo encabrité y giré hacia los nobles de Ulthuan que me miraban impacientes por la batalla.

Giré mi cabeza hacia el Coronel Monteanu, que me hizo un gesto de aprobación mientras montaba a lomos de su pesado caballo de guerra. Luego mire hacia los jefes bárbaros, que estaban poniendo en orden sus filas de bersekers. La batalla se aproximaba. El murmullo de los seres impíos nos llegaba ya desde la lejanía.

Siguiendo lo previsto, mis carros y los nobles Príncipes Dragón se desplegarían en el flanco derecho, tras una leve loma que les ocultaría. Yo formaría en el centro del Valle, tras los parapetos, que se abrirían a mi carga con mis Yelmos al comienzo de la lucha. A mi izquierda se situaría la caballería bárbara y de Kislev, mandada por el Coronel Monteanu, mientras que los bárbaros esperarían a que los virotes hiciesen mella en el enemigo para asaltar.

El nerviosismo era patente a cada instante que pasaba. De repente, como ocurrió en mi sueño, el sol se oscureció... Decenas de Furias nos sobrevolaron. Aquellas criaturas del Averno tenían una mirada fría y mortal; su horrenda mueca de muerte desprendía un grito que helaba la sangre. Giraron varias veces sobre nuestras cabezas. Yo miré al frente, esperando ver aparecer a los engendros de la oscuridad. Ninguno de mis elfos, ni ningún humano hacía caso a los horrendos gritos que nos sobrevolaban. Todos esperábamos el asalto de la infantería enemiga. Sólo las mujeres y niños que no se habían refugiado todavía corrían aterrorizados a esconderse dentro de las viviendas.

De repente, las furias frenaron sus gritos y picaron sobre nosotros. Calmadamente, levanté la mirada para ver como los engendros del demonio eran despachados por la magia invocada a nuestras espaldas por Levin y sus camaradas hechiceros. Ni uno sólo de nuestros nobles movió un músculo, salvo para calmar a los inquietos corceles, deseosos de ir a la batalla.

La destrucción de las furias debió cambiar los planes del enemigo. Un gran regimiento de bárbaros pervertidos, haciendo obscenos gestos, apareció enfrente de nosotros, por el camino del puente. En sus flancos, de los bosques, aparecieron varios mastines, cubriendo el avance sensual de varios grupos de diablillas. Por detrás de los bárbaros comenzaba a verse los indicios de caballería demoníaca y caballeros pervertidos. Otro regimiento, este de guerreros que desprendían un dulce hálito de perversión, salió por el otro margen del bosque. Me fije bien, pero de momento no se veía a un ser que pudiese ser su general.

El enemigo se detuvo a un cuarto de legua de distancia. Nos observaban mientras sus retorcidas huestes se desplegaban en posición de batalla. Un regimiento de caballería salida de cualquier pesadilla, con diablillas copulando con engendros demoníacos sin nombre, se sitúo en el extremo derecho de la línea, junto a los guerreros. Ahora veía claramente a la caballería enemiga, ha retaguardia, detrás del gran regimiento de bárbaros. Sinceramente, resultaban impresionantes. Si hay alguna montura en el Viejo Mundo que pueda igualarse a nuestros corceles es sin duda los corceles criados en los desiertos del Caos. Allí estaba al menos un elegido del perverso dios de la seducción... Vaul lo confunda... Pero no parecía su general...

Un siniestro sonido llamó mi atención... Era un pesado batir de alas. Miré hacia arriba y allí estaba... Un siniestro ser, salido del quinto infierno, desprendiendo un aura de seducción difícilmente resistible. Su forma era indescriptible, horrenda pero tremendamente sugerente. Hizo una susurrante llamada, una llamada que parecía invitar a un éxtasis de locura y sexo... varios hombres dejaron sus armas y acudieron a ella... algunos fueron sujetos, pero los más desdichados se dirigieron hacia el monstruo. Aterrizó delante de sus huestes, y mato uno a uno a los que llegaron dejando ver su verdadero ser...

Uno de mis regimientos de Yelmos titubeó ante la masacre, pero bastó una mirada y un grito de orden para que guardasen filas. El Coronel Monteanu levantó su mano para dar la señal de disparo a los lanzavirotes bendecidos por el propio Rey Fénix hacia menos de cuatro meses. El ser, seguramente un príncipe de la oscuridad, un antiguo depravado humano consumido por su propia perversión, dio un decidido paso hacia adelante y gritó el asalto... La magia de nuestros magos lo frenaron, pero sus tropas lo superaron por los flancos, rugiendo horriblemente. Sólo la caballería y un par de unidades de bárbaros y guerreros quedaron más atrás.

Cuando hubieron recorrido la mitad de la distancia que les separaba de nuestros parapetos, Monteanu bajó su brazo. Una marea de virotes entró en las prietas líneas de bárbaros y guerreros, ocasionando grande masacre... Los bárbaros titubearon en su carga. Yo ordené con un gesto a las unidades ocultas aparecer... Los nobles del Dragón y mis carros benditos, asolaron el flanco enemigo, pisoteando a los mastines hasta llegar al horrendo regimiento de diablillas, que se evaporaron abandonando el mundo material. El príncipe de la Oscuridad, recuperado del impacto mágico, voló sobre uno de nuestros carros, devastándolo.

Era el momento. Otra andanada acabó con la resistencia de los bárbaros y masacró a las diablillas montadas. El choque de los guerreros enemigos contra nuestros parapetos fue brutal, pero los hombres de Kislev aguantaron bien el envite... La caballería y las reservas enemigas comenzaron su avance, mientras la magia y los Príncipes Dragón comenzaban a hacer mella en el oscuro líder enemigo. El parapeto se abrió a nuestra carga... Di la señal de avance, firmes las líneas sobre la dura nieve. Primero al trote, luego al galope y finalmente, toque de carga... Los Yelmos de mi flanco alcanzaron al líder enemigo y a un grupo de bárbaros, aniquilándolos, y eliminando la unión del príncipe demonio con el mundo real... Mis Yelmos avanzaron para chocar con la caballería enemiga... Lanzas rotas y relinchos de corceles heridos sonaron por doquier... Yo decapite con un tajo de Walladrian al primer enemigo con el que choqué. Sin embargo, el enemigo era muy fuerte, y nuestras bajas fueron grandes en el envite. Por suerte, los lanceros de Kislev, a nuestra derecha, estaban aplastando a un regimiento de guerreros enemigo, que flaqueó al perder al Príncipe demoníaco de su vista... Los hurras a nuestra espalda indicaban que la batalla se estaba tornando a nuestro favor, pero en mí alrededor yo no lo veía. Mis Yelmos sucumbían ante el poder oscuro de los salvajes caballeros enemigos, y estaban siendo aniquilados. Me centré en combate singular con un fornido ser con una sugerente máscara de mujer... Sus labios parecían pedirme ayuda, o amor... Dejé a Walladrian guiarme y amputé la pierna derecha del monstruo, que cayo de su montura. Desmonté, para acabar con él... Cuando me giré para retomar la montura de Khadan, un monstruoso guerrero, montado en un gigantesco corcel quedó frente a mí... El corcel, engendro de cien infiernos, se encabritó... Creí llegado mi último momento...

Sin embargo, el ser me miró a través de su casco, y, tras descabalgar de un golpe a uno de los de Kislev que se había unido a la lucha, me dijo: «Nos veremos... te esperaré toda la eternidad». El corcel demoníaco se encabritó de nuevo, y cabalgó abriéndose camino con golpes letales de su gigantesca y brutal arma para desaparecer junto con sus supervivientes en el horizonte...

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Parte V: Sangre sobre la nieve.

Mire hacia el suelo y cerré los ojos. Me dejé caer sobre mis rodillas. Walladrian escapó de mi puño y cayó, sangre y acero, sobre la nieve... Una lágrima de dolor se deslizó por mi helada mejilla... Los vítores a mí alrededor no podían alejar de mi el horror que sobrevenía tras cada batalla. Además estaba aquel ser del Averno... Tenía que haber acabado con él. Algo en mi interior me lo decía una y otra vez...

Khadan me rozó la mejilla. Abrí los ojos para ver la salvaje devastación que cubría el valle. La nieve se había vuelto roja de repente. Los bárbaros, incluidos Gurman y Erik, saqueaban y despedazaban los cadáveres de los enemigos, colocando sus cabezas de forma brutal sobre picas puntiagudas. Algunos de mis Yelmos agonizaban sobre la nieve, auxiliados por sus compañeros... ¿Cuál es la nobleza de la muerte?. Aquellas nobles cabezas de Ulthuan yacían ahora sobre la nieve a punto de perder su hálito de inmortalidad. Los dragoneros de Valeirion ayudaban a los tripulantes del carro destruido a salir de entre los restos. Sobre el suelo, tendidos en charcos de noble sangre roja pude ver a Bonil, Erandil y Cornarion, tres grandes amigos... A los kislevitas no les había ido mucho mejor... tenían decenas de muertos. Monteanu estaba tumbado sobre su noble Goliath, que había sido muerto, con el muñón de su brazo derecho ensangrentado, mirada perdida...

Horas después, haciendo el recuento de las bajas, nos dimos cuenta de cuan cruenta había sido esta victoria. Los bárbaros perdieron una docena de muertos y otros tantos heridos. Nosotros tuvimos dieciséis Yelmos muertos, cuatro dragoneros, un tripulante de Tyranoc, el noble Taridic, y ocho discípulos muertos, entre ellos mi fiel Londer... y muchos heridos. La peor parte se la llevó Kislev, que perdió a cuarenta hombres y unos cincuenta heridos. Sin embargo, los incontables cadáveres del enemigo, reflejados en el camino de picas rematadas en cascos y cabezas cortadas que unía el pueblo de Bursiak y el puente, reflejaba bien a las claras cuan grande había sido nuestra victoria.

Ahora sólo nos restaba sanar a los heridos, enterrar a los muertos, y prepararnos para la persecución del enemigo. Comenzamos rápidamente esa labor. Los elfos de Ellyrion salieron para encontrar el rastro del enemigo, mientras tratábamos de reunir los regimientos con las tropas que nos restaban. Mientras los preparativos se llevaban a cabo, yo me aparte para orar a Vaul, dándole gracias por su aviso y por la victoria... Levin se me acercó, tratando de reconfortarme. Le abracé, y quedamos largo tiempo en ese lugar, dándonos el calor necesario el uno al otro.

El anochecer caería pronto, y las sagas llegarían con la celebración de la victoria y con los recordatorios de los muertos. La cerveza correría por la estancia y el olor del reno asado calmaría y consumiría el olor de la muerte que todo infestaba. Mañana sería un nuevo día, un día de honor, donde daríamos caza y acabaríamos con nuestros adversarios... Los Guardianes llegaron con nuevas noticias... el enemigo estaba en franca retirada. Muchas bajas iba dejando por el camino, y no había rastro del icor de los demonios... La batalla estaba ganada. Podríamos descansar.

Antes de acudir a la fiesta visité el lugar de nobleza que era la cabaña para los heridos... Olía a muerte, pero también a valor, a lucha, a honor... Abracé a mis nobles heridos. Los elfos curamos rápido las heridas, aunque alguno de mis buenos nobles no volverían a ver la luz del día. Llegué hasta el Coronel Monteanu. La fiebre y el delirio le estaban consumiendo. Una hermosa mujer nórdica estaba dándole friegas de agua de zanobia, una planta curativa de la zona. Me quede largo rato observándolo, falto su brazo, ardiente su frente, luchando como un bravo contra la muerte inminente. Me agaché, le rocé el rostro con mi mano, y recé... Luego me despedí para siempre de mi bravo amigo.

La fiesta comenzaría pronta. Y luego el descanso de la noche...

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Parte VI: Los que no volverán.
La noche pasó tan rápido que apenas parecía que hubiésemos descansado. El amanecer, brillante y hermoso, nos regocijó con sus luces de victoria. Sin embargo, un vistazo al exterior servía para devolvernos a la melancolía y el recuerdo de los que ayer vivían como nuestros amigos y hoy yacían bajo los pinos. A mi mente vino raudo el recuerdo de Monteanu. Mientras me ponía mi armadura de Mithrill, le cursé órdenes a Valeirion, para que dispusiese la hueste para marchar, y rápidamente me dirigí a la cabaña de los heridos, a ver si mi buen amigo había sobrevivido al suplicio de la noche.

Según avanzaba sobre la blanca nieve, dura por el hielo nocturno, envuelto en mi piel de lobo gris, observé que algunos de nuestros compañeros no habían soportado la noche. Los nórdicos sacaban cadáveres envueltos en pieles de yak, amontonándolos sobre la paja, para que la escandalosa sangre no nos trajese imágenes peores a nuestras doloridas mentes.

Retirando mi mirada de aquellos valerosos guerreros, reducidos a trozos de carne sin vida, entré en el lugar de dolor y honor. Los gemidos de los heridos inundaron mi mente con las imágenes del sufrimiento de aquellos valientes. Me dirigí hacia el camastro donde estuvo Monteanu. Si, estuvo, ya que ya no estaba... Lo que temí se había producido. Él era uno de los cadáveres del exterior. Junto a su camastro, recogiendo sus pertenencias, estaba Ommelov, capitán de los lanceros de Kislev, y ahora nuevo comandante de las tropas kislevitas. Con una lágrima rodando mi mejilla, le mostré mi condolencia. El me ofreció el mando de la expedición, dándome su sensación y deseo de venganza. Teníamos que partir en breve, a recuperar el poblado de Gurman, y acabar con el horror que había asolado esas tierras. Le abracé con afecto, y le invité a acompañarme.

Salimos de nuevo al sol. No pude evitar mirar con tristeza el montón de pieles que ocultaban los cadáveres, entre los que estaría mi amigo kislevita. Levanté la vista para ver los preparativos de la partida de guerra. Miridian, el Heraldo de los de Ellyrion, se aproximó a lomos de su corcel para recibir mis órdenes. Les solicité que partiesen abriéndonos camino junto con los arqueros de Kislev y un grupo de guías nórdicos. No debían luchar bajo ningún concepto. El pueblo de Gurman se hallaba a cien leguas de distancia, y a caballo podíamos estar en dos días.

Junto a Ommelov fui a ver a los jefes bárbaros. Erik discutía con Gurman cuantos guerreros podía llevarse. Intervine en la disputa para precisar que nos bastaría con que nos dejasen carros para llevar a los hombres e ir más rápidos. Nos quedaban unos ochenta infantes entre nuestros aprendices y tiradores, y los supervivientes de Kislev. Nos acompañarían una docena de guerreros bárbaros.

Los lloros de las mujeres nórdicas despidieron nuestra marcha. Los regimientos reformados tras las bajas se veían imponentes, encabezados por Ommelov y sus alados. Los carros de bueyes y yaks continuaban transportando toda nuestra infantería y suministros. Cerrábamos la marcha los hombres del rey Fénix, los espléndidos Yelmos, el carro que nos restaba y mis nobles Dragoneros. Me quedé al final de la línea de marcha, junto a Levin y Gurman. Giré a Khadan, encabritándolo. Quede cierto tiempo contemplando a los que nos despedían, con lágrimas en los ojos y gritos de esperanza. Me quede contemplando el lugar de honor donde nos habíamos batido como leones con los enviados del mal, donde muchos de los nuestros habían dejado sus fértiles vidas para mayor gloria del Rey Fénix. Quede mirando el lugar donde había dejado muchos amigos que no volverán. Y eso es lo que temían los del pueblo. Que nosotros tampoco volviésemos.

Levanté mi mano para despedirme de la tribu de Busiak, y troté, Gurman a mi derecha, Levin a mi izquierda, para incorporarme a la marcha. El enemigo nos esperaba.

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Parte VII: El camino del recuerdo.
La marcha sobre la nieve fue larga... Por donde pasábamos encontrábamos paisajes idílicos que nos recordaban nuestras fértiles tierras de Ulthuan, algunas veces terriblemente mutilados por los oscuros poderes que los habían cruzado, como nuestra sagrada tierra lo fue por el infame Rey Brujo. El marchar era más o menos tedioso, lo que me dio tiempo para recapacitar sobre los acontecimientos pasados, sobre lo que acababa de pasar y sobre lo que deje atrás hace ya tiempo...

Dejé que mi mente fluyese a lomos de Khadan, y me retrotraje a mi partida de mi querida Ulthuan hacía ya cuatro lejanos meses. Vi a la hermosa doncella Naladrín, mi concubina y una de las más hermosas damas de la corte. La conocí hacía ya doscientos largos años en unos festejos en el Palacio Real de Ulthuan... Yo acudí a la invitación del Rey Fénix con mis nobles de Tiranoc. Y allí estaba la reina más hermosa que el Viejo Mundo ha conocido, la hermosa reencarnación de Isha, Allarielle. Junto a ella estaba aquella hermosa y delicada criatura de la que me enamoré nada más verla... Orgullosa, con su rubia melena suelta y sus armas en ristre, reflejaba todo lo que nuestra raza es, hermosa pero peligrosa, orgullosa pero delicada,... una maravilla de los Ancestrales.

Recordé aquella tarde en el puerto de Lothern, cuando mi bergantín se preparaba para zarpar. Vi su bellísimo rostro blanquecino ultrajado por las lágrimas que rodaban su mejilla ante mi partida. Mi corazón saltaba excitado como el de un joven doncel elfo, notando como la emoción del amor más puro inundaba mi ser. Recordé el tacto delicado y dulce de sus carnosos labios en la despedida, y mi promesa de traerle la más bella de las joyas del continente, la joya más apropiada para la más hermosa joya de Ulthuan.

Mis nobles amigos me dicen que estoy loco cuando digo que Naladrín es más bella que la Reina Eterna, e incluso más que la pérfidamente bella Reina Morathi, la maldita bruja de los Druchii, nuestros oscuros y traidores primos de Naggarond. Sin embargo, tengo la certeza del conocimiento, la certeza que lo que pienso es cierto.

Dejé que mi mente se posase en otra situación de mi larga vida. Recordé con dolor el hundimiento de mi tierra natal,  Tiranoc, bajo las aguas, hundimiento provocado por los oscuros. Recordé la huida de mi familia del horror, cuando yo todavía era un mocoso elfo preocupado por cabalgar a lomos de crías de corcel y jugar al tiro del arco; como vimos nuestras posesiones arruinadas. Como nuestros congéneres, amigos, criados, nobles, eran arrancados de la tierra y llevados a las malditas Arcas Negras. Maldigo la raza de los elfos de Naggarond por siempre. Algún día me tocará devolver aquel duro golpe. Algún día cercano...

Hubo tiempo en nuestro penoso marchar para un recuerdo hacia los amigos caídos en los días anteriores. Recordé el rocoso aspecto de Monteanu la primera vez que lo vi en el palacio del Zar de Kislev. Acudía con traje de gala a un baile en conmemoración del cumpleaños de la Zarina, y su aspecto era cuando menos singular... Parecía como si a un oso le hubiesen puesto botas y traje, por lo grande y lo molesto que se le veía... Su recuerdo me dolió... El que lo mató lo pagaría...

Habían pasado horas de marcha... El sol comenzaba a disminuirse en su intensidad. Aparecieron Miridian y sus jinetes. El enemigo se hallaba lejos, a unas veinte leguas de distancia. Parecía que tenía prisa por volver a los desiertos del Caos de donde nunca debió salir. Ommelov y yo nos miramos. Sabíamos lo que significaba que el enemigo tuviese tanta prisa... Su energía se estaba disipando, por lo que las presencias demoníacas carecían ya de entidad física. Probablemente su líder fuese el ser que matamos el día anterior, o tal vez hubiese caído en algún otro lugar... Mañana aceleraríamos la marcha... Apenas restaban unas cuarenta leguas para llegar al pueblo de Gurman, y puede que allí tuviésemos más explicaciones... Puede incluso que el enemigo presentase batalla...

Acampamos a orillas de un pequeño lago helado... Algunos nórdicos abrieron huecos en el hielo para pescar, con las últimas luces del día... Levantamos un campamento improvisado, y nos dispusimos a pasar otra fría noche... El ulular del viento nos daba a entender que otra ventisca, o una tormenta mayor se acercaba... Encendimos fuegos y cenamos... El descanso nos vendría bien. El siguiente día debería ser duro, y la batalla se tornaba inminente... Mi desconocido rival me encontraría...

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Parte VIII: La Tormenta de Nieve.
No se que hora sería cuando mi tranquilo sueño reparador se vio interrumpido por uno de nuestros guardias. Me advirtió sobre la proximidad de una gran tormenta, pero no habría hecho falta que lo hiciese, ya que el terrible aullido del viento cortante de Norsca y el intenso frío que entró en la cabaña lo anunciaba mejor que ninguna palabra.

Me vestí rápidamente y salí al frío exterior. Efectivamente, una tormenta de nieve se aproximaba a pasos agigantados. Los soldados se habían puesto al tajo de desarmar las tiendas antes que cualquier orden fuese cursada. Sobre todo los nórdicos, con Gurman a la cabeza. Ellos mejor que nadie conocían el riesgo que suponía estar en un descampado cuando una ventisca se acercaba. Debíamos hallar refugio pronto. La cerrada noche apenas dejaba ver, pero sabíamos que hacia el este había un escarpado que nos protegería de buena parte de la ventisca. Los carros cerrados en círculo harían el resto...

El viento casi impedía que cualquier palabra se escuchase. El relinchar de los corceles y caballos, el mugir de los yaks y los bueyes, era acallado por el grito incontenible del señor del norte... Parecería a un observador neutral que los dioses del caos nos hubiesen enviado este castigo en venganza por la destrucción de sus inmundos hijos. Cabía suponer que no era así, y que nuestros enemigos estarían sufriendo el mismo azote que nosotros en aquellos instantes... La labor se tornaba a cada instante que pasaba más y más ardua.

Cuando por fin estuvimos dispuestos para la marcha, la nieve comenzaba a caer empujada por la fuerte ventisca. Avanzamos como pudimos para recorrer la legua de distancia que había hasta nuestro refugio... Nadie miraba atrás, si no que trataban de mirar adelante, para no perder la pista del siguiente, eso sí, cuando el cortante viento le dejaba... En mi interior sabía que perderíamos algunos hombres en la marcha, despistados o ateridos por el frío, pero mejor era ello que perder ciento...

Llegamos al borde del acantilado. La muralla de piedra nos dio cobijo desde un primer instante. Formamos círculo con los carromatos y nos juntamos, trasladándonos el calor que desprendíamos y tratando de conciliar el sueño. Yo no tarde en caer en las garras del dios de los sueños, gracias a Isha... (...)

Desperté... El sonido lejano del ulular de la ventisca me indicaba que la tormenta había pasado, de momento... Me erguí, desentumeciendo mis congelados miembros. Eché un vistazo general... la mayoría de la tropa aún descansaba sobre el duro y nevado suelo. Subí a uno de los carromatos para tener mayor conciencia de lo que nos rodeaba... La devastación creada por la ventisca más allá del acantilado nos mostraba cuan cruenta había sido la tormenta. Los carromatos habían quedado bloqueados por el hielo. Gurman llegó a mi lado y quedó contemplando largo rato la terrible escena de hielo que nos mostraba Isha. Calculamos que sería mediodía, por lo que habíamos perdido buena parte de nuestro tiempo de marcha. Debíamos apresurarnos si queríamos llegar a Kavliac, o lo que quedase de ella, antes de la caída del sol.

Nuevamente los hombres se pusieron al tajo. Comprobamos que tres kislevitas y uno de nuestros aprendices habían muerto por el intenso frío y cansancio. Al menos otra docena estaban malheridos, con sus miembros congelados. Además, en la marcha perdimos otra docena de hombres y seis monturas. Al menos no se perdió ningún carro. Dimos sepultura a los desdichados, e hicimos regresar a uno de los carros con los heridos, protegidos por una patrulla de arqueros kislevitas a caballo.

Nos costó sobremanera regresar al camino. Parecía que la fuerza de la tormenta hubiese borrado cualquier señal del mismo. Tras una hora de búsqueda, nuestros exploradores lo encontraron. Por el camino también encontraron un par de cadáveres de nuestros perdidos... Vaul los acoja en su seno, ya que Isha los abandonó...

Debíamos apresurarnos. Los de Ellyrion partieron hacia el norte, para abrirnos camino y advertirnos de cualquier peligro. Formamos una menguada columna de marcha, con las armas preparadas, ya que nos acercábamos al enemigo. La tormenta parecía haber pasado, pero a lo mejor nos equivocábamos y la verdadera tormenta estaba por llegar...

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Parte IX: La noche frente a Kavliac.
Al anochecer llegamos a un par o tres leguas de Kavliac... Ya hacía tiempo que los de Ellyrion nos habían interceptado para avisarnos de la aparente ausencia de enemigos, pero siguiendo mis instrucciones, no se habían aproximado a Kavliac. Comenzamos la acampada... En la lejanía, en la zona donde debía estar la aldea, un gran rojo se elevaba.
Gurman observaba el horizonte con tristeza... Aquellas luces parecían anunciar que el enemigo guardaba la aldea, que aun estaba allí dispuesto a luchar... Eso, o lo peor... La aldea estaba ardiendo... Me acerqué a él para compadecerme de la desgracia de aquel titan. Le entendía perfectamente. Su dolor era mi dolor; no en vano mi tierra fue reducida a un imperio sumergido por las huestes de la oscuridad... Toqué su fornido hombro, para hacerle sentir mi pesar. Su brazo golpeó instintivamente sobre mi pecho, haciéndome caer unos metros hacía atrás...

Me incorporé sorprendido, para ver como Gurman cogía un caballo entre gritos y salía galopando hacia la noche... Varios hombres intentaron seguirlo, pero se lo prohibí... El había elegido... Ordené doble guardia y preparada al amanecer para el combate...

Mientras los hombres descansaban, yo permanecía en vela... Miraba el incesante brillar rojo del horizonte, escuchaba los lejanos ruidos de lucha o saqueo, y los cercanos de seres que nos observaban en la profundidad del abismo... El frío era intenso, pero la rabia me hacía arder en mi interior. Rabia y odio hacia los seres del Averno enviados para castigo de las razas del Viejo Mundo. Seres inmundos y deformes, dementes y brutales... Recé a Vaul y  a la madre Isha por el alma de Gurman. Algo me decía que no volveríamos a verlo con vida...

No podía dormir pensando en la lucha... Así que dejé mi mente fluir... tenía que concentrarme para lo que esperaba. Traté de pensar en mis maestros... Caí en los siglos hasta mi estancia de aprendizaje en la lejana Hoeth. Allí estaba mi maestro, Banath, Gran Maestro de los Espaderos de Hoeth... Durante casi veinte largos años me estuvo instruyendo en el arte de la lucha de espada, en la equitación y en las artes. Se lo debía a mi padre, Jhillion, quién le salvo la vida en la Batalla de las Lomas de Bromir. Tras los años de arduo entrenamiento, me hizo entrega de Walladrian, mi espada... Recordé una por una sus enseñanzas, como manejar a Walladrian a lomos de Khadan, donde descargar los golpes más letales... Recordé mi última batalla, hacía ya dos días... Odio la guerra... En esos momentos prefería estar a miles de leguas de allá, en mi amada Ulthuan, en algún baile de la Corte del Rey Fénix,  con mi amada Nalandrin entre mis brazos. Y sin embargo, a quién tenía entre mis brazos era a Walladrian, mi protectora, y el baile que me esperaba no era plato de gusto para ningún rey...

Volví a concentrarme... Quería dormir, pero no me era posible... Abrí los ojos... Allí seguían las anaranjadas luces de lumbre... Volví a pensar en Gurman, al notar mi aún dolorido pecho... Supuse el dolor que le embargaba y embriagaba... Cerré fuerte mis ojos y los puños en torno a Walladrian mientras lo veía en mi mente dando mandobles a seres innobles, entre las llamaradas de su pobre aldea nórdica... Una lágrima se derramó por mi mejilla pensando en el amigo perdido, mientras un hilo de sangre salía de mis puños cerrados... No podía esperar más...

Me levanté, dispuesto a desentumecer mis helados miembros y mi mente... La capa de piel de lobo que me había regalado un comerciante kislevita meses atrás cumplía bastante bien su labor... Paseé a lo largo del campamento, hablando con los guardianes... Me sorprendió la cantidad de hombres y Asur que no podían conciliar el sueño aquella noche, principalmente los nórdicos... Estos murmuraban maldiciones y rezos por su jefe...

No debían preocuparse, se acercaba el momento de la venganza... (...)

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Parte X: La Destrucción de Kavliac.
Las armas estallaban en su metálico sonido, tintineante y mortal, al chocar con las piezas de las armaduras y de los escudos que portábamos... Los caballos y corceles relinchaban nerviosamente mientras los jinetes, cargados de muerte y odio, los cabalgaban para la batalla... Los estandartes y pendones del Rey Fénix y del Zar de Kislev surgieron de sus fundas. La nieve se derretía bajo nuestro odio... Los tambores tocaban arrebato, y los Asur se disponían para la guerra...

Las primeras luces vieron este paisaje sobre las nevadas tierras de Norsca... El olor a quemado, lejano y dulce, inundaba nuestras pituitarias, embriagándonos con anhelos de venganza. Los bárbaros nórdicos golpeaban rabiosamente sus escudos, lanzando guturales gritos de lucha, entusiasmados por la próxima matanza... Los más tranquilos humanos de Kislev, formaban prietas filas frente a su señor Ommelov...

Monté sobre Khadan. Noté el calor de la piel de leopardo que cubría sus lomos. Luego lo acaricié, y le susurré al oído palabras de animo que sólo el conocía... Lo encabrité y miré a las huestes de guerra ya montadas, desplegando toda la grandeza de Ulthuan, Kislev y Norsca sobre el blanco manto de nieve. Ommelov se me unió... Di instrucciones a nuestros auxiliares y aprendices para que dispusiesen las tiendas para los heridos... Con un gesto de mi mano la brava cohorte multirracial se puso en marcha. Tres leguas nos separaban de nuestro enemigo, de la gloria o de la muerte... Tres leguas nada más...

El paso veloz de los hombres hizo que nuestro camino se acortara... la vegetación tornose extraña debido, sin duda, a la maldita influencia de los dioses que caminan en el lado oscuro... Simulaban órganos sexuales impíos, y emitían extraños sonidos de lujuria y placer... Los de Ellyrion y los arqueros kislevitas fueron lanzados en avanzada para observar y eliminar los observadores y vigías del enemigo...

El camino terminó frente a una planicie donde se hallaban los humeantes restos de lo que debió ser una tranquila aldea nórdica... Los cadáveres crucificados boca abajo y abrasados por las llamas nos ocultaron el verdadero sufrimiento que pudieron padecer los que se opusieron a los deseos del Impío Dios del Placer... Vaul los tenga consigo... Frente al pueblo se desplegaba un único caballero maldito... Estaba de pié, levantando más de siete pies de altura. Sostenía firmemente una adornada daga rúnica con su mano derecha, que presionaba sobre el fornido cuello de Gurman, un Gurman desnudo y derrumbado físicamente. El sufrimiento al que debió ser sometido debió ser mortal... El ser nos miraba con ojos ardientes de odio a través de las sensuales facciones de su máscara... El era mi enemigo, el que me amenazó y perdonó la vida en la batalla de días atrás.

Junto a él, un impresionante corcel bardado esperaba para ser abordado por su señor... Pero, ¿donde estaba el resto del ejército?. Ordené al Príncipe Valeirion que desplegase a los Asur mientras Ommelov desplegaba a los Kislevitas. Difícilmente conteníamos a los nórdicos, deseosos de salvar a su señor. Ordené a Levin y Voltan, el siguiente en rango nórdico, que viniesen conmigo... Clavé mis espuelas sobre Khadan para que avanzase y fuimos al encuentro del ser.

Ni se inmutó... Obligó al nórdico a levantarse, y lo arrastro como a un muñeco hasta su corcel. Montó, sin soltar el pelo de Gurman. La daga sobre su cuello no presagiaba nada bueno... Llegamos a unos pocos metros del ser. Nos dio una absurda bienvenida. Le pedí que soltase al nórdico y marchase en paz, pero su risa histérica y extraña en respuesta me indicó que no preveía hacerlo. Estaba despistado, ya que no sabía que baraja estaba jugando mí enemigo.

Con burla se presentó. Su nombre todavía hoy resuena en mis tímpanos, y es una afrenta para los Asur y para cualquier ser vivo. Zenom, Señor de los Muldiak, servidor del Señor del Placer. Nos dijo que nos marchásemos que volverían a su patria en paz. Y que soltaría a Gurman si obedecíamos. Tal y como lo vi, no tenía más remedio. Asentí tras mirar a Levin, pero cuando iba a girar la grupa de Khadan, sentí el grito de guerra de Voltan, quién se arrojó ferozmente sobre el Señor del Caos... Antes que pudiese pararlo un golpe de la gigantesca espada de Zenom lo decapitó... !!! Ese movimiento había sido tan veloz que ni siquiera yo lo había visto¡¡¡. Hice ademán de asir a Walladrian, pero la seca voz de negación de Zenom me advirtió que no lo hiciera. La garganta de Gurman dependía de ello.

Mirando el sangrante cadáver decapitado de Voltan, volví grupa y galopé hasta mi ejército. Le comuniqué a Ommelov lo dicho y visto, y este asintió, lamentándose por la pérdida del bárbaro. Me giré para observar a Zenom y Gurman mientras el ejército rabioso y conteniendo a duras penas a los bárbaros nórdicos, repletos de ira y ansia de venganza, daba grupas a la escena. Pero la aguda risa de Zenom nos sacó de nuestro ensayo de marcha.

Incumpliendo lo que no tuvo nunca intención de cumplir, degolló a Gurman, y volvió grupas al galope mientras de los bosques eran arrojados los restos empalados de los supervivientes nórdicos. El ejército en pleno cargó tras aquello, yo el primero. No había ni estrategia ni líneas, sólo odio...

Zenom se hundió en el bosque, junto con los restos de su ejército, mientras su lugar era ocupado por un caballero infame que me retó y dos engendros que atacaron a los bárbaros y a los de Kislev. Desenvainé a Walladrian mientras el salvaje me apuntaba con su gran hacha. Piqué los costados de Khadan y cargué. Tenía que despejar el camino para encontrar al verdadero enemigo, el verdadero objeto de mi odio... Descargué a Walladrian sobre mi enemigo, pero en un movimiento de agilidad formidable, me esquivó. Me había confiado, pensé, cuando recibí un brutal golpe de su hacha que mi armadura absorbió, no sin mi dolor. A punto estuvo de descabalgarme. Antes de centrarme en él, giré a Khadam y observé la pugna contra los engendros. Varios hombres habían sido despedazados, y algunos otros huían con horror, pero los del dragón habían reducido ya a uno, y los de Kislev a punto estaban de acabar con el otro...(...)

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Capítulo XI: El Éxtasis.
Fijé mi atención en el caballero que me afrentaba... Khadan relinchaba con fuerza. Mi cabeza no acababa de concentrarse en la destrucción de mi enemigo. El del Averno cargó y descargó su hacha sobre mí, en un ágil movimiento que me hubiese decapitado si no fuese un experto luchador. A duras penas lo esquivé, haciendo retroceder a Khadam...

La agitada respiración del jinete, preso de su propia ansia de autodestrucción, ya que ha eso había sido sentenciado por su Señor, me introdujo en una riada de pensamientos que no me favorecían en nada en aquellos momentos. ¿Que había hecho aquel infernal para ser condenado a la muerte que seguro le esperaba?. ¿Que pecado debía redimir?. Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, sin dejar sitio al razonamiento necesario para combatirlo, por lo que su siguiente golpe me descabalgó... Khadan trotó alejándose de la escena...

Sobre el suelo noté la sangre fluir de mi cabeza, por debajo de mi yelmo. El latido de mi corazón resonaba con fuerza, casi apagando los gritos de ánimo de los que observaban aquel singular duelo. Noté acercarse a mi enemigo, y me vencí al éxtasis de la lucha. Me incorporé, mientras la risa burlona y seductora del huido resonaba en reminiscencias de mi mente. Levanté a Walladrian y me preparé para ser absorbido por el combate. El caballero cargó a lomos de su corcel, pero con una finta lo descabalgué amputando una pata del gran animal que montaba... El jinete salió disparado golpeándose fuerte contra el nevado suelo.

La sangre fluía por mi frente, seguramente debido al golpe que me descabalgó, pero ya no me importaba... ya me había dejado tomar por la batalla. El guerrero se levantó, y sujetando  con sus dos manos la gran hacha, me reclamó. Yo no me hice rogar... Lancé golpe tras golpe con una velocidad que el a duras penas podía parar. El cansancio empezó a hacer presa en mí... Mi rival, a pesar de la lluvia de golpes que había recibido, alguno de los cuales lo alcanzó sobre su armadura rúnica, se mantenía en pié, presa de un extraño éxtasis de lucha, que le llevaba a reír enloquecidamente, lo que hacía aún más macabra la sonrisa inerte de su yelmo. Descargó un golpe de su brutal alma que apunto estuvo de alcanzarme, pero al hacerlo dejó desguarnecidas su guardas diestras, y allí lancé a Walladrian, que supo encontrar el buen camino. El costado de mi rival se abrió de par en par, dejando brotar la roja sangre a borbotones. Su risa seguía estallando, a pesar de sus graves heridas. Se volvió a incorporar sin aparente esfuerzo, aún cuando bajo sus pies la blanca nieve cambiaba de color, teñida por el icor que el ser manaba. Mis fieles callaron sorprendidos, dejando escuchar aún más notable la risa extraña del servidor de los oscuros.

Harto ya de su burla, lancé a Walladrian contra su cabeza. Evitó mi primer golpe, pero era obvio que a pesar de su risa y su apariencia, la pérdida de sangre le había debilitado. Me atacó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, y mi contragolpe lo finalizó. Walladrian entró limpia en su pecho, partiendo su negro corazón, y dejando manar su sangre por dos nuevos huecos. Los ojos del ser se fijaron en los míos, mientras su hacha se deslizaba de sus manos al mismo tiempo que la vida lo hacía de su cuerpo. Con una patada lo lancé hacia atrás, alejándolo de mí y extrayendo a Walladrian. El ser levantó la cabeza con un último esfuerzo, y con sus fuerzas finales lanzó una sonora risotada, que parecía querer burlarse incluso de su misma muerte. Lo decapité...

Los vítores de los hombres resonaban en mi dolorida cabeza. Caí sobre mis rodillas junto al cadáver de mi adversario.  Con esfuerzo me quité el yelmo, dejando fluir mi melena ensangrentada al viento. Levin y algunos de mis fieles me atendieron, pero me negué a recibir ayuda, ya que había cosas más importantes que hacer. Comenzamos a atender a los heridos y contemplamos la realidad del brutal fin de Kluviac. Decenas de cadáveres estaban empalados en los bordes del bosque. Sobre sus desnudos cuerpos habían sido inscritas runas de burla, que hablaban de su sádico final, y del fin que esperaba a los que se enfrentasen al Señor de la Seducción. Levin lloró amargas lágrimas leyendo aquellas runas.

Todas las casas habían recibido la venganza de la derrota de los caóticos. Gurman había sido abandonado por su líquido vital a través de su herida en la garganta, pero viéndole de cerca, supuse que Gurman hacía ya mucho que había dejado de existir, ya que las heridas que había sufrido, y las mutilaciones harían perder la razón a cualquier hombre o Asur, por titánico que este fuese.

Enterramos a los muertos, mandamos a los heridos al campamento de más atrás he iniciamos la persecución...(...)

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Parte XII: La amarga derrota.

Cogí resuello mientras dejaba escapar una lágrima. Atrás quedaba el desaliento, la desesperanza, la muerte, el fin de un pueblo... Ahora sólo nos quedaba cabalgar en pos de sus verdugos, en pos de los seres del Averno que habían llevado a cabo la masacre. Ommelov se mostraba visiblemente nervioso, dando órdenes a sus cada vez menos hombres de Kislev... Miré a mis Asur, y les vi formados, guardando firmemente la compostura, aun cuando la rabia hacía acto de presencia en los rostros de muchos de ellos. Miré a los bárbaros, que ya no continuarían con nosotros, enterrando a sus muertos...

Caminé pesadamente el corto trecho que me separaba de Khadan. Lo monté, agradeciéndole con una leve caricia su firmeza en la batalla y su cálida compañía. Giré mi grupa hacia los nobles de Ulthuan, preparado para lanzar un corto discurso de ánimo... Pero mi sorpresa fue ver que era Ommelov quién se me adelantaba. Con su voz profunda comenzó a arengarnos a todos, tomando un papel que me correspondía a mí. Estaba de pie sobre los estribos de su caballo de guerra, con una mano sobre la empuñadura de su sable. Me sentí un tanto liberado de la labor de animar a los que tanto horror habían visto... Sonreí por primera vez en días... Su arenga tuvo efecto, por los vítores que se escucharon... Pidió mi permiso para comenzar la marcha, y con un leve gesto, lo concedí.

Por todo el camino existían claras pruebas del salvajismo y perversión de nuestros enemigos, los enemigos de la vida y del bien, de Isha y de Vaul, de los Ancestrales, de todos los dioses del viejo Mundo... Centenares de bárbaros habían sido empalados a un lado y otro del camino, pertenecientes a mil y un pueblos destruidos... La flora era extraña y perversa... Se respiraba la muerte, con su dulce hálito de perversión.

Nuestros exploradores no encontraban rastro alguno de nuestros adversarios que no fuese el paso salvaje de su marcha en dirección contraria a la que ahora seguíamos. Nos acercábamos peligrosamente a la frontera norte de Norsca, donde el Caos reina con su poder. Decidí acampar en un claro donde podríamos preparar buenas defensas. Mandé a los de Ellyrion a buscar al enemigo en profundidad y a los arqueros kislevitas a limpiar de engendros los bosques de alrededor.

Comenzó a caer la noche cuando recibimos inquietantes noticias. Los kislevitas habían eliminado a media docena de bárbaros que caminaban perdidos por los bosques, y capturado a otro par de ellos. Sin embargo, los de Ellyrion no regresaban. Decidí interrogar a nuestros prisioneros. No hizo falta mucho para hacerles hablar, ya que alejados de las fuentes de poder del caos no son nada. La expedición que había invadido aquella región estaba mandada por Vermen, quién fue muerto en Busiak. Supuse que era el príncipe de la oscuridad que eliminamos. Ahora los restos de su ejército se dirigían de vuelta hacia su región, mandados por Zenom, jefe de los Muldiak... pero no obtuve ni una palabra sobre su situación.

Ya comenzábamos a prepararnos para el descanso, con el frío viento golpeándonos, anunciando ventisca, cuando apareció uno de mis jinetes ligeros... Corrí hacia donde se había detenido, junto a los guardianes... Estaba muy herido... Lo bajamos de su corcel... Antes de perder el conocimiento nos advirtió que le seguía un ejército, y que no sabía si quedaban más de los suyos...

Si que quedaban, ya que mientras que se lo llevaban, aparecieron a galope tendido Miridian, mi heraldo, y un par de sus jinetes, seguidos muy de cerca por un grupo bastante grande de mastines de guerra. Llamé al arma, tomé a Walladrian y, tras pasar mis jinetes, comencé a repartir golpes de muerte a las inmundas bestias de los señores del caos.

Ya llegaban hombres y elfos en mi ayuda cuando comenzó a aparecer una hueste de diablillas, comandadas por el inmundo caballero que degolló a Gurman. Desde la distancia vi su gesto de desafío, ordenando a decenas de engendros del placer asaltarnos. Recibimos la carga sin preparación alguna. Todo se convirtió en un caos de seres del infierno degollándonos y de diablillas desapareciendo ante nuestros golpes. Intenté abrirme camino hacia el Paladín enemigo, pero a cada golpe de Walladrian aparecía otro demonio. Una sonora risotada rompió el ruido de la lucha, y vi como el Señor del Caos, tras saludarme burlonamente volvía grupas y se unía a una decena de caballeros oscuros, huyendo de la escena...

La batalla contra las diablillas se estaba tornando difícil. Se notaba que la energía del caos era grande, y mantenían su nudo con lo material con mucha mayor facilidad que en anteriores encuentros. Traté de organizar a una de mis unidades de Yelmos, pero plantear una carga en la noche y con tantos obstáculos era poco menos que una locura, así que los llevé a pie al fragor de la lucha...

Durante diez horas estuvimos combatiendo a los grupos de diablillas que nos acosaban. Perdí la cuenta de cuantas devolví a su mundo, pero lo que si se es que cuando llegó la amanecida, la sangre cubría el claro. Muchos de nuestros hombres y corceles habían muerto o estaban heridos. Lo peor era no ver ningún ejemplo material de nuestro enemigo derramando su icor sobre la nieve como lo hacia nuestra sangre...

Se hizo patente que no podíamos continuar. El enemigo regresaba a su tierra, pero regresaba convirtiendo nuestra victoria en una amarga derrota. Derrota por no conseguir eliminarlo, derrota por nuestras bajas, derrota a nuestro orgullo, Ommelov y Valeirion estaban heridos. Habíamos perdido casi dos tercios de los hombres de Kislev que partieron de la expedición original, a parte la mitad de mis nobles y mis dos carros. Teníamos muchos heridos que requerían atención y el cansancio y el frío comenzaban a hacer mella en los sanos.

Ordené regresar. El camino de vuelta habría de sernos más corto por necesidad, aunque una fuerte ventisca nos retrasase... Llegamos al campamento cercano a Klaviac, o a lo que fue Klaviac... Allí reposamos...

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Parte XIII: El regreso.

Descansaba arrojado sobre un camastro de pajas, cerca de una lumbre que caldeaba la habitación... El dolor de mis heridas no era nada con el dolor que sentía en mi corazón ante los acontecimientos pasados. Mentalmente, tratando de conciliar el sueño, repasé todo lo pasado.... Por cada baja, por cada amigo caído, por cada gota de sangre de los nobles Asur de Ulthuan, derramé una lágrima... El sueño tardó en encontrarme, pero al final caí en sus reparadores brazos.

Me encontraba en el camastro dormitando cuando una voz me llamó desde el exterior... Abrí los ojos y allí estaba uno de los guardianes bárbaros. Me pedía que saliese, que algo grave pasaba... Me puse rápidamente mis guardas y rescaté a Walladrian y mi escudo por lo que pudiese pasar... Salí... La ventisca volvía a hacer acto de presencia, sacudiendo con furia la nieve contra nuestros rostros... Una figura negra cabalgando un gigantesco corcel estaba esperando a la entrada del pueblo... Recortada contra el negro horizonte apenas era perceptible. El bárbaro me comunicó que había pedido hablar con el líder del Asur... Ese era yo, así que avancé dificultosamente hacia él.

Cuando llegué a su altura me di cuenta de la tremenda altura que tenían corcel y jinete, y del olor a muerte que desprendían. Su casco... me resultaba conocido... era él¡¡¡. Zenom¡¡¡. Desenvainé a Walladrian, pero era tarde... Encabritó a su corcel que me derribó, golpeándome la cabeza... Miré hacia mis hombres, pero parecían ausentes de la escena, perdidos en la ventisca... El jinete descendió. Me encontraba indefenso... Blandió su espada por encima de su cabeza. Me dijo que siempre estaría conmigo hasta nuestro próximo encuentro... Lo miré extrañado y horrorizado, viendo descender mi fin... Me golpeó...

Con un grito y bañado en sudor a pesar del frío, desperté...Jadeaba, mientras algunos de mis nobles me miraban con extrañeza... Un sueño... Había sido un sueño... Quedé tendido tratando de encontrar el calor mientras ordenaba mis ideas... Vaul me volvía a hablar con su lengua, que sólo entienden los que quieren comprenderle... Me encontraría de nuevo con el ser... Él vendría a buscarme... Tal vez ni hoy ni en los próximos cien años, pero el encuentro era seguro, había sido señalado, y debía prepararme para él... Si no perecería.

Con el alba regresaría a Kislev, y de allí, tras informar junto a Mirsha Ommelov, volvería a mi sagrada tierra. Ahora sabía mi destino, así que podía descansar...

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Parte XIV: Epílogo.

Tardamos tres días en regresar a Kislev. Presentamos nuestro informe al Zar, quién lloró la pérdida de su Coronel, y nos agradeció nuestra ayuda. Me concedió lo que desease en pago por mi servicio. Yo tenía ya todo lo que quería o necesitaba, pero le pedí una de las preciosas joyas de su colección para Nalandrín. Me dío una de las más bellas.

A los pocos días partí en mi bergantín a través de las heladas aguas del norte. Atrás quedaban muchos amigos, historias, batallas y emociones. Llevaba los acuerdos comerciales solicitados por mi Rey, junto con el prestigio de la raza élfica de Ulthuan entre las rudas tribus del norte y entre los hombres de Kislev. Y mis recuerdos... sobre todo mis recuerdos...

Tras varios días de navegación alcanzamos las costas de Ulthuan. Pronto yacería junto a la divina Naladrin... Pronto llegaría a casa...


FIN

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