La lluvia golpeaba rítmicamente las ventanas, asemejando una
orquesta que tocaba, burlona, alguna vieja canción de antaño, mientras Yolanda observaba
las gotas de agua deslizarse en su danza final a través de los cristales, con
su mente puesta más allá de lo que sus ojos veían. Aquel era otro triste y gris
día de otoño, otro más en la monotonía en que su vida se había convertido; un
día que parecía haber vivido un millón de veces.
Con indiferencia, giró sobre sí misma, deslizando su mirada
hacia el suelo, mientras una lágrima comenzaba a rodar por su mejilla. Bajaba
la cabeza avergonzada, ya que ella lo había tenido todo, y estaba segura de
haberlo perdido, segura de su culpabilidad en aquello que la vida, injusta y
cruel, le había destinado.
Todo había sido diferente unos años atrás, cuando conoció a
aquel joven comercial que visitó una tarde de primavera su tienda de lencería;
su sonrisa y simpatía, su intrépida forma de cortejarla, rápidamente la
cautivaron, y en pocas semanas ya estaban saliendo, viviendo locamente el amor
que los había atropellado. Se casaron poco tiempo después, cuando ella tenía
ante sí la seguridad que aquel amor duraría largos años de pasión y aventura.
La relación con su marido, recordaba Yolanda mientras se
dejaba caer con desgana sobre el sofá, era muy diferente a lo que tenía hoy en
día; a ella le había cautivado el lado salvaje que él había mostrado, su lado
más misterioso; la vencía cuando la llevaba donde ella menos esperaba, y como
hacían divertidas locuras que les proporcionaron noches de pasión, peligro y
romanticismo. En el sexo el respondía con gallardía, dejándola satisfecha tras
cada furtivo encuentro, tanto en lugares prohibidos donde se les había antojado
iniciar el juego, como cuando hacían el amor sobre las delicadas sábanas de
seda de su cama.
Todo aquello se había terminado. Hace algunos años que
llegaron los niños; poco tiempo después, mientras ella perdía su negocio, víctima
de la maldita crisis, él crecía en su empresa, lo que le obligaba a pasar largas
jornadas fuera de casa, días en los que ella sólo podía añorar aquel lado
salvaje que tanto la enamoró, mientras el tedio la cubría con su gris manto
cada tarde, hasta llevarla, cansada y llorosa, tras acostar a sus pequeños,
ante las vacías sábanas de su cama, que le asemejaban una mortaja de seda,
impidiendo su sueño durante aquellas noches de soledad.
Nada la llenaba ya… ni las visitas de su hermana, ni el café
y las compras con sus amigas en el centro, ni sus paseos por las redes
sociales, que durante buena parte de estos últimos años habían sido su evasión.
Ella estaba necesitada de nuevas aventuras, de un cambio, de volver a conocer a
aquel joven que hace tiempo la cautivó, y que hoy se había convertido en un
extraño, serio, lejano, gris como aquella tarde de otoño.
Yolanda había cumplido ya los cuarenta, pero el peso del
tiempo se nota más cuando este pesa en el alma, y la de Yolanda estaba saturada
de tristeza y pena acumulada, de ansiedad por lo perdido, de cansancio por
luchar en una guerra que ni siquiera había empezado a pelear; se había rendido
al paso del tiempo sin presentar batalla. Era guapa, pero sus ojos se veían
tristes, cansados, con grandes ojeras mal disimuladas por el suave maquillaje
que gustaba utilizar. Había adelgazado, ya que muchos días apenas comía,
consumida por la desesperanza. Se consideraba a sí misma como un pajarillo,
preso en una jaula dorada, de la que no podía escapar. Cada día era una asfixia
constante, un sentimiento que, a fuerza de repetirlo, la aplastaba. (…)
Aquella misma tarde, a un mundo de distancia, Adrián pensaba
en su mujer mientras conducía, camino de regreso a su hotel. Llevaba ya diez
días fuera de casa, mientras cerraba numerosos acuerdos que le proporcionarían
pingües beneficios. Sin embargo, no estaba satisfecho; el trabajo iba muy bien,
cada día mejor, pero sentía que estaba perdiendo lo que más deseaba. Llevaba
tiempo sin entender que le ocurría a su esposa, a la que amaba con locura, aun
cuando ya habían pasado muchos años, no siempre buenos, de matrimonio. La
sentía cada vez más lejana, cada vez menos suya, con su corazón cada vez más
apagado; su amada ni siquiera se estremecía ya ante un abrazo y un beso, incluso
en ocasiones le rechazaba. Llevaban meses sin mantener relaciones íntimas, ya
que entre su cansancio cuando llegaba a casa y el mal humor de ella, las
situaciones eran demasiado forzadas; ya no hacían más que discutir, por
cualquier motivo, pero él seguía queriéndola, estaba seguro, como el primer día
en que se conocieron; la deseaba aun, con fuerza, pero no sabía cómo
demostrárselo. Se habían convertido en dos extraños.
Adrián llegó al hotel, sin dejar de pensar en su esposa. Aparcó
el coche e, instintivamente, tomó el móvil para llamarla. Buscó el número entre
los favoritos y se quedó mirando, ensimismado, la pantalla del smartphone… No,
no podía marcar nuevamente, para simplemente escuchar su desesperación sin que
hubiese entre ellos una retornada complicidad, un halito de esperanza. Con determinación,
salió del coche y se dirigió hacia el ascensor. Su mente no hacía más que girar
entorno a una idea; tenía que volver a conquistarla. ¿Pero cómo?; ella no le
dejaría entrar, en la actual situación, en su corazón ni en su mente.
Adrián apenas cenó, y cuando subió a la habitación, agotado
tras el largo día de trabajo, no permitió que el sueño le venciese. En su
cabeza no hacía más que girar una idea: “tengo que ser el que era; necesito que
se enamore nuevamente de mi”. Pero los problemas se acumulaban en su mente; no
tenía, debido al trabajo, a los niños, a la necesidad constante de realización
personal que tanto le había supuesto laboralmente, tiempo material para
dedicarlo a una nueva conquista, ni de su mujer ni de ninguna otra. Ahora
comenzaba a vislumbrar el enorme coste, el gigantesco precio que había tenido
su crecimiento laboral y personal, que le había llevado a perder lo que más
deseaba, habiendo olvidado amar y ser amado.
Su sueño, pesado, poco a poco le venció, cayendo en los
brazos de Morfeo con una idea atravesando sus sueños. (…)
Pasaron algunas semanas, en las que Adrián apenas había
parado por casa unos pocos días. Se había mostrado más cariñoso de lo habitual
con Yolanda, que se preguntaba, mientras apuraba el café matutino que solía
tomar en la cafetería de La Encomienda, el porqué de las extrañas preguntas que
en estas semanas le había formulado su marido; parecía como si quisiese
recuperar el tiempo perdido, de forma torpe, interesándose por lo que ella
hacía, por sus inquietudes, por sus sentimientos. Sin embargo, ella, evasiva, le
respondía con vaguedades, intentando alejar de si la sensación de ser
controlada, lo último que le faltaba a una relación que creía deshecha.
El café en La Encomienda, situada a unas manzanas de su casa,
y donde acudía cada mañana tras dejar a los niños en el colegio, se había
convertido en uno de esos momentos en los cuales podía sentirse más ella,
sometida por sus pensamientos, pero más tranquila y próxima a la libertad,
alejada de la jaula de oro en que su marido había convertido su hogar, a base
de lejanía y desamor.
Estaba apurando el café, cuando escuchó el sonido de una
vajilla al romperse, lo que la sacó de sus pensamientos. Se giró sobre la silla
para ver como el camarero había tropezado y las tazas que llevaba habían caído;
la verdad, algo poco relevante para ella, que se enfrentaba a la disyuntiva de
acabar de una vez con la pesadilla en que creía haber convertido su matrimonio,
o tomar una medida más drástica que aún no se atrevía ni a pensar. Aprovechó la
posición para pedir la cuenta, y volvió a girarse sólo para descubrir que,
frente a ella, bajo el platillo del café, había un sobre.
Sorprendida, Yolanda miró a ambos lados del local, tratando
de buscar a quién lo había dejado allí; sólo acertó a ver la figura de un
hombre elegante y alto que abandonaba la cafetería, girando levemente la cabeza
para observarla; no consiguió ver su cara, ni siquiera podría asegurar que aquel
hombre hubiese dejado el sobre allí. Con cierto temor lo deslizó con suavidad por
la mesa de café; olía a un varonil perfume que creía conocer, aunque el
subconsciente apenas le permitía recordar cuando había sido atrapada por aquel
aroma. Preocupada, llevo el sobre hasta su regazo, escondiéndolo como si fuese
una colegiala nerviosa que oculta un pecado. Miró a ambos lados del café,
buscando si alguien la observaba, y, segura que todos la ignoraban, como era
habitual, se decidió a abrir el sobre.
Apenas asomaba ya el contenido, cuando el camarero apareció,
aun mostrando las huellas de su incidente con las tazas de café, para
entregarle la cuenta. Ella, ruborizada por la imaginación del contenido de
aquel sobre que mantenía entre sus manos, se apresuró a pagarle. Cuando sintió
que estaba otra vez sola, en esa soledad que uno siente en un sitio público,
donde es uno más y nadie se interesa por ti, decidió volver a él. Deslizó
apenas la cabecera del papel que contenía, e hizo ascender el sobre hasta su
rostro, a fin de aspirar aquel aroma del pasado. ¿Dónde había estado presente
aquel perfume?
Un repentino rubor inundó sus mejillas de rojo, y sintió
como el calor de una emoción cierta y de mucho temor comenzó a sobrepasarla;
con presteza metió la carta en el bolso y se levantó, intentando disimular su
inquietud, dirigiéndose a la puerta del local; necesitaba llegar a un refugio
más seguro, a casa, donde en completa soledad, a salvo de ojos indiscretos,
podría leer aquella turbadora misiva. Apretó el paso, mientras en su mente se
acumulaban los sentimientos, a medio camino entre el pánico y el deseo de
conocer el prohibido contenido de la carta; y comenzaron las dudas y las
preguntas, que pedían la vez en su cabeza de forma atropellada… ¿Cuál era el
contenido de aquel papel perfumado que había guardado, confundida y ansiosa, en
el bolso? ¿Qué persona se lo había enviado y que quería? ¿Sería aquel
desconocido que vio abandonar la cafetería? ¿Le estaría siguiendo?.
Con notable incomodidad, comenzó a valorar la posibilidad de
deshacerse del sobre y olvidarse de su contenido; pero una fuerza irresistible,
ese lado salvaje que ella mantenía aun en su interior, y que tanto echaba de
menos en su marido, hacía que su corazón latiese intensamente, presa de la
ansiedad, y de la necesidad de conocer que representaba aquel papel, que verdad
le ocultaba.
Llegó a la casa y, antes de acceder al portal, se aseguró
que nadie le había seguido. La verdad, se sentía como una paranoica a la que
todo el mundo amenazaba; una mirada a su entorno la bastó para saber que a
nadie le importaba, así que, satisfecha, empujó la puerta y entró. La espera
del ascensor se le hizo eterna, y la subida pareció interminable. Pero poco
después ya se encontraba en su jaula de oro, en su refugio seguro, donde podría
desencadenar el misterio que aquél trozo de papel contenía.
Tras ponerse algo más cómoda, se dirigió al salón con el
sobre ya en la mano y, dejándose caer sobre el sillón, se acurrucó y preparó
para leer la carta. Con delicadeza, no exenta de cierta ansiedad, abrió el
sobre nuevamente; el contenido apenas asomaba por la apertura visible del mismo,
permitiendo leer, sobre el papel perfumado, las palabras “triste dama de…”. El
calor volvió a su rostro, sonrojándola. Suavemente, tomo la carta entre sus
dedos y la desplazó hacia arriba; estaba doblada por la mitad, por lo que la
desdobló, con la vista fija en la primera línea y, sin más demora, comenzó a
leerla.
-“Mi triste dama de bella mirada,
Mucho tiempo llevo observándola en silencio, observando su
soledad, su tristeza y su dolor, pero también su energía y su increíble
belleza. Muchas jornadas de dudas, de no conciliar el sueño, de temor ante la
posibilidad de no volver a verla han pasado hasta escribir esta carta. Por fin
me he decidido, y con estas palabras que le envío quiero explicarle que muero
por usted.”-
Ella se turbó y detuvo la lectura. Comenzó nuevamente el
miedo y la duda, pero la necesidad de conocer más sobre aquel pretendiente,
aquel misterioso sujeto, pudo más y continúo leyendo.
-“Nos conocemos. Hemos hablado en alguna ocasión, pero
siempre la he considerado demasiado lejos de mis posibilidades; sé que está
casada, pero necesitaba decirle esto. Me duele cada vez que la observo, cada
vez que la siento cerca, cada vez que la sueño, cada vez que la pienso… Mi amor
hacia usted es tan grande, que tengo miedo de ser rechazado, ya que usted es lo
único que me liga a la realidad, mi mundo y mi vida. Me contentaría con saber
que puedo mantener con usted correspondencia, hasta que la seguridad de mi amor
le permita abrirme sus puertas.”-
-“Le propongo un juego, una pequeña locura que me permitirá
saber si puedo ser correspondido, si le gustaría conocer mi alma, mi corazón, que
le entregaré sin reservas, antes que mi persona. Todos los viernes pasaré por La
Encomienda, y todos los viernes, si lo desea, tendrá una carta mía; hasta que
me sienta seguro que conocerla personalmente no acabará con mi pasión, no
supondrá su olvido. Pero necesito conocer que usted quiere atender mi
proposición. El próximo viernes, y si no el siguiente, déjeme una nota sobre su
mesa, justo debajo del platillo de pago; cuando usted haya salido, lo recogeré
y sabré que su corazón está dispuesto a conocer la aventura, a seguir un juego
que puede convertirse en lo más hermoso que hayamos vivido.”-
-“Estoy convencido que aceptará mi invitación. Lo deseo tan
fervientemente que no puede ser de otra manera; quiero morir con usted, y no
por su ausencia.”-
-“Suyo para siempre”.-
La carta se cerraba con una firma que contenía dos letras y
un garabato: “AA”. A duras penas suponían una pista en la atribulada mente de
Yolanda. La carta le había turbado como hacía años que no le ocurría, y las
preguntas se atropellaban nuevamente en su cabeza. ¿Quién sería? ¿Cómo sería?
Se conocían… ¿Sería el padre de Pablo, amigo de sus hijos? ¿Cómo se llamaba?
¿Roberto? Se habían mirado alguna que otra vez, furtivamente, aunque habían
hablado bastante poco; era atractivo y ella había soñado alguna vez con él. ¿O
sería Alberto, el padre de Adela, compañera de clase de sus hijos? Con él había
departido en alguna ocasión, y tendría sentido la firma “AA”, pero aquel hombre
no le atraía nada. Todas ellas eran preguntas que carecían de respuesta.
Pasaron los días de forma rutinaria en la vida de Yolanda,
aunque una nueva emoción la embriagaba; cada vez que se quedaba sola, pensaba
en “su caballero”, personaje que estaba comenzando a idealizar. Leyó aquellas
turbadoras letras una y otra vez, intentando averiguar pistas sobre su
pretendiente. Olió el perfume, que poco a poco fue difuminándose. Y el día de
la respuesta comenzó a acercarse, junto con las dudas de Yolanda. ¿Cómo podría
traicionar a su marido? Apenas nada les unía ya, pero su educación la obligaba
a estar con él hasta que fuese posible.
No encontraba solución al dilema, hasta que, llegado el jueves
antes de la entrega de la respuesta, tomó una decisión; necesitaba saber más de
aquel hombre; iría con cuidado, ya que no sabía quién podría estar detrás de la
misiva, pero le iba a responder; al menos quería conocer hacía donde llevaría
aquel camino, al menos una carta más.
Escribió una nota muy breve. Nunca se le había dado bien
escribir, y entre los nervios y la falta de inspiración, apenas salieron unas
pocas letras, las suficientes para hacer ver su curiosidad por su desconocido
interlocutor. Le costó tiempo encontrar un encabezado adecuado: “Querido
desconocido… Mí desconocido… Mi caballero ausente… Estimado amigo”… fue
descartando presentaciones hasta decidir que no pondría ninguna. La nota era
escueta y directa… “Quiero saber más de ti. Firmado: Yolanda”.
Estuvo buscando un sobre y no encontró ninguno, así que
decidió doblar la nota por la mitad y, simplemente, dejar el papel sobre la
mesa de café. Dejaría su mensaje al día siguiente, y esperaría, deseando que
Adrián, quién regresaba ese mismo viernes, percibiese su turbación lo menos
posible. Decidió que intentaría ser más amable con el esos días, así se notaría
menos su emoción prohibida.
El día llegó. Yolanda despachó a los niños en el colegio con
rapidez, y comenzó a observar a los padres, que charlaban amigablemente en la
calle, por si alguien hacía algún gesto que le delatase, que la convenciese que
era el desconocido. Nada notó, así que partió hacia La Encomienda, visiblemente
nerviosa. Tomó asiento en la mesa habitual, y, observando a su alrededor con
emoción y cierto miedo, apuró el café. Cuando acabó, hizo lo que se le había
pedido; pagó, dejó la nota y salió del local. Pero la curiosidad era más
poderosa que su conciencia de seguridad, decidiendo esperar, medio escondida en
un portal, a ver quién entraba y salía del local. Allí estuvo más de media
hora, sin vislumbrar rastro del desconocido que, tras su anterior experiencia,
creyó reconocer. Con disgusto, en la creencia que la nota habría acabado en la
basura, regresó a su monótona existencia.
Los días siguientes Yolanda se mostró más triste y sensible
que nunca. Su marido había llegado a casa ese mismo viernes, y había intentado
ser amable y cariñoso con ella, pero Yolanda apenas podía ver en él un extraño,
por lo que rechazó sus abrazos, causando en ella un sentimiento a medio camino
entre la culpabilidad y la pena, que hizo aflorar a su rostro no pocas
lágrimas. Adrián marchó pasado el fin de semana, dejándola nuevamente en una
soledad que, esta vez, se le antojó reparadora. La posibilidad que su recién
nacida esperanza se hubiese visto truncada dejó, poco a poco, paso a una nueva
ilusión, por ese viernes que se acercaba, por ese día en que averiguaría si
aquel extraño le obsequiaría con una nueva carta, con un pedazo de su corazón.
El viernes llegó más rápido de lo que Yolanda esperaba. Con
visible nerviosismo, dejó a los niños en el colegio y se dirigió a la cafetería,
desembarazándose de los padres que intentaron conversar con ella; tardó sólo
unos minutos en llegar, pero en el estado de excitación en que se encontraba,
le parecieron horas. Cuando atravesó la puerta del local, se detuvo por un
instante, en un vano intento por centrarse; aprovecho para observar a los
clientes, intentando descubrir a su secreto pretendiente, pero no consiguió
encontrar a ningún hombre que cumpliese las premisas que Yolanda había creado
de aquel desconocido, su caballero, su amante oculto. Se sentó frente a la mesa
habitual y pidió un café; para dejar pasar el tiempo, sacó su móvil y comenzó a
ojear las redes sociales, con cierta desazón. Cada vez que escuchaba la puerta
de entrada, levantaba la vista, esperando ver entrar a aquel que estaba
ocupando sus pensamientos; pero nada, sólo entraba gente sin importancia para
ella.
Pasaron los minutos, diez, quince, treinta… Un mundo. No
podía creerlo, su sueño se estaba haciendo trizas como un jarrón de porcelana
al estrellarse contra el suelo. Cuando consideró que ya había esperado
suficiente tiempo llamó con desgana al camarero, pidiéndole la cuenta con un
gesto, mientras una lágrima recorría su mejilla; estaba defraudada y dolida,
pero no quería llorar en un sitio público de la forma que su cuerpo le pedía;
quería gritar su frustración a los cuatro vientos, pero la educación que había
recibido se lo impedía.
Mientras esperaba apoyó las manos sobre el rostro, caliente
de ira e impotencia, y sollozó en silencio su frustración. Así estuvo hasta que
escuchó la voz del camarero, llamándola. Levantó la vista para observar cómo le
tendía el platillo de la cuenta, mientras le preguntaba que le sucedía, si
podía ayudarla. Ella contestó con cortesía que nada, y comenzó a rebuscar el
monedero dentro de su bolso. El camarero se volvía para marchar, cuando vio un
sobre en el suelo. Lo recogió y, girándose hacia Yolanda, la preguntó si era
suyo. Ella miro el sobre con un gesto de incredulidad; tardo unos segundos en
responder, pero cuando lo hizo no pudo ser más brusca, afirmando que era suyo y
arrebatándoselo de la mano con poca delicadeza. El hombre se volvió mascullando
la mala educación mostrada por Yolanda, mientras ella dejaba el sobre sobre la
mesa, apartándolo levemente como si quisiese alejar una maldición que no podía
evitar.
El corazón de Yolanda se aceleró al ritmo que los
pensamientos iban aflorando a su mente… ¿Cómo no podía haber visto a su
caballero dejar el sobre junto a ella? ¿Y si su amante secreto era el camarero?
No, eso no; era bastante mayor y poco atractivo, no podía ser… ¿Pero y si lo
era? Levantó la vista para verle acercarse, con la cara marcada de arrugas y un
gesto hosco, tras sufrir el desplante anterior, trayéndole las vueltas. Ella
masculló una disculpa, que el acepto con desdén. Yolanda volvió a su pecado, mirándolo con
renovada inquietud, no exenta de un deseo irrefrenable por conocer el
contenido; tomó el sobre y se lo acercó para notar nuevamente aquel penetrante
perfume, varonil, atractivo, una promesa de actos inconfesables, que volvió a
cautivarla. Guardo el sobre con delicadeza en su bolso y salió del local.
Con paso apresurado, al mismo ritmo que su corazón se
aceleraba, inundado de emociones, sofocado por el misterio, la ansiedad, la
necesidad de conocer las palabras que aquel sobre ocultaba, Yolanda se dirigió
hacia su casa. Sin embargo, al pasar junto al Parque de Los Fueros, a unos
minutos aun de llegar a su destino, la emoción por conocer los secretos
escondidos en aquel sobre, la hicieron buscar un punto apartado, tomar asiento
en un banco, y, aprovechando el sol que se filtraba débilmente entre las nubes,
prepararse para leer a su pretendiente desconocido. Miró alrededor para
asegurarse que nadie le prestase una atención especial; no era un día propicio
para pasear por el parque, ya que la temperatura en aquel invierno que
finalizaba aún era escasa. Un escalofrío recorrió sus piernas bajo la falda,
por lo que intentó cubrirse con el abrigo, al tiempo que tomaba el bolso para
extraer su secreto más preciado.
Inició el ritual, abriendo delicadamente la carta y
acercándosela nuevamente al rostro para percibir aquel perfume embriagador. Olía
al mismo veneno que le había cautivado en algún tiempo pasado, un veneno
perfumado con un aroma que le invitaba a soñar, a yacer en el mundo onírico con
aquel personaje que ella deseaba convertir en realidad. Cerró brevemente los
ojos, mientras trataba de contener su corazón, que comenzaba a desbocarse,
latiendo con fuerza a la espera de las ansiadas noticias que la carta contenía.
Y extrajo aquel papel bendito que contenía esperanzas perdidas, una aventura
que en su mente comenzaba a cobrar una dimensión extraordinaria. Desdobló la
carta y, tras cerciorarse nuevamente que se encontraba a salvo de miradas no
deseadas, sentada sola, en aquel parque del invierno, comenzó a leer.
“Mi dama de la bella mirada, mi amada Yolanda” – comenzaba.
Ella notó llegar el calor a sus mejillas, al ruborizarse con aquellas escasas
palabras que tanto prometían. Continuó leyendo.
“Tu nota me llenó de emoción, me colmó de alegría, y de inspiración
para poder decirte lo que siento por ti; entregarte mi amor oculto, mi
pensamiento prohibido. Te sueño cada noche, te imagino cada segundo del día,
muero por tenerte a mi lado, muero por ti.” – ella se sentía cada vez más
turbada; el mundo a su alrededor había desaparecido, y solo aquel papel que
tenía delante, aquella gracia que le había sido dada, se convertía en su única
realidad.
“Eres el faro que me guía hacia mi destino, la luna que
ilumina mi noche. Mi vida no tiene sentido sin ti, sin pensarte a cada
instante, sin la esperanza de tenerte un día a mi lado; mi deseo por conseguir
tu amor sincero, de amarte con pasión cada noche, cada día, cada minuto, son
todo lo que tengo. Eres mi alimento, mi pasión, la sangre que corre por mis
venas, impulsando cada uno de mis músculos con el único objetivo de conquistar la
cumbre de tu amor, de luchar cada segundo de esta vida, que te consagro, a
alcanzarte.” – Yolanda no pudo más. Su rostro se iluminó con una sonrisa, al
tiempo que las lágrimas comenzaban a asomarse a sus ojos. Se secó con la palma
de su mano, sintiendo el frío ambiental, que contrastaba con el calor que
notaba en su interior.
“Mi hermosa dama, si me permites, intentaré mostrarte mi
corazón con cada carta que intercambiemos; que cada uno de mis textos sea un
pedazo de mi alma que te entrego sin condiciones. Cada viernes te haré llegar
mi corazón, entregándotelo para que lo puedas ir conociendo, hasta que sepa que
eres mía, sólo mía. Entonces, nos conoceremos.”.
“Me gustaría saber tus sentimientos, conocerlos más
profundamente; si lo deseas, cada día, al marchar, me puedes dejar mensaje bajo
el platillo de la cuenta. Ten por seguro que lo recogeré y atesoraré cada
palabra en mis sueños.”
“Completamente tuyo: AA”.
Yolanda se quedó largo rato concentrada en el pedazo de
papel que aun sostenía entre las manos. Temblaba, tanto por el frío como por el
sentimiento que recorría cada centímetro de su cuerpo. Pasaron minutos que
parecieron horas, mientras en su cabeza se mezclaban aquellas palabras que
había leído, aquellas frases que habían cautivado su corazón como, recordaba,
sólo Adrián logró hace ya años, al inicio de su relación; pero este hombre aún
era más sentido, más romántico, más hermoso. Ella estaba segura, iba a
continuar con el juego; necesitaba conocer hasta donde llevaba aquel camino,
aquella nueva esperanza de recuperar lo perdido. Intentaría disimular ante su
esposo; a pesar de todo, no quería dañarle, y necesitaba estar segura que no
estaba ante un juego tonto, si no ante un corazón que realmente la deseaba, la
necesitaba, alguien a quién proteger y con quién vivir nuevas aventuras,
alejadas de la jaula dorada a la que Adrián la había confinado.
Pasaron nuevamente los días. Yolanda se mostró cariñosa con
su marido, intentando ocultar, mal disimuladamente, la nueva alegría que la
ocupaba; le permitió acercarse sin rechazarle, como en otras ocasiones. Ella
notaba como el observaba su inconsciente sonrisa, la mirada nuevamente
iluminada, y temía que esto delatase su situación, aquella renovada ilusión.
Cuando el volvió a partir, Yolanda dio rienda suelta a su alegría; usó las
tardes de aquella semana con sus hijos, llevándoles al cine, de compras, con
una imagen y una sonrisa como hacía años que no se le conocía. Y escribió…
escribió una larga nota, no una carta, si no una serie de frases que le venían
a la cabeza, y que, atropelladamente, le salían del corazón, de un alma que
había decidido dejar ver a su pretendiente.
“Eres lo que desde hace años esperaba encontrar”; “desearía
que la belleza que desprenden tus palabras fuese real”; “quiero que me
conquistes”. Frases con las que expresar esa pasión que había tenido adormecida
los últimos años, esa pasión que Adrián y el tiempo enterraron pero que, como
un renacido, volvían a la vida con fuerza.
Durante unas semanas, el intercambio de cartas fue fluido, y
Yolanda, poco a poco, fue cayendo en las redes del pretendiente anónimo que le
cortejaba, al que ya trataba como “mi amor prohibido”, “mi corazón”, “el sol
que me ilumina”; semanas en que la emoción, el cortejo, la fantasía de un amor
posible, se disparaban en la mente de Yolanda, dispuesta tras años de sentirse
aislada, a entregarse a una relación que despertaba su lado salvaje, su lado
más deseado y deseable, dispuesta a vivir esos momentos soñados y recordados. Y
sin darse cuenta, en un esfuerzo por ocultar a su marido el pecado, fue
acercándose a él; en un intento de evitar que se notase su sonrojo, acababa
abrazada a Adrián, sin permitir grandes alardes, pero más próxima de lo que en
los últimos tiempos había estado. Tal vez fuese instintivo, tal vez fuese por
sentimiento de culpa, pero lo cierto era que, cuanto más cerca sentía al
misterioso amante, más se acercaba a la vez a su marido; de hecho, a sus ojos
parecía haber cambiado, siendo más amable, más atento con ella y sus hijos, más
feliz.
Pasó una estación, y cuando el calor comenzaba a apretar,
anunciando la inminente llegada del verano, Yolanda se decidió a dar el paso, a
pedirle a su desconocido que se desprendiese de su máscara; lo deseaba con
pasión, con inmensa locura, se había convertido en una obsesión. Aquel viernes
de junio, con su mirada que reflejaba la radiante felicidad que la cubría,
continuó con el ritual habitual, dejando a los niños en el colegio, y, tras
conversar alegremente con algunos de los padres que se congregaban a las
puertas del centro, dirigirse hacia La Encomienda. Allí esperaría la llegada,
siempre casual, de su sentimiento más profundo, mientras apuraba el buen café
torrefacto que le servía el camarero, con quién mantenía, pasados los meses,
una agradable relación.
Apuró tranquilamente el café, mientras bañaba su rostro con
los rayos de sol que ya calentaban a través de los cristales de La Encomienda,
en aquella temprana hora de aquel viernes de junio. Entrecerró sus ojos para
dejarse bañar por el calor, agradable, dulce, pasional, que completaba con su
ardiente interior, donde latía de amor su corazón, con una emoción que se había
convertido en habitual tras aquellos meses de locura en forma de letras, que
conformaban palabras, que componían una melodía perfecta que no se cansaba de
escuchar en su cabeza, de leer cada noche, de recordar cada segundo del día.
Esperó la llegada de su alegría, con la seguridad de quién
ha tomado una decisión que cambiará su futuro y no se arrepiente de ella. Fue
entonces cuando notó la mano que le tocaba su hombro, y sintió como mil
mariposas subían desde su estómago hasta la garganta. Con sorprendente tranquilidad,
se giró lentamente, situando sus ojos frente al que pensaba que iba a ser su
amado desconocido. Sin embargo, frente a ella, encontró un rostro conocido, que
la saludó con efusividad.
“Buenos días Yolanda. ¡Qué casualidad!. He parado a tomar un
café y te he visto.” – Alberto, el padre de Adela, una de las amigas de sus
hijos, un tipo enjuto y poco agraciado, aunque bastante agradable, y uno de los
hombres en los que Yolanda pensó cuando intentó averiguar por sus medios el
nombre de su pretendiente, aparecía frente a ella. La sorpresa y cierta
frustración silenciaron su boca, por lo que tan sólo fue capaz de devolver el
saludo con un gesto, mientras Alberto tomaba asiento frente a ella, hablándola
de cosas que se le antojaron intrascendentes.
El pidió un café con porras, mientras ella mascaba su
infortunio, ante la simple sospecha que su interlocutor pudiese ser el amado
que esperaba. Sin perder una forzada sonrisa, Yolanda asentía a lo que Alberto
le contaba, siendo capaz a duras penas de responder a sus preguntas con
monosílabos. Viéndole engullir su desayuno, mientras hablaba con la boca llena
sin parar, llegó a la conclusión que no era posible que fuese su amante, por lo
que se dejó llevar y comenzó a reír las chanzas que, ocasionalmente, soltaba Alberto.
Cuando acabó de desayunar, mientras Alberto se limpiaba con
poca delicadeza los restos de café del bigote, Yolanda comenzó a impacientarse.
La misiva no llegaba, y aquel poco prudente sujeto comenzaba a ponerle
nerviosa. Alberto pidió la cuenta, y dijo que la invitaba; mientras esperaba,
se giró hacia Yolanda y se quedó mirándola; a ella le causó cierta inquietud la
situación, y comenzó a removerse sobre la silla, cuando él dijo: “Tengo algo
para ti”. A Yolanda parecía que el corazón se le iba a salir del pecho, cuando
volvió a creer que se había confundido, y al final la firma “AA” si iba a corresponder
a Alberto – Adela.
Alberto empezó a hablar de nuevo, pero cuando ella ya
esperaba que de su boca saliese una declaración que no deseaba, la conversación
la sorprendió en otro sentido. Le contó que a los pocos minutos de marchar Yolanda,
mientras algunos padres departían a la puerta del colegio, un hombre de mediana
edad se les acercó y preguntó por ella. Le traía un sobre, y, aunque le dijeron
que había marchado y que normalmente tomaba café en La Encomienda, el hombre pareció
contrariado y apresurado. Preguntó si podían hacerle llegar un sobre de forma
urgente, que necesitaba entregarlo pero no tenía tiempo para llegar hasta allí.
Y el, galantemente, se ofreció a acercárselo a Yolanda. Ella escuchaba la
historia boquiabierta, sorprendida, y un tanto herida al pensar que su amado no
había querido acercarse a darle, personalmente, por fin, su corazón, cuando vio
como Alberto rebuscaba en su cartera.
El sobre apareció frente a ella, como cada viernes, aunque
esta vez llegaba de forma un tanto extraña, de una manera que provocó en su
mente un torrente de preguntas que se entremezclaban sin respuesta, buscando
una explicación a que su esperanza llegase de la mano de tan extraño sujeto
como era Alberto. Ya no escuchaba las palabras que seguían saliendo de la boca
de aquel hombre; su mundo se había convertido en aquel pedazo de papel que,
ahora, se encontraba sobre la mesa de café.
Alberto se quedó unos segundos observándola, en la misma
forma que ella se había quedado ensimismada, mirando aquel sobre. La discreción
y un tanto de vergüenza le forzaron a tomar la decisión de dejar a Yolanda con
sus secretos. Se levantó y se despidió de ella, saliendo del local no, sin
antes, girarse para darle una última mirada a aquella hermosa mujer.
Yolanda apenas podía mover un músculo. Miraba fijamente el
sobre, sin atreverse a tomarlo entre sus manos, ya que su esperanza se habían tornado
en temor al conocer que su amado había evitado entregarle personalmente aquella
misiva, si es que aquel que la llevaba era realmente su pecado. Agachó la
cabeza, alejando su mirada del sobre, como queriendo alejar una tentación
demasiado fuerte como para resultar vencida; y así ocurrió… Poco a poco,
suspirando con fuerza en un intento baldío de relajar la tensión que la
atenazaba, comenzó a acercar la mano hacia el secreto, hasta asirlo con
ligereza y desplazarlo hacia sí.
Tras un último suspiro, se decidió; abrió el sobre, oliendo
el perfume que exhalaba, sentada en la silla de aquella cafetería, ya sin pudor
alguno, desprovista del más mínimo sentido de la prudencia, que en otras
ocasiones le había hecho abandonar aquella plaza a refugios más seguros en los
que conocer lo que aquel amante quería entregarle.
Con delicadeza, extrajo la carta y la desdobló, dejándola
abierta sobre la mesita de café. Durante unos segundos, la contempló, a medio
camino entre la necesidad de conocer su contenido y el temor que el
conocimiento del mismo la fuese a dañar. Con un esfuerzo final, suspiró
nuevamente, apoyó las manos sobre sus sienes y, bajando la cabeza sobre la
carta, comenzó la lectura de su amor.
“Mí dama, mi amor, mi vida.” – comenzaba.
“Si de algo estoy seguro es que mi corazón es tuyo, que tu
luz es el faro que me guía en el navegar a lo largo de esta oscura orilla de la
vida. Creía llegado el momento que mi barco llegase a su destino, que mi
corazón atracase en el puerto de tu amor, permitiéndonos conocer la pasión, ser
dos seres en comunión perfecta que disfrutasen del tiempo que nos ha sido
concedido, entregándonos alma y cuerpo.” – Yolanda sonrió levemente, tensionada
por lo que temía que vendría, pero satisfecha al ver que la intención de su
pretendiente secreto era la que ella misma tenía.
“Mi amor, mi vida. Sabes que el dolor que me produce esta
lejanía apenas me permite dormir, pensando en ti, descontando cada segundo de
tiempo que resta para poder acariciar tu hermoso rostro, mirar tus bellos ojos
y entregarte toda la verdad que mi corazón lleva en persona.”
“Pero el destino es cruel y juega siempre con los amantes
que se desean con el alma; juega con nosotros, golpeando nuestro corazón y
esperanzas con el látigo de la realidad, con la rutina que más duele en el
alma”. – El semblante de Yolanda comenzó a transmutarse. Su luz comenzó a
apagarse por momentos, con aquellas palabras que parecían convertir el día en
noche, los rayos de sol en oscura tormenta.
“Cuando ya estaba seguro de tu amor correspondido, de tu
verdad clarividente, de la pasión que nos espera, la rutina nos derrota. Me
envían fuera de España durante unos meses, maldito trabajo, al que no podemos
renunciar pero nos condena a la ausencia, a la lejanía, a continuar esperando por
un futuro más brillante de lo que podamos imaginar. Apenas serán unos meses,
durante los cuales, ten por seguro, tendrás puntualmente carta; cada viernes,
si me es posible, alguien te hará llegar mi alma, mi desesperación por no
tenerte a mi lado, mi afán por mantener en tu corazón prendidas las llamas de
este amor, de esta locura, del inmenso deseo por tenerte”. – Yolanda detuvo la
lectura unos segundos, sollozando silenciosamente, mientras las lágrimas mojaban
la carta. Decidió calmarse, levantando su rostro hacia el luminoso sol que atravesaba
el ventanal de La Encomienda; se secó las lágrimas con el dorso de su mano,
suspiró nuevamente con fuerza, intentando convencerse a sí misma que aquello
era lo mejor para ambos.
Cuando estuvo preparada bajó nuevamente la mirada para
continuar leyendo aquella despedida, aquel hasta pronto que, estaba segura,
acabaría tornándose olvido.
“Mi amor, mi dama, aun no sé cómo podré soportar
esta condena, cuando ya me había hecho a la idea de tenerte junto a mí por
siempre. Tu tendrás más suerte, ya que podrás refugiar mi ausencia en quién aun
mantienes a tu lado, a quién envidiaré como nunca he hecho, próximo a tus
caricias, mientras yo apago mi desesperación, a un mundo de distancia, con el
deseo de tenerte. Piensa en mí cuando estés con él; eso me permitirá, al menos,
saber que tengo tu corazón, tu alma, cuando me es imposible tener aun tu
cuerpo, envolvernos los dos con nuestro calor, con nuestro amor, sentirte a mi
lado. Piensa en mí cuando le beses, cuando le hables, cuando te acaricie; siénteme
cerca, próximo, como el estará; al menos eso me quedará, mientras mantengo
encendido el faro de la esperanza, con las cartas que vendrán.” - El nerviosismo de Yolanda era patente. Su
rostro se había crispado y había comenzado a sudar, sustituyendo las gotas de
sudor a las lágrimas que ya había derramado. El calor interno que notaba,
mezcla de pasión, frustración e ira, se mezclaba con el patente calor
ambiental, incrementando la sensación de ahogo que comenzaba a afectarla.
Detuvo su lectura para secarse el sudor con un pañuelo que
extrajo de su bolso. Este simple gesto, le permitió unos segundos de reflexión.
Repentinamente, una idea iluminó su mente, y se reflejó rápidamente en su
rostro; una incipiente sonrisa comenzó a asomar en sus labios, y sus ojos se
volvieron nuevamente luminosos; alzó nuevamente la carta, saboreó su perfume,
y decidió volver a la lectura.
“Hasta pronto amor mío. Mantén encendido tu fuego; que pueda
ver tu luz en la lejanía, dejando plasmada la promesa de mi retorno en cada carta
que recibas.”
“Incondicionalmente tuyo: AA”.
Yolanda levantó la vista del papel; a pesar de las noticias,
su rostro continuaba iluminado con una leve sonrisa que parecía ocultar
pensamientos mucho más ocultos. Con tranquilidad, delicadamente, dobló la misiva
y la metió en el bolso. Luego se tocó el pelo para arreglarse las sienes, sobre
las que había estado apoyada, se levantó y marchó. (…)
(…) La noche era agradable, cálida, aunque no en exceso,
como corresponde a principios del mes de junio. Era una de esas noches en las
que Adrián, que descansaba unos minutos apoyado en su coche, mientras apuraba
el café que acababa de comprar en la gasolinera, se permitía soñar con
recuperar a su esposa, con tenerla nuevamente junto a él como llevaba tiempo
sin disfrutar.
Adrián sonrió. Levantó su mirada y suspiró profundamente,
mientras observaba el cielo estrellado. Entrecerró sus ojos para que las
imágenes de su pasado reciente le fuesen más clarividentes; recordó cómo,
durante aquellas últimas semanas, su amada le había permitido adentrarse poco a
poco en sus sentimientos, poniendo sus barreras, es cierto, pero su corazón le
decía que terminaría derribándolas y alcanzando las trincheras de su alma. Adrián
confiaba ciegamente en el plan que había trazado tiempo atrás para recuperar a
Yolanda; lo había decidido hace unos meses, y puesto rápidamente en práctica,
al principio como una solución a corto plazo, pero el tiempo y los vaivenes de
su esposa le habían obligado a ir postergando la solución en el tiempo.
Adrián apuró el último trago de café antes de retomar la
carretera, camino de la ciudad, camino de su casa. Aún quedaban largas horas
para llegar a destino, pero su mente estaría entretenida, imaginando como su intriga
podría llevarle a alcanzar su objetivo más deseado pocas horas más tarde.
En su cabeza se arremolinaban los pensamientos y los
recuerdos; la sensación de derrota que le había inundado como una ola gigante
durante los últimos meses, había dejado paso a una emoción que llenaba su
corazón en la confianza del éxito. Había jugado con su lado salvaje, dando
rienda suelta a una aventura arriesgada, una apuesta a todo o nada que le había
permitido obtener grandes momentos de emoción, combinados con un sentimiento de
duda, de desesperanza e incluso de celos con lo que estaba creando.
Adrián había ideado un personaje, un reflejo pasado de sí
mismo, con el que había conseguido, carta tras carta, viernes a viernes,
alcanzar nuevamente el corazón de Yolanda. El riesgo había sido máximo, pero estaba convencido que su esposa había ido
acortando el abismo que los separaba, hasta convertirlo en una distancia
salvable por sus propios medios.
Aun sintiendo tan próximo el éxito en su tarea, Adrián se
mostraba preocupado. La influencia que su criatura ejercía sobre Yolanda era enorme,
tanto que temía que la verdad sobre su origen eliminase el embrujo que en ella había
causado. Hace semanas que había tomado la decisión de provocar un alejamiento progresivo
de su personaje, algo que había calculado que serviría para que su esposa se
aproximase a él de forma definitiva. Pero bien sabía que los cálculos no valen
a la hora de afrontar los sentimientos, y sobre todo, el amor.
Adrián llegó a la oficina antes de las seis de la mañana de
aquel viernes decisivo. Se aseó someramente, se perfumó y peinó, antes de pasar
por la cafetería a tomar la esencia que le permitiría mantenerse despierto. Durante
algunos minutos, se permitió disfrutar del aroma y sabor de aquel buen café, mientras
preparaba su siguiente paso, el paso definitivo en su estrategia. Tomó la carta
que había escrito días antes y la leyó varias veces; intentaba encontrar algún
fallo, alguna pista que deslizase una verdad que el sólo quería descubrir
cuando considerase necesario. Nada encontró.
Pocos minutos antes de las ocho, apareció frente a él su Hermes,
su aliado, su mensajero. Álvaro Arroyo, al margen de inspirar la firma de
cierre de su reflejo, le había servido fielmente como secreto colaborador. Con
la confianza adquirida tras años de trabajo conjunto y de conversaciones
privadas, compartidas frente a una cerveza fría, se atrevió a contar con él en
su aventura. Álvaro llevó personalmente el corazón de Adrián, enfundado en un
sobre, en más de una ocasión, entregándolo de forma casual o dejándolo en manos
de otros colaboradores.
Esta vez, tendría que desarrollar una comedia. Entregar
personalmente la misiva, pero no a su destinataria, si no a un mensajero
ocasional que, a buen seguro, se la haría llegar. Adrián se la jugaba en ese
punto, pero había observado, ocultamente, la actitud de alguno de los padres hacia
su esposa, y sabía que aprovecharían cualquier circunstancia para hablar con
ella. Salvaguardando sus celos, iba a intentar aprovecharse de ellos.
Tras una breve conversación con su Mercurio, le dejó partir
hacia su cometido, entrando en un estado de ansiedad que sería difícilmente
disimulable durante las duras horas de trabajo que debía afrontar. Ni siquiera
calmó su desazón el retorno de Alberto, con noticias alentadoras sobre la
entrega de la misiva definitiva.
El reloj fue marcando las horas pesadamente, aumentando la
ansiedad que hacía presa en Adrián. Cuando por fin llegó el momento de partir
hacia casa, hacia el destino, se despidió de Álvaro agradeciéndole su apoyo y
ayuda. Álvaro le devolvió un simple “suerte” que sonó a esperanza y vida a
oídos de Adrián.
A pesar del cansancio, estaba dispuesto a darlo todo por
abrir definitivamente el corazón de su esposa, a quién imaginaba hundida tras
las noticias que su mensaje transmitía. Paró en una floristería para comprar un
ramo de rosas rojas, un pequeño detalle que esperaba desharía el hielo inicial
de su dama.
Mientras esperaba la apertura de las puertas del garaje, su
mente jugó con el recuerdo del océano de tiempo atravesado en la búsqueda de su
amada. Aparcó recordando los tiempos de felicidad, analizando cada instante de
los últimos años. Su cabeza no paraba de darle vueltas a lo pasado, y a lo que
debía pasar desde ahora; demasiados pensamientos se arremolinaban en su mente,
lo que le obligó a detenerse un instante junto al ascensor. Respiró
profundamente, una, dos veces, y entró.
Pocos minutos después atravesaba el umbral de su casa.
Sonreía, con cierto nerviosismo, mientras veía venir a los niños corriendo a
abrazarle; había comenzado a sudar, por lo que le preocupaba que su cuidado
aspecto se viese desaliñado frente a su Eva. Se agachó para recibir el abrazo
de sus pequeños, que gritaban sonoramente “papá”. Besos y muchos abrazos,
mientras su mirada se fijaba en el pasillo iluminado, intentando observar si
Yolanda venía a su encuentro.
Al verla aparecer desde la puerta del salón, su corazón
pareció darle la vuelta; incluso cayó desde su posición en cuclillas, empujado
por los niños, lo que provocó una nerviosa carcajada, apoyada por la risa
incondicional de sus pequeños. Levantó la vista para ver una media sonrisa en
el rostro de Yolanda, que le hizo cobrar grandes esperanzas. Se levantó,
ofreciendo el ahora desastrado ramo a su mujer, quién acercó sus labios a su
rostro, besándole suavemente y susurrando un “gracias, amor” cuyo efecto le
subió como un calor desde el estómago a la garganta; su esposa se mantuvo un
instante a su lado, antes de alejar su calor mientras él veía su rostro
iluminado con una cada vez más perceptible sonrisa. Los ojos de Yolanda le
parecieron dos faros que, como había reflejado en su carta, le guiaban hasta su
destino.
Adrián apenas podía cerrar la boca por la sorpresa; aunque
esperaba que su estratagema hubiese logrado sus frutos, esperaba a una Yolanda
fría y alejada al principio, pero ella se estaba mostrando cálida y sensible
con él, algo que estaba desarmando su táctica de aproximación para aquella que
esperaba fuese su bendita noche. Ella le mandó asearse y prepararse para la
cena, llegándole el delicioso olor de los alimentos que estaba preparando su
amada.
Mientras se duchaba, dejó fluir sus recuerdos por ese
instante recién pasado, por el aroma embriagador de su esposa, por ese susurro
que parecía una promesa de algo más, de un milagro que llevaba mucho esperando
y que parecía al alcance de su mano. El calor era agradable, y ayudó a relajar
sus tensos músculos. Salió de la ducha, se vistió con pantalón y camisa, que su
esposa le había dejado pulcramente doblada sobre la cama, otro síntoma de que
algo estaba por pasar.
La cena estuvo repleta de risas con los niños, comentarios y
bromas, de miradas furtivas a su amada que le sonrojaron en más de una ocasión.
La mirada de Yolanda le decía que estaba enamorada, pero era su engendro, su
personaje oculto quién le había robado el corazón. Desconcertado, mantuvo la
sonrisa en todo momento, aunque a punto estuvo de perder la compostura cuando
ella le tomó la mano al dejar la servilleta sobre la mesa.
La cena acabó, entre risas y charla fluida, como hacía meses
que no tenían. Yolanda acostó a los niños, mientras Adrián se sentaba frente al
televisor, mirando la pantalla, aunque su mente no prestaba atención a lo que
emitían, concentrada en analizar los maravillosos momentos pasados instantes
antes con su familia. Una sonrisa asomaba a su rostro sintiendo aun el cálido
tacto de la mano de su amor.
Ensimismado en sus pensamientos estaba cuando Yolanda
apareció por la puerta. Se había cambiado, poniéndose un bello combinado de
noche, con una hermosa bata que él le había regalado tras un viaje de negocios
a Francia, y que hasta aquel momento nunca había utilizado. Yolanda se acomodó
junto a él, apoyando la cabeza sobre su hombro. Adrián sintió su calor, su
aroma, y se sintió obligado a iniciar la conversación. Desde el primer instante
de la misma, en medio penumbra, íntimamente unidos, intentó conocer los
sentimientos de su esposa, saber si su veneno había calado en ella; no hubo
evasivas, ya que el alma de Yolanda se había abierto de par en par.
Adrián seguía sin salir de su asombro, pero aprovechó la
brecha emocional para profundizar en sus sentimientos, entregando su corazón a
su esposa. Durante muchos minutos conversaron íntimamente, antes de llegar al
momento esperado; sus labios se unieron en un profundo beso, en una letanía de
amor que se expresaba en cada movimiento de sus bocas, en cada caricia que
buscaba alcanzar el alma del otro, en cada aliento, en cada susurro que parecía
una promesa de algo prohibido.
Iniciar el cortejo en el salón les exponía a la posibilidad
de ser descubiertos por sus retoños, que ahora dormían plácidamente a unos
metros de distancia. Sin embargo, el paseo por el lado salvaje que habían iniciado,
les desposeía de pudor y les envolvía en un manto de naturalidad que les
conducía a la pasión más desbocada. Ella le buscó para juntarlos, desprovistos
ya de parte de sus prendas, cuando él, con su mente empañada por la locura del
momento, se levantó, transportándola abrazada, comiéndole a besos, de pared a
pared hasta llevarla a la habitación.
Allí, desprovistos ya de ropa, se vistieron con la piel del
otro, viviendo un instante de locura próxima al éxtasis. Durante un tiempo que
Adrián no sabría medir, giraron una y otra vez entre las sábanas, se amaron con
pasión, con una intensidad que ya no recordaba; tanto, que el agotamiento acabó
haciendo presa en ambos cónyuges. Adrián recibió una postrera caricia de su
esposa, antes que esta cerrase sus ojos, con el rostro apuntando hacia él.
Adrián se quedó tiempo mirándola, mientras entraba en los brazos de Morfeo, con
una sonrisa como hacía muchos años que no le conocía.
Y Adrián tomó una decisión; viendo el iluminado rostro de
Yolanda, decidió que no le diría, al menos de momento, que él era su único
amante, y que la comedia que había desarrollado para ella, les había llevado a
aquel momento de lujuria, de locura, aquel instante en el lado salvaje que
tanto había buscado.
Y Adrián apoyó su rostro junto al de Yolanda, y descansó
(…).
(…) Yolanda cerró sus ojos y se dejó caer en el sueño.
Sonreía. Y decidió no decirle a Adrián que ella lo sabía.
FIN