Esta entrada es la continuación de "La Tormenta y el Éxtasis"; publicado como parte de las historias de la Taberna del Gobo Errante. Era la segunda parte de una serie de relatos de fantasía medieval, basadas en las experiencias de un príncipe elfo alto, que, desgraciadamente, no continué. Publicado en 2003. Espero que lo disfrutéis.
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Allí estaban. Inmóviles, firmes,
asombrosamente fríos. Hasta donde llegaba la vista, el horizonte se había
teñido con el color del negro corazón de nuestros malditos primos de Naggaroth.
Hacía ya días que sus oscuras Arcas habían aparecido en la costa nororiental de
nuestra sagrada tierra, Ulthuan. Sus andanzas habían causado centenares de
muertos, y varias poblaciones habían sido desoladas. Así que nuestro
infinitamente justo Rey Fénix, nos envió para hacer frente a la amenaza que se
cernía sobre el centro de Ulthuan. El Príncipe Tyrion, Paladín de la Reina
Eterna, guiaba aquella expedición de castigo sobre las huestes del Oscuro Rey
Brujo. Malekith había humillado a mi pueblo mil veces, y era el responsable de
la desaparición de Tiranoc bajo las aguas, así que numerosas afrentas serían
vengadas ese día.
Mi hueste de nobles se había unido al
ejército de Tyrion. Yo había pasado, por tanto, a ser uno de sus
lugartenientes. Mis habituales acompañantes se habían incorporado a unidades a
lo largo del campo de batalla. El Príncipe Valeirion, mi fiel amigo, estaba
integrado junto con sus camaradas de Caledor. Levin de Saphery y sus ayudantes,
Kharedin y Alandrin, se habían situado junto con los grandes archimagos y magos
que frenarían la Magia Negra de nuestros adversarios. Limeth, mi habitual
portaestandarte, estaba mezclado en una de las unidades de Yelmos.
El despliegue era impresionante. El enemigo
mostraba sus armas sin pudor. Docenas de terroríficos lanzavirotes se habían
situado en los acantilados de nuestra izquierda. Dos grandes unidades de
nuestros primos montados sobre extraños y repugnantes reptiles, formaban en el
centro de su línea. Las elfas brujas, excitantes y odiadas, levantaban sus aclamaciones
al impío dios Khaine, Isha lo maldiga. Traté de localizar con la vista al
general enemigo. Druchii con grandes espadas, dirigiendo a bestias salidas del
averno, de múltiples cabezas, horrendas arpías... Vi un reluciente sujeto a
lomos de un enorme reptil, tal vez el más fuerte entre sus hermanos. Parecía
que allí estaba.
Comenzó a llover, como hacía habitualmente en
la costa de Ulthuan. Los rayos de magia, de energía extraterrenal, comenzaron a
elevarse a lo largo de todo el campo de batalla. Nuestros Asur permanecían
impávidos ante la proximidad de la batalla, fríos en su exterior y ardientes en
su interior. Me encontraba cerca del paladín de la Reina Eterna. Vi su rostro
preocupado, observando la cantidad del enemigo. Le vi observar sus lanzavirotes
y susurrarle algo a un correo de Ellyrion; remirar a nuestras tropas. Teníamos
mucha caballería, pero con el suelo mojado difícilmente podríamos sacarle toda
la ventaja. Varios lanzavirotes se montaron a nuestra diestra.
El Príncipe Tyrion desenvainó su espada. El
fiel Maldanhir se encabritó. Cuan formidable era aquel corcel¡¡¡. Se giró. Me
miró y me ordenó hacerme cargo de los de Caledor. Él se quedaría con el gran
regimiento de Yelmos que formaba el centro de la línea. Me saludó y marché a
unirme a Valeirion y sus nobles Príncipes de Caledor.
Tyrion y yo nos conocíamos de hace tiempo. Al
fin y al cabo yo era el amante esposo de la Gran Doncella de la Reina
Allarielle, de la que él era Paladín. Habíamos tenido muchos encuentros en la
corte, e incluso medimos en alguna ocasión nuestros aceros por deporte... A mí
me parecía un gran comandante, el Gran Comandante de los Asur... (...).
Con Walladrian desenvainada me presenté ante
los nobles de Caledor. Un hurra surgió de sus labios cuando encabrité a Khadan
ante ellos para ocupar mi puesto en la línea. Miré hacia atrás. Vi a mis
nobles, encabezados por Valeirion un par de filas por detrás. Ajusté las
cinchas, preparé a Khadan, acariciando su siempre cálido pelo, y esperé atento
la orden del Gran Príncipe Tyrion.
Un gesto de su mano fue suficiente. Avanzamos
hacia el infierno... Comenzaba a llover... (...)
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Parte II: La más bella mirada.
Allí estaba ella. Hermosa, blanca, virginal,...
bella como una vestal de los Templos de Isha... Sentí el corazón salirse de mi
pecho, estallar de felicidad para vaciar mi cuerpo de sangre. Cuando sus ojos,
azules, marinos, intensos,... se clavaron en los míos, vi el infinito reflejado
en ellos, todos los amaneceres del mundo, el horizonte azul. Y cuando sus
carnosos labios rojos besaron los míos, creí morir.
Allí estaba la que embargaba mis sueños en
las heladas noches de Norsca, la que alimentaba mi fuego como la leña alimenta
el hogar, la que me salvaba del olvido. Allí estaba Naladrin, Gran Doncella de
la Reina Eterna... mi amante, mi amiga.
Tras el desembarco en Lothern, pase junto con
ella un par de días de ensueño, mientras todos los presentes para el Rey Fénix,
otorgados por docenas de poblaciones tribales de Norsca y ciudades blancas de
Kislev, eran dispuestos para la marcha. Fueron los dos días más felices de los
últimos meses. Rememoré toda la belleza de mi isla en los ojos de mi amada,
paseando por los largos paseos portuarios de Lothern, y por los intrincados
bosques de abedul a los pies de sus murallas. Cabalgué la espesura con la luna
a mi lado, sintiendo su susurrante voz aplacar mis sentidos con intensas
palabras de amor.
A los dos días la comitiva partió. Antes
llegó el momento del hasta pronto a los amigos, supervivientes gracias a Isha
de la desventura de Norsca. Abracé sentidamente al Gran Príncipe Valeirion,
líder de mis nobles guerreros de Caledor; fervorosamente me invitó a pasar unos
días entre sus familiares, oferta que en principio rehusé, pero luego, y tras
su insistencia, dejé en suspenso de lo que el Señor de los Asur ordenase para
su obediente servidor.
Más larga aun fue la despedida del gran señor
de la magia Levin de Saphery, mi inestimable amigo. Junto a él marchaba
Kharedin, su joven aprendiz en los eternos saberes de la magia. Su rubia melena
giró reluciente contra el sol cuando encaminó su corcel hacia el norte.
Todos, salvo mi guardia de Yelmos de Tiranoc
y la guardia personal de Naladrin, partieron, uno a uno o en grupos en espera
de la próxima aventura...
Nosotros también partimos hacia la capital de
nuestro reino... Allá el Rey Fénix esperaba mi informe...
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Parte III: La carga de los valientes.
El sudor bajo mi yelmo dorado, mezclado con
el agua de la incipiente lluvia, comenzó a rodarme por el rostro. Podía
escuchar el fatigado corazón batiente de Khadan en medio de aquella terrible
vorágine. Los nobles a mis espaldas cabalgaban al trote ladera abajo. Delante
nuestro, las cerradas filas de druchii comenzaban a agitarse preparándose para
el próximo golpe.
A cada trote de Khadan mi mente parecía
trasladarse a otro lugar alejado de aquel horror... a las salas del trono de
Asuryan, inundadas de luz y de cánticos, en amargo contraste con la oscuridad
de la escena que mis ojos contemplaban, aun queriéndolas ignorar en aquellos
instantes. Volvía mentalmente a cada trote de Khadan hacia mis aposentos, con
mi lecho cubierto por la inmensa y radiante belleza de Naladrin, a las alegres
mañanas de primavera en la costa de Lothern, a mis amigos, próximos y
lejanos...
A cada poco un chasquido y el estallido de
los petos blindados de mis hombres me anunciaban que algún virote gigante había
alcanzado a mis tropas... Miré a mi derecha, a las alturas del acantilado desde
donde nos atacaban los lanzavirotes destripador enemigos para ver como uno era
devorado por las llamas de Asuryan, invocadas con seguridad por Levin de
Saphery y sus compañeros...
Escuché nítidamente el grito de las águilas
de las montañas de los Annulii sobrevolándonos entre todos los agudos sonidos,
que me enloquecían, estallando a mí alrededor...
El trote se convirtió en galope al poco
tiempo... Walladrian salió de su funda, brillando ardientemente en espera de su
alimento de oscura sangre... Las manchas de los rostros de nuestros adversarios
comenzaban a tornarse en facciones precisas. A mi izquierda escuche con cierta
inquietud el choque brutal de los Yelmos bajo el mando del Gran Príncipe Tyrion
contra los engendros reptiloides de los Druchii... Ni siquiera miré, esperando
y rogándole a Isha por la suerte de mis Asur.
Frente a mí las lanzas de los druchii y sus
afiladas espadas tornáronse brillantes con cada paso que dábamos hacia ellos...
Otro racimo de virotes nos alcanzó de lleno... Uno de ellos me impactó y
penetró mi armadura con un golpe de dolor sobre mi pecho, pero la luz
protectora de Isha lo hizo desparecer, irradiando desde mis brazaletes con
fuerza... Esta vez no escuche gritos de dolor a mi espalda, sino de ánimo y de
guerra... Seguro que ninguno de mis Príncipes, nobles de Caledor, había
caído....
Observé rápidamente de nuevo la batalla antes
que el choque me introdujese en los infiernos durante unos minutos... Miré a mi
izquierda, arriba, para ver como los lanzavirotes enemigos se extinguían tras
una certera y mágica andanada de los nuestros... Sobre ellos las águilas y las
horrendas arpías luchaban con ferocidad... Más abajo, el Gran Príncipe se
habría camino entre los reptiles a golpes de espada, tan certeros como
devastadores... Vi como las astillas y miembros saltaban en pedazos cuando dos
carros chocaban contra la masa de caballeros, oscuros y blancos,
despedazándolos igualmente, sin distinguir entre primos...
A mi derecha, un enorme monstruo de numerosas
cabezas yacía panza arriba, acribillado a virotazos... Las brujas, bellísimas y
enloquecidas vírgenes de Khaine, chocaban contra mis amigos de Cracia, mis
compañeros de fatigas, que aguantaban a pie firme la embestida de las bellas,
dejando sus hermosos cuerpos privados de sus correspondientes cabezas en pocos
instantes... Más allá, cerca de la orilla del mar, con las Arcas negras como
horrendo tapiz, nuestras tropas chocaban violentamente sus armas contra las de
nuestros primos... No había piedad y eso quedaba de manifiesto, cubriendo la
sangre la húmeda arena, licuándola con la mezcla de la lluvia que ya inundaba
las calzas de nuestros corceles, dificultando la carga...
El choque estaba tan próximo... Las lanzas
bajaron, apuntando firme a uno y otro de mis lados hacia el frente... Vi los
ojos del Druchii frente a mí iluminarse con el terror... Luego su cabeza saltó
por encima de Khadan...
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Parte IV: La Recepción.
El camino se hacía descansado con la compañía
alegre de mi brillante compañera. La bruma matinal era seguida por el sol
blanquecino de los medio días de Ulthuan, y los tonos rosados del cielo de los
atardeceres más tranquilos que jamás he observado. La amena conversación que me
proporcionaba la que inundaba mis pensamientos en las frías noches en las
Tierras del Norte, la que calmaba mi mente con su preclara belleza cuando el
peligro más horrible me acechaba, permitió que los tres días de marcha entre la
ciudad de la costa y la capital de los Asur pasasen como pasa el halcón sobre
el cielo claro de Ulthuan, raudos como un corcel de Tiranoc...
Nuestra llegada fue bien recibida por amigos
casi olvidados. Besos y abrazos por doquier rodearon a la bella Naladrin y a mí
mismo proveniente de todo tipo de amigos y conocidos, que nos esperaban con
ansia desde hace días. Buscamos acomodo en la Ínsula que poseíamos a las
afueras de Caledor, y enviamos mensajero al Rey Fénix para ser recibidos. La
respuesta nos llegó en pleno desempaque, con mis criados y lozanos donceles
trabajando a tajo para la fiesta de bienvenida que la bella paladina de la
Reina Eterna me quería agradecer. En la mañana del día siguiente su majestad el
Rey Fénix y la Reina Eterna de los Asur me recibirían para mayor gloria de mi
nombre y de aquellos que sucediesen mi linaje...(...).
La fiesta fue bellísima, con formidables
fuegos de artificio traídos por el buen viajante Gondel de Lothern, primo de
Naladrin, de las lejanas tierras del Catai. Los amigos brindaban en mi nombre y
en el de la anfitriona a cada sorbo del excelente licor de mimosa que
catábamos. La cena tuvo hermosísimos y deliciosos platos traídos de los cuatro
puntos cardinales del Viejo Mundo... Carne asada de Alce gigante traída de las
lejanas y frías tierras de Kislev; Fritzs con almendras de Altdorf; deliciosos
pasteles de Moras verdes de las Montañas de Estalia; vino Remesiano; Pasteles
traídos de Arabia; Zumo de Mandrágora de las Prohibidas tierras de Nagarythe...
El baile subsiguiente fue la oportunidad perfecta para entregarle mi presente a
mi amada concubina.
Sus brillantes ojos azules se abrieron ante
la belleza, sólo semejante a la suya misma, de la piedra que el buen Zar de
Kislev me había regalado por mis servicios. Sus carnosos labios del color del
rubí comenzaron a musitar el encantamiento de mi nombre, las palabras de amor
prohibidas a otro Asur y que ya hace lejanos años me enamoraron. Nos fundimos
bajo el techo de la luna y las estrellas en el más hermoso beso de
amor...(...).
La comitiva, de brillantes armaduras
plateadas y pieles de leopardo perfectamente limpias, paró frente a las puertas
del Palacio de los Reyes de los Asur. Desmonté de Khadan y ofrecí mi mano a mi
amada. Esta descendió a mi lado. Medio centenar de criados comenzaron a sacar
de los carros los presentes de cien naciones entregados a mi persona para mayor
gloria del Rey Fénix... Avancé sobre la alfombra de color azul, de brillante
terciopelo, con mi amada del brazo, y atravesé las puertas de Asuryan
adentrándome en el Palacio que tan bien conocía.
Instantes después, estábamos frente a las
puertas del Salón del Trono. Una voz familiar me sacó de mi concentración. Mi
buen amigo el Gran Príncipe Tyrion se adelantó para abrazarme. Me dijo que
había sido llamado por el Rey para encargarle una misión, y que la misma me
concernía a mí también... No hubo tiempo para más comentarios, ya que las
enormes puertas del Trono se abrieron ante nosotros...
Allí estaban hermosos y radiantes nuestros
formidables monarcas. El rostro blanquecino y de sonrosadas mejillas de la más
bella Asur que Isha haya creado nunca, salvo la excepción de mi amada Naladrin,
se iluminó de alegría al vernos. Su hermosa sonrisa inundó de alegría la
estancia. A su lado, el formidable Señor de los Asur nos hizo el gesto de
acercarnos. Hicimos una reverencia he invitó a mis acompañantes a sentarse en
los sillones dispuestos a propósito...
La recepción y las sorpresas que seguirían
iban a comenzar...
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Parte V: Muerte sobre la playa.
El choque fue tan brutal que la mitad de mis
hombres fueron derribados de sus monturas por el mismo... Muchos Druchii
cayeron ante el ímpetu de la mejor caballería del Mundo con sus gaznates
rebanados o sus pechos ensartados por las largas lanzas de los Nobles Príncipes
de Caledor. Los cascos de nuestros hermosos corceles trotaban sobre el barro y
la sangre, pisoteando a los caídos, estorbados por los miembros amputados y por
los cuerpos derribados.
La lucha se volvió terriblemente cruenta con
el asalto de un regimiento de Druchiis armados con grandes espadas, los
conocidos como los asesinos de la ciudad de Karond Kar, tierra yerma que Vaul
maldiga por siempre. De entre ellos surgieron como venidos de la nada dos
oscuros asesinos que degollaron a Zaundor y a Kordreril, dos de mis mejores
caballeros. Las espadas cortaban y sesgaban a diestra y siniestra, el dulce
hedor de la muerte inundaba el húmedo ambiente de la playa, mientras que los
sonidos de la lucha, insensible al sufrimiento, ahogaba los lamentos de los
inmortales hermanos derribados con su roja sangre derramada.
Walladrian volaba de lado a lado como si
tuviese vida propia, una vida para la muerte de los inmortales, una vida para
salvar otra vida, la mía... Buscaba a lomos de Khadan a un enemigo de mi talla,
al jefe del Regimiento de Verdugos o al general del ejército. Uno de los
asesinos me asaltó con un rápido movimiento que no pude esquivar, hundiéndose
el envenenado cuchillo de mi enemigo en uno de los huecos de mi armadura. Lancé
un breve grito, antes justo que la luz que me protegía inundase mis
guanteletes, arrojando con un ímpetu de energía mágica al asesino hacia atrás.
Khadan rotó hacia el enemigo derribado. Le miré a sus oscuros ojos antes de
encabritar mi corcel, que lo pisoteó hasta la muerte.
Miré en un respiro a mí alrededor. La batalla
no parecía tener fin en el horizonte... La lluvia, cada vez más abundante,
inundando nuestros sentidos con su golpear sobre las armaduras, convertía el
panorama en algo sacado de la más cruel de las pesadillas... Miles de Druchiis
yacían, luchaban, se formaban en líneas, combatiendo contra las blancas figuras
de los Nobles de Ulthuan... La destrucción y la muerte como culmen de la misma surgían
en cada recodo de aquella maldita playa de nuestra costa Oriental. Las Arcas
Negras del enemigo destacaban sobre el mar, como una aciaga visión de nuestro
futuro...
Volví a la lucha... Los lanceros druchii se
retiraban en desorden, pero su hueco era tomado por la firme Guardia Maldita
del Señor de los Druchii. Ordené que el pífano tocase reorganización...
Trotamos unos pocos metros hacia atrás. Giré la grupa de Khadan, quién
respiraba con una fuerza que inundaba mis oídos... El sudor y el agua de lluvia
se mezclaban con la sangre de los enemigos que me había salpicado. Vi como los
pocos supervivientes de mis Príncipes se reunían conmigo... Algunos de los
nuestros luchaban aun a pié por reunirse con nosotros, o por sus vidas rodeados
por la horda negra.
Miré a mi diestra y vi como el triunfo
inicial del Príncipe Tyrion se había tornado en una lucha desesperada en la que
no se vislumbraba vencedor... A mi zurda nuestros lanzavirotes y la magia
habrían grandes huecos en las formaciones de nuestros primos, algunos de los
cuáles comenzaban a recular. Era el momento de la decisión...
Contemplé a los enemigos que se reorganizaban
en mi frente, a los nobles príncipes de Caledor, de Tyranoc, de Lothern, de
Saphery,... vendiendo caras sus vidas tras haber sido derribado de sus
corceles... De repente, entre la multitud vi al Príncipe Valeirion derribado y
combatiendo a pié por su vida...
No esperé, debía salvar a mi amigo como
fuese... Encabrité a Khadan e inicié la carga, seguido por un centenar de
nobles hijos de Ulthuan que trataban de salvar su tierra... Luchábamos por la
Reina Eterna y por nuestra vida misma...Y mientras galopábamos hacia la muerte,
invoqué el nombre de Isha y su protección... y recordé a la bella...
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Parte VI: El Conocimiento del Gran Dragón.
Preparaba nuevamente mi equipaje, silencioso,
pensativo. Derolon, mi doncel personal se apresuraba empaquetando mis
pertenencias mientras yo analizaba la situación... La recepción con el Rey me
había deparado numerosas sorpresas, como la aparición como secretario personal de
mi antiguo rival Marthelor de Saphery, Isha lo maldiga por su estupidez y su
incapacidad, y Vaul de a nuestro amado Fénix la voluntad de no ser manipulado
por semejante antítesis de los Asur verdaderos.
No obstante, la mayor sorpresa fue el anuncio
de la proximidad de varias Arcas Negras en el Norte de nuestra amada tierra. El
Rey ordenó al Gran Príncipe, mi querido amigo Tyrion el mando y organización de
un ejército presto a responder a una probable invasión. E ahí el motivo de mi
nueva marcha, ahora cuando la felicidad me había alcanzado de nuevo en los
brazos de mi amada Naladrin, la Joya de los Asur, la más bella de las Doncellas
de Asuryan, la Paladina de las Doncellas... (...).
Bellos destellos de la blanca que ilumina la
noche se reflejaban sobre el hermoso rostro que mis ojos contemplaban,
extasiados, enamorados, ... Su voz, aun cuando temblaba por la emoción y las
lágrimas, sonaba cual dulce tintineo de campanillas en mis oídos... Me dejé
embriagar por su dulzura en la nueva despedida, y caí rendido una vez más en
sus brazos a la pasión... (...).
La partida estaba a punto de producirse. Una
hueste de Yelmos de mi Guardia Personal se disponía reluciente bajo los
primeros rayos de la mañana de Asuryan, mientras una cohorte de carros de
pertrechos y criados se arremolinaban en su retaguardia. Había pactado el punto
de reunión del ejército en el pueblo de Gurmerin, al noreste de Tyranoc, diez
días después de la recepción. Suponíamos que los Druchii ya habrían
desembarcado para entonces, y conoceríamos el alcance exacto del peligro.
Mientras, águilas gigantes de los Annulii los vigilarían, informando a los
sabios de Saphery. Un mensajero partió a buscar a cada uno de mis nobles en
cien direcciones diferentes. Yo partía a buscar a mi buen amigo el Príncipe
Valeirion de Caledor, y su hueste de Nobles y orgullosos Príncipes Dragón. Así
aprovecharía para conocer su hacienda y a su poderoso padre, el Príncipe Asurax
de Caledor, el Gran Guardián del Dragón...(...).
Los ojos de Naladrin se acuáron una vez más tras
nuestro eterno beso de “hasta pronto”... Ella sabía que la lucha estaba
próxima, e incluso ella misma debía organizar a la Guardia de las Doncellas por
si era necesaria una segunda, dolorosa, expedición... Me alejé perdiéndome en
sus ojos marinos, en la infinita promesa de lujuria y amor que estos
desprendían... Me alejé camino de Caledor con su rostro penetrando las
profundidades de mi mente, y la esperanza del regreso pronto y victorioso, una
vez más, a los brazos de mi amada...(...).
Dos días de ameno camino nos llevó llegar a
Caledor. Los Asur de Caledor son en general orgullosos y no se sorprenden con
facilidad. Así las cosas, nuestra presencia en sus tierras no levantó el menor
síntoma de sorpresa, como ocurría habitualmente entre otros elfos menos
orgullosos, que nos recibían a mi persona y el séquito que me seguía con
agasajos sin parangón... Todo esto era ignorado por los Nobles de Caledor... El
camino hasta el hogar de Valeirion, rodeado de hermosas adelfas y pinos
silvestres, con torrentes de agua clara cayendo por las rocas, y con cientos de
pájaros cantándonos para transportarnos a un mundo de fantasía, se hizo ameno y
breve... Cuando llegamos frente al Portón del Dragón, una gran valla con la
forma del cráneo de uno de estos legendarios seres, ya una comitiva de amigos
nos esperaba, informados de nuestra llegada.
Descabalgué, y sonriente avancé hacia mi
amigo, fundiéndome en un gran abrazo con el Dragón...(...). Su sonrisa preclara
me abrió el camino hacia su padre, un Asur Noble y poderoso, un gran señor en
su aspecto y en su corazón... Hice una gran reverencia ante el Gran Dragón, el
héroe de mil batallas... El Gran Señor Asurax...
Con un benevolente gesto me obligó a
incorporarme, mostrándome con gestos y palabras su agradecimiento ante mi
visita... Sin dudarlo me aceptó como a un hijo, y me agasajó con una gran
fiesta esa misma noche... una noche que me reservaba una enorme
sorpresa...(...).
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Parte VII: La Blanca Dama.
Cabalgué entre la lluvia, los virotes, los
gritos de guerra y de muerte... Apreté las cinchas entre mis dientes mientras
empuñaba a Walladrian con mis dos manos, dispuesto a descargar mi golpe
mortal... El agua y el sudor inundaban mi yelmo, cegándome... Como un rayo de luz
vi pasar ante mí, sobrevolando el campo de batalla, clara sobre la oscuridad
del mismo, contrastada con el negro y confuso color de nuestros primos, con el
tapiz de las Arcas Negras, a la Blanca Dama que venía a buscar a los bravos que
caeríamos en aquella carnicería...(...).
El golpe de Walladrian sesgó la cabeza de uno
de los alabarderos druchii. Una vez probada la sangre del enemigo, no paró de
buscar objetivos, volando de un lado a otro mientras la Blanca Dama se
regocijaba con la matanza... Recuperé un poco mi conciencia y control para
observar a Valeirion, herido por un virote y acorralado contra una roca por
media docena de espaderos y alabarderos oscuros. Cabalgué como el rayo,
susurrando mis órdenes a Khadan, que voló sobre una muralla de alabardas
enemigas para alcanzar a mi amigo.
Allí fui derribado... Un fuerte golpe cerca
de mi nuca me descabalgó... Sin embargo me incorporé segando la vida de mi
enemigo con un fuerte golpe... Khadan huyó hacia nuestras líneas, mientras yo
le seguía con la mirada. Un rápido vistazo me dio la certeza que nuestra
esperanza se acababa. Los Príncipes de Caledor se retiraban en desorden, tras
verme ser derribado, perseguidos por las huestes oscuras... A mi zurda los
Yelmos de Tyrion continuaban su férrea lucha, mientras que a mi diestra la
batalla seguía inconclusa, con tanto blanco como negro cayendo sin vida...
Me centré de nuevo en mi próxima
supervivencia... Atravesé a un guardia de Naggaroth y miré como a pocos metros
de mí Valeirion se encontraba a punto de ser atravesado. Grité, mientras
decapitaba a otro druchii que estorbaba mi paso, y me arrojé sobre los que
asediaban al noble Príncipe de Caledor... Mi aparición sorprendió a los ya
victoriosos druchii, demostrándoles que los Asur estábamos lejos de ser derrotados...
Dos vuelos de Walladrian sirvieron para reducir el número de nuestros
asediadores a la mitad, pero entonces...
Entonces una andanada de pequeños virotes
arrojados por cuatro ballesteros a mi izquierda me alcanzaron de lleno... Uno
de ellos perforó mis defensas, hiriéndome el costado... Grité ahogadamente,
mientras trastabillaba hacia atrás... A duras penas guardé el equilibrio. Me
apoyé en Walladrian un instante, para ver como los enemigos cobraban nuevas
fuerzas y vitoreaban a los malditos ballesteros oscuros... El resto de la
batalla no importaba ahora... Sólo nuestra supervivencia...
De entre la docena larga de enemigos que nos
asediaban surgió uno, aparentemente su líder, que sugirió contundentemente a
los tiradores que se apartasen... Se presentó brevemente, como Aranor de Karond
Kar, y me atacó sin darme tiempo a responderle... A mi retaguardia, escasamente
a tres metros, Valeirion sangraba abundantemente por sus heridas, pero
amenazaba espada en mano a cualquiera que se acercase... El golpe del druchii
no me sorprendió, como su traicionero arte pretendía, parando a duras penas su
golpe... Confiado en mí debilidad, atacó dos y tres veces más, tratando de
romper mi defensa y jaleado por los impuros que contemplaban la escena con la
seguridad de la victoria.
A pesar de que el dolor de mi herida me
cegaba, impuse mi voluntad, y a la quinta acometida del orgulloso druchii,
Walladrian encontró como obligarle a acompañar a la bella y blanca señora con
su maldito dios... Su cabeza rodó en la arena, bebiendo sus labios el agua
mezclada con la sangre y la arena por última vez... (...).
No les sentó muy bien la derrota del líder a
sus hermanos de camada, ya que empuñaron firmes las alabardas y espadas,
dispuestos a darme la oportunidad de reunirme con mis ancestros en el regazo de
Isha... Sin embargo, desconocían cual es la fortaleza mental de un protegido de
Vaul... La lucha fue brutal, segando una decena de vidas inmortales y
recibiendo varias heridas antes de retroceder junto a mi amigo herido...
Caí a su lado, aunque con mis pocas fuerzas
conseguí ponerme de pié para ensartar a otro enemigo. El hermano que yacía a mi
lado me agradeció que hubiese acudido a buscar la muerte con él, a lo que le
contesté que aún no estábamos muertos, y apoyé mi aseveración con un nuevo
salto hacia delante y dos vuelos de Walladrian que no pillaron carne, pero que
obligaron a los cada vez más abundantes primos oscuros a apartarse un poco...
Les miré a los ojos, viendo el odio en los
mismos, y sabiendo, ahora sí, que la suerte estaba echada... Respiré
profundamente y me preparé para su última acometida... (...).
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Parte VIII: El regalo y el Dragón.
Aquella fue una gran noche. Asurax repetía
cada rato los brindis con la sabrosa Agua de Azaleas, una deliciosa
especialidad de la región de Caledor que comenzaba a subirse a la cabeza de
muchos de los presentes. El calor de las ninfas que nos acompañaban, de la
carne de asado con esencia de lilas, del agua de azaleas, y, sobre todo, de la
próxima batalla que nos aguardaba, nos inspiraba ardientemente a mí mismo y a
los compañeros Príncipes de Caledor que compartían aquella noche.
Al finalizar con los postres, decidí salir a
pasear al inmenso jardín que rodeaba la hacienda del Gran Príncipe... Con dos
hermosas criaturas pendiendo de mis brazos, me deslicé en el comienzo del
baile, y a pesar de sus ruegos, hacia la gran puerta vidriada que daba a una
escalinata que desembocaba en un pequeño lago del color de la plata, con la
luna reflejada en reverberaciones de pálidos rayos sobre las aguas... Me quedé
contemplándolas, extasiado, tal vez por el efecto de las azaleas, tal vez por
la tensión de lo que estaba por llegar...
Arinne de Zolemar, una de mis acompañantes,
uso su sedoso pañuelo para secar la lágrima que rodaba mi mejilla, plateada
ante la pálida luz de la luna. Miré su belleza, sus hermosos ojos, que tanto me
recordaban a los de mi amada Naladrin. Su tono meloso y seductor me invitaba a
probar su miel, tentación que traté de contener con el pensamiento de mi
concubina, preparándose para la guerra con sus compañeras... Besé a mi
acompañante en su delicada mejilla, lejanamente de lo que ella esperaba, y me
volví para repetirlo sobre el de Salamin, mi segunda compañía.
Ya estaba en los discursos finales, con
brindis y choque de copas de oro, mi anfitrión Saurax, y ya estaba mi amigo y
fiel camarada Valeirion, hijo del Grande, viniendo a componer mi sitio en la
mesa para el brindis final y los regalos, para mayor disgusto de las dos
bellas.
Saurax inició su discurso guerrero, entre
constantes aclamaciones de los bravos Dragones de Caledor. Nos invitaba a los
presentes a regresarle la cabeza del odiado comandante de los oscuros druchii,
ofertando riquezas sin par para aquel que consiguiese el tributo pedido. Las
aclamaciones llegaban al punto del éxtasis, mientras las copas se entrechocaban
con vivas y salutes.
Llegó el momento en que el Gran Señor Saurax
se dirigió a mí. Me levanté y me dirigí hacia la majestuosa presencia. Allí me
nombró su hijo, con un gran abrazo acompañado de nuevas aclamaciones y vítores
de mis compañeros. Valeirion vino a mí, como hermano, a fundirse en un largo
abrazo. Pero Saurax nos interrumpió...
Salimos al jardín, frente a la balconada, uno
a uno... todos los invitados. Me aseguró que para firmar mi amistad y el hecho
de defender la tierra mítica de los Asur con sangre como sólo el bravo Tyrion
es capaz -cosa que me hizo enrojecer, ya que ningún Asur puede compararse al
gran señor de la guerra, mi estimado amigo, el príncipe Tyrion-, iba a hacerme
entrega de un valioso regalo. Rápidamente, con una reverencia, comencé a
explicar que no era necesario, que poseía su amistad, más de lo que cualquier
inmortal podía desear... Sin embargo me hizo callar. Un fuerte silbido rítmico,
como una voz ululante venida de lejanas estepas salió de sus labios.
Repitió el proceso dos veces, ante el
silencio de los convidados, antes que escuchase aquello por primera vez... Un
viento que se escuchaba en la lejanía, un viento que ocasionaba algo similar a
un golpe seco, como contra un tambor. El Gran Asur me miró sonriente, y señaló
hacia la noche con su enjoyada mano... Sobre la luna, se recortó una enorme
figura, de alas batientes, mientras una exclamación de sorpresa y admiración
salió de la multitud. La figura fue tomando forma rápidamente, y en un instante
depositó sus enormes garras sobre la arenosa superficie distante unos metros de
la escalinata... Un agudo grito salió de su garganta... Por fin, y tras
limpiarnos los ojos de la arenilla que sus poderosas alas habían levantado pude
ver al inmenso ser. !!!!Era un mítico dragón blanco¡¡¡¡. Estaba seguro que
aquellas legendarias criaturas hacia milenios que habían desaparecido, aunque
también había escuchado leyendas sobre su protección en Caledor.
El Señor Saurax me invitó a bajar la
escalinata... Yo me dejé llevar, con mis ojos clavados en la gigantesca
criatura que había aterrizado a unos treinta metros, paralizado por la sorpresa
y, tal vez, por el miedo que su enorme presencia influía. Montamos en una de
las barquillas y dos paladas nos depositaron en la orilla, a pies del gigante
escamoso. El olor a azufre que desprendía la criatura era fortísimo. Su agudo
graznido silbante casi nos ensordece. Su cabeza bajó hasta rozar la arena, y
con un enorme golpe se tumbó ante su Señor.
Saurax lo acarició, al igual que Valeirion,
quién le susurro algo cerca de su oído. Los ojos de la criatura se clavaron en
los míos. Notaba mi miedo, parecía examinar mi alma.
“Ella es Zalema, la hija de Sanzdia,
destructor de la horda que hundió tu pueblo hace milenios. Ahora es tuyo, si un
dragón puede tener dueño. Es tu compañera, y te servirá cuando la necesites”.
Dijo Saurax.
Mis ojos no podían apartarse de la criatura,
y apenas podía moverme ni responder. Sin embargo, en un gesto dirigido e
irracional, puse mi mano sobre su escamosa piel y la acaricié. Un soplido de
complacencia surgió de las enormes fosas nasales de Zalema...
No lo podía creer... Tenía un dragón...
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Parte IX: La Muerte Blanca.
Toda mi larga vida pasó por mi mente como el
rayo que precede al trueno, el trueno que precede a la tormenta, la tormenta de
golpes que aquellos hijos malditos de Naggaroth estaban ansiosos por descargar
por mi cada vez más debilitado cuerpo. Probablemente alguna de las armas que me
hirieron estaba envenenada, o tal vez la sangre, que manaba abundante por la
herida abierta en mi costado, estaba acabando mi resistencia física. Pero aun
había mucho Asur en mi cuerpo como para rendir la batalla... (...).
Desafiante, levanté mi vista y la fijé en la
de mis enemigos... Mi cabeza repetía al observarlos, con sus rostros repletos
de odio ancestral, el nombre de mi amada Naladrin. Con cada latido de mi
corazón, el deseo de salir de allí crecía, pero no podía demostrar mis
temores...
Levanté a Walladrian dispuesto a vender cara la
vida mía y de mi hermano tendido. Apenas estaban los negros primos de los Asur
a unos pasos de mí, armas en ristre, dispuestos a vencernos y matarnos, cuando
algo sorprendente pasó... Uno de ellos izó su vista... Lo sé por qué había
clavado mis ojos en los suyos, pensando que sería el primero en atacarnos... Vi
como su rostro se tornaba oscuro, como sus facciones cambiaban a una mueca de
horror, a un intento de grito que quedó vencido por la enorme llamarada que le
cubrió, junto a unos cuantos más de sus hermanos...
Mientras el enemigo se consumía y huía,
dejándonos en el mundo de los vivos, giré mi rostro y vi tras de mí, sostenida
en el aire por el poderoso batir de sus alas, a Zalema, cabalgada por el Señor
de los de Caledor, Saurax... El enorme dragón descendió a mi lado, y de su lomo
descabalgó el padre de mi amigo. Con gestos ostensibles me indicó que cabalgase
a la bestia, cuando ya más dragones nos sobrevolaban atacando a los Druchii
desde todos los puntos. Como pude me incorporé, y Zalema agachó su cuello para
que pudiese deslizarme a su enorme lomo sin dificultad... Saurax tomó mi puesto
junto a su hijo.
Me ajusté sobre la silla, y justo cuando un
gran virote que buscaba cercenar la vida del enorme ser que montaba se clavaba
entre sus garras, sobre la arena, con un enorme golpe de ala comenzamos a
ascender. Zalema emitió uno de sus agudos chillidos, parecidos al graznido de
los cuervos sobre los acantilados perdidos de la costa de Bretonia o de Albión
finalizados en formidables torres mitológicas, y con ese chillido comenzó a
sembrar la destrucción sobre los ya desbandados oscuros.
A mi siniestra, sobre el mar, vi como uno de
los grandes dragones que habían acompañado a Saurax, era abatido por un par de
enormes virotes disparados desde el Arca que estaba atacando. Como fuere, las
llamas se habían prendido del Arca, sobrevolada por media docena de dragones
milenarios. Susurré una orden a Zalema, que volvía a chillar, llamando a los
dragones a reunión. El enemigo estaba derrotado y se retiraba en medio de
enorme sangría que provocaban los virotes de flechas y máquinas de guerra que
daban caza a los rezagados.
Sobrevolé la playa, aclamado bajo la lluvia
por las tropas que sobrevolaba. Sin embargo no podía alegrarme. Muchos hermanos
yacían ensangrentados mezclados con los oscuros druchii. “No hay victoria en la
carnicería”, me dije...
Lloré...
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Capítulo X: Tiempo de vivir.
Zalema agitó una vez más sus gigantescas
alas, depositándose con firmeza sobre la fina y mojada arena de la playa. La
lluvia resbalaba por mi rostro, mezclándose con la sangre mía y de otros, para
caer sobre su duro lomo, acompañando al resto de gotas de lluvia como si fuese
una más, sin saber que cada una de ellas llevaba consigo nombres, historia y
almas.
Erguí levemente mi cabeza para ver a los que
me aclamaban frente a mí. Mis sentidos estaban aún en la batalla, así que las aclamaciones
se volvían insensato silencio para mis oídos. Giré despacio mi rostro hacia el
acantilado que había quedado a mi espalda. Sobre la arena vi la carnicería; cientos
de cuerpos se extendían por la anteriormente blanca arena de aquella maldita
playa de Ulthuan, maldita y bendita por siempre en los anales de los Asur, tiñendo
el paisaje gris por la lluvia con el color rojo oscuro de su, nuestra,
derramada sangre.
Entre todos los Asur que aún quedaban en pie
o a caballo, surgió la imponente figura del Grande, del Príncipe Defensor de
Ulthuan, del Gran Príncipe Tyrion. Descabalgó de Malhandir para asir la cabeza
del general enemigo y, elevándola sobre la suya entre aclamaciones de victoria,
comenzó a cabalgar hacia la subida al acantilado... (...).
¡¡¡Valeirion, mi fiel Valeirion!!!... La duda
me asaltó de repente, centrándome en mi momento actual. Me palpé para notarme
vivo, pasé la mano enguantada para apartar un poco la sangre y la lluvia de mi
casco, y acaricié a la gran Zalema, que ya se agachaba para mi descabalgadura.
Miré hacia el frente, oteando entre los que me enfrentaban con ardor y pasión
por la victoria y la venganza. Zalema se posó, mientras otros dragones
aterrizaban cerca. Descabalgué.
El primero en venir a abrazarme fue mi gran
amigo Levin, que se fundió en un gran abrazo con mi cuerpo, al que yo no podía
corresponder, no sólo por mis heridas y falta de fuerzas, si no por mi
preocupación. Besó mi mejilla sucia y me miró a los ojos... Intuí, sin hablar,
que conocía mi pregunta, mi duda, y que conocía la respuesta... Me cogió de la
mano y giró hacia la turba de Asur victoriosos. Alandrin se me aproximó
también, tratando de ocuparse de mis heridas, pero mi urgencia no dejaba tiempo
para ello... Ya habría tiempo de vivir, tiempo de curar... Ahora era tiempo de
saber... (...).
Los Asur abrían hueco para dejar paso hacia
la profundidad del acantilado. Ya quedaba Zalema muy atrás. Allí estaba.
Tumbado junto a una gran roca, atendido por su padre, el Gran Saurax, y por dos
Galenos, mi amigo. Muchos otros yacían junto a él, entre los que vi mi buen
estandarte Limeth, con heridas en uno de sus brazos, y mi buen Kharedin, al que
la energía mágica de los hechiceros enemigos había dañado. Con mis últimas
fuerzas me dejé caer junto a ellos, y abracé, sentidamente a mis amigos, en un
abrazo largo que reflejaba bien a las claras la tensión sufrida... Lágrimas de
alegría y dolor recorrieron nuestros rostros... (...).
Me dejé caer sobre mis espaldas, cansadas de
llevar la armadura... La lluvia empapaba aun mi cara, mientras Levin y un
galeno de la corte, llamado Ulthior, al que conocía, empezaron a ocuparse de
mis heridas. Apenas podía moverme. Lo único que quería era descansar y olvidar.
Una sombra tapó mi cara, apartando la lluvia momentáneamente de mí. Abrí mis
ojos de nuevo, lentamente, para contemplar al General de generales, al mayor
Asur de nuestra época, contemplándome sonriente. “Buen trabajo. Vive para disfrutar
de la victoria, hermano”. Esas palabras de ánimo retumbaron mis oídos en un
instante. Sonreí al Gran Tyrion, y esté me devolvió el gesto... Luego giró
sobre sí, y la lluvia volvió a humedecer mi rostro, al tiempo que los vítores
me ensordecían... Me desmayé... (...)
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Capítulo XI: El Fulgor del Dragón.
Abrí mis ojos. Los volví a cerrar. Me dolían
con la luz. Intenté abrirlos de nuevo, entornándolos. Me ayudé con la mano
derecha, vendada... Delante de mí comenzó a hacerse visible la imagen rubia y cuasi
adolescente, casi parecida a un dios por su belleza, del hermano Levin, mi
amigo más querido... Alargué mi maltrecha mano hacia adelante tratando de
alcanzarle, y el accedió, entregándome la suya. Sonreí...(...).
Estaba en una elegante habitación, en el
palacio del Gran Príncipe de los Caballeros Dragón, Saurax, padre del Gran
Valeirion, superviviente, como yo, de la Batalla de Althian o, como sería más
conocida, la Batalla de los Nueve Dragones. Levin me explicó que mis heridas
eran graves, especialmente la herida del costado, que había alcanzado uno de
mis pulmones, pero que mi sanación era rápida y sería completa. Si me
encontraba débil aún era por la gran pérdida de sangre que había sufrido.
También me contó como Saurax decidió que le acompañásemos y abusásemos de su
cortesía hasta que estuviésemos totalmente repuestos.
Me contó Levin que el Príncipe Valeirion
estaba grave, pero que en los dos últimos días había mejorado notablemente de
sus heridas, y los galenos esperaban que en un mes estuviese totalmente
recuperado. Kharedin había recibido un rayo de energía negativa, y había
sufrido quemaduras en su rostro y pecho. Sin embargo, su gran vigor mágico y los
cuidados de los galenos garantizarían que apenas quedasen secuelas. Limeth de
Cracia, mi lugarteniente, ya caminaba con bien, aunque debería abandonar un
tiempo su empleo como Estandarte de nuestra hueste, debido a su brazo en
cabestrillo. Ya perseguía a las ninfas de Caledor como habitualmente hacía en
la corte de Asuryan.
A través de la ventana escuchaba la vida, las
risas de los Asur en sus juegos, los cánticos de los pájaros y de los
trovadores, contando épicas presentes y pasadas, o recitando poesías de amor
que los enamorados aprovecharían para sí. El sol inundaba la estancia. La vida
regresaba a mí, y con ella mi deseo de ver a mi más amada Naladrin. Levin me
informó, con cierta melancolía, que ya había avisado a la bella, y que su
llegada era pronta.
Pasaron dos días, y ya me encontraba con
fuerzas para mantenerme en pié un rato. Aquella noche se anunciaba la llegada
de mi más bella amada, y quería estar con bien. A la hora de la cena, y a pesar
de las protestas irritadas de mi compañero Levin, decidí bajar a recibir a mi
amada. Entré en la estancia apoyado en mi amigo, una estancia donde ya había
estado hace días, pero ahora mucho más vacía, entre los caídos y los heridos.
Saurax me invitó a acompañarle en el lugar a su vera, donde su hijo Valeirion
debía estar de no encontrarse aun postrado. Allí hablamos por tiempo y tiempo,
entre plato y plato, de la batalla, del presente y del futuro, de la vida...
Al finalizar, salimos al jardín exterior...
La sensación del aire en mis mejillas me transmitió frío, aunque también la
firmeza de quedarme allí hasta la llegada de la bella. Su aparición no se hizo
esperar. Sentí la admiración a su belleza de mi anfitrión, y su calor al
apoyarme la mano en el hombro, como signo de complacencia con la elección de mi
amada. Está subió las escalinatas con presteza, clavando sus azules ojos, en
los que me perdería sin duda en los míos. Hizo una reverencia a nuestro
anfitrión, y me abrazó con pasión, besándome en un beso largo y sentido,
mientras una lágrima se derramaba por su pálida y cálida mejilla. La salud me
volvió en un instante de pasión.
Un grito hueco se escuchó en la noche.
Giramos nuestras cabezas hacia el oscuro cielo, con la incipiente luna en el
horizonte, y vimos el brillo de las escamas de Zalema, rasgar el cielo como la
luz, convertida en la protagonista, en un bello haz de luz blanca... El Fulgor
del Dragón.
FIN.

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